| Isla de
Pascua, Protectora de míticas sabidurías
En medio
de la "nada" del Pacífico, un pequeño triángulo emerge
entre profundos acantilados recortados por un océano azul y cráteres
de volcanes apagados: la mítica Rapa Nui (Isla de Pascua).
Aquí
se desenvolvió una civilización aún incomprendida,
encarnada en los moais, las famosas esculturas de piedra. Civilización
que convoca a los cultores de la arqueología y de los mundos extinguidos
que buscan descifrar este esplendoroso cementerio viviente.
Para
los viajeros, adentrarse en este santuario polinésico, inmutable
y profundo, supone embeberse de su leyenda y de sus escenarios hasta hacerlos
propios. Para así comprender que en Rapa Nui hay además una
lección y un llamado de atención al hombre moderno.
Rapa
Nui quiere hacernos escuchar el eco de su grito y de su mensaje milenario,
más actual que nunca.
A
desenchufarme
Confieso
que me costó creer lo que dicen los arqueólogos. Para mí,
caminar entre aquellos moais significaba otra cosa, algo muy distinto.
Su presencia en las laderas del volcán Ranu Raraku humanizaban el
paisaje de aquel rojizo atardecer.
No
podía dejar de imaginar que ellos me miraban, me observaban y me
protegían de manera especial. Como niño, lloraba de emoción
y de alegría al contemplar sus figuras pétreas e inmóviles...
¿Qué misterio intrigante significaba aquello?
Todo
había empezado varios días atrás, al descender del
avión en el aeropuerto de Hanga Roa, la única población
de la isla. Llegaba allí con mis últimos "chelines" y me
carcomía pensando cómo haría para "pasar el invierno",
porque los que ya conocían la isla me habían advertido con
tono admonitorio: "Es carísima, los alojamientos están por
las nubes, los precios son desorbitantes..."
Sin
embargo, las sorpresas y la buena onda me recibieron desde el mismo instante
en que puse mis pies en aquel lejano territorio chileno. Aire fresco y
límpido, rapidez y amabilidad; todo pequeño, ordenado y limpio.
Poca prisa y ningún agobio. Para mí, harto de controles y
con mis energías desgastadas tras un largo trajín, este recibimiento
era ideal. Iba a descansar, a desenchufarme.
En
la salida del aeropuerto me abordaron quienes buscan llevar a los pasajeros
recién llegados a sus pensiones.
El
respeto al koro
"Iorana
koe" (Bienvenido). "Mi pensión tiene habitación individual,
agua caliente, desayuno estilo americano y cuesta veinte dólares.
Además, lo transporto desde aquí", me ofreció Erika,
mujer nacida en aquellas latitudes. Cautivado por su encanto, sencillez
y acento, allá fui... El albergue Chez Erika era más bonito
de lo que había imaginado. Un buen baño y a intentar descansar,
a pesar de encontrarme con varias horas de diferencia debido a los famosos
husos.
Me
resultó difícil abandonar la calidez y bienestar de la habitación,
pero el jet lag no me dejó dormir demasiado, y a las cuatro de la
madrugada ya deambulaba por el ahu moai (plataforma ceremonial con estatuas)
de Tahai, distante a casi dos mil metros.
Si
bien las figuras de los moais son atractivas y soberbias de por sí,
recortadas con el negro cielo tachonado de estrellas resultan aún
más grandiosas. A pesar del frío, me mantendría disfrutando
de este debut con los moais, de este primer "encuentro cercano" hasta bien
salido el sol, con la compañía del viento haciendo música
en las rocas... para regresar a Chez Erika a seguir degustando de la isla.
El
desayuno que me sirvió María fue reconfortante y me devolvió
las ganas de iniciar otro recorrido, junto a dos francesas -Hélène
y Dominique- y Richard, el guía.
Este
llegó como turista hace varios años y quedó enamorado
del lugar. Aburrido de su oficina y su computadora, decidió dedicarse
a estudiar el origen de esta civilización y no volvió más
a sus pagos. Se casó con una nativa y ama su patria adoptiva. "Sueño
en español y soy francés", confiesa orgulloso. "¿No
te aburres de repetir siempre lo mismo a los visitantes?", le pregunto.
"No, en absoluto. Cada vez descubro algo nuevo, algo que no había
visto antes. Además, conozco gente de todos lados y junto a ellos
voy viajando yo también".
La
primera detención tras salir de Hanga Roa me llenó de asombro:
Vinapu.
Richard
nos explicaba así: "Poco a poco la costa fue poblándose de
pequeños pueblos que vivían en completa armonía; en
aquel entonces, la isla tenía árboles, como palmeras con
troncos de hasta un metro de diámetro. Esos habitantes practicaban
el culto a sus antepasados. En otros lugares ya existía ese culto,
manifestado en estatuas muy pequeñas con cabezas sencillas y ojos
similares a bollos, que representaban su imagen y su espíritu."
Y, señalando hacia el moai que yace en el piso, agregó: "Pero
aquí, en esta isla, encontraron un tipo de roca -volcánica-
que les permitió aumentar esas representaciones y afinar los rasgos
hasta llegar a la escultura, es decir al moai. Estos, a su vez, fueron
adquiriendo dimensiones cada vez mayores, hasta hacerse colosales. El más
grande hasta ahora descubierto pesa unas 80 toneladas y mide 20 metros
de alto".
En
las costumbres ancestrales de este pueblo, el valor y el respeto a los
ancianos se traducía también en la vida diaria. Todo el clan
vivía en el mismo lugar bajo la autoridad de un koro (abuelo).
"Los
moais estaban diseminados por toda la c osta,
simbolizando al padre fundador de la familia. Y en su representación,
el espíritu de éste protegía a sus descendientes.
Sus ojos blancos, de coral, transmitían la vida, la fuerza, el espíritu
de los antepasados que habían habitado allí. Y estaban erigidos
de manera tal que miraban a sus hijos. Por eso, orientándose hacia
sus respectivas aldeas, daban la espalda al mar", concluyó Richard.
Continuábamos nuestro recorrido por caminos de tierra, entre acantilados,
moais tumbados y volcanes, bordeando la costa hasta el ahu de Tongariki.
Los
moais fueron tallados en roca volcánica amarilla y llegaron a adquirir
tamaños gigantes. Terminados en su totalidad y hasta en los menores
detalles en la cantera del volcán Ranu Raraku, desde allí
eran desprendidos de la pared rocosa y bajados a las costas sobre troncos
del ahora extinguido toromiro, árbol típico. En aquel entonces,
la isla estaba poblada por extensos bosques que cubrían las laderas
de los volcanes. El hallazgo de restos de polen antiguo fue clave para
entender cómo se transportaban las enormes estatuas hacia los ahu.
Los rapanuis disponían de los materiales necesarios para la construcción
de palancas y tablones.
Algunas
teorías pseudocientíficas y mitos achacan a los extraterrestres
los conocimientos científicos para poder realizar estas construcciones.
"Tonterías para los gringos", me dice Pepe, un chileno que ama la
isla, y me explica con lujo de detalles hasta el más pequeño
interrogante. ¿Por qué nunca se cuestionan las grandes construcciones
de la Edad Antigua en Europa, y sí en cambio Macchu Pichu, Tikal
o Rapa Nui? Ellos sí fueron capaces, pero fuera de sus límites
tuvieron que venir de otros mundos. Inferioridad racial, disfrazada.
Tongariki
es un ahu restaurado donde yerguen sus siluetas quince moais, de los cuales
sólo uno posee el rojo pukao (sombrero), representando en realidad
la cabellera, muy importante en todos los pueblos polinesios. Los pukaos
fueron construidos en otra cantera, Puna Pau, con toba volcánica
oxidada. De allí su color rojizo.
Anakena
logra el amor entre la tierra y el mar: único sitio con playas de
arena. Precisamente allí se produjo el desembarco de los primeros
pobladores. En este lugar, un conjunto de moais engalanados con vistosos
pukaos escrutan atentamente el océano, convirtiéndose así
en una excepción. ¿Atentos vigías, tal vez?
Paisajes
fantasmagóricos
Otra
alternativa es palpar la isla palmo a palmo alquilando una bicicleta. Por
diez dólares diarios, inicié el circuito en la aldea ceremonial
de
Orongo.
Cuando
en el siglo XVI la crisis hizo abandonar la construcción de moais,
surgió un nuevo orden político y religioso centrado en la
elección anual de un jefe guerrero entre las tribus, llamado Tangata
Manu (hombre-pájaro).
En
Orongo, durante la primavera, tenía lugar dicha ceremonia. Esperando
la nidificación de las aves migratorias en el islote de Moto Nui
situado frente al imponente acantilado del volcán Rano Kau, la competencia
consistía en conseguir un huevo de manu tara (golondrina), ave considerada
sagrada. El primero en lograrlo se convertía en Tangata Manu, encarnando
al dios Maké Maké.
Casas
de piedra agrupadas en la ladera del volcán y orientadas hacia el
mar formaban esta aldea ceremonial, restaurada en 1975. Diversos petroglifos
tallados en el lugar conmemoran esos días del pasado... Me trasladé
luego hasta el ahu Akivi, formado por otros siete moais. Y desde allí,
por caminos ondulados y despejados, jalonados de hierbas y flores que perfuman
el aire, descubrí otra dimensión: la cueva de Ana té
Pahu.
Efectivamente,
como heridas en el rostro de la isla, se ocultan bajo su piel otras sorpresas.
La geología volcánica, ayudada por abundantes precipitaciones,
ha tallado laberintos en la escoria, formando fantasmagóricos paisajes
en un ambiente casi selenita. Afuera, espuma y sonidos de olas rompiendo
en los acantilados. El rugir de la inmensidad casi infinita del Pacífico.
Condensación
histórica
Durante
su período de apogeo, la isla llegó a contar, tal vez, con
quince mil habitantes. Pero la crisis de sobrepoblación traería
el fin del orden rapanui. La sobreexplotación de los recursos y
la tala indiscriminada del bosque llevaron a la desertificación
y falta de alimentos. Entonces, las familias se agruparon por sectores
para enfrentarse en búsqueda de espacio y subsistencia. Pero para
la conquista del terreno debían destruir los monumentos que representaban
el espíritu y la protección de sus enemigos. Por eso todos
los moais aparecen hoy sistemáticamente tumbados boca abajo, en
una única dirección de caída. Esta demostración
de la pérdida de fe en sus dioses sólo terminó cuando
nada quedaba en pie. Los habitantes que sobrevivieron no conocieron más
que escombros de su esplendorosa arquitectura.
La
construcción de las esculturas, consideradas imprescindibles para
obtener la ayuda sobrenatural se desvaneció. La aristocracia religiosa
desapareció. El nivel de vida de los habitantes se deterioró
con rapidez. Cuando llegaron los primeros europeos, apenas sobrevivía
un puñado de nativos en una tierra yerma.
Explosión
demográfica, sobreexplotación de recursos, alteración
del ecosistema, hambre, guerras, destrucción... la historia del
planeta condensada.
En
Rapa Nui la cadena de la vida se vio irreversiblemente afectada a consecuencia
de las alteraciones que provocó el hombre a tan delicado y sensible
ambiente natural. La renuncia al esfuerzo y a la convivencia se testimonia
en los cientos de moais que quedaron sin terminar en las canteras del Ranu
Raraku o diseminados en sus adyacencias.
Los
moais han hecho de éste su mundo propio
El
misterio de Rapa Nui se hace palpable en el volcán Ranu Raraku.
A pesar de ser sólo uno más entre varias docenas de volcanes
apagados en la isla, a pesar de que jamás obtuvo un excelente en
la escuela (no es elevado, no es profundo), el destino le tendría
reservado un lugar que superaría con creces a su modesta geología,
para llegar a ser reconocido como uno de los mayores santuarios arqueológicos
de la humanidad.
Caminar
por sus laderas entre los moais que salen a recibirnos fue una de las experiencias
místicas más maravillosas que he vivido. Senderitos que se
pierden entre la hierba, ascendiendo y cruzándose por doquier, me
llevaban a descubrir cómo iniciaban su "nacimiento" los colosos
de piedra.
Este
lugar viene a ser una gigantesca "sala de partos" desde donde llegaban
a este mundo los moais. Hieráticos, a veces inclinados, otras recostados
boca arriba, parecieran dormir esperando un empujón para ponerse
de pie y marchar rumbo a la costa.
Esta
particularidad tal vez no existe en ningún otro sitio arqueológico
o civilización antigua del planeta. Efectivamente, a diferencia
de otros lugares, aquí no sólo se aprecia el producto final
acabado (estatuas monolíticas concluidas en grandes altares) sino
también todo el proceso de elaboración de las obras, en el
arco de tiempo que va desde que eran concebidas hasta que llegaban a transformarse
en altares.
Los
moais están de moda
Cerrando
los ojos, pareciera escucharse aún hoy el eco de la historia: cada
uno en su rol, cumpliendo con empeño la tarea con extrema precisión...
Nos encontramos en el año 1000. El Ariki (rey), descendiente directo
de los dioses de la creación, sabe que en su reino está todo
bien. La paz y la prosperidad de la isla le permiten ordenar a sus arquitectos
que usen la piedra volcánica del Ranu Raraku como material apropiado
para erigir los gigantescos y colosales moais. A esta altura ya se han
puesto de moda, hasta convertirse en obsesión .
Luego
vendría el período de confusión y colapso. Como uno
más de sus volcanes, la fuerza de la guerra arrasaría con
todo, dando paso a la leyenda y la gloria.
Vuelvo
a abrir mis ojos y regreso por el túnel del tiempo al presente.
Como por arte de magia, los antiguos habitantes desaparecen enigmáticamente
de mi vista.
Aunque
para mi consuelo, por lo menos creo haber conseguido algo trascendente:
capturar la esencia de este mágico mundo.
Te
Pito o Te Henua ("El Ombligo del Mundo")
El
"ombligo del mundo" es una pequeña isla semitropical que emerge
en el Océano Pacífico Sur, a casi 4.000 km de las costas
más próximas (Chile y Tahití). Semejante a un triángulo
de 180 km? -un poco menos que la ciudad de Buenos Aires-, está jalonada
en sus vértices por tres volcanes, que la vigilan a modo de fortalezas.
¿Cómo pudo la Naturaleza formar esta plataforma, en el océano
que abarca más superficie en este planeta que todas las tierras
juntas?
Su
existencia se debe justamente a la actividad volcánica submarina
que se registró en los últimos millones de años. Es
así como la lava y el material arrojado por los volcanes en sus
erupciones (la más reciente, hace unos doce mil años) lograron
ganar esta diminuta porción de tierra perdida en el agua.
Después,
mucho después, vino el hombre arrastrado por los vientos, tal vez
desde las islas Marquesas, en el siglo IV. La única certeza es su
parentesco con los polinesios. Comenzó el poblamiento de Rapa Nui,
uno de los vértices de la Gran Polinesia.
Los
nativos creían que su isla era el único rincón de
tierra del mundo y que más allá no existía nada, sólo
el mar. Hasta que su creencia se desvaneció cuando en la Pascua
de Resurrección de 1722 (de allí el nombre) llegó
una expedición holandesa. Luego vendrían españoles
y franceses, pero ninguno se estableció.
Diferente
fue la actitud de Policarpo Toro, marino chileno que insistió ante
su gobierno para que anexara la isla como base naval y bajo la excusa de
evitar que otros amenazaran el territorio continental. El 9 de septiembre
de 1888 Rapa Nui fue incorporada al país trasandino y actualmente
es una provincia perteneciente a la V Región (Valparaíso).
El
nombre Rapa Nui significa "remo grande", en contraposición a Rapa
Iti (remo pequeño), isla del archipiélago de Tahití.
Estas voces derivan del lenguaje polinesio.
El
polinesio es una lengua que puede resultar larguísima y tediosa.
Para nombrar a una persona, se la describe físicamente (ojos, cara,
boca), sus modales (si está apurado, por ejemplo), sus reacciones...
y hasta que no se aseguran de que el interlocutor ha comprendido, no continúan.
Por esto, los habitantes de la isla son perspicaces observadores y ubican
a todos con rapidez, "fichando" con especial atención a los recién
llegados.
¿Provincia
o colonia?
"Los
rapanuis vivimos bien gracias a nosotros mismos. Aquí no hay delincuencia
ni robos" afirma José, joven que trabaja en la pensión. Y
agrega con cierto tono despectivo, sin considerarse chileno "En Chile,
en el 'conti', hay ambición y status. Aquí llegan chilenos
que viven en condiciones míseras porque quieren aprovecharse de
los beneficios de la isla. No hay impuestos ni tasas; la nafta cuesta menos
que en Santiago. Antes eran pocos, pero ya están llegando a constituir
la mitad de la población y van imponiendo su política y su
cultura. Ya casi todos tienen una parte chilena en sus familias. Nuestra
lengua va desapareciendo y para colmo en la escuela se enseña el
español."
Actualmente
se planifica asfaltar los caminos para facilitar el transporte y el acceso
de turistas.
"CORFO
(Corporación Forestal) plantó eucaliptos para alimentar la
planta eléctrica con madera, pero el proyecto fracasó. Para
nosotros, fue el pretexto indicado para ocupar nuestras tierras; ahora
todo el interior de la isla les pertenece. Nos entregarán un terreno
por familia, pero en lugares no aptos. El ganado y la agricultura, la electricidad,
el agua potable... todo está manejado por ellos. En realidad no
somos una provincia de Chile, sino una colonia.", agrega ofuscado.
-¿Cómo
es la vida de los jóvenes?
-No
hay demasiadas opciones. O emigramos al "conti" para seguir estudiando
o nos quedamos estancados. Nuestra vida nocturna es escasa. Los fini fini
(sexo) duran el tiempo que hay turistas. O nos dedicamos al alcohol o al
pito (marihuana).
En
Hangar Roa existen tres discotecas: Toroko, en la costa, donde van principalmente
los nativos y resulta difícil integrarse; la alternativa internacional
es Piditi -abre de 1 a 7- o Maitaki, un lugar "para pasarla bien", abierto
miércoles y domingos.
Durante
el verano hay más movida, especialmente en la última semana
de enero y la primera de febrero, cuando se desarrolla el festival de música
y tradiciones conocido como Tapati (semana). Es el momento esperado por
los isleños para mostrar y compartir su cultura. Culmina con la
elección de la reina entre danzas con fuegos y cuerpos pintados
con tierra... No me queda más remedio que regresar en esa época.
Texto
y fotos: Pablo Sigismondi
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