| Florianópolis,
donde habitan los hombres de escamas en la piel
Miles de
personas visitan cada año esta isla del sudeste de Brasil. "Algo",
más allá de sus hermosas playas, atrae sus miradas. Todos
buscan y finalmente encuentran ese "jeito" particular.
En
las playas de la concurrida Florianópolis, podés encontrarte
con las olas justas para surfear, podés bailar lambada o samba brasileña,
escuchar reagge, cambiar de color de piel, nadar entre peces, ir a ferias
y shoppings, conocer gente de muchos lugares del mundo, tomar una cerveza
muy suave que te va poniendo a ritmo, casi sin sentirlo, ver las estrellas
más hermosas del planeta junto con la persona indicada... Pero lo
que no podés dejar de conocer, lo realmente único, lo que
hace que la isla tenga ese "algo" tan especial, son los hombres que pueblan
sus costas, hombres de escamas en la piel.
COMO
CARDUMEN EN PECERA
En
enero de 1999, fui con mis hermanos, Guillermo, Laura y Cecilia, a pasar
unos días a las playas de la isla. Hicimos Buenos Aires-Florianópolis
dentro de un auto completamente cerrado, con un reloj que no bajaba de
los 150 km/hs. La ruta se volvía borrosa, la velocidad hacía
que la atmósfera pareciera agua… Viajábamos "como un cardumen
dentro de una pecera".
Florianópolis
es la capital del estado sureño de Santa Catarina, y es quien, a
su vez, le da el nombre a la isla. Tiene una superficie total de 430 kilómetros
cuadrados y cuenta con 42 playas, subdivididas en tres sectores bien distintos:
norte, este y sur.
Las
playas del norte están equipadas con la mejor infraestructura para
el turismo y por supuesto son las de precios más altos. El norte
es el sector elegido por el turista argentino; jet ski, kayacs, y windsurf
son los deportes del lugar. Canasvieiras, una de sus playas, ubicada a
27 km del centro, es tan grande que prácticamente puede formar una
ciudad independiente. Praia Ingleses, otra de las conocidas de la zona,
fue nuestra primera parada.
DE
PESCADOS Y PESCADORES
Después
de una refrescante ducha, salí a recorrer Ingleses. Eran alrededor
de las cuatro de la tarde y llovía un poco, uno de esos días
de olor a peces y playas despobladas que ponen en marcha a los pescadores
del lugar.
Fui
a la playa. Ahí estaban todos juntos. Unos 20 hombres, bien
alineados, tiraban de una soga que seguía hasta el mar; a los primeros
el agua les llegaba hasta arriba de la cintura. Miré hacia el mar
y vi cómo, a dos o tres cuadras de la costa, todos recogían
con fuerza la red que, poco a poco, se acercaba al continente. No sé
cómo, pero de repente me encontré tironeando de esa soga.
No me hablaron, pero me dejaron ayudar.
La
fila de pescadores estaba formada por distintas edades y estaturas. Todos
con sus camisetas, o sin ellas, sus pantalones cortos gastados, sus ojotas,
con sus cuerpos musculosos y pieles curtidas por el sol y el mar. Forcejeaban
suavemente contra la fuerza de una enorme corriente de peces. Los primeros
de la fila corrían a los últimos lugares a medida que avanzaba
la red hacia nosotros. Lo más particular de estos hombres era sus
ojos; eran ojos que veían la profundidad del mar, aún mientras
estuvieran con los pies bien plantados sobre la tierra.
Pasaron
dos horas hasta que esa red de nylon, tan grande como una carpa de circo,
llegó a la
costa, repleta de todo tipo de pescados.
Millones
de peces enredados, una clasificación rápida y sistemática,
y de golpe una montaña de anchoas, lulas, sardinas; todo junto a
mí. Un pescador se me acercó, me sonrió y me dijo
algo en portugués que no entendí, era mi primer día
en Florianópolis y mi oído todavía no se había
acostumbrado a la nueva lengua.
Interpreté
que esa montaña era algo así como mi paga por haber ayudado,
así que agarré orgullosa mi premio y empecé a alejarme
de la costa, mientras se empezaba a llenar de ávidos compradores
de pescado fresquito, fresquito.
MAR
ADENTRO
Pantano
do Sul, ubicada en la parte sur a 28 km del centro, es el nombre de la
playa y forma parte de la zona menos "civilizada" de la isla.
A las
cinco de la mañana no hay nadie en las playas, ni siquiera el sol.
Los únicos que las pueblan son las gaviotas que dan sus matinales
gritos y unos 50 hombres que mueven sus barcos de madera, precarios, de
maderas pintadas con colores desgasta dos
y siempre llevan inscripto el nombre de algún ser querido o algún
"orixa" (duende protector de la religión umbanda) "para que los
cuide y acompañe en alta mar".
Por
la madrugada, los barcos se dirigen hacia alta mar, donde los esperan 10
largas horas de trabajo, que por supuesto sólo serán provechosas
si las redes vuelven llenas. Simplemente en esto consiste la supervivencia
en esa parte del mundo.
Pescado
ensopadinho (sopas, tipo puchero, a base de algún pescado), pastel
de camarao (camarones), langostinos, siri relleno (cangrejo relleno), mejillones
al limón, linha enmarinada (rebozado en harina y frito): son algunos
de los manjares frescos que todos los días traen una cantidad de
pescadores a las costas de la isla. Imperdonable es entonces no sentarse
en alguno de los bares que bordean las playas, mientras ves el atardecer
al ritmo de algunos tambores.
COMO
PEZ EN EL AGUA
Barra
de Lagoa es una de las playas que integra la parte del este de la isla;
y allí fue donde alquilamo s
nuestra casa, a 20 km del centro. Es una comunidad de pescadores, "el mayor
núcleo pesquero de la isla".
Las
posadas y lugares para albergarse no son muchos; yendo hacia el sur del
canal, que atraviesa el pueblo, directamente ya no hay dónde hospedarse.
Los pescadores alquilan sus casas para asegurarse una entrada de dinero
en efectivo con el que en general construyen más casas de alquiler.
Los precios no son caros, por 7 dólares por persona por día
se consigue una casa con vista al canal, con baño, cocina, dos dormitorios,
y alguna hamaca paraguaya colgada en la galería. Hasta podés
conseguir una con muelle propio.
Alquilar
sobre el canal tiene sus particularidades. Por un extremo tu casa desembocará
en una enorme laguna y por el otro en el mar; para cruzarte de un lado
a otro deberás usar una canoa, con un par de palos y dos remos.
Al principio no crees poder remar más que con dos remos, pero te
aseguro que después de unos días no hay nada como un palo
largo de caña, para solamente timonear l a
canoa y dejar que la corriente haga el resto.
Marquinho,
hijo y nieto de pescadores, era el nombre del dueño de nuestra casa.
Nos hicimos buenos amigos. Un día, mientras charlábamos,
me dijo: "nosotros vivimos casi la mitad de nuestra vida dentro del agua,
hasta que un día ya no volvemos a tierra, nos quedamos allí.
Finalmente ese es nuestro lugar".
Los
hijos de pescadores acompañan a sus padres desde chicos y así
van aprendiendo todos los gajes del oficio, desde cómo hacer un
barco, hasta cómo enfrentar una tormenta marina. Sus padres y el
resto de los pescadores del grupo les enseñan a interpretar los
olores, los cambios de color del cielo y el mar, a manejar el timón,
a subir una red, a pescar. Así es como los niños aprenden
a ver el mar con ojos de pez, a moverse en él "como peces en el
agua".
Marquinho
había heredado, de su padre y su abuelo: la visión de la
vida, una gracia muy particular, la habilidad para el oficio, dos grandes
redes (ya en desuso), la más completa taxonomía de peces
del pueblo, y ese brillo a escama en la piel.
INFO:
¿CÓMO
LLEGAR?
Podés
ir por tierra, o por aire. La isla cuenta con un aeropuerto, y desde todas
las capitales de Brasil salen ómnibus y aviones hacia la isla.
Florianopolis
está a 300 km de Curitiba y a 476 km de Porto Alegre.
¿CUÁNDO
IR?
De
octubre a marzo es la mejor época para disfrutar de las playas.
En febrero podés disfrutar del carnaval, pero también es
la época de más gente.
De
abril a mayo la temperatura es más amena, y la ciudad está
más tranquila.
Agosto
y septiembre son los meses de lluvia.
RECOMENDACIONES
Lo
mejor para recorrer la isla, de costa a costa y a tu ritmo, es alquilar
un auto.
Igualmente
Florianópolis cuenta con una red de ómnibus bien diseñada
que llega a todos lados.
Para
más información: www.guiafloripa.com.br, esta página
tiene buenos datos (inclusive un cuadro con los horarios de los micros).
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