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de Argentina y el Mundo - Turismo
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Tanzania:
trekking en el Monte Kilimanjaro, De la selva a los hielos
Imaginemos
un trekking que se inicia en una frondosa selva y que, en pocos días,
permite asomarnos a un anfiteatro encendido por glaciares...
A manera
de columna vertebral de un fósil gigante, la pirámide del
monte Kilimanjaro se yergue solitaria en las planicies del Africa Oriental.
Coronada de nieves perpetuas, es un safari clásico en toda visita
a Tanzania. |
17
de abril: El avión sale a las 10:15 y llega a Kathmandú a
las 12:00 hora de Nepal. Conozco a la mayoría de los miembros de
la expedición.
18 de
abril: El señor Iván Vallejo, de Ecuador, y yo nos damos
cuenta de que tenemos los mismos ideales y propósitos.
16 de
abril: Salimos temprano del pueblo de Tingri (China). Nuestros corazones
comenzaron a latir cada vez más rápidamente, estábamos
presenciando la montaña más alta del planeta. Llegamos al
Campamento Base a 5.100 metros, montamos las tiendas y aquí esperaremos
dos días para empezar el ascenso hacia el Campamento Base Avanzado
(CBA), 6.400 metros.
18 de
abril: Viene un monje tibetano para bendecir los alimentos y el equipo
y realiza unas oraciones leyendo mandalas. |
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Los
primeros pasos
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¿Dónde
está la cima resplandeciente que veía desde el tren?", me
preguntaba en aquel amanecer, en medio de un aire adelgazado que había
reducido mi capacidad física y mental.
El corazón
protestaba y los pies se arrastraban, pero seguía avanzando por
el pedregullo insoportable. "Adelante Pablo. Pole, pole" ("despacio, despacio"),
me alentaba Boko, mi guía.
Cuatro
días antes, en la ciudad de Dar es Salaam, me embarcaba rumbo a
Moshi, para cumplir uno de mis sueños: tocar el Kilimanjaro. El
traqueteo del vagón me dejó dormir poco y nada, balanceándome
de un costado al otro. Sólo cuando el cansancio acumulado ganó,
pude cerrar los ojos. Al abrirlos de nuevo, la claridad ya me permitía
asomarme por la ventanilla del tren, y ¡oh, sorpresa!, contemplar
absorto esa pirámide inconfundible, recostada a modo de silueta
de la columna vertebral de un fósil gigante. Por fin podía
ver asombrado sus nieves que jamás se derriten, muy a pesar de las
nubes que luchaban para impedírmelo.
En la
estación de Moshi los jóvenes están a la espera de
la llegada del tren para salir prestos a "cazar" turistas, concientes de
que el auge que ha tomado la llegada de visitantes significa divisas. Virtualmente
rodeado, me ofrecían una infinidad de "agencias expertas" en trekking,
aturdiéndome con propuestas y descalificándose mutuamente.
Elegí al fin la Kilimanjaro Crown Birds Safaris, al mejor estilo
del "tourism for export".
Pactamos
el precio, las condiciones y los servicios ofrecidos (equipo, ropa de abrigo,
comidas, entrada, un guía, posible rescate y transporte), aunque
me quedaba una "pequeña" duda que me inquietaba: había firmado
una declaración que liberaba a la agencia de toda responsabilidad
en caso de robos, enfermedades, accidentes... Un lacónico "que tenga
suerte, mister" cerró el trato.
Así,
en un destartalado taxi, sentado al lado del guía, llegamos a Marangu,
última población antes del ingreso al Parque Nacional Kilimanjaro.
Boko
se presentó con varios "títulos": guía profesional
experto en las características de la región, cocinero, traductor
de inglés, meteorólogo... un sinfín de especialidades;
un verdadero Mac Gyver del Tercer Mundo que, con la mejor voluntad, intentaría
llevarme y traerme sano y salvo, para así poder recibir su retribución
(sic), una propina encubierta.
"Karibu
(bienvenido). Esta es la barabara (ruta) que en un par de horas nos dejará
a 2.700 metros de altura, la primera etapa" dijo Boko. Recibí esta
noticia mientras esperábamos que otros montañistas bajaran,
para así poder ingresar. Sucede que este monte tan famoso está
en boca de todos los visitantes que, provenientes de los lugares más
recónditos del planeta, llegan al Africa Oriental. La ruta Marangu,
llamada también turística o normal, es la que atrae la mayor
cantidad de escaladores, justamente porque no se requieren demasiadas exigencias
técnicas para el ascenso. Debido a que los albergues permiten un
cupo máximo de ochenta personas por día, el gobierno tanzano
ha decidido limitar el ingreso, buscando así evitar -en parte- el
deterioro ambiental que ocasionaría una entrada masiva de gente. |
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Un
techo verde
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Hojas
protectoras, mantas
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El
sol caía a pique sobre el horizonte cuando pisábamos el refugio
Mandara tras pocas horas de marcha, a veces por un antiguo camino -ancho-
y otras por un túnel de árboles.
En este
tramo, el reino vegetal parece haber perdido la razón: una frondosa
selva tropical cubre gran parte del trayecto. "El aire caliente que se
levanta desde aquí produce abundantes precipitaciones, escondiendo
al Kibo la mayor parte del año..." explicó Boko.
No es
para menos: entre los 1.600 y 3.000 m.s.n.m., la vegetación se compone
de enormes árboles, helechos gigantes, palmeras, epifitas y lianas;
faltaría solamente el grito de Tarzán para completar este
perfecto escenario, porque hasta monos hay. Aunque, lamentablemente, son
pocos los animales que pueden observarse. En efecto, en los últimos
treinta años la presión de los habitantes en busca de recursos
y alimentación han hecho que ahora sea muy difícil encontrar
algún "rino", elefante, búfalo o la enorme variedad de pájaros
preexistente. "Antes la selva se extendía mucho más debajo
de las laderas del Kilimanjaro; ahora las granjas van subiendo lentamente
para cultivar café, maní y bananos" dijo el guía.
El Mandara
Hut estaba colmado de visitantes, pero quedé gratamente sorprendido
con el buen manejo del lugar. Todas las cabañas -para cuatro personas-
están alimentadas por energía solar, e incluso existe una
proveeduría. La atmósfera de camaradería en el gran
comedor invita a hacer de nuevos amigos en esa verdadera Torre de Babel.
Después, a dormir.
Ronqué
como un hipopótamo.
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"Jambo,
habari?" ("Hola, ¿cómo estás?").
"Hakuna
matata, asante sana" ("Bien, muchas gracias") respondí a Boko, haciendo
gala de algunas palabras en suahili que había aprendido el día
anterior, mientras saboreábamos un abundante desayuno estilo americano:
tomates, pepinos, omelettes, té, pan, dulce y leche.
Al terminar,
emprendimos la marcha. Luego de un breve tramo, como por arte de magia,
de repente, desapareció el bosque, permitiéndome admirar
la caldera del cono volcánico despejada y cercana ahora. El prado
alpino abierto da esas ventajas.
En una
detención, ya a 3.200 metros de altura, descansé mientras
escuchaba la descripción casi "doctoral" de Boko sobre la nueva
vegetación, más baja y achaparrada. Aunque gigantescas lobelias
y senecios parecen desafiar todas las leyes de la botánica.
"En estas
laderas, las plantas han tenido que inventarse recursos para vivir: con
frecuencia poseen hojas plateadas para reflejar la intensa radiación
solar, y a la vez peludas, para protegerse del frío". Mientras señalaba
una lobelia, continuó: "hay especies que cierran sus hojas de noche,
para conservar el calor, y otras que llegan a producir su propio anticongelante..."
Maravillosa adaptación de la Naturaleza a las variaciones bruscas
de temperatura.
Como
las lobelias, los senecios conservan sus hojas viejas cubriendo el tronco,
a manera de manta protectora. Al haberse acomodado a condiciones extremas,
las plantas también han permitido que pequeños roedores habiten
el lugar. Algunos de vivos colores venían a buscar alimentos debajo
de nuestra rústica mesa, mientras nosotros terminábamos de
beber un té bien caliente y dulce y continuábamos.
Por fin,
el refugio Horombo, situado a 3.700 metros de altura y flotando entre la
densa capa de niebla.
Pronto
las estrellas reemplazaron al enorme disco incandescente, señal
de que era hora de cenar (muy temprano para mis hábitos). Ahí
está especialmente indicado beber abundante líquido para
evitar la deshidratación. Desde la cabaña, las luces de la
ciudad de Moshi se notaban con total nitidez en la oscuridad. |
Paisaje
selenita
Un
alegre "abari gani, Boko" ("buen día, Boko") dije al comenzar la
nueva jornada, y él me respondió: "Mister Pablo, el primer
tramo de hoy será una empinada cuesta; hay que cargar combustible".
Así, desayunamos como el día anterior, pero bajo los reconfortantes
rayos del sol que me hacían olvidar el frío de la larga noche.
La caldera apagada del Kibo
siempre a la vista me atraía como un imán, pero el ritmo
de marcha iba tornándose más lento y pausado. Menos montañistas,
menor actividad, daban la pauta de que muchos habían ido quedándose
más abajo. Las encorvadas siluetas de porteadores y guías
me confirmaban que yo no era el único cansado.
A los 4.000 metros de altitud
nos detuvimos nuevamente, en el último sitio con agua. Pocos kilómetros
más adelante la vegetación desaparece completamente, dando
paso a un paisaje de aspecto lunar, entre dos picos: el Mawenzi hacia la
derecha y a su frente, el techo del continente: el cráter del Kibo.
La falta de precipitaciones
originan un desierto de arenas y piedras: es el lugar conocido como The
Saddle y en él únicamente se distingue, en un fondo dorado,
el sendero bien demarcado por los caminantes.
La falta de oxígeno
empezó a sentirse con más fuerza. Los latidos del corazón
me ensordecían en tales silencio y soledad. El cansancio acumulado
en tres días de marcha pareció presentarse todo de golpe.
A las tres de la tarde, bebía
otro té caliente en el refugio Kibo, a 4.700 metros, el último
antes de la cima. Este no tiene cabañas como los anteriores, es
una rústica construcción de piedras. Su única habitación
tiene cuchetas hasta los techos y, entre ellas, un desorden fenomenal.
Un berenjenal de mochilas, abrigos y comida... Donde pude encontrar un
lugarcito, me recosté, pero sin dormir demasiado: mi expectativa
creciente y los comentarios de los que iban llegando del "más allá"
me mantuvieron en vigilia.
Peldaños
de hielo
A
la una de la madrugada, el movimiento y el barullo eran generalizados:
los que habíamos logrado llegar hasta ahí, nos alistábamos
para iniciar el último tramo. "Debemos salir de noche, para llegar
a la zona con nieve antes de que salga el sol y la descongele; después
se nos hará muy pesado andar por allí": de esta forma justificó
Boko el alocado horario.
La sucesión de linternas
creaba un haz de luz continuo. Ya habíamos empezado a zigzaguear
pesadamente sobre la empinada pared. La luna y las estrellas parecían
estar al alcance de nuestras manos. Pero eran lo único que podían
registrar mis ojos en medio de la más absoluta oscuridad. Imaginaba
los pedregullos por los que iba ascendiendo en esa morena lateral. Mi esfuerzo
se concentraba en dar el próximo paso y nada más.
Más detenciones, más
lentitud... Parecía una fantasía, pero en ese momento tuve
la sensación de que mi espíritu se había separado
de mi parte corpórea como un mecanismo puesto en movimiento para
alejar lo más posible el sufrimiento físico y así
permitirme continuar.
Tenía la impresión
de que un imaginario duende estaba a mi lado, alentándome. Quizás
todo provenía de las permanentes exhortaciones de Boko ("pole, pole,
Pablo"), como el andamiaje sostenedor de un espíritu lejano.
El efecto sutil, lento -y a
veces hasta irreversible- de la altura, me daba la impresión de
que mis músculos gritaban "ni un paso más".
Iba amaneciendo y las nubes
ya no nos podrían alcanzar. Estaban pegadas a los valles, allá
abajo. Constituían casi un espejismo, una combinación visual
reservada sólo a aquellos que lograban llegar hasta allí.
Sobre los últimos metros
pude, por fin, asomarme al borde del cráter. Luego de siete horas
de extenuante subida, pisaba el Gillmans Point, a 5.695 metros de altura.
Un paisaje muy sugestivo se
me presentaba: había imaginado un volcán humeante, rugiente,
lleno de fuego... pero, en cambio, encontré glaciares. El hielo
ganó -por ahora- su lucha contra el sol, como una especie de nave
espacial flotando entre las nubes; sin contacto con el suelo, ignorando
que a sus pies hay una selva.
En el Gillmans Point parecíamos
más felices, comunicativos, livianos... felicitándonos e
intercambiando amistad y saludos. Para mí, el Kilimanjaro no terminaría
precisamente en la cumbre, apenas 120 metros más arriba, sino allí,
en la contemplación de esas escalinatas de hielo color celeste,
un privilegio otorgado por los dioses.
Pero este casco centelleante
del Kibo se está muriendo. Es cierto: si bien desde la última
era glacial los hielos se comprimen en todo el mundo, ahora, a consecuencia
del calentamiento global, este proceso se ha acelerado más.
Los hechos parecen confirmarlo:
sólo queda nieve en el pico Mawenzi y hielos en el Kibo. Las morenas
(depósitos de rocas arrastradas por los hielos) por las que fuimos
transitando son una prueba más que contundente del pasado apogeo,
cuando los hielos descendieron hasta los 3.700 metros de altura. Ahora
únicamente resta como vestigio un anillo de glaciares que van puliéndose
día a día. Sólo queda una duda: ¿será
que en el futuro no podremos disfrutar más de la típica postal
africana del elefante en las planicies, con el sobrecogedor telón
de fondo de las nieves de este legendario monte?
El frío cortaba mi piel
y realmente me sentía mal por la altura. La escasez de oxígeno
me tenía a mal traer. Fue entonces cuando decidí regresar.
En el interminable descenso,
mis ojos buscaban cansados el refugio Kibo, que en esas circunstancias
me pareció más "refugio" aún. Cuando allí logré
reponerme, me hubiera gustado volver sobre mis pasos para completar esos
metros postreros hasta la cima. Pero los vientos del descenso ya habían
comenzado a soplar impetuosamente, y debí resignarme hasta la próxima.
El
altar de un santuario
Los
nativos son concientes de las repercusiones ambientales y culturales del
trekking. Más de veinte mil caminantes recorren cada año
estos senderos, llevando con ellos un guía y hasta un porteador.
Así se va transformando -tal vez sin siquiera saberlo- esa misma
realidad distinta que se va a buscar. El ascenso al Kilimanjaro no es un
evento exclusivamente deportivo; es también un ascenso interior,
una ofrenda. Entregamos allí algo de nosotros mismos.
El monte Kilimanjaro constituye
el altar de un templo natural mucho mayor: a sus pies, el Serengeti, el
Ngorongoro, Amboselli... Pero es también el centro de muchos pueblos
que viven y se alimentan gracias a su presencia, gracias a sus aguas que
bajan radiales desde la solitaria mole.
El Kilimanjaro es el punto
de encuentro de gentes que aún viven en sintonía con los
tiempos celestiales, de quienes han comprendido que él representa,
además, el ir desde lo bajo hacia lo alto, desde lo pesado hacia
lo liviano, en armonía intacta con la Naturaleza, o sea con ellos
mismos. |
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Los
masai: lanzas en desuso
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Subir
despacio y contratar cerca
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Los
masai son una de las tribus más formidables del Africa Negra.
Descendientes
de pueblos nilo-camíticos provenientes del norte del continente,
emigraron hacia el Africa Oriental hace unos 400 años, poblando
las verdes sabanas ubicadas entre el lago Victoria y el Kilimanjaro, en
las actuales repúblicas de Kenia y Tanzania.
Su lengua
es de origen nilótica -el olmaa- y se caracterizan por su elevada
estatura y sus figuras atléticas.
La organización
social de los masai gira alrededor de la ganadería: viven de la
leche, la carne y la sangre de vacas y bueyes. Para ellos, la riqueza es
la cantidad de ganado que se posee.
Como
deben trasladarse permanentemente en busca de pastos para sus animales,
especialmente durante la estación seca, son nómades.
A temprana
edad perforan sus orejas y llevan lanzas como símbolo de su belicosidad.
La influencia
moderna, empero, los está alejando de sus tradiciones. "Vivir en
dos mundos no es fácil", dicen mientras se adecuan al bullicio de
las ciudades. Además, su contacto con los turistas extranjeros va
estrechando aún más sus límites territoriales y culturales,
aunque posen en las fotos como guerreros. Lo hacen para recibir a cambio
una limosna.
Los masai
han comenzado a hundirse en un mundo que no es el suyo, y con ellos Africa
sigue desvaneciéndose y perdiendo otro eslabón más
de su condición de tierra salvaje.
Feliz
cumple, Wilhem
El monte
Kilimanjaro está compuesto por tres volcanes apagados: Kibo, Mawenzi
y Shira. Juntos miden más de 60 kilómetros en la base. Su
altura máxima alcanza los 5.895 metros en el pico Uhuru ("Libertad",
en suahili), la mayor elevación del continente africano. A pesar
que de Kenia promociona el turismo con su figura, el monte se sitúa
completamente dentro de Tanzania.
Según
se afirma, la reina Victoria de Inglaterra (entonces dueña de Kenia)
obsequió a su nieto Wilhem de Alemania (por aquellos tiempos propietaria
de Tanganica) el Kilimanjaro como regalo de cumpleaños.
¿Los
habrá cumplido feliz? |
Si
bien no es necesario tener experiencia de escalador para ascender a la
cumbre, tampoco resulta fácil llegar a casi 6.000 metros de altura.
Exige un buen estado físico y capacidad aeróbica. Es recomendable
no subir súbitamente -tal vez seis o siete días es lo óptimo-
para lograr mejor aclimatación y evitar así el mal de altura.
Existen
varias rutas de ascenso. La más recomendable es la normal o turística,
que arranca en Marangu, a la entrada del Parque Nacional Kilimanjaro. Este
trayecto permite avanzar cada día gradualmente, de un refugio a
otro.
Los servicios
que se pueden contratar son variados e incluyen, además del guía
-obligatorio-,
porteadores y el alquiler de todo el equipamiento necesario.
Es posible
contratar el trekking desde ciudades como Dar es Salaam, Nairobi, Arusha
o Moshi y hasta desde Sudáfrica. Pero se debe recordar que cuanto
más lejos del monte se busquen estos servicios, más caro
saldrán (mis costos desde Moshi fueron de 450 dólares, incluyendo
propinas).
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