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Sydney,
La ciudad de Oz
Como hecha
a medida de Australia, un pais-continente, Sydney no permite respiros al
asombro.
Aquí
se entremezclan curiosamente todos los colores y lenguas humanas en un
ambiente bohemio y cosmopolita como pocos.
Cuando
respiraba por primera vez el aire de marino de la Bahía de Sydney
con la silueta inconfundible de la Opera House como telón de fondo,
no podía salir del asombro. Mis sentidos recibían un verdadero
caleidoscopio humano de razas y colores, sonidos y aromas deambulando a
mi alrededor, a manera de muestra de la diversidad humana que puebla nuestro
planeta, un verdadero microcosmos universal.
Y es entonces
cuando no sorprende y se puede comprender por qué ha sido ésta
la ciudad elegida como sede para las olimpíadas del 2000. Porque
muy a pesar del resto de las candidatas, Sidney se impuso con todas las
de la ley. Es más, hasta se puede afirmar que, a pesar de poseer
sólo cuatro millones de habitantes, se erige actualmente solitaria
y sin rivales como el Ombligo del Hemisferio Austral. |
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Sydney
se jacta de ofrecer de todo lo que hay en el mundo. Y es verdad. Siendo
tan sólo la capital del estado de Nueva Gales del Sur, el más
extenso de Australia (con ochocientos mil kilómetros cuadrados,
es decir casi tres veces más que la provincia de Buenos Aires),
está aquí, sin embargo, el corazón comercial e industrial
del país.
Aunque el
recién llegado pueda imaginar que ésta es capital de Australia,
ello no es así desde el año 1927, cuando se fundó
el distrito federal de Canberra. Pero de hecho está aquí
la real capital del país, levantada sobre la bahía homónima,
en la costa sur oriental del país, y mirando hacia el gigantesco
Océano Pacífico.
Si
el arribo a Sidney se hace por aire, ya desde las alturas las caprichosas
formas de la ciudad se apoderan de nuestra visión. Y como un pulpo
gigante atrapa con los tentáculos de su paisaje a cuantos la contemplan,
a medida que va dibujándose con más nitidez durante el descenso.
Y resulta más que dificultoso resistir a la tentación.
Por mi parte,
llegaba a la ciudad con ganas de conocer gente copada y, ya en el mismo
aeropuerto internacional de Kingsford-Smith me recibían con sonrisas
y muy buena onda. Los trámites de rigor -migraciones y aduana- no
me resultaron fastidiosos. De inmediato, tras recabar toda la información
necesaria en la muy completa oficina de turismo, me dirigí al centro
de la ciudad.
En Sydney
los transportes públicos son muy limpios, seguros, eficientes y
relativamente económicos. Además, resultan una hermosa manera
de pasear e ir familiarizándose con su trama urbana. Se puede optar
por las máquinas expendedoras de pases para obtener los tickets.
De esta manera
llegué a mi destino y, valiéndome de un plano muy detallado,
fui caminando hasta la zona conocida como Kings Cross, más precisamente
hasta la calle llamada Darlinghurst Road. Buscaba alojarme en alguno de
los innumerables hostels que allí existen.
Me alojé
en The Globe, un lugar lleno de contrastes, donde el clima de fiesta flota
en el ambiente de manera permanente. En la cocina, además de contar
con todo lo necesario para preparar tu propia comida, podés empezar
el intercambio cultural con otros viajeros a través del arte culinario.
Exóticos platos y aromas que llegan cuando, por ejemplo, un japonés
cocina sopa de pescados.
Pronto me
daría cuenta de que en este lugar la actividad es non stop las veinticuatro
horas del día, de que se duerme a cualquier hora. Porque poco se
distinguen la mañana y la noche. Todos los días son agitados,
frenéticos, intensos.
En KingsCcross,
la diversión y la vida nocturna van a la par. Colores, energía,
atmósfera de fiesta y carnaval abundan apenas uno pisa sus calles.
Por todos lados, casas de cambio y tiendas de souvenirs se entremezclan
con restaurantes de los más variados menúes. Pero son los
cientos de cafés, pubs, nightclubs y sex shops los que terminan
extraviando la atención de los transeúntes, aunque las luces
de neón guíen sus pasos.
Innumerables
propuestas pueden alucinarnos e ilusionarnos hasta que la claridad anuncie
que despunta un nuevo día y la magia, entonces, quede de pronto
al descubierto. Desde hippies hasta bohemios, gente con pocas inhibiciones
recuerda las épocas doradas del flower power. Sidney poco tiene
que envidiar a la californiana San Francisco, o al Soho de Londres... Y
es precisamente el Kings Cross lo que constituye el corazón de esta
Zona Roja.
Mientras una
escultural chica seduce ofreciendo sus atractivos sin pudor, un homeless
pide limosna frente a artistas y poetas que recrean la vista...El sector
es muy frecuentado por los jóvenes, como lugar de encuentro, un
imán que mantiene el espíritu joven intacto.
Por ser éstos
mis primeros días en uno de los barrios más populares de
la ciudad, fue más que suficiente... ¡Podía morir de
un infarto!
Por eso, convine
conmigo mismo en tomar un respiro de aire puro. "Escapé" una mañana
temprano a recorrer a pie, por senderos muy bien señalizados, los
cercanos jardines botánicos. Estos datan de 1816, y su colección
es tan variada que permite encontrar plantas de todas partes del mundo.
Aquí se ofrecen hermosas vistas de la ciudad y su bahía,
especialmente cuando está envuelta en la luz siempre mágica
del crepúsculo. Además, el lugar posee excelentes lugares
para descansar bajo la sombra de alguno de sus exóticos muestrarios. |
Reconfortante.
Otra alternativa
permite llegar hasta la ensenada, dando así comienzo a un recorrido
clásico. A pie o en alguno de los innumerables transportes, se contempla
desde ese sitio lo que, sin lugar a dudas, constituye el cliché
australiano más conocido -y admirado- universalmente: la Opera House,
la célebre Ópera de Sidney.
El edificio
de la Ópera fue inaugurado en 1973, según proyecto del arquitecto
danés Jorn Utzon. Posee cuatro salas para conciertos, teatros y
cine. A su alrededor, restaurantes, bares, centros aborígenes, librerías,
galerías...porque aquí también se erige un punto de
encuentro de artistas que identifican a este lugar como su mejor fuente
de inspiración. Artesanías con cerámicas, batik, máscaras,
pinturas e innumerables propuestas más. Como por ejemplo, cruceros. |
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Fascinantes
cruceros para todos los bolsillos parten desde el "más fino puerto
del mundo" -según legendarias palabras atribuidas al capitán
Arthur Phillip, fundador de Sidney- con distintas duraciones y precios.
Los comentarios
y música a bordo entre café, té, escones y shows de
cabarets internacionales se completan en un ambiente perfumado y multicolor,
con el telón de fondo de infinidad de luces del centro.
Y a la hora
de navegar, podremos optar desde ultramodernos catamaranes hasta barcos
de piratas...
Y cuando aún
no se puede salir del asombro al contemplar la majestuosa silueta de la
Opera, que semeja las velas de una embarcación, otro imponente ícono
de Sidney, monumento del ingenio y la laboriosidad humanos, se erige hacia
la izquierda -hacia el poniente- como desafiando a su vecina: Harbour Bridge.
El
Harbour Bridge es el carismático puente levantado para unir el norte
y el sur de la ciudad. Inaugurado, en 1932, era en su época el puente
en arco más largo del mundo. Como emoción extra, en una de
sus torres se instaló un mirador, al cual es posible ascender por
escaleras situadas en su interior. Desde lo alto, la imagen panorámica
proyectándose sobre gran parte de la urbe constituye una visión
a vuelo de pájaro, sólo comparable a la que se experimenta
al subir a la Torre de Sidney. Si tenemos alma de artistas, no perdamos
las esperanzas, porque en este lugar actuó Paul Hogan en la famosa
Cocodrilo Dundee.
A los pies
del puente se levantan los edificios de The Rocks, el centro histórico
de Sidney, lugar donde el capitán Arthur Phillip fundó la
ciudad, en 1788. Adentrarse en la historia permite saber que este marino
llegó con casi un millar de presos, para colonizar desde aquí
todo el interior del gigantesco país-continente.
Pero el downtown
de Sydney posee otros sitios de interés realmente imperdibles. Como
por ejemplo, un recorrido por el histórico Queen Victoria Building,
un edificio de la época victoriana, transformado en shopping desde
hace algunos años. En este lugar, cada hora, se puede presenciar
el movimiento del reloj mecánico colgante, además de comprar
todo lo que uno pueda llegar a imaginar. Pero saltar de la historia al
futuro en pocos minutos no resulta una fantasía imposible. ¿Cómo?
Abordando el modernísimo sistema de transporte público conocido
como Circular Quay (Muelle Circular). Consistente en un monorail aéreo,
forma un circuito cerrado alrededor del Darling Harbour, con siete detenciones
en lugares estratégicos. Para quedarse boquiabierto. Frecuencia
de cuatro minutos y precios especiales con descuentos lo convierten en
otra atracción irresistible.
Elegí
descender primero en el Museo Marítimo y luego en el Acuario. Este
último es, sin ninguna duda, uno de los mejores del mundo. Allí
es posible contemplar desde la flora y fauna marina que puebla la Gran
Barrera de Coral, hasta los ejemplares que habitan en los ríos más
grandes de Australia. La visita se completa de manera casi surrealista:
caminando por debajo del mar en túneles de cristal transparentes
mientras los tiburones navegan sobre nuestras cabezas...
Los
días de frenesí y asombro en Sidney no se detienen nunca.
Como si fueran pocos los circuitos que brinda esta ciudad, la oferta de
actividades culturales durante todo el año, muchas de ellas gratuitas
o de muy bajo precio, permiten que uno siempre encuentre algo nuevo y original.
Muy cercana
a Kings Cross otra avenida mundialmente famosa seduce: la Oxford Street.
Cuando en el mes de febrero de cada año se desarrolla el evento
conocido como Mardi Gras, festival que congrega a gays y lesbianas del
mundo entero, esta calle vibra. Son cuatro semanas de intensa actividad,
con festivales de cine y eventos culturales que concluyen con un desfile
en esta avenida, llegándose a congregar más de medio millón
de personas.
Pero Sidney
está preparándose y remodelándose para el gran evento
que tendrá lugar en el 2000: los Juegos Olímpicos. Miles
de millones de dólares se destinan a infraestructura y acondicionamiento
de la ciudad. Según se estima, llegará a ella un aluvión
extra de más de dos millones de turistas.
Cuando uno
visita Sydney, contempla multitudes reunidas en torno a distintos personajes
del deporte, del arte o de la moda cualquier día de la semana.
Transitar por
sus calles implica caminar por una ultramoderna Torre de Babel que desafía
el cosmopolitismo de las mismísimas Nueva York o Londres. Negocios,
restaurantes, cafés, magos, payasos, malabaristas, acróbatas,
bailarines, músicos o profetas anunciando el fin del mundo estimulan
los sentidos al máximo.
Porque Sydney
es una metrópolis mundial que nos permite disfrutar y vivir la vida
como queramos, en libertad y en un ambiente de seguridad difícil
de encontrar en las grandes ciudades. |
En
efecto, la sede de los Juegos Olímpicos del 2000 es una de las ciudades
más seguras del mundo. Prácticamente no se registran hechos
de violencia de ninguna clase para los visitantes extranjeros.
Resulta casi
imposible conocer Sydney de una sola vez. Habrá que regresar varias
veces para llegar a ser cómplices de su infinita magia.
Aunque tanto
cautiva Sidney al visitante que muchos empezaremos a pensar seriamente
en la idea de cómo llegar a permanecer, cómo encontrar un
nido en ella. Porque a ella llega desde su fundación gente provenientes
de todos los rincones de la Tierra. Gente con deseos de renovación,
de encuentro y de tolerancia, que anhelan resguardo dentro de su particular
mosaico étnico.
Todo un ejemplo
para el resto de la Humanidad que se desangra en guerras y conflictos sin
fin. Y toda una esperanza de que un mundo mejor es posible. |
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