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Luciana Salazar


Isla de Pascua, Protectora de míticas sabidurías 

En medio de la "nada" del Pacífico, un pequeño triángulo emerge entre profundos acantilados recortados por un océano azul y cráteres de volcanes apagados: la mítica Rapa Nui (Isla de Pascua). 

Aquí se desenvolvió una civilización aún incomprendida, encarnada en los moais, las famosas esculturas de piedra. Civilización que convoca a los cultores de la arqueología y de los mundos extinguidos que buscan descifrar este esplendoroso cementerio viviente. 
Para los viajeros, adentrarse en este santuario polinésico, inmutable y profundo, supone embeberse de su leyenda y de sus escenarios hasta hacerlos propios. Para así comprender que en Rapa Nui hay además una lección y un llamado de atención al hombre moderno. 
Rapa Nui quiere hacernos escuchar el eco de su grito y de su mensaje milenario, más actual que nunca. 

A desenchufarme 
Confieso que me costó creer lo que dicen los arqueólogos. Para mí, caminar entre aquellos moais significaba otra cosa, algo muy distinto. Su presencia en las laderas del volcán Ranu Raraku humanizaban el paisaje de aquel rojizo atardecer. 
No podía dejar de imaginar que ellos me miraban, me observaban y me protegían de manera especial. Como niño, lloraba de emoción y de alegría al contemplar sus figuras pétreas e inmóviles... ¿Qué misterio intrigante significaba aquello? 
Todo había empezado varios días atrás, al descender del avión en el aeropuerto de Hanga Roa, la única población de la isla. Llegaba allí con mis últimos "chelines" y me carcomía pensando cómo haría para "pasar el invierno", porque los que ya conocían la isla me habían advertido con tono admonitorio: "Es carísima, los alojamientos están por las nubes, los precios son desorbitantes..." 
Sin embargo, las sorpresas y la buena onda me recibieron desde el mismo instante en que puse mis pies en aquel lejano territorio chileno. Aire fresco y límpido, rapidez y amabilidad; todo pequeño, ordenado y limpio. Poca prisa y ningún agobio. Para mí, harto de controles y con mis energías desgastadas tras un largo trajín, este recibimiento era ideal. Iba a descansar, a desenchufarme. 
En la salida del aeropuerto me abordaron quienes buscan llevar a los pasajeros recién llegados a sus pensiones. 

El respeto al koro 
"Iorana koe" (Bienvenido). "Mi pensión tiene habitación individual, agua caliente, desayuno estilo americano y cuesta veinte dólares. Además, lo transporto desde aquí", me ofreció Erika, mujer nacida en aquellas latitudes. Cautivado por su encanto, sencillez y acento, allá fui... El albergue Chez Erika era más bonito de lo que había imaginado. Un buen baño y a intentar descansar, a pesar de encontrarme con varias horas de diferencia debido a los famosos husos. 
Me resultó difícil abandonar la calidez y bienestar de la habitación, pero el jet lag no me dejó dormir demasiado, y a las cuatro de la madrugada ya deambulaba por el ahu moai (plataforma ceremonial con estatuas) de Tahai, distante a casi dos mil metros. 
Si bien las figuras de los moais son atractivas y soberbias de por sí, recortadas con el negro cielo tachonado de estrellas resultan aún más grandiosas. A pesar del frío, me mantendría disfrutando de este debut con los moais, de este primer "encuentro cercano" hasta bien salido el sol, con la compañía del viento haciendo música en las rocas... para regresar a Chez Erika a seguir degustando de la isla. 
El desayuno que me sirvió María fue reconfortante y me devolvió las ganas de iniciar otro recorrido, junto a dos francesas -Hélène y Dominique- y Richard, el guía. 

Este llegó como turista hace varios años y quedó enamorado del lugar. Aburrido de su oficina y su computadora, decidió dedicarse a estudiar el origen de esta civilización y no volvió más a sus pagos. Se casó con una nativa y ama su patria adoptiva. "Sueño en español y soy francés", confiesa orgulloso. "¿No te aburres de repetir siempre lo mismo a los visitantes?", le pregunto. "No, en absoluto. Cada vez descubro algo nuevo, algo que no había visto antes. Además, conozco gente de todos lados y junto a ellos voy viajando yo también". 
La primera detención tras salir de Hanga Roa me llenó de asombro: Vinapu. 

Richard nos explicaba así: "Poco a poco la costa fue poblándose de pequeños pueblos que vivían en completa armonía; en aquel entonces, la isla tenía árboles, como palmeras con troncos de hasta un metro de diámetro. Esos habitantes practicaban el culto a sus antepasados. En otros lugares ya existía ese culto, manifestado en estatuas muy pequeñas con cabezas sencillas y ojos similares a bollos, que representaban su imagen y su espíritu." Y, señalando hacia el moai que yace en el piso, agregó: "Pero aquí, en esta isla, encontraron un tipo de roca -volcánica- que les permitió aumentar esas representaciones y afinar los rasgos hasta llegar a la escultura, es decir al moai. Estos, a su vez, fueron adquiriendo dimensiones cada vez mayores, hasta hacerse colosales. El más grande hasta ahora descubierto pesa unas 80 toneladas y mide 20 metros de alto". 
En las costumbres ancestrales de este pueblo, el valor y el respeto a los ancianos se traducía también en la vida diaria. Todo el clan vivía en el mismo lugar bajo la autoridad de un koro (abuelo). 
"Los moais estaban diseminados por toda la costa, simbolizando al padre fundador de la familia. Y en su representación, el espíritu de éste protegía a sus descendientes. Sus ojos blancos, de coral, transmitían la vida, la fuerza, el espíritu de los antepasados que habían habitado allí. Y estaban erigidos de manera tal que miraban a sus hijos. Por eso, orientándose hacia sus respectivas aldeas, daban la espalda al mar", concluyó Richard. Continuábamos nuestro recorrido por caminos de tierra, entre acantilados, moais tumbados y volcanes, bordeando la costa hasta el ahu de Tongariki. 
Los moais fueron tallados en roca volcánica amarilla y llegaron a adquirir tamaños gigantes. Terminados en su totalidad y hasta en los menores detalles en la cantera del volcán Ranu Raraku, desde allí eran desprendidos de la pared rocosa y bajados a las costas sobre troncos del ahora extinguido toromiro, árbol típico. En aquel entonces, la isla estaba poblada por extensos bosques que cubrían las laderas de los volcanes. El hallazgo de restos de polen antiguo fue clave para entender cómo se transportaban las enormes estatuas hacia los ahu. Los rapanuis disponían de los materiales necesarios para la construcción de palancas y tablones. 
Algunas teorías pseudocientíficas y mitos achacan a los extraterrestres los conocimientos científicos para poder realizar estas construcciones. "Tonterías para los gringos", me dice Pepe, un chileno que ama la isla, y me explica con lujo de detalles hasta el más pequeño interrogante. ¿Por qué nunca se cuestionan las grandes construcciones de la Edad Antigua en Europa, y sí en cambio Macchu Pichu, Tikal o Rapa Nui? Ellos sí fueron capaces, pero fuera de sus límites tuvieron que venir de otros mundos. Inferioridad racial, disfrazada. 
Tongariki es un ahu restaurado donde yerguen sus siluetas quince moais, de los cuales sólo uno posee el rojo pukao (sombrero), representando en realidad la cabellera, muy importante en todos los pueblos polinesios. Los pukaos fueron construidos en otra cantera, Puna Pau, con toba volcánica oxidada. De allí su color rojizo. 
Anakena logra el amor entre la tierra y el mar: único sitio con playas de arena. Precisamente allí se produjo el desembarco de los primeros pobladores. En este lugar, un conjunto de moais engalanados con vistosos pukaos escrutan atentamente el océano, convirtiéndose así en una excepción. ¿Atentos vigías, tal vez? 

Paisajes fantasmagóricos 
Otra alternativa es palpar la isla palmo a palmo alquilando una bicicleta. Por diez dólares diarios, inicié el circuito en la aldea ceremonial de Orongo. 
Cuando en el siglo XVI la crisis hizo abandonar la construcción de moais, surgió un nuevo orden político y religioso centrado en la elección anual de un jefe guerrero entre las tribus, llamado Tangata Manu (hombre-pájaro). 
En Orongo, durante la primavera, tenía lugar dicha ceremonia. Esperando la nidificación de las aves migratorias en el islote de Moto Nui situado frente al imponente acantilado del volcán Rano Kau, la competencia consistía en conseguir un huevo de manu tara (golondrina), ave considerada sagrada. El primero en lograrlo se convertía en Tangata Manu, encarnando al dios Maké Maké. 
Casas de piedra agrupadas en la ladera del volcán y orientadas hacia el mar formaban esta aldea ceremonial, restaurada en 1975. Diversos petroglifos tallados en el lugar conmemoran esos días del pasado... Me trasladé luego hasta el ahu Akivi, formado por otros siete moais. Y desde allí, por caminos ondulados y despejados, jalonados de hierbas y flores que perfuman el aire, descubrí otra dimensión: la cueva de Ana té Pahu. 
Efectivamente, como heridas en el rostro de la isla, se ocultan bajo su piel otras sorpresas. La geología volcánica, ayudada por abundantes precipitaciones, ha tallado laberintos en la escoria, formando fantasmagóricos paisajes en un ambiente casi selenita. Afuera, espuma y sonidos de olas rompiendo en los acantilados. El rugir de la inmensidad casi infinita del Pacífico. 

Condensación histórica 
Durante su período de apogeo, la isla llegó a contar, tal vez, con quince mil habitantes. Pero la crisis de sobrepoblación traería el fin del orden rapanui. La sobreexplotación de los recursos y la tala indiscriminada del bosque llevaron a la desertificación y falta de alimentos. Entonces, las familias se agruparon por sectores para enfrentarse en búsqueda de espacio y subsistencia. Pero para la conquista del terreno debían destruir los monumentos que representaban el espíritu y la protección de sus enemigos. Por eso todos los moais aparecen hoy sistemáticamente tumbados boca abajo, en una única dirección de caída. Esta demostración de la pérdida de fe en sus dioses sólo terminó cuando nada quedaba en pie. Los habitantes que sobrevivieron no conocieron más que escombros de su esplendorosa arquitectura. 
La construcción de las esculturas, consideradas imprescindibles para obtener la ayuda sobrenatural se desvaneció. La aristocracia religiosa desapareció. El nivel de vida de los habitantes se deterioró con rapidez. Cuando llegaron los primeros europeos, apenas sobrevivía un puñado de nativos en una tierra yerma. 
Explosión demográfica, sobreexplotación de recursos, alteración del ecosistema, hambre, guerras, destrucción... la historia del planeta condensada. 
En Rapa Nui la cadena de la vida se vio irreversiblemente afectada a consecuencia de las alteraciones que provocó el hombre a tan delicado y sensible ambiente natural. La renuncia al esfuerzo y a la convivencia se testimonia en los cientos de moais que quedaron sin terminar en las canteras del Ranu Raraku o diseminados en sus adyacencias. 

Los moais han hecho de éste su mundo propio 
El misterio de Rapa Nui se hace palpable en el volcán Ranu Raraku. A pesar de ser sólo uno más entre varias docenas de volcanes apagados en la isla, a pesar de que jamás obtuvo un excelente en la escuela (no es elevado, no es profundo), el destino le tendría reservado un lugar que superaría con creces a su modesta geología, para llegar a ser reconocido como uno de los mayores santuarios arqueológicos de la humanidad. 
Caminar por sus laderas entre los moais que salen a recibirnos fue una de las experiencias místicas más maravillosas que he vivido. Senderitos que se pierden entre la hierba, ascendiendo y cruzándose por doquier, me llevaban a descubrir cómo iniciaban su "nacimiento" los colosos de piedra. 
Este lugar viene a ser una gigantesca "sala de partos" desde donde llegaban a este mundo los moais. Hieráticos, a veces inclinados, otras recostados boca arriba, parecieran dormir esperando un empujón para ponerse de pie y marchar rumbo a la costa. 
Esta particularidad tal vez no existe en ningún otro sitio arqueológico o civilización antigua del planeta. Efectivamente, a diferencia de otros lugares, aquí no sólo se aprecia el producto final acabado (estatuas monolíticas concluidas en grandes altares) sino también todo el proceso de elaboración de las obras, en el arco de tiempo que va desde que eran concebidas hasta que llegaban a transformarse en altares. 

Los moais están de moda 
Cerrando los ojos, pareciera escucharse aún hoy el eco de la historia: cada uno en su rol, cumpliendo con empeño la tarea con extrema precisión... Nos encontramos en el año 1000. El Ariki (rey), descendiente directo de los dioses de la creación, sabe que en su reino está todo bien. La paz y la prosperidad de la isla le permiten ordenar a sus arquitectos que usen la piedra volcánica del Ranu Raraku como material apropiado para erigir los gigantescos y colosales moais. A esta altura ya se han puesto de moda, hasta convertirse en obsesión
Luego vendría el período de confusión y colapso. Como uno más de sus volcanes, la fuerza de la guerra arrasaría con todo, dando paso a la leyenda y la gloria. 
Vuelvo a abrir mis ojos y regreso por el túnel del tiempo al presente. Como por arte de magia, los antiguos habitantes desaparecen enigmáticamente de mi vista. 
Aunque para mi consuelo, por lo menos creo haber conseguido algo trascendente: capturar la esencia de este mágico mundo. 

Te Pito o Te Henua ("El Ombligo del Mundo") 
El "ombligo del mundo" es una pequeña isla semitropical que emerge en el Océano Pacífico Sur, a casi 4.000 km de las costas más próximas (Chile y Tahití). Semejante a un triángulo de 180 km? -un poco menos que la ciudad de Buenos Aires-, está jalonada en sus vértices por tres volcanes, que la vigilan a modo de fortalezas. ¿Cómo pudo la Naturaleza formar esta plataforma, en el océano que abarca más superficie en este planeta que todas las tierras juntas? 
Su existencia se debe justamente a la actividad volcánica submarina que se registró en los últimos millones de años. Es así como la lava y el material arrojado por los volcanes en sus erupciones (la más reciente, hace unos doce mil años) lograron ganar esta diminuta porción de tierra perdida en el agua. 
Después, mucho después, vino el hombre arrastrado por los vientos, tal vez desde las islas Marquesas, en el siglo IV. La única certeza es su parentesco con los polinesios. Comenzó el poblamiento de Rapa Nui, uno de los vértices de la Gran Polinesia. 
Los nativos creían que su isla era el único rincón de tierra del mundo y que más allá no existía nada, sólo el mar. Hasta que su creencia se desvaneció cuando en la Pascua de Resurrección de 1722 (de allí el nombre) llegó una expedición holandesa. Luego vendrían españoles y franceses, pero ninguno se estableció. 
Diferente fue la actitud de Policarpo Toro, marino chileno que insistió ante su gobierno para que anexara la isla como base naval y bajo la excusa de evitar que otros amenazaran el territorio continental. El 9 de septiembre de 1888 Rapa Nui fue incorporada al país trasandino y actualmente es una provincia perteneciente a la V Región (Valparaíso). 
El nombre Rapa Nui significa "remo grande", en contraposición a Rapa Iti (remo pequeño), isla del archipiélago de Tahití. Estas voces derivan del lenguaje polinesio. 
El polinesio es una lengua que puede resultar larguísima y tediosa. Para nombrar a una persona, se la describe físicamente (ojos, cara, boca), sus modales (si está apurado, por ejemplo), sus reacciones... y hasta que no se aseguran de que el interlocutor ha comprendido, no continúan. Por esto, los habitantes de la isla son perspicaces observadores y ubican a todos con rapidez, "fichando" con especial atención a los recién llegados. 

¿Provincia o colonia? 

"Los rapanuis vivimos bien gracias a nosotros mismos. Aquí no hay delincuencia ni robos" afirma José, joven que trabaja en la pensión. Y agrega con cierto tono despectivo, sin considerarse chileno "En Chile, en el 'conti', hay ambición y status. Aquí llegan chilenos que viven en condiciones míseras porque quieren aprovecharse de los beneficios de la isla. No hay impuestos ni tasas; la nafta cuesta menos que en Santiago. Antes eran pocos, pero ya están llegando a constituir la mitad de la población y van imponiendo su política y su cultura. Ya casi todos tienen una parte chilena en sus familias. Nuestra lengua va desapareciendo y para colmo en la escuela se enseña el español." 
Actualmente se planifica asfaltar los caminos para facilitar el transporte y el acceso de turistas. 
"CORFO (Corporación Forestal) plantó eucaliptos para alimentar la planta eléctrica con madera, pero el proyecto fracasó. Para nosotros, fue el pretexto indicado para ocupar nuestras tierras; ahora todo el interior de la isla les pertenece. Nos entregarán un terreno por familia, pero en lugares no aptos. El ganado y la agricultura, la electricidad, el agua potable... todo está manejado por ellos. En realidad no somos una provincia de Chile, sino una colonia.", agrega ofuscado. 
-¿Cómo es la vida de los jóvenes? 
-No hay demasiadas opciones. O emigramos al "conti" para seguir estudiando o nos quedamos estancados. Nuestra vida nocturna es escasa. Los fini fini (sexo) duran el tiempo que hay turistas. O nos dedicamos al alcohol o al pito (marihuana). 
En Hangar Roa existen tres discotecas: Toroko, en la costa, donde van principalmente los nativos y resulta difícil integrarse; la alternativa internacional es Piditi -abre de 1 a 7- o Maitaki, un lugar "para pasarla bien", abierto miércoles y domingos. 
Durante el verano hay más movida, especialmente en la última semana de enero y la primera de febrero, cuando se desarrolla el festival de música y tradiciones conocido como Tapati (semana). Es el momento esperado por los isleños para mostrar y compartir su cultura. Culmina con la elección de la reina entre danzas con fuegos y cuerpos pintados con tierra... No me queda más remedio que regresar en esa época.

Texto y fotos: Pablo Sigismondi 

 

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