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Luciana Salazar


Chile: las casas de Neruda 

En las afueras de Cuzco se levantan antiguas y monumentales ruinas incaicas cargadas de misterios. Fortalezas, templos y otros secretos centros de culto indígena son el escenario perfecto para conocer las creencias de los descendientes de los incas. Y para vivir una experiencia mística en el ombligo del mundo.

"Domingo 7 de febrero: un chaman con nombre de rey sabio se ofreció de guía. Mario Salomón, adelante. Sacerdotes bañados en uranio. Hombres más libres de la gravedad. Traslaciones de 285 días. Una radiografía de números. Un puma tuerto por voluntad mística y manos encogidas de la ciencia. Luz violeta, roja, blanca. Desconfianza. ¿Cómo no tenerla?" 

Era mi segundo verano consecutivo en el corazón del Imperio Inca y comenzaba a llenar la última página de mi diario en Cuzco. Había regresado para explorar hasta el último de sus rincones, para no volver con la misma sensación de haber conocido sólo una ínfima porción de su pasado y sus secretos. A las 5 de la tarde partía en bus hacia Arequipa y esa mañana me levanté muy temprano dispuesto a exprimir el tiempo. Es que aún sentía que ni en mil viajes seguidos podría saciar mis ojos de piedras y signos. 

ESCALERA AL CIELO (SACSAYHUAMÁN, LA CABEZA DEL PUMA)
Escalé -literalmente- la calle Plateros hacia las ruinas de Sacsayhuamán, o Sexy Woman, como las llaman los gringos. Así como las líneas de Nazca son figuras expuestas al cielo, los incas construyeron Cuzco con la forma de un puma gigantesco. La calle Plateros es la columna vertebral del felino y en la cima está su cabeza, y -aunque reducida- lo que hoy queda de Sacsayhuamán sobra para impresionar. Murallas de piedra construidas con bloques gigantescos, perfectamente engarzados unos con otros por la única fuerza de su propio peso. Mientras aún me preguntaba cómo podrían haber movido los incas semejantes moles, apareció Mario con su respuesta. De rasgos típicamente indígenas, pero vestido con jeans, campera de explorador y borceguíes, Mario Salomón era una simbiosis perfecta del Viejo y Nuevo Mundo. Para completarla, llevaba en sus manos un manual de bolsillo sobre la alquimia. 

Según él, Sacsayhuamán había sido no sólo una fortaleza, sino un templo sagrado construido por los antepasados de los incas. Ellos habían habitado el valle del Cuzco cuando la Tierra tardaba 285 días en completar una vuelta alrededor del sol. La fuerza de gravedad era considerablemente menor y así pudieron mover las piedras gigantes. Mientras me hablaba, caminamos junto a las murallas y nos detuvimos ante un bloque de 5 metros de altura, insertado en la pared como un ladrillo de barro. La mano de Mario señaló signos grabados en la piedra: una cruz, estrellas y rayos. Nuevamente, Mario rompía mis esquemas. Aquello era para él la entrada a otra dimensión. Lamentablemente, la llave se habría perdido con los geniales constructores de Sacsayhuamán. 

Unos pocos pasos más, y encontramos la imagen de la columna vertebral humana labrada en la roca. Se trataba de la serpiente Kundalini, metáfora hindú de los siete centros energéticos del sistema nervioso del hombre que deben ser despertados para alcanzar la percepción mística. 

A esta altura ya estaba entregado. Mario Salomón dijo ser el descendiente de una línea de sacerdotes incas que transmitían el saber esotérico del Imperio de generación en generación. Más allá de las dudas que pudiera tener, quién mejor para guiarme por los laberintos de piedra en un recorrido distinto, digno de ser contado a los amigos. 

EL PUMA TUERTO (LOS OJOS DE CUZCO)

Por encima de las murallas se abría un pequeño claro elevado que alcanzaba a contener un círculo de piedra de unos diez metros de diámetro y una colina de tamaño similar. Nos sentamos en el borde del círculo y Mario me preguntó cuándo había nacido. Saco unas rápidas cuentas y empezó a describirme como si me conociera de siempre. 

Después de la radiografía de números, me contó que aquel círculo de piedras era uno de los ojos del puma, uno de los ojos de Cuzco. Aunque ahora las paredes alcanzaban el medio metro de altura, había sido un gran cilindro de piedra, dentro del cual los sacerdotes se bañaban en uranio para atraer las corrientes telúricas que pasan por debajo de Sacsayhuamán. Con la conquista española, las piedras fueron usadas para construir casas en la ciudad. 

La colina de al lado no era otra cosa que el otro ojo del puma. A la obvia pregunta de por qué no lo habían desenterrado, le siguió otra de las respuestas de Mario. Parece ser que varios arqueólogos lo han intentado, pero cada vez que empiezan a excavar se desata una tormenta eléctrica de película. A algunos científicos hasta se les habrían achicharrado las manos por intentar violar el parche de tierra que tapa al segundo ojo del puma. 

Mario me pidió que me parara justo en el centro del círculo de piedras, que cerrara los ojos, levantara la mano izquierda y apoyara el pulgar contra la palma. Mi otra mano debía apoyarse en mi panza con el dedo medio tocando el ombligo. Al hablar, el círculo se convertía en un potente amplificador. Mi cuerpo comenzó a vibrar y los párpados iban cambiando de color. Primero violeta, después rojo, hasta que fueron blancos. Cuando Mario lo supo, la cosa se puso seria, aunque no pude evitar tentarme. "¿Ves a un gran hombre vestido de indígena, con una pluma en la cabeza?" No. "Cuando lo veas, salúdalo diciendo: Hola, Señor de Mixtitlán." 

Confieso que lo intenté, pero después de un rato de contener la carcajada decidí renunciar. Según Mario, me perdí de entrar al mundo subterráneo que existe debajo de los Andes. 

COLGADO DE LA LIANA (QENQO, LA MORADA DEL RAYO)

El chaman me propuso una nueva experiencia mística: un ritual con ayahuasca, el alucinógeno preparado a partir de lianas en la zona amazónica. Dos viajeras, una limeña y una argentina, se nos unieron después de presenciar mi ingreso fallido a las profundidades andinas. Juntos, nos dirigimos hacia la casa de Mario, a un kilómetro de Sacsayhuamán, en dirección a Qenqo. 

Lo esperamos unos segundos afuera de su construcción de barro y paja, mientras su perro nos identificaba. Enseguida volvió con una botella de agua mineral de litro y medio repleta de un líquido amarronado. Seguimos camino. 

Qenqo es una enorme formación rocosa de unos veinte metros de largo, diez de ancho y cinco de alto. En tiempos del Imperio, fue un templo dedicado al dios del rayo, Illapa. Aunque sus dimensiones impresionan, los incas lo tallaron, cortaron y ahuecaron como si fuera una gran bola de plastilina. 

Antes de explorarlo, Mario dibujo en la tierra la cruz andina, de cuatro lados iguales. Nos sentamos uno en cada extremo ante la mirada curiosa de los turistas que visitaban Qenqo. En una pequeña copa de madera, Mario sirvió la ayahuasca, derramó un poco sobre la Pacha Mama y nos repartió una pluma de cóndor a sus tres discípulos improvisados. Se suponía que el ave sagrada cuidaría de nosotros durante el viaje espiritual. La ayahuasca era tan amarga como su aspecto, pero después de varios sorbos su efecto empezó a hacerse notar. En medio de un creciente mareo metafísico seguimos a Mario hacia Qenqo, aferrados a nuestras plumas salvadoras. 

Junto a la enorme piedra, los incas construyeron un anfiteatro semicircular con una inmensa roca parada en su centro. La superficie superior de Qenqo está completamente tallada con animales y formas cósmicas. En el centro, dos rayos zigzagueantes corren paralelos hacia sus respectivos cuencos labrados en la piedra. Allí se derramaba chicha o sangre y según qué cuenco se llenaba primero, se conocía la suerte de la consulta. 

Como si fuera poco, los incas cortaron la enorme piedra con un corredor en forma de rayo, que la atraviesa de lado a lado. Ya en el interior de Qenqo, un altar de roca macizo increíblemente helada servía tanto de mesa de sacrificios, como de cámara frigorífica para los recién muertos. 

Asombrados, mareados y observados por nuestras ridículas plumas, dejamos Qenqo hacia la nueva escala de nuestro viaje místico: el Templo de la Luna. Para esta nueva etapa, se nos sumó un rosarino a último momento. 

CREER O REVENTAR (EL TEMPLO DE LA LUNA)
Caminamos un kilómetro más por un sendero de montaña hasta llegar a otra piedra de dimensiones incaicas, aunque bastante menor que Qenqo. Era el Templo de la Luna. Mario nos condujo hacia la cima y nos mostró un sobrerrelieve del Yin y Yan del mundo andino: un águila y un cóndor en vuelos enfrentados. Tomamos unos sorbos más de ayahuasca y luego, entramos en la roca, que -como ya suponíamos- era hueca. 

En su interior, otro chaman estaba por iniciar un rito de purificación junto al altar de piedra. Estaba acompañado por un grupo de nueve personas, entre ellos dos nenas peruanas. Detrás de nosotros, apareció un anciano indígena que también se sumó a la ceremonia. 

Formamos un círculo dentro del templo y los dos chamanes comenzaron a "limpiarnos" con hojas de coca. Nos las frotaron por la frente y el cuerpo y luego nos pidieron que las sostuviéramos. Enseguida, Mario cargó en su boca un líquido perfumado que roció sobre cada uno de nosotros. Concluida la limpieza, debimos ocultar las hojas de coca entre los recovecos del templo para "enterrar" las impurezas de las que nos habíamos liberado. Luego, nos tomamos de las manos y Mario le habló en quechua, con voz muy firme, al anciano indígena. Algo andaba mal. La festiva paz mística del momento se quebró. El viejo estalló de rabia y contó que era un poderoso chaman de Oruro, Bolivia, y había viajado exclusivamente hasta Cuzco para encontrar a Mario, su última salvación. Dos hombres le habían robado todos sus ahorros y había jurado vengarse. Para hacerlo, había abandonado la magia blanca y se había transformado en un brujo negro. Como prueba de su sobredosis de mala onda se adjudicó convencido la responsabilidad por dos tragedias recientes: un bus caído a un precipicio cerca de Cuzco y un avión estrellado en Arequipa. La situación se le había ido de las manos. 

Mario continuó hablándole en quechua, cada vez más fuerte, se acercó al brujo y lo arrodilló. Lo roció nuevamente y le frotó unas cuantas hojas de coca. De pronto, el viejo lloraba inconsolablemente y le agradecía a Mario por haberlo librado de su cruz. La ceremonia terminó y salimos de la piedra sin haber entendido nada. 

EL TEMPLO SECRETO
Cuando abandonamos el Templo de la Luna, los demás se despidieron y volví a quedar solo con Mario. Como aún me quedaban un par de horas para tomar el bus a Arequipa, me propuso visitar un templo secreto del culto indígena. Una vez más, lo seguí, tanto para conocer el lugar como para saber qué había pasado con el brujo descarriado. 

Caminábamos hacia el templo sagrado cuando Mario se detuvo para... ¡levantar una vela tirada en el medio de la montaña! Como si fuera lo más común del mundo, empezó a explicarme la bizarra situación. El brujo estaba enfermo de ira y deliraba con todo el tema de la magia negra y las tragedias provocadas por sus súperpoderes. Era una explicación bastante racional para venir precisamente de él. 

El templo secreto era -cuándo no- una inmensidad rocosa totalmente irregular. Un pequeño corredor se habría hacia su interior y en la entrada Mario me sorprendió nuevamente. Extrajo unas hojas de coca, con las que había purificado al brujo negro, y las enterró. Luego prendió la vela y la colocó encima. El anciano volvía a ver la luz. Según me dijo Mario entonces, él sabía que ese brujo iría a buscarlo. Por eso, durante la ceremonia, lo colocó justo en medio de las dos nenas, para rodearlo de pureza y dominarlo más fácilmente. Además, lo separábamos exactamente siete personas de cada lado de la ronda. Un número místico como para mantenerlo a raya. 

De toda la experiencia, deduje que entonces mi encuentro con Mario no había sido casual, ni tampoco el número de personas que terminamos siendo. El me lo confirmó, todos habíamos sido piezas de un rompecabezas que terminó de armarse en el Templo de la Luna con el exorcismo casero al chaman de las tinieblas. 

La verdad es no estaba muy convencido de que hubiese sido así, pero para qué arruinar una experiencia mística de día completo. Tomé un poco más de ayahuasca y lo seguí a Mario en una carrera vertiginosa a través del colosal laberinto de piedra. Doblemente mareado, por el brebaje y la corrida, llegué a un patio interior de la roca, inimaginable desde afuera. En el centro se levantaba un altar de piedra con restos de ceremonias recientes. Allí, Mario me dejó solo para meditar y concentrarme en las visiones que pudieran aparecer. 
Obviamente no puedo contar lo que vi, pero sí que vi. 

Una hora más tarde, volvió a buscarme. Comentamos mis visiones mientras regresábamos a su casa y al llegar una nueva prueba lo esperaba: su perro agonizaba en el piso sin remedio. Seguro de sí mismo, Mario abrió la boca del animal y lo obligó a tomar un líquido extraño. Luego, lo tomó del cuello y lo dejó suspendido en el aire. Cuando lo soltó, el perro estaba recuperado. 

Por un momento, me sentí culpable por haber dudado de sus conocimientos ocultos. Evidentemente, Mario parecía ser un poderoso chaman andino. Pero, la realidad es más simple que la receta de la ayahuasca. Mario simplemente le había hecho tragar aceite de cocina a su perro, para desencajar el hueso con el que se había atragantado.

INFO:

¿CÓMO LLEGAR?
En tren desde Puno, en avión desde Lima y Arequipa, o en bus desde Puno y Arequipa. 

¿CUÁNDO IR?
Conviene ir de junio a octubre cuando no es temporada de lluvias. El 25 de julio es la fiesta del Inti Raymi en Sacsahuamán, en honor al sol. 

IMPERDIBLES
En la ciudad, visitar la catedral de Cuzco y el Concinacha. En la fortaleza de Sacsahuamán, Quenqo, Tambo Machay, Pisaq, Ollataytambo y, por supuesto, Macchu Picchu.
 
 

 

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