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Luciana Salazar


Tanzania: trekking en el Monte Kilimanjaro, De la selva a los hielos 

Imaginemos un trekking que se inicia en una frondosa selva y que, en pocos días, permite asomarnos a un anfiteatro encendido por glaciares... 
A manera de columna vertebral de un fósil gigante, la pirámide del monte Kilimanjaro se yergue solitaria en las planicies del Africa Oriental. Coronada de nieves perpetuas, es un safari clásico en toda visita a Tanzania.

17 de abril: El avión sale a las 10:15 y llega a Kathmandú a las 12:00 hora de Nepal. Conozco a la mayoría de los miembros de la expedición. 
18 de abril: El señor Iván Vallejo, de Ecuador, y yo nos damos cuenta de que tenemos los mismos ideales y propósitos. 
16 de abril: Salimos temprano del pueblo de Tingri (China). Nuestros corazones comenzaron a latir cada vez más rápidamente, estábamos presenciando la montaña más alta del planeta. Llegamos al Campamento Base a 5.100 metros, montamos las tiendas y aquí esperaremos dos días para empezar el ascenso hacia el Campamento Base Avanzado (CBA), 6.400 metros. 
18 de abril: Viene un monje tibetano para bendecir los alimentos y el equipo y realiza unas oraciones leyendo mandalas. 


 
 

Los primeros pasos 
"¿Dónde está la cima resplandeciente que veía desde el tren?", me preguntaba en aquel amanecer, en medio de un aire adelgazado que había reducido mi capacidad física y mental. 
El corazón protestaba y los pies se arrastraban, pero seguía avanzando por el pedregullo insoportable. "Adelante Pablo. Pole, pole" ("despacio, despacio"), me alentaba Boko, mi guía. 
Cuatro días antes, en la ciudad de Dar es Salaam, me embarcaba rumbo a Moshi, para cumplir uno de mis sueños: tocar el Kilimanjaro. El traqueteo del vagón me dejó dormir poco y nada, balanceándome de un costado al otro. Sólo cuando el cansancio acumulado ganó, pude cerrar los ojos. Al abrirlos de nuevo, la claridad ya me permitía asomarme por la ventanilla del tren, y ¡oh, sorpresa!, contemplar absorto esa pirámide inconfundible, recostada a modo de silueta de la columna vertebral de un fósil gigante. Por fin podía ver asombrado sus nieves que jamás se derriten, muy a pesar de las nubes que luchaban para impedírmelo. 
 

En la estación de Moshi los jóvenes están a la espera de la llegada del tren para salir prestos a "cazar" turistas, concientes de que el auge que ha tomado la llegada de visitantes significa divisas. Virtualmente rodeado, me ofrecían una infinidad de "agencias expertas" en trekking, aturdiéndome con propuestas y descalificándose mutuamente. Elegí al fin la Kilimanjaro Crown Birds Safaris, al mejor estilo del "tourism for export". 

Pactamos el precio, las condiciones y los servicios ofrecidos (equipo, ropa de abrigo, comidas, entrada, un guía, posible rescate y transporte), aunque me quedaba una "pequeña" duda que me inquietaba: había firmado una declaración que liberaba a la agencia de toda responsabilidad en caso de robos, enfermedades, accidentes... Un lacónico "que tenga suerte, mister" cerró el trato. 
Así, en un destartalado taxi, sentado al lado del guía, llegamos a Marangu, última población antes del ingreso al Parque Nacional Kilimanjaro. 
Boko se presentó con varios "títulos": guía profesional experto en las características de la región, cocinero, traductor de inglés, meteorólogo... un sinfín de especialidades; un verdadero Mac Gyver del Tercer Mundo que, con la mejor voluntad, intentaría llevarme y traerme sano y salvo, para así poder recibir su retribución (sic), una propina encubierta. 
"Karibu (bienvenido). Esta es la barabara (ruta) que en un par de horas nos dejará a 2.700 metros de altura, la primera etapa" dijo Boko. Recibí esta noticia mientras esperábamos que otros montañistas bajaran, para así poder ingresar. Sucede que este monte tan famoso está en boca de todos los visitantes que, provenientes de los lugares más recónditos del planeta, llegan al Africa Oriental. La ruta Marangu, llamada también turística o normal, es la que atrae la mayor cantidad de escaladores, justamente porque no se requieren demasiadas exigencias técnicas para el ascenso. Debido a que los albergues permiten un cupo máximo de ochenta personas por día, el gobierno tanzano ha decidido limitar el ingreso, buscando así evitar -en parte- el deterioro ambiental que ocasionaría una entrada masiva de gente. 

Un techo verde 
El sol caía a pique sobre el horizonte cuando pisábamos el refugio Mandara tras pocas horas de marcha, a veces por un antiguo camino -ancho- y otras por un túnel de árboles. 
En este tramo, el reino vegetal parece haber perdido la razón: una frondosa selva tropical cubre gran parte del trayecto. "El aire caliente que se levanta desde aquí produce abundantes precipitaciones, escondiendo al Kibo la mayor parte del año..." explicó Boko. 
No es para menos: entre los 1.600 y 3.000 m.s.n.m., la vegetación se compone de enormes árboles, helechos gigantes, palmeras, epifitas y lianas; faltaría solamente el grito de Tarzán para completar este perfecto escenario, porque hasta monos hay. Aunque, lamentablemente, son pocos los animales que pueden observarse. En efecto, en los últimos treinta años la presión de los habitantes en busca de recursos y alimentación han hecho que ahora sea muy difícil encontrar algún "rino", elefante, búfalo o la enorme variedad de pájaros preexistente. "Antes la selva se extendía mucho más debajo de las laderas del Kilimanjaro; ahora las granjas van subiendo lentamente para cultivar café, maní y bananos" dijo el guía. 
El Mandara Hut estaba colmado de visitantes, pero quedé gratamente sorprendido con el buen manejo del lugar. Todas las cabañas -para cuatro personas- están alimentadas por energía solar, e incluso existe una proveeduría. La atmósfera de camaradería en el gran comedor invita a hacer de nuevos amigos en esa verdadera Torre de Babel. Después, a dormir. 
Ronqué como un hipopótamo. 
 
 

Hojas protectoras, mantas 

"Jambo, habari?" ("Hola, ¿cómo estás?"). 
"Hakuna matata, asante sana" ("Bien, muchas gracias") respondí a Boko, haciendo gala de algunas palabras en suahili que había aprendido el día anterior, mientras saboreábamos un abundante desayuno estilo americano: tomates, pepinos, omelettes, té, pan, dulce y leche. 
Al terminar, emprendimos la marcha. Luego de un breve tramo, como por arte de magia, de repente, desapareció el bosque, permitiéndome admirar la caldera del cono volcánico despejada y cercana ahora. El prado alpino abierto da esas ventajas. 
En una detención, ya a 3.200 metros de altura, descansé mientras escuchaba la descripción casi "doctoral" de Boko sobre la nueva vegetación, más baja y achaparrada. Aunque gigantescas lobelias y senecios parecen desafiar todas las leyes de la botánica. 
"En estas laderas, las plantas han tenido que inventarse recursos para vivir: con frecuencia poseen hojas plateadas para reflejar la intensa radiación solar, y a la vez peludas, para protegerse del frío". Mientras señalaba una lobelia, continuó: "hay especies que cierran sus hojas de noche, para conservar el calor, y otras que llegan a producir su propio anticongelante..." Maravillosa adaptación de la Naturaleza a las variaciones bruscas de temperatura. 
Como las lobelias, los senecios conservan sus hojas viejas cubriendo el tronco, a manera de manta protectora. Al haberse acomodado a condiciones extremas, las plantas también han permitido que pequeños roedores habiten el lugar. Algunos de vivos colores venían a buscar alimentos debajo de nuestra rústica mesa, mientras nosotros terminábamos de beber un té bien caliente y dulce y continuábamos. 
Por fin, el refugio Horombo, situado a 3.700 metros de altura y flotando entre la densa capa de niebla. 
Pronto las estrellas reemplazaron al enorme disco incandescente, señal de que era hora de cenar (muy temprano para mis hábitos). Ahí está especialmente indicado beber abundante líquido para evitar la deshidratación. Desde la cabaña, las luces de la ciudad de Moshi se notaban con total nitidez en la oscuridad. 

Paisaje selenita 
Un alegre "abari gani, Boko" ("buen día, Boko") dije al comenzar la nueva jornada, y él me respondió: "Mister Pablo, el primer tramo de hoy será una empinada cuesta; hay que cargar combustible". Así, desayunamos como el día anterior, pero bajo los reconfortantes rayos del sol que me hacían olvidar el frío de la larga noche. 
La caldera apagada del Kibo siempre a la vista me atraía como un imán, pero el ritmo de marcha iba tornándose más lento y pausado. Menos montañistas, menor actividad, daban la pauta de que muchos habían ido quedándose más abajo. Las encorvadas siluetas de porteadores y guías me confirmaban que yo no era el único cansado. 
A los 4.000 metros de altitud nos detuvimos nuevamente, en el último sitio con agua. Pocos kilómetros más adelante la vegetación desaparece completamente, dando paso a un paisaje de aspecto lunar, entre dos picos: el Mawenzi hacia la derecha y a su frente, el techo del continente: el cráter del Kibo. 
La falta de precipitaciones originan un desierto de arenas y piedras: es el lugar conocido como The Saddle y en él únicamente se distingue, en un fondo dorado, el sendero bien demarcado por los caminantes. 
La falta de oxígeno empezó a sentirse con más fuerza. Los latidos del corazón me ensordecían en tales silencio y soledad. El cansancio acumulado en tres días de marcha pareció presentarse todo de golpe. 
A las tres de la tarde, bebía otro té caliente en el refugio Kibo, a 4.700 metros, el último antes de la cima. Este no tiene cabañas como los anteriores, es una rústica construcción de piedras. Su única habitación tiene cuchetas hasta los techos y, entre ellas, un desorden fenomenal. Un berenjenal de mochilas, abrigos y comida... Donde pude encontrar un lugarcito, me recosté, pero sin dormir demasiado: mi expectativa creciente y los comentarios de los que iban llegando del "más allá" me mantuvieron en vigilia. 

Peldaños de hielo 
A la una de la madrugada, el movimiento y el barullo eran generalizados: los que habíamos logrado llegar hasta ahí, nos alistábamos para iniciar el último tramo. "Debemos salir de noche, para llegar a la zona con nieve antes de que salga el sol y la descongele; después se nos hará muy pesado andar por allí": de esta forma justificó Boko el alocado horario. 
La sucesión de linternas creaba un haz de luz continuo. Ya habíamos empezado a zigzaguear pesadamente sobre la empinada pared. La luna y las estrellas parecían estar al alcance de nuestras manos. Pero eran lo único que podían registrar mis ojos en medio de la más absoluta oscuridad. Imaginaba los pedregullos por los que iba ascendiendo en esa morena lateral. Mi esfuerzo se concentraba en dar el próximo paso y nada más. 
Más detenciones, más lentitud... Parecía una fantasía, pero en ese momento tuve la sensación de que mi espíritu se había separado de mi parte corpórea como un mecanismo puesto en movimiento para alejar lo más posible el sufrimiento físico y así permitirme continuar. 
Tenía la impresión de que un imaginario duende estaba a mi lado, alentándome. Quizás todo provenía de las permanentes exhortaciones de Boko ("pole, pole, Pablo"), como el andamiaje sostenedor de un espíritu lejano. 
El efecto sutil, lento -y a veces hasta irreversible- de la altura, me daba la impresión de que mis músculos gritaban "ni un paso más". 
Iba amaneciendo y las nubes ya no nos podrían alcanzar. Estaban pegadas a los valles, allá abajo. Constituían casi un espejismo, una combinación visual reservada sólo a aquellos que lograban llegar hasta allí. 
Sobre los últimos metros pude, por fin, asomarme al borde del cráter. Luego de siete horas de extenuante subida, pisaba el Gillmans Point, a 5.695 metros de altura. 
Un paisaje muy sugestivo se me presentaba: había imaginado un volcán humeante, rugiente, lleno de fuego... pero, en cambio, encontré glaciares. El hielo ganó -por ahora- su lucha contra el sol, como una especie de nave espacial flotando entre las nubes; sin contacto con el suelo, ignorando que a sus pies hay una selva. 
En el Gillmans Point parecíamos más felices, comunicativos, livianos... felicitándonos e intercambiando amistad y saludos. Para mí, el Kilimanjaro no terminaría precisamente en la cumbre, apenas 120 metros más arriba, sino allí, en la contemplación de esas escalinatas de hielo color celeste, un privilegio otorgado por los dioses. 
Pero este casco centelleante del Kibo se está muriendo. Es cierto: si bien desde la última era glacial los hielos se comprimen en todo el mundo, ahora, a consecuencia del calentamiento global, este proceso se ha acelerado más. 
Los hechos parecen confirmarlo: sólo queda nieve en el pico Mawenzi y hielos en el Kibo. Las morenas (depósitos de rocas arrastradas por los hielos) por las que fuimos transitando son una prueba más que contundente del pasado apogeo, cuando los hielos descendieron hasta los 3.700 metros de altura. Ahora únicamente resta como vestigio un anillo de glaciares que van puliéndose día a día. Sólo queda una duda: ¿será que en el futuro no podremos disfrutar más de la típica postal africana del elefante en las planicies, con el sobrecogedor telón de fondo de las nieves de este legendario monte? 
El frío cortaba mi piel y realmente me sentía mal por la altura. La escasez de oxígeno me tenía a mal traer. Fue entonces cuando decidí regresar. 
En el interminable descenso, mis ojos buscaban cansados el refugio Kibo, que en esas circunstancias me pareció más "refugio" aún. Cuando allí logré reponerme, me hubiera gustado volver sobre mis pasos para completar esos metros postreros hasta la cima. Pero los vientos del descenso ya habían comenzado a soplar impetuosamente, y debí resignarme hasta la próxima. 

El altar de un santuario 
Los nativos son concientes de las repercusiones ambientales y culturales del trekking. Más de veinte mil caminantes recorren cada año estos senderos, llevando con ellos un guía y hasta un porteador. Así se va transformando -tal vez sin siquiera saberlo- esa misma realidad distinta que se va a buscar. El ascenso al Kilimanjaro no es un evento exclusivamente deportivo; es también un ascenso interior, una ofrenda. Entregamos allí algo de nosotros mismos. 
El monte Kilimanjaro constituye el altar de un templo natural mucho mayor: a sus pies, el Serengeti, el Ngorongoro, Amboselli... Pero es también el centro de muchos pueblos que viven y se alimentan gracias a su presencia, gracias a sus aguas que bajan radiales desde la solitaria mole. 
El Kilimanjaro es el punto de encuentro de gentes que aún viven en sintonía con los tiempos celestiales, de quienes han comprendido que él representa, además, el ir desde lo bajo hacia lo alto, desde lo pesado hacia lo liviano, en armonía intacta con la Naturaleza, o sea con ellos mismos. 

Los masai: lanzas en desuso 
Los masai son una de las tribus más formidables del Africa Negra. 
Descendientes de pueblos nilo-camíticos provenientes del norte del continente, emigraron hacia el Africa Oriental hace unos 400 años, poblando las verdes sabanas ubicadas entre el lago Victoria y el Kilimanjaro, en las actuales repúblicas de Kenia y Tanzania. 
Su lengua es de origen nilótica -el olmaa- y se caracterizan por su elevada estatura y sus figuras atléticas. 
La organización social de los masai gira alrededor de la ganadería: viven de la leche, la carne y la sangre de vacas y bueyes. Para ellos, la riqueza es la cantidad de ganado que se posee. 
Como deben trasladarse permanentemente en busca de pastos para sus animales, especialmente durante la estación seca, son nómades. 
A temprana edad perforan sus orejas y llevan lanzas como símbolo de su belicosidad. 
La influencia moderna, empero, los está alejando de sus tradiciones. "Vivir en dos mundos no es fácil", dicen mientras se adecuan al bullicio de las ciudades. Además, su contacto con los turistas extranjeros va estrechando aún más sus límites territoriales y culturales, aunque posen en las fotos como guerreros. Lo hacen para recibir a cambio una limosna. 
Los masai han comenzado a hundirse en un mundo que no es el suyo, y con ellos Africa sigue desvaneciéndose y perdiendo otro eslabón más de su condición de tierra salvaje. 

Feliz cumple, Wilhem 
El monte Kilimanjaro está compuesto por tres volcanes apagados: Kibo, Mawenzi y Shira. Juntos miden más de 60 kilómetros en la base. Su altura máxima alcanza los 5.895 metros en el pico Uhuru ("Libertad", en suahili), la mayor elevación del continente africano. A pesar que de Kenia promociona el turismo con su figura, el monte se sitúa completamente dentro de Tanzania. 
Según se afirma, la reina Victoria de Inglaterra (entonces dueña de Kenia) obsequió a su nieto Wilhem de Alemania (por aquellos tiempos propietaria de Tanganica) el Kilimanjaro como regalo de cumpleaños. 
¿Los habrá cumplido feliz? 

Subir despacio y contratar cerca 
Si bien no es necesario tener experiencia de escalador para ascender a la cumbre, tampoco resulta fácil llegar a casi 6.000 metros de altura. Exige un buen estado físico y capacidad aeróbica. Es recomendable no subir súbitamente -tal vez seis o siete días es lo óptimo- para lograr mejor aclimatación y evitar así el mal de altura. 
Existen varias rutas de ascenso. La más recomendable es la normal o turística, que arranca en Marangu, a la entrada del Parque Nacional Kilimanjaro. Este trayecto permite avanzar cada día gradualmente, de un refugio a otro. 
Los servicios que se pueden contratar son variados e incluyen, además del guía 
-obligatorio-, porteadores y el alquiler de todo el equipamiento necesario. 
Es posible contratar el trekking desde ciudades como Dar es Salaam, Nairobi, Arusha o Moshi y hasta desde Sudáfrica. Pero se debe recordar que cuanto más lejos del monte se busquen estos servicios, más caro saldrán (mis costos desde Moshi fueron de 450 dólares, incluyendo propinas).

Texto y fotos Pablo Sigismondi
 
 

 

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