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Turismo - Oceanía
Australia, Fraser Island
Cuando conocí a Barney en Buenos Aires y me contó de su país, hubo una sola frase que me quedó grabada y que difícilmente olvidaría: "Fraser Island, la isla de arena más grande del mundo,
con 124 km de largo, que cubre una superficie de 163 mil hectáreas". 
Al llegar a Australia decidí ir en busca de ese recuerdo: largas playas de brava marea; dunas y barrancos en tonos de naranja, rojizo, amarillo y pura arena blanca; densos bosques y lagos de un color azul profundo… 

Convencido de recorrer el paraíso en forma de isla, partí hacia Hervey Bay, 250 km al norte de Brisbane, para hacer los arreglos. Hervey Bay es la puerta de salida hacia Fraser, desde allí se hacen todas las averiguaciones para poder acceder a la isla. 

En uno de los Albergues de la Juventud, contraté un tour que incluía una camioneta 4x4, permisos para acampar y conducir dentro de la isla, carpas, heladeras para la comida y utensilios de cocina. 

Los permisos son imprescindibles ya que, en 1992, Fraser Island fue declarada por la ONU Patrimonio de la Humanidad. 
Unos días antes de partir, me enteré de que compartiría la 4x4 con tres chicos y cuatro chicas. ¡¡Bingo!! Poco a poco empezamos a conocernos y a organizar todo. En el supermercado alguien preguntó: "Hey!! ¿Cuántas latas de cervezas compramos?". "No sé, ¿qué sé yo?". "4 cajas de 24", respondieron por ahí, lo que significaba algo más de 34 litros. Ahí descubrí que el viaje sería único y que ellos eran los indicados. 
 

ADIÓS CONTINENTE 
La aventura comenzó con los preparativos, bajo los primeros rayos del sol de un día que prometía ser el mejor, y que se iba haciendo cada vez más real e intenso a medida que se acercaba la hora de partida del ferry. La 4x4 estaba cargada. "La comida, las mochilas, las cervezas, los permisos, ¿y el mapa? ¿Quién tiene el mapa?" El motor encendido; subía uno; subía el otro; y estábamos todos. Una sensación de libertad ya se reflejaba en cada uno de nosotros; las voces se hacían más fuertes; y las carcajadas más frecuentes. 

Desde Hervey Bay lo primero es llegar al ferry que te transporta hasta la isla. El viaje es corto, y a medida que el agua se va aclarando y poniendo más y más azul, el continente se aleja y la voz del capitán anuncia que ya estás llegando a Fraser Island. La primera recomendación luego de la bienvenida es "Sean cuidadosos con los dingos". Es bueno tenerla en cuenta. 
 

PRIMER CHAPUZÓN 
Al fin estábamos allí, después de tanto tiempo de espera, y de tanta ansiedad. "Ok, ¿adónde vamos?" "¿Y, qué sé yo? Mostrame el mapa", dijo el único argentino que había en el grupo. "¿Y si agarramos por acá y nos pegamos un baño en este lago?" "Dale, ¡¡ok!!, yo manejo", dijo una de las chicas, la inglesa, que por cierto también era la única embajadora de su país en el grupo. 

Después de un rato de andar y de varias paradas llegamos al lago Wabby. Dejamos la camioneta, nos pusimos las mallas, y caminamos unos 3 km. De repente, estábamos en una gigantesca duna de aproximadamente 10 metros de altura, con una pendiente de 45º, que terminaba cuando empezaba el lago. Nos sacamos la ropa, como cuando éramos chicos, desesperados por un chapuzón. Esa pendiente, que terminaba en aquel lago verde, era demasiado tentadora. Es así como empezamos a rodar y saltar, hasta caer en el agua. 

CAMPING EN LA PLAYA 
Más tarde, después de algunas guerras a caballito, de algunas fotos y mucho relax, era hora de buscar un lugar dónde poder armar las carpas. Manejamos por la playa, la cual es considerada carretera, algunos kilómetros hacia el norte y finalmente encontramos el lugar propicio. No faltó mucho para que descubriéramos que una de las dos carpas para cuatro personas que nos habían dado tenía el sobretecho equivocado. Lo que obviamente nos hizo invocar a la madre y a todas las hermanas del amable señor que nos había dado las carpas en el hostel. Después de dar unas mil vueltas para tratar de que el diminuto sobretecho nos protegiera de una eventual lluvia y del viento, cada vez más fuerte, decidimos incorporarle una lona. Finalmente, sólo dos de los ocho se animarían a dormir en esa carpa. 

A partir de ese momento, todo fue naturaleza y paz, nada que hacer, tan sólo caminar un rato, escuchar las olas rompiendo y una cerveza haciéndonos compañía. 

Una vez en el camping cercano a la playa, una de las chicas conversó con una pareja de australianos, que rondaban los 55 años, y que disfrutaban de unas pequeñas vacaciones, quienes nos invitaron a cocinar en su excepcional parrilla a gas, en su cabaña. Creo que sin esa invitación, esa noche el menú hubiese sido cerveza acompañada de cerveza. 

Después de comer, charlar, tomar café y charlar más, una figura muy parecida a la de un perro se nos acercó, tal vez atraído por el olor de nuestros exquisitos bifes con papas a la parrilla; tal vez por curiosidad por saber qué eran todos esos ruidos en el medio de la noche. Pero eso no era un perro, era un "dingo": lo que significa más lobo que perro. No parecía agresivo, pero debido a la mala reputación que tienen nadie decidió comprobarlo. 

Cuando el sol se pone en Fraser, no hay mucho para hacer, salvo que estés acampando con un grupo de chicos a los que la palabra "dormir" no les haga gracia. Fue así como decidimos abrir unas cervezas y hacer que el sueño esperara. Al mejor estilo fogón argentino, empezamos a contar algún que otro chiste, a cantar y hasta a bailar danzas típicas de cada país. 

LA EMIGRACIÓN 
Al otro día subimos todo a la 4x4 y marchamos hacia el norte, a Waddy Point, para luego buscar otro lugar en el que pasar la que sería la segunda y última noche en la isla. Para llegar a Waddy Point hay que dejar la costa e internarse con la camioneta en un denso bosque, donde hay espacio solamente para un vehículo, y todo lo que te rodea es naturaleza virgen. Una vez ahí la idea es escalar cuatro metros para poder apreciar el océano desde otro punto de la isla, sacar alguna foto y sobre todo intentar ver algún tiburón que, según los comentarios, son muy frecuentes por el lugar, pero en la realidad, bastante difíciles de divisar. 

La carpa estaba armada, teníamos leña suficiente como para la comida y algunas horas de fogón. Eran las 17.00 hs. Algunos de nosotros (los que no estaban tranquilamente dormidos en la playa) decidimos caminar hacia donde pudiéramos observar mejor el atardecer. Fue así como vivimos una experiencia que no se tiene todos los días. 

ENCUENTRO PELIGROSO 
Empezamos a caminar a orillas de un mar bastante tranquilo hasta que: "¡¡Mirá!!", dijo la única chica que venía con nosotros, "eso que está arriba de aquella duna, ¿no es un dingo?" "¿El que está allá?", pregunté. "Sí. Pero fijate bien, ¡son dos!". La cosa se tornaba un tanto más complicada y preocupante. El consejo que nos habían dado en una situación como ésta era el de ignorarlos, no correr, gritar, no excitarlos de ninguna forma. ¿Pero cómo ignorar a dos bichos que te están acorralando y que te empiezan a mostrar los dientes? 

Mientras estábamos espalda con espalda e intentando hacerlos retroceder tirándoles un poco de arena con los pies, y mientras nuestros corazones latían bastante más rápido que de costumbre, un hombre comenzó a correr en nuestra dirección y se hizo oír con gritos que nos asustaron hasta a nosotros mismos. Junto con el enorme palo que tenía en la mano logró ahuyentar a los dingos. Ese hombre era un isleño que -por suerte para nosotros- pasaba algunas horas de la tarde pescando a orillas del mar. El segundo consejo que recibimos fue el de nuestro héroe que nos dijo: "Jamás caminen por este lado de la isla sin un buen palo para ahuyentar a los dingos". Como se imaginarán, fue lo primero que hicimos. 

Luego de agotar nuestras fuerzas y nervios, fuimos a dormir. La isla se había dormido con nosotros, y todo estaba calmo, excepto por algunos ruidos, producto de un dingo que recorrió el campamento llevándose algo de nuestra comida. 

EL ÚLTIMO DÍA 
En nuestro último día decidimos visitar el Maheno, un barco que encalló a orillas de la isla en 1935, del que hoy tan sólo queda un oxidado esqueleto. Después de eso, el postre: iríamos a uno de los lugares más bellos de la isla, el lago Mckenzie donde el agua es de un azul incomparable y la arena blanca como en ningún otro lado. 

Restaba tomar el último ferry de la tarde, volver a Hervey Bay y, a la noche, en el mismo hostel donde nos habíamos conocido, ¡festejar! Era tiempo de intercambiar direcciones y de despedidas, que no resultarían tales ya que iríamos haciendo los arreglos necesarios para poder encontrarnos en el resto de nuestro recorrido hacia el norte de Australia. 

Fraser Island es un cóctel de paisajes, naturaleza, juventud, diversión y aventura que sólo se consigue en ciertos momentos de la vida y que todo el mundo debería descubrir. Es un lugar en donde ocho personas, que se habían conocido 72 horas antes, se fueron mezclando -tal vez por los sacudones de la 4x4- para sentir cada vez menos que pertenecían a mundos diferentes, con distintas costumbres y lenguajes, para tan sólo empezar a compartir esas cosas importantes, y así hoy, poder mostrar las fotos y decir: "Con estos chicos pasé uno de los mejores momentos de mi vida". 

INFO:

¿CÓMO LLEGAR? 
En avión directo a Brisbane o vía Sydney. 

¿CUÁNDO IR? 
La mejor época es en la temporada seca, entre mayo y octubre. 

RECOMENDACIONES
Probar cocodrilo y canguro. Los vinos australianos son también muy recomendables. 
Se necesita visa para entrar a Australia. Su consulado en Buenos Aires se encuentra en la calle Villanueva 1400, Belgrano. El trámite es en el día y tiene un costo de U$S 30 aproximadamente. Austral

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