| Las vías
abiertas de América Latina
Como serpientes
de metal que se arrastran por el suelo y avanzan contra las desgracias
que se posan sobre sus vías, los ferrocarriles sobrevivientes de
América del Sur permiten viajar sobre sus rieles a estaciones increíblemente
deslumbrantes.
Viajar
en tren por América Latina no es nada sencillo. La mayoría
de los tramos de vías férreas en actividad se reducen a ferrocarriles
de cargas, de los cuales muy pocos pueden ser usados por los viajeros.
Muchos otros ramales fueron clausurados o abandonados y otros tantos servicios
de pasajeros son realmente deficientes y poco atractivos.
Uno de los motivos que explica esta
situación es la distribución en el mapa de las vías
de los ferrocarriles, que responden más a intereses comerciales
de antaño, que a necesidades reales y actuales de transporte. Para
comprenderlo mejor basta con situarse entre mediados del siglo XVIII y
principios del XIX, en los años de la Belle Epoque, tiempo en que
los principales países de Europa desarrollaban una rápida
carrera imperialista por la conquista de nuevos territorios. Eran tiempos
de prosperidad, donde había mucho dinero por invertir y mucha producción
disponible para vender. Pero los mercados no eran tan grandes y el consumo
era poco en relación con esa productividad enorme que surgía
por efectos de una Revolución Industrial ya madura, y una revolución
tecnológica que avanzaba impetuosamente, generando nuevos y más
eficaces medios de producción. Hacían falta nuevos mercados
y nuevos lugares para realizar inversiones que, generalmente, en esa época,
eran plasmadas en forma de rieles de ferrocarril. Y Sudamérica fue
uno de esos lugares.
Esta situación general que
reinó en todo el continente por aquellos años tuvo sus excepciones,
a veces por casualidad y otras provocadas por la irracional manera de invertir
y querer extender un ferrocarril en cualquier lugar, alegando que la llegada
de los trenes era también la llegada del progreso.
Pero estas excepciones se transformaron,
con el tiempo, en verdaderos atractivos turísticos que por sus recorridos,
sus paisajes, sus historias y sus destinos deben ser conocidos y tenidos
en cuenta a la hora de programar un viaje por el continente sudamericano.
EL TREN
A LAS NUBES
¿Quién no quisiera
viajar por las nubes, mezclarse con ellas y sentirse abrazado por el cielo?
El Tren a Las Nubes es más que todo eso. Es la promesa cumplida
de volar, como un Icaro contemporáneo que utiliza el acero de los
puentes y las vías para despegarse del suelo
y escapar de la realidad. Es la fuerza imponente de una locomotora con
vida propia que avanza impiadosa hacia las alturas en busca de un encuentro
con los dioses. Es, en fin, la realización de una experiencia inmortal
que permite un contacto más íntimo e intenso con el marco
natural y humano que rodea toda la travesía.
Este sueño de volar sobre
rieles comenzó a hacerse realidad hace más de cien años,
cuando en 1889 se llevaron a cabo los estudios preliminares para la posterior
construcción de la obra, que sería un tren carguero que permitiese
transportar la producción minera de la zona hacia los puertos chilenos
del Pacífico para no depender exclusivamente de las provincias de
Rosario y Buenos Aires.
Entre contratiempos y postergaciones,
muchas veces volcadas desde el ámbito político y otras desde
el económico, el tren recién se inauguró el 20 de
febrero de 1948, tras 27 años de duros trabajos en los que se logró
doblegar a un medio ambiente complicado, como es la Cordillera de los Andes,
para la construcción de un tren.
El tren despega una vez por semana
desde el Valle de Lerma para ascender por la Quebrada del Toro hasta las
alturas de la Puna. El punto cumbre es La Polvorilla, a 4.220 metros sobre
el nivel del mar, pero todo el viaje se presenta como una verdadera postal
en forma de puentes, túneles, rulos, zig zags y viaductos realmente
increíbles, combinados con pequeños pueblos andinos que aún
conservan intactas sus raíces culturales y antiguas ruinas de civilizaciones
misteriosamente desaparecidas.
El vuelo de este pájaro metálico
se extiende a lo largo de sólo 217 de los 571 kilómetros
de vías existentes. El segmento restante es recorrido periódicamente
por trenes cargueros, en los cuales, mediante una combinación en
la frontera, se puede llegar hasta Chile, aunque muchas veces es complicado
conseguir un permiso para abordar estos ferrocarriles.
EL TREN
DE LA MUERTE
Su
seudónimo sugiere un aspecto macabro pero, en realidad, el Tren
de la Muerte debe su apodo más que nada a circunstancias que se
podrían denominar mitológicas. Sobre todo luego de la privatización
hecha por el gobierno boliviano, por medio de la cual se mejoró
mucho el funcionamiento de este tren, aunque viajar en él sigue
siendo toda una aventura.
El Tren de la Muerte se caracterizó
históricamente por sus frecuentes descarrilamientos, por sus demoras
excesivas y por el clima y hacinamiento casi inhumano que se vive en su
interior. También porque en un principio el tren no era de pasajeros,
sino que era un carguero en el cual se debía viajar sobre las mercaderías
esparcidas en cada vagón o sobre el techo mismo del ferrocarril.
Es por todas estas circunstancias que el nombre del tren alude tan directamente
a La Parca y no por otros motivos, aunque en la actualidad todas estas
situaciones son más mitológicas que reales, sobre todo la
que se refiere a los descarrilamientos.
El tren recorre un vasto trayecto
desde la ciudad fronteriza de Puerto Quijarro, en el límite con
Brasil, hasta Santa Cruz de la Sierra, en el corazón del territorio
boliviano. Durante el viaje se pueden observar variados ambientes, pasando
primero por las zonas pantanosas y húmedas y luego por las tierras
áridas y semi-desérticas. Las constantes del viaje son el
calor y los insectos de toda clase, tamaños y colores.
Además de las alimañas,
los vagones están plagados de personas, bolsas, cajas, gallinas,
naranjas y perros, con quienes uno aprende a convivir ya que ocupan hasta
el último espacio disponible de cada carro.
El Tren de la Muerte es una experiencia
dura, pero las retinas y la memoria agradecerán siempre haberla
vivido, ya que ayuda a comprender muchos de los déficits que están
presentes en casi cada rincón de América Latina y permite
conocer paisajes diferentes y una serie de pequeños pueblos casi
fantasmas que seguramente son producto de tiempos en que la premisa era:
"Una estación de tren, un pueblo".
EL TREN
TRASANDINO
Así
como Argentina muestra con orgullo su "Tren a las Nubes" y como Bolivia
atrapa el misterio con el "Tren de la Muerte", por las entrañas
de Ecuador corre un ferrocarril con una historia y un recorrido muy particular.
El
Tren Trasandino fue en su momento un triunfo muy significativo para el
pueblo ecuatoriano, quien consideró el hecho como un alza de la
moral y el prestigio nacional. Casi cincuenta años de idas y vueltas
fueron necesarios para terminar el coloso emprendimiento y unir la ciudad
de Guayaquil con la capital Quito. Hoy en día, el tren es considerado
una de las mayores atracciones turísticas del Ecuador y una de las
más visitadas, a tal punto que el extranjero debe abonar un recargo
para poder realizar el viaje. Otra particularidad del tren reside en que
los pasajeros que lo deseen pueden viajar en el techo de los vagones durante
algunos tramos del recorrido.
Las ideas para su construcción
surgieron en el año 1860 y en 1874 llegó al pueblo de Milagro
la primera locomotora, aunque la situación del país no era
aún propicia para afrontar semejante empresa. Fue así como
en 1895, ante la imposibilidad de financiar el proyecto con capitales nacionales,
se contactó a los técnicos norteamericanos Archer Harman
y Edward Morely, representantes de una compañía estadounidense
interesada en hacer realidad el sueño. Se llegó a un acuerdo
y en 1899 la "Guayaquil and Quito Railway Company" empezó la construcción
de lo que en aquellos tiempos todos llamaban "el ferrocarril más
difícil del mundo".
El tendido de las vías era
lento pero efectivo. En julio de 1905 el tren entró en Riobamba;
desde esta ciudad la construcción fue más fácil y
el 25 de junio de 1908 el ferrocarril hizo su entrada triunfal en Quito,
siendo recibido con arcos de palmas, laureles y flores y tiñendo
la ciudad de fiesta, con danzas, banquetes y festivales populares que duraron
cuatro días.
DE EXTINCIONES
Y PROBLEMAS ECONÓMICOS
Las últimas décadas
han marcado muy fuertemente a todas las redes ferroviarias de Latinoamérica
haciéndoles enfrentar un peligro extremo de extinción. Muchas
de ellas han sucumbido al olvido por obra y gracia de los cierres de los
ramales, mientras que otras siguen en pie a duras penas.
Durante
muchos años, uno de los trayectos ferroviarios más famoso
de nuestro continente fue el Tren del Pantanal, que recorría el
Matto Grosso brasileño y era una de las mecas para los turistas
de todo el mundo que buscaban aventuras y naturaleza. Pero la cruda economía
dictó su decreto y hubo que cerrar el ramal. Actualmente, el viaje
a través del pantanal sólo se puede realizar en buses, pero
por rutas que no permiten conocer en profundidad su salvaje corazón.
Una verdadera lástima, sobre todo porque ni siquiera hay planes
para una próxima reapertura.
Otras
vías que se vieron obligadas a quedar desabrigadas del paso del
tren son las que unen San Salvador del Jujuy con La Quiaca, en el noroeste
argentino. Este trayecto, a través de la Quebrada de Humahuaca y
sus distintos pueblos, era una verdadera metáfora para aquellos
románticos, ansiosos de experimentar sensaciones pretéritas.
En la misma situación o encaminándose
lentamente hacia ella se encuentran muchos otros ferrocarriles, como el
que atraviesa los Andes uniendo Mendoza y Santiago de Chile, como los trenes
chilenos que recorren el desierto de Atacama, o tantos otros trenes sudamericanos
que ya han desaparecido y que quizá nunca se sepa, ni siquiera,
que alguna vez, en otros tiempos, hayan existido.
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