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Luciana Salazar


Torres del Paine, centinelas azules de la Patagonia 

Es uno de los Parques Nacionales más bonitos y espectaculares de la Patagonia. Queda cerca de Punta Arenas, al final del territorio chileno. Hay espacio para acampar cerca de los lagos y un entorno natural que invita a quedarse a vivir.

Paredes que nacen del agua o algo así. Al menos eso es lo que dice aquí la vista, aunque muchas veces engañe como afirmaba nuestro amigo Descartes. Las Torres del Paine emergen desde el lago Pehoé o desde el Nordenskjöld, depende desde dónde uno se ubique en el mapa.

Tocan cielo y son azules al amanecer, tal como lo cuenta el nombre que le han dado los tehuelches. Y eso sucede no por lógica mímesis biológica sino por el color que genera la luz al brillar sobre el hielo, sobre esos glaciares eternos que cubren las cimas. 

Las montañas son inmensas, quitan la respiración, y más cuando uno ha llegado por la noche y a la mañana se entera de que, justo frente a la tienda de acampar, aparece ese macizo descomunal como desperezándose desde el lago turquesa, espeso, lechoso, precioso. 

Es allí, sobre el último suspiro del continente, que hace rato amenaza con volverse insular, donde este accidente bonito de la tierra convive entre ñandúes, cóndores y pumas. Es en el fin de la Patagonia chilena, en el corazón de un Parque Nacional que lleva el mismo nombre, y lo lleva con orgullo de tierra india, con orgullo de escondido rincón del mundo. 

EL PARQUE 
Este Parque que es nacional por decisión chilena, es también un sitio que carga con el orgullo de ser, mal que le pese a nuestro innecesario nacionalismo, uno de los más fastuosos de toda la Patagonia, uno de los más bonitos del sur de América. 

Son 242.242 hectáreas de montañas y bosques achaparrados que han sido declaradas Reserva Biosférica de la UNESCO en 1978 y que se abren a unos 400 kilómetros al Norte de Punta Arenas; exactamente a los 51° 7´ latitud sur y 70° 59´ longitud oeste. Casi se podría decir que está un poco más al sur de las espaldas del Glaciar Perito Moreno, después de la Cordillera. Claro que esas distancias no son juego de niños por aquí. Pero bueno, el Glaciar es un buen punto de referencia para ubicarse. Desplieguen el mapa. 

LAS TORRES Y SU ENTORNO 
Esas torres que le dan nombre al parque son formaciones graníticas de unos 3.000 metros de altura aproximadamente. Cinco son las principales: Cerro Paine Grande, Cuernos del Paine, Torres del Paine, Almirante Niete y Cerro Paine Medio. Abajo, a 46 metros sobre el nivel del mar, aparecen los lagos de aguas turquesas que también le han ido dando fama a la región. Los de mayor tamaño son el lago del Toro y el Sarmiento que nada tiene que ver con nuestro incansable detractor del gaucho y amante de los gorriones. Después aparecen el Pehoé, el Grey, el Nordenskjöld, que humecta los pies del macizo, y el Skottsberg. También hay una media docena de lagunas desperdigadas por todo el terreno. 

Si nos metemos en la temática botánica, la zona es comarca de la lenga y el coihué. Lleva un microclima único provocado por la cercanía del Pacífico, a partir del cual y a pesar de la ubicación sureña, las temperaturas diurnas muy rara vez descienden por debajo de los 12 grados. En verano se está muy bien en carpa. 

Dando vueltas por el aire hay más de 105 especies de aves y 25 especies de mamíferos. Aquí los guanacos no escupen pero posan para las fotografías sin timidez, sabiéndose detentores de un perfil autóctono que define a la Patagonia. Hay como siempre ñandúes machos incubando los huevos entre los pastizales, mientras las hembras salen de juerga, los flamencos pescan a pata alzada sobre las lagunas y los caiquenes juegan a las escondidas entre los matorrales de juncos, mientras el huemul y los zorros se transforman en huidizos caminantes del entorno. 

Por obvias razones geográficas, en estos parajes el león ha cedido su reinado, y es así como el cóndor se fue autoproclamando como un indiscutido monarca que ejerce su mandato desde las alturas. Puede vérselo, de tanto en tanto, volar en redondo buscando su presa con un porte señorial de impunidad total. 

PARA ACAMPANTES 
El Parque es zona de acampantes, de encuentros entre mochileros que cruzan la cordillera y aquellos que sólo bajan desde Santiago o cruzan el océano desde la vieja Europa. Está lleno de alemanes, suizos, franceses y esos grupos de aventureros primermundistas; todos se mezclan en el viaje. 

Al momento de decidir la caminata siempre existe la opción del trekking libre. Con un mapa en el bolsillo y sin nada preestablecido, pueden descubrirse buenos lugares si uno va siempre con las manos abiertas a recibir lo que la sorpresa depare. Pero si lo que se prefiere es caminar con un destino fijo y a sabiendas del camino, es bueno tener en cuenta que existen hasta 17 tipos de expediciones posibles dentro del territorio del Parque. 

Una de las más atractivas es la caminata hacia el glaciar del lago Grey, en la parte occidental del macizo. Es aquí cuando se atraviesan puentes colgantes, grandes playas de guijarros y bosques de lengas maduras; es cuando aparece la oportunidad de sentarse frente a frente con uno de los bloques de hielo más grandes de Sudamérica. Es una pared blanca que se desgaja y va asomándose detrás de un ejército de trozos congelados en tren de flotación, que van derritiéndose sobre las aguas que aquí la juegan de espejo de tan quietecitas que se mantienen. 

Las salidas de trekking arqueológico son también una perla necesaria. En estos paseos, se recorren acantilados en los que aparecen las últimas pinturas rupestres de los tehuelches; hay que cruzar por las cercanías del lago Sarmiento y la laguna Amarga. Todas estas propuestas surgen de los guardaparques, ellos saben cómo indicar los caminos y dar recomendaciones si uno quiere ir por cuenta propia. También pueden poner en contacto al viajero con guías que conozcan el terreno. Todo está bastante organizado. O más bien, puede estarlo si uno así lo desea. 

A CABALLO POR LA MONTAÑA 

Con la cara marcada por los vientos sureños y modales parcos pero amables, Don Miguel es uno de los encargados de las cabalgatas. Tiene a su cargo a más de media docena de animales que conocen la zona y saben recorrerla casi de memoria. 

Una cabaña cerca del río de las Chinas suele ser el punto de partida para las excursiones equinas, allí también es posible probar uno de los más exquisitos corderos patagónicos, preparado al asador por expertos en la materia. 

Para llegar hasta ese rincón del Parque hay que rodear el macizo e ir hacia el otro lado, pero de todas maneras, una vez allí, es conveniente consultar el camino y las formas de acceso con los guardaparques. Ellos saben dónde encontrar a Don Miguel y saben de precios y esas menudencias pragmáticas. 

A TRAVÉS DE PUNTA ARENAS 
Quizás una de las maneras más simples de acceder al Parque sea a través de Punta Arenas. Una ciudad que aún conserva cierto clima de fin de siglo XIX, con mansiones coloniales y plazoletas de héroes condenados al bronce. 

Arenas tuvo hace ya tiempo su época de oro; fue uno de los puertos principales, a nivel mundial, hasta antes de que se abriera el canal de Panamá, y uno de los centros de producción lanar más grande de América. Esos aires de grandeza pueden todavía encontrarse si se los sabe mirar. Vale la pena un día de recorrido por la ciudad. 

LA CUEVA DEL MILODÓN 
A unos 250 kilómetros al noroeste de la capital de la región y camino a Torres del Paine, Puerto Natales aparece como una de las aldeas más pequeñas de la región. Es un poblado de casitas bajas y techos coloridos que duerme sobre un lago pequeño, amparado de los vientos marítimos por el seno Ultima Esperanza. 

A pocos kilómetros del centro, está la conocida cueva del Milodón, una caverna en la que el capitán Hermann Eberhard descubrió en 1890 los restos perfectamente conservados de un perezoso de más de tres metros de altura, que se había extinguido durante el Pleistoceno. Hoy existe una réplica a tamaño natural del herbívoro. 

Natales es también el lugar donde terminan los ferrys que llegan desde Puerto Montt, una de las ciudades emblemáticas del sur de Chile. 

Y así es como se pasan los días, las horas y minutos sobre estas tierras en las que el curanto (cocido de pescado, mariscos, pollo, cerdo, cordero, ternera y papas) y el Barros Jarpa (un tostado que hace honor a un conocido pintor chileno) son los reyes del planeta culinario. La región chilena de "Magallanes" (así se llama en honor al "descubridor" del estrecho) puede ser un buen destino. Siempre. Ahí está. 
 

INFO:

¿CUÁNDO IR? 
En verano el clima es seco y templado durante el día, y un poco más frío durante las noches. 

¿CÓMO LLEGAR? 
Hay vuelos diarios a Punta Arenas vía Santiago. Para los que van por cuenta propia, desde Punta Arenas hay ómnibus que salen hacia Puerto Natales en donde se realizan combinaciones para llegar hasta el Parque. 

La oficina de turismo en Punta Arenas está en la calle Waldo Seguel 689, allí se pueden contratar excursiones hacia el Parque o averiguar por las diferentes maneras de llegar hasta allí. 

En el puesto de los guardaparques se puede averiguar cuáles son exactamente los sitios para acampar y buscar información sobre el paisaje en general, mapas de la región y excursiones posibles. Hay buenos datos y los encargados son gente amable y bien predispuesta. Ellos también están al tanto de quiénes organizan salidas en 4X4 por la zona o cabalgatas de medio día o jornada completa. 

¿DÓNDE HOSPEDARSE? 
Al borde de casi todos los lagos hay sitios para acampantes que prefieran el contacto directo con la naturaleza. Pero de todas maneras una de las opciones hoteleras más coherentes con el entorno es el Explora. Hay una página en Internet que tiene bastante información al respecto: www.interknowledge.com/Chile/explora 
La hostería Pehoé es otra opción interesante a orillas del lago homónimo. 

RECOMENDACIONES
Si se busca ir a acampar, se debe tomar todas las precauciones necesarias con el fuego. Generalmente se permite sólo el uso de garrafas para evitar posibles incendios y otros desmadres. 

Es fundamental viajar con la comida que uno va a consumir durante la estadía en el Parque, no hay almacenes cerca ni nada por el estilo. Sólo hay un par de grandes restaurantes en las hosterías pero, claro, los precios no están entre los más económicos. Así que en la mayoría de los casos, los acampantes, suelen subsistir a sopa, fideos y paté con criollitas: típica dieta de viajero precavido. 
 
 
 
 

 

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