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Luciana Salazar


CHILE Desde Puerto Montt a Punta Arenas 

Para un lado, los pescadores, para otro, el morro selvático, y para adelante un paraíso de reggae, sol y surf. Una isla en donde las sirenas enamoran a sus visitantes.

Una isla con playa y sol era todo lo que estábamos buscando. Con mi amiga Albana leímos una guía de Brasil y descubrimos una isla cercana a Curitiba, en el litoral brasileño. "Un paraíso", fue la frase que nos tentó a viajar a la Ilha do Mel. 
Tomamos un micro directo desde Buenos Aires a Curitiba, que demoró cerca de 23 horas. 

Cuando llegamos averiguamos en nuestro portugués precario la forma de llegar hasta la isla. Era simple: teníamos que ir en bus hasta Pontal do Sul, un puerto situado a dos horas y media de Curitiba, desde donde se toma una barcaza que tarda unos 30 minutos en llegar al feliz y aislado destino. Por suerte esta línea interurbana sale todos los días, cada media hora, desde muy temprano. Mucha gente que trabaja en Curitiba vive por estos lugares, y viceversa, de ahí la agilidad de los horarios en los buses. Ya era de noche así que nos decidimos rápidamente a dormir en un hotel frente a la terminal, que nos costó 10 dólares a cada una. 
A las siete de la mañana nos levantamos dispuestas a tomarnos esos desayunos que sólo Brasil te puede dar. Bizcochuelo, jugo de mango, ananá, bananas, jamón, queso, pan, huevo revuelto, té, café, leche. Todo servido sobre una mesa sin fin. Cuando terminamos el banquete, nos fuimos a la terminal. 

Pontal do Sul 

El micro salió puntual. Pontal do Sul es un balneario turístico, un pueblo tranquilo donde veranean familias brasileñas. 
El puerto es muy especial, con una feria que bordea el mar, donde podés comprar todo tipo de recuerdos de la isla, desde caracoles y tejidos de hilo hasta lámparas con forma de peces y dibujos. Todos son muy tentadores y bastante baratos. 
Frente al muelle hay un puesto dividido en dos secciones: una para el pasaje y otra de información turística sobre la isla. Allí nos explicaron que Ilha do Mel está dividida en dos regiones: Encantadas y Brasilia. Del pequeño muelle salen dos barcos, uno para cada lugar. Nos decidimos por Encantadas, creo que por el nombre. Mostramos el documento prolijamente sellado en la entrada brasileña, pagamos poco menos de dos dólares y subimos al barco correspondiente. 
Era bastante frágil así que decidimos atarnos a los salvavidas. El viaje fue un tanto movidito, pero emocionante. Las olas subían y te mojaban, aunque por suerte el mar no estaba muy picado y llegamos a salvo. Ya en la isla, nos enteramos de que los mismos pescadores del lugar son quienes timonean los barcos. Nos relajamos pensando en la vuelta. 
Al desembarcar, nos dimos cuenta de que éramos las únicas pasajeras que habíamos cruzado el mar con bolsos. Nuestra inmediata conclusión fue que la mayoría de los viajeros toma a este viaje como una excursión de un día. 
 
 

Un sitio encantador

Un muelle de una cuadra de largo con una garita de madera un poco carcomida por el agua, un montón de barcos pesqueros anclados en el mar, un sol radiante y un aroma a tranquilidad fue lo primero que percibimos al llegar a Encantadas. 
Sin saber nada, pero absolutamente nada, empezamos a caminar por unas trilhas (caminos) buscando una posada donde instalarnos. Descubrimos una muy linda en medio de árboles. Allí nos recibió Gui, el dueño del lugar, con quien enseguida nos hicimos amigos. Gui era oriundo de San Pablo, pero hacía cinco años que vivía en la isla.
La isla está habitada por mucha gente que se mudó allí cansada de la ciudad, y por pescadores originarios del lugar. 
Gui nos ayudó a encontrar un sitio donde quedarnos. Elegimos un complejo de bungalows a metros del mar, la Pousada de Laurindo, con baño individual, TV, ventilador, tres camas, y desayuno por 10 dólares por persona. Esta posada queda a unos 200 metros del muelle, y es muy recomendable, aunque está entre las más caras del lugar. Felices, dejamos los bolsos y nos fuimos a recorrer Encantadas. 
La isla se recorre caminando, no hay vehículos de ninguna clase, salvo barcos y kayacs. Poco a poco fuimos descubriendo un lugar único, donde parecen no existir las preocupaciones. 
La felicidad se resumía en un poco de mar, agua de coco y una hamaca paraguaya. 
Encantadas tiene caminos rodeados de vegetación que siempre envuelven alguna casa. 
Si mirás para un costado, te sumergís en la vida de los pescadores. Si te das vuelta entrás en la vida del morro selvático. Y si volvés a girar, disfrutás de un paraíso de reggae, sol y surf. 

Historias de sirenas 
Al día siguiente de instalarnos en la isla, mi amiga sufrió una crisis amorosa incontenible y se fue. Así me encontré a la madrugada, saludando al barco que se iba con mi amiga. En ese momento caí en cuenta de que me había quedado absolutamente sola en el medio de una isla, sin conocer a nadie. Entonces vi a Gui, quien me contó la leyenda de las grutas. 
La leyenda dice que en la Gruta das Encantadas en las noches de luna aparecen sirenas hermosas que enamoran a los hombres y, a veces, se los llevan a vivir con ellas al fondo del mar. 
Gui siguió su camino, y yo me preparé para conocer el paraíso. Seguí el camino señalizado y en media hora llegué a las grutas. Es un lugar impactante, que inmediatamente te transporta a un mundo de fantasía. Un mar verde esmeralda rompe constantemente sobre rocas gigantescas de distintos marrones y forman una pequeña gruta. 
Me zambullí en el agua llena de pescaditos rayados de múltiples colores. Mientras hacía la plancha y disfrutaba de un sol radiante, trataba de descifrar si todo lo que estaba viviendo no formaba parte de un sueño. 

Sobre Ilha do Mel 

La isla constituye la porción de la floresta atlántica mejor preservada de Brasil. Es una estación ecológica, reserva de la biosfera declarada Patrimonio de la Humanidad. El 90 por ciento del territorio es un área de preservación ambiental. Tiene un total de 2.762 hectáreas, de las cuales 2.240,69 representan un área de estación ecológica, 345.80 un área de reserva natural y tiene sólo 120.46 hectáreas de zona poblada. Su perímetro es de 35 km, y su altitud máxima de 151 metros. 
Encantadas está poblada de morros, con vegetación selvática. A medida que te adentrás en el morro, las hojas van aumentando de tamaño y aparecen monos marrones, aves de todo tipo e insectos rarísimos. Si caminás por el morro tenés que seguir los caminos permitidos y estar bien calzado, a causa de los insectos y las víboras que habitan el lugar. 
Podés hacer varias caminatas por senderos bien marcados. Un paseo imperdible es caminar, durante ocho horas, hasta el lado de Brasilia y a Ponta de Farol. 

Las dos caras de la isla: Encantadas y Brasilia 

Encantadas tiene cerca de 500 metros de ancho así que es muy fácil ir caminando de una playa a la otra, en menos de 15 minutos. 
Siempre es mejor ir a las playas del otro lado del muelle durante el día, ya que tienen un mar inagotable y no cuentan con más infraestructura que un bar alejado de la costa. Las playas más recomendadas son Praia do Fora y Praia das Bicas. 
La playa del lado del muelle está poblada por bares y posadas. Sentándote desde ese lado podés ver Pontal do Sul en forma panorámica. El agua es calma, casi sin olas. Es muy recomendable sentarse a ver el atardecer mientras tomás una cerveza con langostinos. 
En la región de Brasilia se encuentra la mayor parte de la reserva ecológica. También hay algunas construcciones históricas: la Fortaleza de Nossa Senhora dos Prazeres, construida en 1767 para defender las tierras portuguesas contra el ataque español, el Farol das Conchas, construido en 1872, y el Morro da Baleia, donde hay una fortaleza con cañones y trincheras de piedra, que fueron abandonadas después de la Segunda Guerra Mundial. En Brasilia se encuentra el único hotel de toda la isla. Sin embargo, Brasilia cuenta con poca infraestructura turística y casi no tiene vida nocturna. 

En busca de los delfines 

Mientras caminaba por la orilla del mar, conocí a Douglas, un brasileño de Maringa, cultivador de café. Esta región forma parte de Paraná, el litoral de Brasil, una de las principales regiones de cultivo de café. 
Nos entusiasmamos para ir en lancha hasta Brasilia, Douglas habló con un pescador y terminamos yendo por 10 dólares entre los dos, ida y vuelta. Llegamos al Morro da Baleia: no podía creer la belleza del lugar, rodeado de cañones y viendo saltar delfines en el mar. Douglas, que nunca había visto delfines, empezó a aplaudir. Yo lo seguí. 

La noche en la isla 

Cuando volvimos de Brasilia llovía. Casi todos los días, cerca de las siete de la tarde, se larga a llover durante una hora. Es la excusa perfecta para descansar un rato y prepararse para la noche. 
Habíamos quedado en encontrarnos con Douglas en Paraíso, uno de los restaurantes que dan a la playa. Cenamos un plato de mejillones, una feijoada (porotos brasileños hechos con una salsa característica) y tomamos una cerveza frente al mar, mientras una banda de músicos tocaba reggae y folk brasileño. 
Más tarde fuimos a bailar a la disco del lugar, que consiste en un lugar con piso de cemento, con una pequeña barra y unos barrotes en las esquinas que sostienen el techo. Se llama Forró (nombre de un típico baile brasileño parecido a la lambada). Estuve toda la noche tratando de aprender el baile, pero lo único que conseguí fue reirme hasta el cansancio al ver a Douglas intentar enseñarme los pasos. 
Cuando el sol empezó a asomar, las lagartijas se fueron a dormir y los gallinazos, unos pájaros enormes parecidos a las gallinas pero de color negro, empezaron a asomarse por la playa en busca de comida. Ya era hora de dormir. El viaje de regreso era largo... más por las pocas ganas de volver que me invadían.

Info


¿Cuándo ir? 
De enero a marzo es cuando más gente visita Ilha do Mel por su clima subtropical, con un promedio de temperatura de 25 grados. Durante el resto del año la mayoría de los pocos bares y posadas que hay están cerrados. 

Recomendaciones
En la isla no hay ni una sola casa de cambio y nadie quiere cambiar dinero (y si lo hacen te dan muy mal cambio). Lo más recomendable es cambiar antes de viajar a la isla. 

Imperdibles
Comer pescado con cerveza en cualquier bar sobre la playa al atardecer. Casi todos los lugares ofrecen un buen menú, que cuesta cerca de 5 dólares por persona. 
 

 

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