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Luciana Salazar


Puerto Montt, el último puerto

Casas y callecitas de cuentos. El plato de mariscos más sabroso. Gente de una amabilidad abrumadora. Mar, montañas y bosque. Todo eso es Puerto Montt, una preciosa ciudad del sur chileno.

ESPECTACULAR ATERRIZAJE 
Desde al avión, el horizonte se asemeja a un océano petrificado de inmóvil oleaje verde, en el cual navegan colosales moles de piedra, como navíos fantasmagóricos, asediados por la selva. 
Son los tepuyes, gigantescas montañas de arenisca rosada, con la cumbre perfectamente plana, y las laderas verticales. Las mesetas se elevan hasta los 2.700 metros culminando en ángulos rectos perfectos, y poseen una geometría tan simétrica que parecen tallados por la mano del hombre. Tienen algo de torres y de fortalezas, pero son restos del gran "escudo guayanés", que hace 2.000 millones de años cubría este territorio. 

Los escarpados perfiles de los tepuyes se elevan aisladamente en medio de extensas planicies sabaneras, hay más de cien en todo el parque. Están muy alejados entre sí, pero parecen trazar una línea imaginaria que los conecta, como fragmentos milenarios de una gran muralla. 

El andar del avión se vuelve vacilante, y descendemos hacia una densa nubosidad. Tras la ventanilla impera una blancura cegadora. De pronto, las nubes quedan arriba, y como resultado de una orden superior, el reflector solar se enciende sobre el Salto Angel; el más alto del mundo -tres veces y media la Torre Eiffel-. Desde la cumbre de una meseta de 1.000 metros de altura, un río se arroja al abismo y se desintegra en el aire hasta tornarse rocío. Al caer, el agua se convierte en una llovizna blanca que atraviesa un pequeño arco iris. Cuando tocan tierra, el rocío se vuelve río otra vez para perderse serpenteando entre la selva. 

El avión atraviesa un gran cañón -casi a la altura de las paredes laterales- mientras el Salto Angel va ganando nitidez. Tres incursiones ladeando el salto garantizan que todos puedan ver esta catarata alta y flaca -la antítesis de Iguazú- y a sus hermanas menores que emanan a lo largo de los 10 kilómetros de la meseta Auyantepuy. 

Ha quedado atrás el inmenso arco trazado por el Río Orinoco -bien al sur del Estado Bolívar-, tierra adentro, en el corazón verde de la Guayana venezolana. El avión nos ha depositado en una tierra legendaria que enardecía los corazones de los conquistadores, quienes en el siglo XVII vinieron en busca de El Dorado y sólo descubrieron un infinito verdor. 

Es el Parque Nacional Canaima, con 3 millones de hectáreas, el lugar perfecto para compenetrarse con la selva amazónica, a sólo dos horas de la metrópolis, y con todas las facilidades que satisfacen las exigencias básicas de viajeros de todo el mundo. 

Nos alojamos frente a una pequeña playa con arenas de un suave color rosado, en el recodo de un río que parece una laguna. Nadie puede resistir la tentación de un baño en las aguas color té que bajan desde la cima de las mesetas. Las cabañas turísticas respetan el modelo de la churuata indígena (base circular y techo cónico de hoja de palma), pero por dentro poseen todas las comodidades para una estadía placentera, rodeado por la selva virgen. 

EN CANOA POR LA SELVA 
La primera excursión parte en canoa a través del río Carrao y su laberinto de angostos afluentes. Navegamos en una curiara indígena, con motor fuera de borda y cavada en el tronco de un gran ceibo. Nos encierra entre dos orillas una maraña de árboles inmensos (con sus raíces entrando en el agua), lianas y enredaderas. Parecen macizas murallas verdes de 15 metros de alto que nos oprimen a los costados; un compacto mundo vegetal, impenetrable y sin fisuras. 

El empuje poderoso de la corriente nos acerca a unos raudales con espumosos torbellinos. Pero el indio que conduce la curiara no quiere arriesgar a sus pasajeros y nos hace seguir a pie por un sendero selvático, mientras él maniobra entre los rápidos. 

Al rato, de nuevo sobre la canoa, las aguas se serenan. Navegamos lentamente y en silencio (con el motor apagado) al impulso de la corriente. De la nada se oye un impresionante graznido anunciando que se acerca, a vuelo rasante sobre las copas, la lechuza trompetera; a cargo de la introducción a una Oda Musical selvática. 

Unos fastuosos guacamayos rojiazules vuelan en pareja cruzando el río y se posan sobre una rama; una suerte de palco honorario de esta increíble sala de conciertos. El canto aflautado de los turpiales asume la voz cantante, mientras el pájaro violín afina su dulce y arpegiada melodía, escondido detrás de un secreto atril camuflado de hojas. Como detalle sutil, la suave vibración del refinado colibrí sugiere la gama de matices que distingue a las grandes interpretaciones orquestales. 

Al final, a modo de aplauso, se oye la alegre algarabía de los pericos (loros verdes) que se alejan parloteando en bandada. Los músicos de la selva están dispersos y ocultos. Son ejecutantes sin rostro que sólo en ocasiones aparecen en escena; sin embargo, siempre se los está oyendo. 

De regreso en el poblado de Canaima, la noche sobreviene súbitamente, sin crepúsculo, tras los tepuyes. La luna se remonta solitaria en el firmamento y perfila su disco perfecto, mientras el caótico zumbido de los insectos nocturnos reemplaza a las melodías diurnas. 

En el restaurante nos espera un festín de pollos asados sobre leños en brasa. El condimento (opcional) es bachaco molido; léase, una especia basada en hormigas rojas del tamaño de medio pulgar. 

RECORRIENDO LOS SENDEROS 

El segundo día, las excursiones son por tierra y por agua. El guía es un indio pemón, vestido con su tradicional guayuco (taparrabos). Habla inglés, que aprendió en la vecina Guyana inglesa, castellano y tres idiomas indígenas. Dice llamarse Luis, pero se sabe que los pemones rara vez confiesan su verdadero nombre a las personas blancas. Ellos consideran que al revelarlo entregan algo de su persona. Con la misma celosía esconden también el nombre secreto de ciertos tepuyes que consideran particularmente sagrados. 

La curiara nos acerca hasta un primitivo caserío indígena a la vera del río. Son apenas tres churuatas con paredes de bambú junto a la orilla. Una mujer pemón con el pelo ensortijado hace girar, mediante una cuerda de bejuco (tipo de maleza), dos pescados morocoto, ensartados en una rama sobre brasas ardientes. Su marido los acaba de pescar con una cerbatana. 

Nos dirigimos a la Isla de las Orquídeas. Ahora sí, al pisar tierra nos internamos definitivamente en la selva a través de borrosos senderos bajo el ramaje inclinado de árboles enormes. De sus copas cuelga una proliferación de lianas que se mecen sobre el camino. Los velludos troncos y las cañadas de bambú están cubiertos de plantas trepadoras, helechos, líquenes y un sinnúmero de orquídeas que decoran los bosques con vistosos colores como el rosado, el lila, el amarillo y el violeta. Hay alrededor de cien variedades de orquídeas, la más extraña mide menos de un centímetro. 

La vegetación se superpone y se disputa un espacio siempre húmedo donde hasta los troncos caídos están cubiertos de musgo. Se cumple una orden suprema de arborizar cada centímetro de esa inmensa región. 

Cruzamos un arroyo a través de un rústico puente de troncos brotados de hongos. Aspiramos el aroma de los lirios salvajes y de una tierra mojada que nunca pisamos directamente, ya que el suelo está alfombrado con hojas. Hay que ser cuidadoso de no tropezar con el sapito minero -con la piel vistosamente coloreada de amarillo y negro-, que compite en rareza con el plumaje del pájaro sietecolores. 

En la selva, el verdor se impone por unanimidad. La luz del sol se convierte en un suave resplandor esmeralda tras las paredes vegetales que impiden ver más allá de los diez metros. Nos aventuramos bajo una suerte de galerías verdes que nos protegen de los chubascos que nunca faltan, y de esa otra lluvia -de fuego- que desciende del tiránico sol tropical. 

Canaima parece recrear el mundo del génesis bíblico, reflejado en la furia de sus aguas y la serenidad de los tepuyes. Así habrá sido la Tierra al comienzo de la vida, cuando la creación divina aún no había instalado a la "bestia erguida", que todo lo modifica. Un universo abismal que conserva el primitivo encanto de lo intocado. Canaima es un mundo perdido que aún no ha revelado todo su secreto... Luego de transitarla, será muy difícil librarse de su influjo misterioso. 

INFO: 

¿CÓMO LLEGAR? 
La mejor opción es viajar en avión hasta Caracas y de ahí tomar una excursión (dos días y una noche desde Caracas cuesta aproximadamente 500 dólares e incluye pasaje de avión, sobrevuelo al Salto Angel, alojamiento en las cabañas estilo indígena, excursiones y comida). Es posible también adquirir solamente el pasaje (130 dólares aproximadamente) e intentar alojarse en alguna casa de familia en el poblado de Canaima o dormir en carpa. Previamente se debe sacar un permiso en Inparques de Caracas (Av. R.Gallegos, Parque del Este -frente al restaurante Carreta- Tel.284-1956). Sin este permiso las empresas de aviación no venden los pasajes, y aún así, habrá que insistir ya que estas mismas compañías son las que organizan los tours. Mediante una excursión opcional se puede llegar navegando hasta la base del Salto Angel (5 días). 

¿CUÁNDO IR? 
Se puede ir todo el año. La época seca (de diciembre a mayo) presenta el clima más agradable, pero los ríos tienen poca agua para ser transitados. De junio a noviembre (época de lluvias) llueve seguido, pero los saltos de agua están en su punto álgido y se puede llegar en canoa al Salto Angel. 

IMPERDIBLES
Debés recorrer 30 kilómetros para desembarcar en el Salto El Sapo. Allí te espera una vivencia probablemente única en el mundo: caminar por un túnel de agua. Detrás del salto, entre una pared de roca y otra de agua, existe una hendidura donde se transita debajo de la catarata casi sin mojarse. El salto mide 20 metros de altura, y sobre tu cabeza pasan toneladas de agua que crean una gruesa cortina al alcance de la mano, que apenas trasluce una vaga luminosidad.comenzando en 
 
 

 

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