| Puerto
Montt, el último puerto
Casas y
callecitas de cuentos. El plato de mariscos más sabroso. Gente de
una amabilidad abrumadora. Mar, montañas y bosque. Todo eso es Puerto
Montt, una preciosa ciudad del sur chileno.
Al
pisar Puerto Montt se tiene la impresión de estar en una postal.
Parece un pueblo escocés plantado sobre sencillas colinas que descienden
hasta el mar. Pero el volcán nevado que custodia sus espaldas nos
ubica en tiempo y espacio chilenos.
En primer plano, se ven sus callecitas
enroscadas y angostas, pobladas de casas de colores chillones que parecen
querer contrarrestar ese húmedo cielo gris que lo caracteriza. O
la calma bahía, sobre la que se recuesta la ciudad, con sus veleros
y barcos, y la gente como hormigas recorriendo el mercado de mariscos.
Pero hay cosas que no se ven en una
instantánea: la paciencia religiosa con que los hombres arreglan
sus pequeñas barcas de madera; la tenacidad con que las mujeres
trabajan en los negocios de la ciudad; o el respeto inclaudicable que se
tiene por el peatón, quien se vuelve amo de un centro con autos
atascados en el tráfico, empecinados, a pesar de todo, en circular
por la ciudad.
A diferencia de los pueblos del sur,
el vocablo que le da el nombre no remite a ninguna palabra aborigen. Es
el apellido del presidente chileno que promovió la colonización
sureña e incentivó la inmigración alemana. No es lo
único que distingue a Puerto Montt. Hay una frontera invisible con
los demás lugares. Es difícil determinar qué es, pero
uno siente que se está perdiendo algo al abandonar esta ciudad.
LA CIUDAD
VIEJA
No hay dudas, la parte vieja es
la más interesante. Si se pregunta a los lugareños, dirán
que de noche es peligrosa, mientras señalan los pequeños
cabarets o bares oscuros y empiezan a dar consejos. Si es verdad, eso es
lo de menos, enfrentado a la particularidad de su estructura.
En ese barrio no hay ninguna manzana
de 100 por 100. Las calles toman las formas más increíbles
y se ondulan hasta desembocar en callejones, callecitas angostísimas
o escaleras que se meten entre las casas. Para lanzarse a caminarlas es
necesario un estado físico regular o la suficiente entereza como
para soportar que hasta una señora cargada con la bolsa de hacer
los mandados ascienda tranquilamente esa cuesta empinada que para cualquier
extranjero presenta similares dificultades que el Aconcagua.
¿QUÉ
HACE A PUERTO MONTT TAN APASIONANTE?
Uno: sus casas. Están armadas
con tejuelas de madera superpuestas como escamas, y pintadas con combinaciones
de colores propias de una torta de cumpleaños: las paredes de rosa
y las puertas y ventanas de blanco, o el techo rojo y la casa anaranjada.
Cuando no están pintadas, la madera queda desnuda -curtida por el
sol, el viento de mar y la lluvia-, de un color gris amarronado que recuerda
a esas casas abandonadas del lejano oeste.
Dos: sus ventanas, con postigos de
madera y sin rejas, donde es común ver un señor en pijama
asomando su cabeza para ver pasar el tiempo. Pero también pueden
convertirse en una especie de altar de cara a la calle, en donde la gente
exhibe sus mejores adornos, tal vez un elefante de la buena suerte o un
oso de peluche. Ni las casas más pobres de la isla de Tenglo (enfrente
del puerto) se privan de mostrar sus posesiones, aún cuando tengan
que hacerlo detrás del nylon -en vez de vidrio- con el que cubren
sus ventanas.
Tres:
el paisaje. La belleza de la ciudad está enmarcada por el Seno de
Reloncavi, una especie de golfo dentro de uno mayor (el Ancud), que aplaca
el mar chileno hasta hacerlo parecer un lago gigantesco.
EN EL PUERTO
Puerto Montt es un pueblo de pescadores.
En realidad, por momentos tiene poco de pueblo, aunque tampoco se parece
a una gran ciudad, y la industria pesquera no es lo que era. Pero todavía
es dueño orgulloso del mayor surtido de pescados y mariscos de Chile.
Para eso hay que ir a las marisquerías de Angelmó, en el
puerto propiamente dicho, donde a un precio accesible se pueden comer bichos
de nombres rara vez escuchados en estas pampas.
El mercado es una ruidosa feria.
Hay mucha gente. Los puestos de comidas se amontonan, uno pegado al otro.
Sacan sus enormes ollas a los pasillos (cual caldo revuelto por una bruja)
y muestran hasta peces vivos para tentar a los turistas.
Antes de entrar hay que respirar
hondo y tener una fuerza de voluntad a prueba de todo. No sólo porque
el olor a pescado y a frituras es infernal, sino para lanzarse a los pasillos
y poder elegir realmente dónde y qué es lo que uno quiere
comer. Porque a medida que se empieza a caminar, aparecen grupos de mujeres
alborotadas que, entre risas y halagos, convencen al turista de que no
puede irse sin comer en su local. Lo más común es terminar
sentado, apretado contra otros comensales tan desconcertados como uno,
en un par de tablones, y degustando algo que no convence demasiado. A no
preocuparse, a todos les pasa.
LA FERIA
Desde el puerto y sobre la costanera
está la feria artesanal, una de las más importantes de la
zona. La historia dice que en el siglo XVIII Angelmó se llenaba
de "faluchos" (barcas a vela) de los chilotes (originarios de la isla de
Chiloe) que varaban cuando las mareas bajaban, repletos de productos y
artesanías de las islas, y los vendían en la vereda. Hoy
queda bastante poco de aquella cultura, pero se pueden encontrar cosas
tejidas muy buenas. Entre las muestras urbanas de la feria, hacerse tatuajes
o ponerse aros en cualquier parte del cuerpo es muy barato.
EL CAMINO
DE LOS VOLCANES
Nunca se sabe cuál es cual.
Desde distintos puntos y según el día, los volcanes se ven
diferentes. Los más prominentes son el Osorno, el Calbuco, el Punteagudo,
el Puyehue y el Casablanca. Todos resaltan, como dibujados, en la cordillera
baja que se ve desde Puerto Montt.
El volcán Osorno es uno de
los más atractivos. Principalmente porque puede ser escalado hasta
su cima -a 2.652 metros de altura-. Tuvo su última erupción
en 1850, dos años antes de la fundación de Puerto Montt,
y está a unos 80 kilómetros de la ciudad. Dicen que para
subir a este volcán no hace falta ser un experimentado escalador,
alcanza con algo de resistencia y un día libre.
Se puede llegar hasta el primer refugio
a pie o e n
un auto preparado para montaña. El camino es de ripio, cada vez
más estrecho, zigzagueante y empinado. Es como meterse en un túnel
hecho de una espesa vegetación que, muy de vez en cuando, deja ver
el cielo.
En más de una oportunidad
se querrá dejar de lado el espíritu aventurero para otro
momento y volver a la cálida protección de un camino de asfalto
mínimamente recto. Son 12 kilómetros de ascenso constante
que parecen 100. No importa. Hay algo en ese volcán que atrae. Tal
vez la misma tranquilidad que transmiten los lugareños, que parece
todo el tiempo a punto de quebrarse y estallar. Pero nunca lo hace, por
suerte.
Entonces,
simplemente se sigue andando. El silencio y la inmensidad del paisaje provocan
escozor. Hace mucho frío a pesar del calor que da el esfuerzo de
la caminata. No hay gorros, guantes, ni camperas suficientes para hacerle
frente al frío, aunque se suba en verano. Pero ya se ve el refugio:
una cabaña de madera con un hogar, ventanales gigantes, mesas, un
bar, y un hombre barbudo con la cara curtida que sirve lo que le pidan.
Podría decirse que la palabra
"maravilloso" la inventó alguien que estaba mirando ese atardecer
desde el refugio del volcán Osorno. Es muy tarde, el resplandor
dura hasta las diez de la noche. Se ve mucha, mucha agua (¿o es
el cielo?) y el sol reflejado en ese espejo. El horizonte se confunde con
el silencio. Y atrás, como fondo y centro de esa postal, la cima
nevada del Osorno.
INFO:
¿CUÁNDO IR?
En verano. En invierno llueve y
hace mucho frío.
¿CÓMO LLEGAR?
Desde Santiago, en tren (unas 20
hs) o bus. Desde Argentina se cruza por el Paso Cardenal Samoré,
a la altura de Villa la Angostura. Está a unos 350 kilómetros
de Bariloche.
IMPERDIBLES
Caminar por la parte vieja de la
ciudad, la zona del puerto y los barrios aledaños.
RECOMENDACIONES
Ojo con las comidas (probar a discreción),
los argentinos solemos descomponernos.
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