| CHILE Desde
Puerto Montt a Punta Arenas
Para un
lado, los pescadores, para otro, el morro selvático, y para adelante
un paraíso de reggae, sol y surf. Una isla en donde las sirenas
enamoran a sus visitantes.
Una
isla con playa y sol era todo lo que estábamos buscando. Con mi
amiga Albana leímos una guía de Brasil y descubrimos una
isla cercana a Curitiba, en el litoral brasileño. "Un paraíso",
fue la frase que nos tentó a viajar a la Ilha do Mel.
Tomamos un micro directo desde Buenos
Aires a Curitiba, que demoró cerca de 23 horas.
Cuando llegamos averiguamos en nuestro
portugués precario la forma de llegar hasta la isla. Era simple:
teníamos que ir en bus hasta Pontal do Sul, un puerto situado a
dos horas y media de Curitiba, desde donde se toma una barcaza que tarda
unos 30 minutos en llegar al feliz y aislado destino. Por suerte esta línea
interurbana sale todos los días, cada media hora, desde muy temprano.
Mucha gente que trabaja en Curitiba vive por estos lugares, y viceversa,
de ahí la agilidad de los horarios en los buses. Ya era de noche
así que nos decidimos rápidamente a dormir en un hotel frente
a la terminal, que nos costó 10 dólares a cada una.
A las siete de la mañana
nos levantamos dispuestas a tomarnos esos desayunos que sólo Brasil
te puede dar. Bizcochuelo, jugo de mango, ananá, bananas, jamón,
queso, pan, huevo revuelto, té, café, leche. Todo servido
sobre una mesa sin fin. Cuando terminamos el banquete, nos fuimos a la
terminal.
Pontal do
Sul
El
micro salió puntual. Pontal do Sul es un balneario turístico,
un pueblo tranquilo donde veranean familias brasileñas.
El puerto es muy especial, con una
feria que bordea el mar, donde podés comprar todo tipo de recuerdos
de la isla, desde caracoles y tejidos de hilo hasta lámparas con
forma de peces y dibujos. Todos son muy tentadores y bastante baratos.
Frente al muelle hay un puesto dividido
en dos secciones: una para el pasaje y otra de información turística
sobre la isla. Allí nos explicaron que Ilha do Mel está dividida
en dos regiones: Encantadas y Brasilia. Del pequeño muelle salen
dos barcos, uno para cada lugar. Nos decidimos por Encantadas, creo que
por el nombre. Mostramos el documento prolijamente sellado en la entrada
brasileña, pagamos poco menos de dos dólares y subimos al
barco correspondiente.
Era bastante frágil así
que decidimos atarnos a los salvavidas. El viaje fue un tanto movidito,
pero emocionante. Las
olas subían y te mojaban, aunque por suerte el mar no estaba muy
picado y llegamos a salvo. Ya en la isla, nos enteramos de que los mismos
pescadores del lugar son quienes timonean los barcos. Nos relajamos pensando
en la vuelta.
Al desembarcar, nos dimos cuenta
de que éramos las únicas pasajeras que habíamos cruzado
el mar con bolsos. Nuestra inmediata conclusión fue que la mayoría
de los viajeros toma a este viaje como una excursión de un día.
Un sitio
encantador
Un muelle de una cuadra de largo
con una garita de madera un poco carcomida por el agua, un montón
de barcos pesqueros anclados en el mar, un sol radiante y un aroma a tranquilidad
fue lo primero que percibimos al llegar a Encantadas.
Sin saber nada, pero absolutamente
nada, empezamos a caminar por unas trilhas (caminos) buscando una posada
donde instalarnos. Descubrimos una muy linda en medio de árboles.
Allí nos recibió Gui, el dueño del lugar, con quien
enseguida nos hicimos amigos. Gui era oriundo de San Pablo, pero hacía
cinco años que vivía en la isla.
La isla está habitada por
mucha gente que se mudó allí cansada de la ciudad, y por
pescadores originarios del lugar.
Gui nos ayudó a encontrar
un sitio donde quedarnos. Elegimos un complejo de bungalows a metros del
mar, la Pousada de Laurindo, con baño individual, TV, ventilador,
tres camas, y desayuno por 10 dólares por persona. Esta posada queda
a unos 200 metros del muelle, y es muy recomendable, aunque está
entre las más caras del lugar. Felices, dejamos los bolsos y nos
fuimos a recorrer Encantadas.
La isla se recorre caminando, no
hay vehículos de ninguna clase, salvo barcos y kayacs. Poco a poco
fuimos descubriendo un lugar único, donde parecen no existir las
preocupaciones.
La felicidad se resumía en
un poco de mar, agua de coco y una hamaca paraguaya.
Encantadas tiene caminos rodeados
de vegetación que siempre envuelven alguna casa.
Si mirás para un costado,
te sumergís en la vida de los pescadores. Si te das vuelta entrás
en la vida del morro selvático. Y si volvés a girar, disfrutás
de un paraíso de reggae, sol y surf.
Historias
de sirenas
Al día siguiente de instalarn os
en la isla, mi amiga sufrió una crisis amorosa incontenible y se
fue. Así me encontré a la madrugada, saludando al barco que
se iba con mi amiga. En ese momento caí en cuenta de que me había
quedado absolutamente sola en el medio de una isla, sin conocer a nadie.
Entonces vi a Gui, quien me contó la leyenda de las grutas.
La leyenda dice que en la Gruta
das Encantadas en las noches de luna aparecen sirenas hermosas que enamoran
a los hombres y, a veces, se los llevan a vivir con ellas al fondo del
mar.
Gui siguió su camino, y yo
me preparé para conocer el paraíso. Seguí el camino
señalizado y en media hora llegué a las grutas. Es un lugar
impactante, que inmediatamente te transporta a un mundo de fantasía.
Un mar verde esmeralda rompe constantemente sobre rocas gigantescas de
distintos marrones y forman una pequeña gruta.
Me zambullí en el agua llena
de pescaditos rayados de múltiples colores. Mientras hacía
la plancha y disfrutaba de un sol radiante, trataba de descifrar si todo
lo que estaba viviendo no formaba parte de un sueño.
Sobre Ilha
do Mel
La isla constituye la porción
de la floresta atlántica mejor preservada de Brasil. Es una estación
ecológica, reserva de la biosfera declarada Patrimonio de la Humanidad.
El 90 por ciento del territorio es un área de preservación
ambiental. Tiene un total de 2.762 hectáreas, de las cuales 2.240,69
representan un área de estación ecológica, 345.80
un área de reserva natural y tiene sólo 120 .46
hectáreas de zona poblada. Su perímetro es de 35 km, y su
altitud máxima de 151 metros.
Encantadas está poblada de
morros, con vegetación selvática. A medida que te adentrás
en el morro, las hojas van aumentando de tamaño y aparecen monos
marrones, aves de todo tipo e insectos rarísimos. Si caminás
por el morro tenés que seguir los caminos permitidos y estar bien
calzado, a causa de los insectos y las víboras que habitan el lugar.
Podés hacer varias caminatas
por senderos bien marcados. Un paseo imperdible es caminar, durante ocho
horas, hasta el lado de Brasilia y a Ponta de Farol.
Las dos
caras de la isla: Encantadas y Brasilia
Encantadas tiene cerca de 500 metros
de ancho así que es muy fácil ir caminando de una playa a
la otra, en menos de 15 minutos.
Siempre es mejor ir a las playas
del otro lado del muelle durante el día, ya que tienen un mar inagotable
y no cuentan con más infraestructura que un bar alejado de la costa.
Las playas más recomendadas son Praia do Fora y Praia das Bicas.
La playa del lado del muelle está
poblada por bares y posadas. Sentándote desde ese lado podés
ver Pontal do Sul en forma panorámica. El agua es calma, casi sin
olas. Es muy recomendable sentarse a ver el atardecer mientras tomás
una cerveza con langostinos.
En la región de Brasilia
se encuentra la mayor parte de la reserva ecológica. También
hay algunas construcciones históricas: la Fortaleza de Nossa Senhora
dos Prazeres, construida en
1767 para defender las tierras portuguesas contra el ataque español,
el Farol das Conchas, construido en 1872, y el Morro da Baleia, donde hay
una fortaleza con cañones y trincheras de piedra, que fueron abandonadas
después de la Segunda Guerra Mundial. En Brasilia se encuentra el
único hotel de toda la isla. Sin embargo, Brasilia cuenta con poca
infraestructura turística y casi no tiene vida nocturna.
En busca
de los delfines
Mientras
caminaba por la orilla del mar, conocí a Douglas, un brasileño
de Maringa, cultivador de café. Esta región forma parte de
Paraná, el litoral de Brasil, una de las principales regiones de
cultivo de café.
Nos entusiasmamos para ir en lancha
hasta Brasilia, Douglas habló con un pescador y terminamos yendo
por 10 dólares entre los dos, ida y vuelta. Llegamos al Morro da
Baleia: no podía creer la belleza del lugar, rodeado de cañones
y viendo saltar delfines en el mar. Douglas, que nunca había visto
delfines, empezó a aplaudir. Yo lo seguí.
La noche
en la isla
Cuando volvimos de Brasilia llovía.
Casi todos los días, cerca de las siete de la tarde, se larga a
llover durante una hora. Es la excusa perfecta para descansar un rato y
prepararse para la noche.
Habíamos quedado en encontrarnos
con Douglas en Paraíso, uno de los restaurantes que dan a la playa.
Cenamos un plato de mejillones, una feijoada (porotos brasileños
hechos con una salsa característica) y tomamos una cerveza frente
al mar, mien tras
una banda de músicos tocaba reggae y folk brasileño.
Más tarde fuimos a bailar
a la disco del lugar, que consiste en un lugar con piso de cemento, con
una pequeña barra y unos barrotes en las esquinas que sostienen
el techo. Se llama Forró (nombre de un típico baile brasileño
parecido a la lambada). Estuve toda la noche tratando de aprender el baile,
pero lo único que conseguí fue reirme hasta el cansancio
al ver a Douglas intentar enseñarme los pasos.
Cuando el sol empezó a asomar,
las lagartijas se fueron a dormir y los gallinazos, unos pájaros
enormes parecidos a las gallinas pero de color negro, empezaron a asomarse
por la playa en busca de comida. Ya era hora de dormir. El viaje de regreso
era largo... más por las pocas ganas de volver que me invadían.
Info
¿Cuándo
ir?
De enero a marzo es cuando más
gente visita Ilha do Mel por su clima subtropical, con un promedio de temperatura
de 25 grados. Durante el resto del año la mayoría de los
pocos bares y posadas que hay están cerrados.
Recomendaciones
En la isla no hay ni una sola casa
de cambio y nadie quiere cambiar dinero (y si lo hacen te dan muy mal cambio).
Lo más recomendable es cambiar antes de viajar a la isla.
Imperdibles
Comer pescado con cerveza en cualquier
bar sobre la playa al atardecer. Casi todos los lugares ofrecen un buen
menú, que cuesta cerca de 5 dólares por persona.
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