| Tumbas
de Sillustani: guardianes del sueño
Las torres
funerarias de Sillustani aún se yerguen desafiando el paso del tiempo,
aún se esfuerzan por cumplir con su mandato primordial y nunca se
cansan de ser los guardianes del sueño eterno de los monarcas de
una de las más importantes civilizaciones precolombinas.
Como
emulando sin saberlo a las pirámides egipcias, la fusión
de la cultura colla y la inca generó en el Perú hace cientos
de años una de las más impactantes maravillas arquitectónicas
de América del Sur.
Sobre
las mesetas que balconean hacia el lago Umayo en Perú y a 14 kilómetros
de la ciudad de Puno, hay vientos que improvisan su danza matinal y abrazan
las estructuras inmutables de las torres funerarias de Sillustani.
Esos
gigantes hercúleos de rocas limadas por los años, son tumbas
cilíndricas que todavía atesoran secretos milenarios y guardan
el sueño eterno de sacerdotes y princesas de la civilización
inca. Desde sus orígenes se llamaron chullpas, y eran los habitáculos
sagrados en los que se enterraban a los grandes monarcas y a las eminencias
religiosas, que a los ataúdes iban siempre acompañadas de
su séquito de servidores y esposas.
La
ley era severa e imposible de transformar; ante el deceso de alguna figura
importante, aquellos individuos que la habían acompañado
en vida, debían hacerlo en la muerte y en las próximas instancias
de existencia. Sólo en esos casos se permitían los sacrificios
humanos. Los incas creían fervientemente en la reencarnación.
MEDIDAS
Y CAPACIDADES
Cada
torre mide unos 12 metros de altura por 5 metros de diámetro aproximadamente
y su capacidad alcanzaba para albergar el descanso de hasta 16 personas
al mismo tiempo.
Con
criterios arquitectónicos que la civilización occidental
sólo descubrió unos 200 años más tarde, los
incas superpusieron rocas rectangulares, levemente curvadas de 1,50 mts.
de ancho, por 80 cm de alto aproximadamente, que aún se sostienen
por el sólo peso de unas sobre otras. No existen materiales de contacto
que afirmen la unión, ni siquiera parecen ser necesarios. "Entre
piedra y piedra no cabe una hoja de afeitar, es tan perfecta la fusión
que incluso son torres que ostentan un excelente sistema antisísmico
por el tipo de encastre", cuenta Miguelito, un guía local de unos
15 años, mientras se acomoda la gorra y se levanta la botamanga
del pantalón que ya está cansada de ser pisada. La mayoría
de los orientadores en Sillustani son escolares que alternan sus horas
de estudio con el trabajo en las ruinas para ayudar en la escuálida
economía familiar.
EL
RELOJ DE SOL
En
uno de los costados del torreón principal, la esfera que amarra
al sol, o intiwatana, despliega su estructura de centro ritual. Es una
circunferencia de rocas que llevaba una especie de monolito en el centro
que era el encargado de ir señalando la hora, y por lo tanto regía
los horarios de los sacrificios que se realizaban en una plataforma rechoncha,
a orillas del reloj. "La roca que marcaba la hora fue desplazada unos metros
abajo por los primeros conquistadores que ignoraban el sentido de la construcción"-
explica Miguelito, con cierto dejo de ironía en el tono de su voz.
"Los incas no escatimaban esfuerzos a la hora del usufructo de su politeísmo.
A cada dios le ofrecían sacrificios de animales, y a cada dios se
le pedía por las almas, el destino de los cuerpos, las cosechas,
etc. por eso eran tan frecuentes las matanzas de vicuñas y camélidos
en general"- concluye el pequeño guía mientras se prepara
para realizar una demostración de tiro con onda al mejor estilo
Golliat.
Cerca
de la entrada, con el pelo trenzado en dos largos bucles que se unen en
una coleta de lana negra conocida como pocacha, y el ahuayo fucsia sosteniéndole
el bebé sobre las espaldas, María ofrece ponchos de vicuña,
colgantes aymará y ánforas pequeñas de barro cocido.
Con las pupilas tristes y los dientes limados del mascado cotidiano de
la coca va bajando los precios de cada pieza ante la negativa constante
de los visitantes a comprar sus productos. Todos los días mientras
su marido trabaja en los trici-taxis de Puno transportando gente de la
ciudad hasta las ruinas, ella recorre Sillustani en busca de clientes para
sus artesanías.
EL
LAGO UMAYO
Es
un espejo sereno acariciado en invierno por los vientos fríos que
llegan desde la cordillera. En una preciosa alquimia con el entorno, el
lago refleja las colinas amarillentas y verdosas y el cielo azul pintado
de tanto en tanto por nubes macizas que parecen copos de lana virgen. A
pocos metros de allí, hay un museo en el que se exponen los trozos
de las vasijas, collares y otros elementos con los que se enterraban a
los monarcas. También hay un par de cuerpos momificados, en posición
fetal, que fueron extraídos de una de las torres principales y hoy
descansan su sueño profanado entre vitrinas de cristal y ojos de
sorpresa de visitantes impresionables. Hay una escuelita a la que acuden
los niños de la comunidad que se ha ido formando con los trabajadores
de las ruinas, y cerca de allí una capilla pintada de rosa que atesora
entre sus paredes de adobe, las plegarias de los nativos.
El
tiempo parece haberse detenido hace 500 años en Sillustani, y "las
chullpas -como cuenta Miguelito-, aunque ya no cuiden los cuerpos (pues
han sido vaciadas por antropólogos para evitar los saqueos) nunca
se olvidan de guardar con extremo recelo el aura de las almas de los antiguos
maestros chamanes de la religiosidad incaica".
MARÍA
ISABEL, UNA GUÍA ESPECIALIZADA
"Son
algo así como las pirámides egipcias, sólo que las
chullpas no tienen laberintos internos sino sólo una bóveda
hueca en la que se acomodaban los cuerpos sacerdotales"- explica María
Isabel en un monótono discurso, con estudiado énfasis y acentuación.
Cada día, al salir de la escuela que se asienta en el valle a un
costado del lago Umayo, ella saca de su mochila de alpaca las habas fritas
que son su almuerzo cotidiano y con paso ágil acerca sus quince
años hasta la entrada de las ruinas a esperar a los turistas que
quieran contratar sus servicios de guía. Así, montada sobre
sus sandalias de hule con suela de cubierta de automóvil, su pollera
tejida y un corderito bebé que lleva en brazos como fiel compañero
de aventuras, recorre las tumbas una media docena de veces por día.
INFO:
¿CÓMO
LLEGAR?
Para
llegar, quizás lo mejor sea tomar un avión a La Paz, en Bolivia,
y desde allí ir bordeando el Lago Titicaca en ómnibus hasta
Puno vía Yunguyo (este camino es más bonito que el alternativo
vía Desaguadero). Transportes Manco Capac y Transtur 2 de Febrero
tienen servicios que llegan hasta la frontera con Perú, y allí
hay buses que esperan a los que vienen desde Bolivia y hacen el trayecto
hasta Puno. El viaje desde La Paz hasta Puno dura unas 8 horas. Este tipo
de circuitos son muy populares entre los viajeros así que otra opción
es contratar a cualquier agencia turística de La Paz, que organicen
tours directos a Puno. La diferencia en dinero no es significativa. Preguntá
en la oficina de turismo de La Paz; Tel: 35-8213. La oficina de turismo
en Puno está en la esquina noreste de la plaza de armas y abre de
8:00 a 13:00 hs. de lunes a viernes.
Desde
la plaza de armas de Puno, un bus de la empresa Tranextur sale diariamente
a las 14.30 hs. hacia las Chullpas.
¿CUÁNDO
IR?
Cualquier
época es buena para ir, pero conviene evitar la temporada de lluvias,
de los meses de febrero, marzo y abril.
IMPERDIBLES
Mirar
el atardecer desde la meseta de Sillustani. Asomarse al interior de una
de las chullpas por las puertitas diminutas que algunas tienen en la base.
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