| Bolivia,
Travesía por el Altiplano
Para los
que soñamos con calzarnos la mochila y escapar hacia algún
remoto destino, la región andina de Bolivia es una excelente opción
¿No me creés?, Bueno en realidad yo tampoco esperaba mucho
de este lugar. Hasta que lo conocí...
De
vuelta a la colonia
Bajé
del avión de Lloyd Aéreo Boliviano en la ciudad de Santa
Cruz y me fui a la terminal de ómnibus para sacar mi boleto hasta
Potosí. Mi espíritu viajero comenzó a encenderse al
ver los sucios y viejos micros cargados hasta arriba del techo, en los
que iba a atravesar las nubes por los zigzagueantes caminos de ripio que
trepan hacia el altiplano.
Ya
durante el viaje, y luego de acostumbrarme al olor a especias, Buenos Aires
estaba bastante lejos y yo mirando las montañas por la ventanilla.
La
gente era mansa, tranquila y se inhibía cuando yo intentaba alguna
conversación amistosa; hablaba lo justo. Además, de lo poco
que decían les entendía la mitad: la tonadita cantada del
quechua se mezclaba con el castellano y se me complicaba. Estos pueblos
andinos se agrupan en general alrededor de dos grandes grupos: el aymará
y el quechua. Y lo interesante es que mantienen sus costumbres indígenas.
Durante el viaje vi cantidad de cholas y cholitas de pies curtidos y descalzos
y varias capas de ropa abrigada y polleras anchas. Siempre seguían
el estilo de su vestimenta tradicional.
En
el lugar donde me alojé en Potosí me hice los primeros amigos
y compañeros de aventuras: Facundo, Axel y Chivi, todos cordobeses.
Juntos salimos de recorrida. La ciudad es verdaderamente única.
Parecía que retrocedíamos en el tiempo a cada cuadra que
avanzábamos; el estilo colonial impregna todo. Las calles adoquinadas
y en desnivel, las tejas desgastadas ondulando los techos, las fachadas
barrocas mestizas de decenas de iglesias, los mercados indios en las plazas…
todo contribuía a crear un escenario de película sobre el
Virreinato.
Potosí
creció al pie del legendario Cerro Rico, de donde los españoles
extrajeron miles de toneladas de plata. Es Patrimonio de la Humanidad,
data de 1545 y mantiene en perfecto estado templos y edificios coloniales
como la famosa Casa de la Moneda, testimonio arquitectónico que
da cuenta de lo rica y poderosa que fue durante aquellos años.
Los
4.070 metros de altura se sienten durante las primeras caminatas. Hay que
andar tranquilo y encontrar el ritmo adecuado.
Nuestro
primer almuerzo nos dejó el estómago ardiendo durante dos
horas gracias a los coloridos picantes que venían acompañando
el plato y que tenían un poder fulminante, a pesar de los litros
de cerveza que tomamos. Los platos en esta zona son ricos y en general
se hacen con papa, maíz, pollo, quinoa y arroz.
Bajo
la tierra
Realizamos
dos excursiones inolvidables desde Potosí. Una fue la visita a una
de las tantas minas del Cerro Rico. Una experiencia impresionante. Nos
mandamos con un guía (un viejo minero), caminando bien agachados
por el pequeño túnel y, así y todo, a veces cabeceábamos
las piedras del techo con el casco. Luego de internarnos en la montaña durante
más de 300 metros, todo lo que veíamos era asombroso y desconocido.
Con las linternas de kerosene, el guía nos mostraba las pequeñas
vetas de plata en las paredes y los espacios vacíos dejados por
el vaciamiento de algunas enormes. También nos mostró una
imagen de Tío Jorge, una especie de muñeco, algo parecido
al diablo, rodeado por cantidad de ofrendas. Según las creencias
de los mineros, él los protege bajo tierra mientras que la Pachamama
lo hace sobre la superficie.
Fuimos
y volvimos por distintos caminos. Hay tantos túneles que realmente
hoy en día el cerro parece un queso gruyere. Era preocupante escuchar
las explosiones de los cartuchos de dinamita que usan los mineros y darse
cuenta de que si en ese momento llegaba a derrumbarse algún tramo
de la mina, "alpiste, fuiste", nunca más veíamos el sol.
Cuando salí me sentí aliviado, era un poco un sobreviviente.
Desde ya no es una experiencia apta para claustrofóbicos.
Un
desierto blanco
La
otra excursión imperdible fue la que hicimos durante algunos días
recorriendo en vehículos doble tracción de agencias privadas
el Salar de Uyuni (el más extenso del mundo), la Laguna Verde (al
pie del volcán Lincancabur), la Laguna Hedionda (llena de flamencos
rosados), los géisers de Sol de Mañana (cráteres de
barro hirviendo) y otros fantásticos lugares.
Contratamos
la excursión en el pueblo de Uyuni y partimos hacia los paisajes
más increíbles que vi en Bolivia. La nada era todo, y la
nada eran inmensas extensiones de puna, con algún pueblito pequeño,
de casitas enteramente de barro y techos de paja perdidas sobre infinitas
y resecas planicies, y en el horizonte se recortaba a veces un volcán
o un gran cerro.
En
un tramo del camino el jeep viajaba a 5.200 metros sobre el nivel del mar,
a través de un desierto ondulado por la presencia de los gigantescos
volcanes. Durante la noche el frío era bajo cero, y si el viento
soplaba fuerte traspasaba la mejor campera. Cocinábamos fideos y
tardaban una hora en ponerse al dente porque a semejante altura la presión
varía y el agua nunca llega a hervir a cien grados, sino que apenas
alcanza los ochenta.
En
algún momento, a un costado del camino encontramos un piletón
natural de aguas termales. Bajamos del jeep y nos bañamos durante
horas hasta quedar arrugados. Un placer.
Fue
una aventura alucinante a través de un escenario majestuoso, inhóspito
y extraño. Lo vivimos muy intensamente. Cada día parecía
durar dos. Nunca había hablado tanto inglés estando en Sudamérica.
Nuestros compañeros de viaje eran varios suecos, una danesa y un
inglés. Gente bárbara, divertida y con buena onda, salvo
el inglés que todavía discutía recaliente el gol de
Diego con la mano en el ´86.
De
vuelta en Potosí sacamos pasajes en micro a La Paz, otro de los
importantes destinos del Altiplano.
Urbe
norteña
Al
llegar y reconocer una gran ciudad llena de taxis, averiguamos cuáles
eran los sitios imperdibles, de forma de visitarlos e irnos al Titicaca
lo antes posible. Pero a los dos días de haber estado, La Paz ya
nos había gustado. Está a 3.630 m.s.n.m. y enclavada en una
especie de embudo, con el centro y los edificios en la parte de abajo y
las humildes casitas trepando por los costados. Su vista queda enmarcada
por la imponente Cordillera Real de fondo, con nevados de más de
6000 metros. Recorrimos grandes mercados de artesanías (de los mejores
de Sudamérica), el Mirador del Alto (desde donde se observa todo
el embudo iluminado durante las noches), la iglesia de San Francisco, el
Museo Nacional de Arqueología, y las antiguas Ruinas de Tiwanaku.
Esta
visita a las ruinas de la mítica ciudad precolombina fue muy interesante.
Los arqueólogos remontan su nacimiento a dos milenios antes de la
era cristiana. Según la leyenda incaica, el dios creador del universo
(Tici Viracocha) surgió del lago Titicaca y en Tiwanaku
creó a Inti (el sol), a Killa (la luna), a las estrellas, al cielo
y a la tierra. En este mismo lago creó luego al primer inca, Manco
Capac, y a Mama Ocllo. Al estar allí me gustaba escuchar cada una
de las leyendas que rodeaban este sitio, e íntimamente las deseaba
verdaderas. Lo cierto es que en el altiplano, un lugar tan aislado del
mundo como cercano a las estrellas, los mitos y cuentos se vuelven reales
y adquieren una coherencia impensada.
Felices
con las compras realizadas (luego de fenicias negociaciones, es decir,
siempre regateando precios) en los mercados indígenas de La Paz
(ya de por sí muy baratos) partimos finalmente hacia el mítico
Lago Titicaca. Llegamos a Copacabana, pueblo que queda a orillas del lago,
en sólo tres horas. El lugar nos gustó y nos quedamos unos
días.
El
lago más asombroso
No
me esperaba que el Titicaca fuera tan hermoso, no me lo imaginé
tampoco de aguas cristalinas ni con un marco de cumbres nevadas como las
de la Cordillera Real. A 3812 m.s.n.m., es el lago navegable más
alto del mundo y si bien todos sabíamos que nos íbamos a
encontrar con el famoso lago, nos parecía insólito que existiera
semejante espejos de agua en el desértico altiplano que hasta el
momento veníamos recorriendo.
En
Copacabana, principal centro turístico de Bolivia, conocimos la
basílica de la Virgen Morena del Lago, que no es un templo cualquiera,
ya que esta virgen es visitada por miles de peregrinos todas las semanas.
Vimos colas de gente que traía el auto todo adornado con guirnaldas
y flores para bendecirlo; incluso grandes camiones esperaban la bendición
de la virgen. Debido a que gran parte de la población es pescadora
y a que es muy barato, comimos muy seguido un pescado riquísimo.
Hay cantidad de pequeños hostels donde parar, ya que además
de peregrinos está lleno de gringos. En nuestro precario alojamiento,
a la noche se armaban fiestas entre la gente copada de los más distantes
lugares del globo y nadie dormía, todos a fumar, bailar, beber,
reír y otros muchos más verbos terminados en ar, er, ir.
Desde
el puerto de Copacabana nos tomamos una lancha hacia las Islas del Sol
y de la Luna. Al alejarnos de la costa tuvimos una de las mejores vistas
del pueblo, con sus tejados desparejos y el monte Calvario con la bahía
llena de botes. Mientras navegábamos observé a la distancia
que los cerros de la isla se encontraban transformados en múltiples
terraplenes, en forma de escaleras gigantes, típico sistema incaico
para poder explotar la tierra en las laderas. Ni en la isla de Sol ni en
la de la Luna los aborígenes tienen electricidad ni elementos de
confort. Siguen viviendo como sus antepasados. Nos recibieron felices y
muy dispuestos a posar para las fotos a cambio de algunas monedas. Tanto
en una como en la otra existen antiguas ruinas que dan testimonio de la
presencia de distintas culturas que habitaron la zona del Titicaca. El
panorama del lago visto desde estas islas fue de las postales más
lindas que vi en Bolivia y un buen final para redondear un viaje de una
riqueza inesperada.
Las
personas hacemos los viajes, pero también los viajes nos hacen a
las personas. El altiplano boliviano definió mi fanatismo por las
travesías, que va más allá de los lugares que recorra
y del placer físico que me produzcan. Es en realidad el gusto que
tengo por la actividad mental que despierta viajar. En mi espíritu
quedaron para siempre los fantásticos caminos explorados en Bolivia.
Texto
y fotos: Diego Biosca
Una
leyenda viva
En
Huatajata, poblado sobre la costa sur del lago Titicaca, pudimos conocer
a José Limachi, una celebridad en Bolivia, ya que junto con sus
hermanos Juan y Demetrio es considerado el mejor constructor de balsas
de totora del Altiplano.
La
fama trascendió las fronteras cuando Thor Heyerdhal, el mentor de
la expedición Kon Tiki, les encargó la construcción
de balsas para sus aventuras por el océano Atlántico y el
río Tigris. En el hotel Inca Utama de esta localidad puede verse
en exhibición una embarcación de junco del tamaño
de un velero. Era la réplica del Ra II, una de las naves utilizadas
por el antropólogo noruego en sus travesías.
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