| Puerto
Montt, el último puerto
Casas y
callecitas de cuentos. El plato de mariscos más sabroso. Gente de
una amabilidad abrumadora. Mar, montañas y bosque. Todo eso es Puerto
Montt, una preciosa ciudad del sur chileno.
ESPECTACULAR
ATERRIZAJE
Desde al avión, el horizonte
se asemeja a un océano petrificado de inmóvil oleaje verde,
en el cual navegan colosales moles de piedra, como navíos fantasmagóricos,
asediados por la selva.
Son los tepuyes, gigantescas montañas
de arenisca rosada, con la cumbre perfectamente plana, y las laderas verticales.
Las mesetas se elevan hasta los 2.700 metros culminando en ángulos
rectos perfectos, y poseen una geometría tan simétrica que
parecen tallados por la mano del hombre. Tienen algo de torres y de fortalezas,
pero son restos del gran "escudo guayanés", que hace 2.000 millones
de años cubría este territorio.
Los escarpados perfiles de los tepuyes
se elevan aisladamente en medio de extensas planicies sabaneras, hay más
de cien en todo el parque. Están muy alejados entre sí, pero
parecen trazar una línea imaginaria que los conecta, como fragmentos
milenarios
de una gran muralla.
El andar del avión se vuelve
vacilante, y descendemos hacia una densa nubosidad. Tras la ventanilla
impera una blancura cegadora. De pronto, las nubes quedan arriba, y como
resultado de una orden superior, el reflector solar se enciende sobre el
Salto Angel; el más alto del mundo -tres veces y media la Torre
Eiffel-. D esde
la cumbre de una meseta de 1.000 metros de altura, un río se arroja
al abismo y se desintegra en el aire hasta tornarse rocío. Al caer,
el agua se convierte en una llovizna blanca que atraviesa un pequeño
arco iris. Cuando tocan tierra, el rocío se vuelve río otra
vez para perderse serpenteando entre la selva.
El avión atraviesa un gran
cañón -casi a la altura de las paredes laterales- mientras
el Salto Angel va ganando nitidez. Tres incursiones ladeando el salto garantizan
que todos puedan ver esta catarata alta y flaca -la antítesis de
Iguazú- y a sus hermanas menores que emanan a lo largo de los 10
kilómetros de la meseta Auyantepuy.
Ha quedado atrás el inmenso
arco trazado por el Río Orinoco -bien al sur del Estado Bolívar-,
tierra adentro, en el corazón verde de la Guayana venezolana. El
avión nos ha depositado en una tierra legendaria que enardecía
los corazones de los conquistadores, quienes en el siglo XVII vinieron
en busca de El Dorado y sólo descubrieron un infinito verdor.
Es el Parque Nacional Canaima, con
3 millones de hectáreas, el lugar perfecto para compenetrarse con
la selva amazónica, a sólo dos horas de la metrópolis,
y con todas las facilidades que satisfacen las exigencias básicas
de viajer os
de todo el mundo.
Nos alojamos frente a una pequeña
playa con arenas de un suave color rosado, en el recodo de un río
que parece una laguna. Nadie puede resistir la tentación de un baño
en las aguas color té que bajan desde la cima de las mesetas. Las
cabañas turísticas respetan el modelo de la churuata indígena
(base circular y techo cónico de hoja de palma), pero por dentro
poseen todas las comodidades para una estadía placentera, rodeado
por la selva virgen.
EN CANOA
POR LA SELVA
La primera excursión parte
en canoa a través del río Carrao y su laberinto de angostos
afluentes. Navegamos en una curiara indígena, con motor fuera de
borda y cavada en el tronco de un gran ceibo. Nos encierra entre dos orillas
una maraña de árboles inmensos (con sus raíces entrando
en el agua), lianas y enredaderas. Parecen macizas murallas verdes de 15
metros de alto que nos oprimen a los costados; un compacto mundo vegetal,
impenetrable y sin fisuras.
El empuje poderoso de la corriente
nos acerca a unos raudales con espumosos torbellinos. Pero el indio que
conduce la curiara no quiere arriesgar a sus pasajeros y nos hace seguir
a pie por un sendero selvático, mientras él maniobra entre
los rápidos.
Al rato, de nuevo sobre
la canoa, las aguas se serenan. Navegamos lentamente y en silencio (con
el motor apagado) al impulso de la corriente. De la nada se oye un impresionante
graznido anunciando que se acerca, a vuelo rasante sobre las copas, la
lechuza trompetera; a cargo de la introducción a una Oda Musical
selvática.
Unos fastuosos guacamayos rojiazules
vuelan en pareja cruzando el río y se posan sobre una rama; una
suerte de palco honorario de esta increíble sala de conciertos.
El canto aflautado de los turpiales asume la voz cantante, mientras el
pájaro violín afina su dulce y arpegiada melodía,
escondido detrás de un secreto atril camuflado de hojas. Como detalle
sutil, la suave vibración del refinado colibrí sugiere la
gama de matices que distingue a las grandes interpretaciones orquestales.
Al final, a modo de aplauso, se oye
la alegre algarabía de los pericos (loros verdes) que se alejan
parloteando en bandada. Los músicos de la selva están dispersos
y ocultos. Son ejecutantes sin rostro que sólo en ocasiones aparecen
en escena; sin embargo, siempre se los está oyendo.
De regreso en el poblado de Canaima,
la noche sobreviene súbitamente, sin crepúsculo, tras los
tepuyes. La luna se remonta solitaria en el firmamento y perfil a
su disco perfecto, mientras el caótico zumbido de los insectos nocturnos
reemplaza a las melodías diurnas.
En el restaurante nos espera un festín
de pollos asados sobre leños en brasa. El condimento (opcional)
es bachaco molido; léase, una especia basada en hormigas rojas del
tamaño de medio pulgar.
RECORRIENDO
LOS SENDEROS
El segundo día, las excursiones
son por tierra y por agua. El guía es un indio pemón, vestido
con su tradicional guayuco (taparrabos). Habla inglés, que aprendió
en la vecina Guyana inglesa, castellano y tres idiomas indígenas.
Dice llamarse Luis, pero se sabe que los pemones rara vez confiesan su
verdadero nombre a las personas blancas. Ellos consideran que al revelarlo
entregan algo de su persona. Con la misma celosía esconden también
el nombre secreto de ciertos tepuyes que consideran particularmente sagrados.
La curiara nos acerca hasta un primitivo
caserío indígena a la vera del río. Son apenas tres
churuatas con paredes de bambú junto a la orilla. Una mujer pemón
con el pelo ensortijado hace girar, mediante una cuerda de bejuco (tipo
de maleza), dos pescados morocoto, ensartados en una rama sobre brasas
ardientes. Su marido los acaba de pescar con una cerbatana.
Nos dirigim os
a la Isla de las Orquídeas. Ahora sí, al pisar tierra nos
internamos definitivamente en la selva a través de borrosos senderos
bajo el ramaje inclinado de árboles enormes. De sus copas cuelga
una proliferación de lianas que se mecen sobre el camino. Los velludos
troncos y las cañadas de bambú están cubiertos de
plantas trepadoras, helechos, líquenes y un sinnúmero de
orquídeas que decoran los bosques con vistosos colores como el rosado,
el lila, el amarillo y el violeta. Hay alrededor de cien variedades de
orquídeas, la más extraña mide menos de un centímetro.
La
vegetación se superpone y se disputa un espacio siempre húmedo
donde hasta los troncos caídos están cubiertos de musgo.
Se cumple una orden suprema de arborizar cada centímetro de esa
inmensa región.
Cruzamos un arroyo a través
de un rústico puente de troncos brotados de hongos. Aspiramos el
aroma de los lirios salvajes y de una tierra mojada que nunca pisamos directamente,
ya que el suelo está alfombrado con hojas. Hay que ser cuidadoso
de no tropezar con el sapito minero -con la piel vistosamente coloreada
de amarillo y negro-, que compite en rareza con el plumaje del pájaro
sietecolores.
En la selva, el verdor se impone
por unanimidad. La luz del sol se
convierte en un suave resplandor esmeralda tras las paredes vegetales que
impiden ver más allá de los diez metros. Nos aventuramos
bajo una suerte de galerías verdes que nos protegen de los chubascos
que nunca faltan, y de esa otra lluvia -de fuego- que desciende del tiránico
sol tropical.
Canaima parece recrear el mundo del
génesis bíblico, reflejado en la furia de sus aguas y la
serenidad de los tepuyes. Así habrá sido la Tierra al comienzo
de la vida, cuando la creación divina aún no había
instalado a la "bestia erguida", que todo lo modifica. Un universo abismal
que conserva el primitivo encanto de lo intocado. Canaima es un mundo perdido
que aún no ha revelado todo su secreto... Luego de transitarla,
será muy difícil librarse de su influjo misterioso.
INFO:
¿CÓMO LLEGAR?
La
mejor opción es viajar en avión hasta Caracas y de ahí
tomar una excursión (dos días y una noche desde Caracas cuesta
aproximadamente 500 dólares e incluye pasaje de avión, sobrevuelo
al Salto Angel, alojamiento en las cabañas estilo indígena,
excursiones y comida). Es posible también adquirir solamente el
pasaje (130 dólares aproximadamente) e intentar alojarse en alguna
casa de familia en el poblado de Canaima o dormir en carpa. Previamente
se debe sacar un permiso en Inparques de Caracas (Av. R.Gallegos, Parque
del Este -frente al restaurante Carreta- Tel.284-1956). Sin este permiso
las empresas de aviación no venden los pasajes, y aún así,
habrá que insistir ya que estas mismas compañías son
las que organizan los tours. Mediante una excursión opcional se
puede llegar navegando hasta la base del Salto Angel (5 días).
¿CUÁNDO
IR?
Se puede ir todo el año.
La época seca (de diciembre a mayo) presenta el clima más
agradable, pero los ríos tienen poca agua para ser transitados.
De junio a noviembre (época de lluvias) llueve seguido, pero los
saltos de agua están en su punto álgido y se puede llegar
en canoa al Salto Angel.
IMPERDIBLES
Debés recorrer 30 kilómetros
para desembarcar en el Salto El Sapo. Allí te espera una vivencia
probablemente única en el mundo: caminar por un túnel de
agua. Detrás del salto, entre una pared de roca y otra de agua,
existe una hendidura donde se transita debajo de la catarata casi sin mojarse.
El salto mide 20 metros de altura, y sobre tu cabeza pasan toneladas de
agua que crean una gruesa cortina al alcance de la mano, que apenas trasluce
una vaga luminosidad.comenzando
en
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