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Luciana Salazar


Tumbas de Sillustani: guardianes del sueño

Las torres funerarias de Sillustani aún se yerguen desafiando el paso del tiempo, aún se esfuerzan por cumplir con su mandato primordial y nunca se cansan de ser los guardianes del sueño eterno de los monarcas de una de las más importantes civilizaciones precolombinas.

Como emulando sin saberlo a las pirámides egipcias, la fusión de la cultura colla y la inca generó en el Perú hace cientos de años una de las más impactantes maravillas arquitectónicas de América del Sur. 
Sobre las mesetas que balconean hacia el lago Umayo en Perú y a 14 kilómetros de la ciudad de Puno, hay vientos que improvisan su danza matinal y abrazan las estructuras inmutables de las torres funerarias de Sillustani.

 Esos gigantes hercúleos de rocas limadas por los años, son tumbas cilíndricas que todavía atesoran secretos milenarios y guardan el sueño eterno de sacerdotes y princesas de la civilización inca. Desde sus orígenes se llamaron chullpas, y eran los habitáculos sagrados en los que se enterraban a los grandes monarcas y a las eminencias religiosas, que a los ataúdes iban siempre acompañadas de su séquito de servidores y esposas. 

La ley era severa e imposible de transformar; ante el deceso de alguna figura importante, aquellos individuos que la habían acompañado en vida, debían hacerlo en la muerte y en las próximas instancias de existencia. Sólo en esos casos se permitían los sacrificios humanos. Los incas creían fervientemente en la reencarnación. 

MEDIDAS Y CAPACIDADES

Cada torre mide unos 12 metros de altura por 5 metros de diámetro aproximadamente y su capacidad alcanzaba para albergar el descanso de hasta 16 personas al mismo tiempo. 

Con criterios arquitectónicos que la civilización occidental sólo descubrió unos 200 años más tarde, los incas superpusieron rocas rectangulares, levemente curvadas de 1,50 mts. de ancho, por 80 cm de alto aproximadamente, que aún se sostienen por el sólo peso de unas sobre otras. No existen materiales de contacto que afirmen la unión, ni siquiera parecen ser necesarios. "Entre piedra y piedra no cabe una hoja de afeitar, es tan perfecta la fusión que incluso son torres que ostentan un excelente sistema antisísmico por el tipo de encastre", cuenta Miguelito, un guía local de unos 15 años, mientras se acomoda la gorra y se levanta la botamanga del pantalón que ya está cansada de ser pisada. La mayoría de los orientadores en Sillustani son escolares que alternan sus horas de estudio con el trabajo en las ruinas para ayudar en la escuálida economía familiar. 

EL RELOJ DE SOL

En uno de los costados del torreón principal, la esfera que amarra al sol, o intiwatana, despliega su estructura de centro ritual. Es una circunferencia de rocas que llevaba una especie de monolito en el centro que era el encargado de ir señalando la hora, y por lo tanto regía los horarios de los sacrificios que se realizaban en una plataforma rechoncha, a orillas del reloj. "La roca que marcaba la hora fue desplazada unos metros abajo por los primeros conquistadores que ignoraban el sentido de la construcción"- explica Miguelito, con cierto dejo de ironía en el tono de su voz. "Los incas no escatimaban esfuerzos a la hora del usufructo de su politeísmo. A cada dios le ofrecían sacrificios de animales, y a cada dios se le pedía por las almas, el destino de los cuerpos, las cosechas, etc. por eso eran tan frecuentes las matanzas de vicuñas y camélidos en general"- concluye el pequeño guía mientras se prepara para realizar una demostración de tiro con onda al mejor estilo Golliat. 

Cerca de la entrada, con el pelo trenzado en dos largos bucles que se unen en una coleta de lana negra conocida como pocacha, y el ahuayo fucsia sosteniéndole el bebé sobre las espaldas, María ofrece ponchos de vicuña, colgantes aymará y ánforas pequeñas de barro cocido. Con las pupilas tristes y los dientes limados del mascado cotidiano de la coca va bajando los precios de cada pieza ante la negativa constante de los visitantes a comprar sus productos. Todos los días mientras su marido trabaja en los trici-taxis de Puno transportando gente de la ciudad hasta las ruinas, ella recorre Sillustani en busca de clientes para sus artesanías. 

EL LAGO UMAYO

Es un espejo sereno acariciado en invierno por los vientos fríos que llegan desde la cordillera. En una preciosa alquimia con el entorno, el lago refleja las colinas amarillentas y verdosas y el cielo azul pintado de tanto en tanto por nubes macizas que parecen copos de lana virgen. A pocos metros de allí, hay un museo en el que se exponen los trozos de las vasijas, collares y otros elementos con los que se enterraban a los monarcas. También hay un par de cuerpos momificados, en posición fetal, que fueron extraídos de una de las torres principales y hoy descansan su sueño profanado entre vitrinas de cristal y ojos de sorpresa de visitantes impresionables. Hay una escuelita a la que acuden los niños de la comunidad que se ha ido formando con los trabajadores de las ruinas, y cerca de allí una capilla pintada de rosa que atesora entre sus paredes de adobe, las plegarias de los nativos. 

El tiempo parece haberse detenido hace 500 años en Sillustani, y "las chullpas -como cuenta Miguelito-, aunque ya no cuiden los cuerpos (pues han sido vaciadas por antropólogos para evitar los saqueos) nunca se olvidan de guardar con extremo recelo el aura de las almas de los antiguos maestros chamanes de la religiosidad incaica". 

MARÍA ISABEL, UNA GUÍA ESPECIALIZADA

"Son algo así como las pirámides egipcias, sólo que las chullpas no tienen laberintos internos sino sólo una bóveda hueca en la que se acomodaban los cuerpos sacerdotales"- explica María Isabel en un monótono discurso, con estudiado énfasis y acentuación. Cada día, al salir de la escuela que se asienta en el valle a un costado del lago Umayo, ella saca de su mochila de alpaca las habas fritas que son su almuerzo cotidiano y con paso ágil acerca sus quince años hasta la entrada de las ruinas a esperar a los turistas que quieran contratar sus servicios de guía. Así, montada sobre sus sandalias de hule con suela de cubierta de automóvil, su pollera tejida y un corderito bebé que lleva en brazos como fiel compañero de aventuras, recorre las tumbas una media docena de veces por día.

INFO:

¿CÓMO LLEGAR?
Para llegar, quizás lo mejor sea tomar un avión a La Paz, en Bolivia, y desde allí ir bordeando el Lago Titicaca en ómnibus hasta Puno vía Yunguyo (este camino es más bonito que el alternativo vía Desaguadero). Transportes Manco Capac y Transtur 2 de Febrero tienen servicios que llegan hasta la frontera con Perú, y allí hay buses que esperan a los que vienen desde Bolivia y hacen el trayecto hasta Puno. El viaje desde La Paz hasta Puno dura unas 8 horas. Este tipo de circuitos son muy populares entre los viajeros así que otra opción es contratar a cualquier agencia turística de La Paz, que organicen tours directos a Puno. La diferencia en dinero no es significativa. Preguntá en la oficina de turismo de La Paz; Tel: 35-8213. La oficina de turismo en Puno está en la esquina noreste de la plaza de armas y abre de 8:00 a 13:00 hs. de lunes a viernes. 
Desde la plaza de armas de Puno, un bus de la empresa Tranextur sale diariamente a las 14.30 hs. hacia las Chullpas. 

¿CUÁNDO IR?
Cualquier época es buena para ir, pero conviene evitar la temporada de lluvias, de los meses de febrero, marzo y abril. 

IMPERDIBLES
Mirar el atardecer desde la meseta de Sillustani. Asomarse al interior de una de las chullpas por las puertitas diminutas que algunas tienen en la base. 

 

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