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Luciana Salazar


Ecuador 

Los atractivos mercados indios de Otavalo, y un viaje a la maravillosa e intensa selva amazónica.

Así lo hicimos y dos horas después de haber dejado Quito llegábamos al extraordinario Otavalo. 
Diez días ya hacía que estaba en Ecuador. Había recorrido playas alucinantes de aguas tibias, arenas blancas y pueblitos de pescadores. También había trepado a la cima del Cotopaxi (5.897 m.) en la región cordillerana, el volcán activo más alto del mundo. Por supuesto había conocido el Quito Antiguo (declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO) y la espectacular vida nocturna del Quito Moderno, que compartí con viajeros de todo el mundo, y en la que terminé con una hermosa guayaquileña. Pero el pequeño Ecuador no se agotaba y seguía sorprendiéndome, todavía faltaba lo que a mi gusto fue lo mejor de este viaje: la selva.
Sin embargo, antes, vale la pena también que les cuente algo acerca del laborioso Otavalo, que se destaca por su importante presencia cultural entre los pueblos de las montañas ecuatorianas. 

Esta pequeña ciudad es famosa por sus mercados indios, sobre todo el de los días sábados. Su historia se remonta a los tiempos preincaicos, cuando se traían los productos de la jungla desde las tierras bajas orientales y se intercambiaban por otros de las tierras altas. Hoy en día, pocos viajeros son los que no visitan estos mercados otavaleños, atraídos por la amplia variedad de tejidos, ropas, objetos de artesanía y muchos otros artículos súper baratos. 
Y ahí en Otavalo nos encontrábamos aquella mañana un amigo y yo, medio desconcertados por el cambio; hacía sólo un par de horas conocíamos gente y tomábamos tragos en un boliche de Quito y ahora Otavalo nos sorprendía con su maravillosa cultura. Eran las siete, la hora ideal para llegar y visitar el increíble mercado de animales, que se puede ver solamente de cinco a nueve de la mañana en las afueras de la ciudad. 
A medida que nos acercábamos nuestro interés crecía, veíamos que la gente caminaba llevando chanchos, ovejas o llamas atados con una correa al cuello, como si estuviesen paseando al perro. También llamaba mucho la atención la original vestimenta de los otavaleños. Los hombres llevaban una sola trenza larga, pantalones blancos hasta las pantorrillas, sandalias de soga, ponchos reversibles de color gris o azul y sombrero de fieltro de color oscuro. Las mujeres, por su parte, usaban hermosas blusas bordadas, faldas largas y negras, tocados en la cabeza, además de joyas brillantes con collares de varias vueltas alrededor del cuello y brazaletes trenzados rojos. 

Después de caminar un rato, al fin llegamos; la escena nos parecía insólita y pintoresca a la vez. Se compraban, vendían o cambiaban vacas, cerdos, llamas y ovejas, todos vivitos y coleando. Puestos ambulantes ofrecían sandwiches de carne de cerdo, mientras a lo lejos las nubes se veían todavía al pie de las montañas. Esta costumbre la realizan los indios de los pueblitos de los alrededores, que viajan todos los miércoles y sábados para comerciar sus animales en este fabuloso mercado. 
Más tarde fuimos al Poncho Plaza, una de las plazas principales y centro destacado para los objetos de artesanía. ''Compre barato amiguito''; ''¿Quiere llevarlo?, le bajamos precio''; éstas eran algunas de las típicas frases con que vendían los otavaleños. Un buen método para negociar es, del precio que dicen, ofrecerles la mitad: da resultado. La variedad es increíble, podés estar horas dando vueltas y viendo tapices, pulóveres, bolsos, remeras, sombreros, instrumentos musicales, adornos, tallas en madera, anillos, pulseras, collares, sandalias y mil objetos más. Es evidente que la artesanía en manos del ecuatoriano ha tenido un gran desarrollo. 

Con un trozo de madera, una concha, un metal o una fibra natural estas gentes demuestran habilidad y talento para dar forma a cantidad de productos. 
Luego recorrimos el tercer gran mercado, el de alimentos. Si los anteriores nos habían impresionado, éste no se quedaba atrás y lo superaba en colorido y olores. Algunas mujeres cargaban enormes canastos en sus cabezas al viejo estilo de las mulatas. Una verdadera galería de personajes desfilaban entre piñas (ananás), plátanos, tomates, zapotes (algo parecido al zapallo), espárragos, limones, cebollas, zanahorias, etc. 
Si bien Otavalo es un verdadero shopping artesanal indígena, bien vale la pena dedicarle uno o dos días. Es, por sus características y paisajes, uno de esos típicos lugares donde al caminar reconocés que estás en Latinoamérica. 

La selva
Sin embargo, como les conté antes, la coronación de mi viaje por Ecuador fueron los cinco días en los que visité la densa selva amazónica. 
Contraté el viaje en Quito. Prácticamente todo lo que ofrece Ecuador se puede hacer partiendo de esta fantástica ciudad. Hacia algunos destinos te conviene ir por tu cuenta, sin embargo en la selva preferí gastar un poco más de dinero pero ir con un grupo, guía, comida y transporte incluídos; fue una buena elección, realmente la pasé bárbaro. 
El grupo era bien cosmopolita: una chica inglesa, otra sudáfricana, un flaco de Eslovenia, otro de Holanda, una italiana, un norteamericano, una pareja de canadienses, una mexicana y yo. Esta diversidad de nacionalidades no es excepcional en Ecuador, un país frecuentado por viajeros de todo el mundo debido en gran medida a que es muy barato. ¡Ah! Y me faltaba nombrar a Fabián, el guía ecuatoriano que por suerte fue un fenómeno, se notaba que le gustaba su trabajo. En realidad él es biólogo y terminó trabajando de guía. Conocía perfectamente el nombre de cada especie de aves y animales. Cuando descubría alguna entre la jungla se paraba rápidamente en la proa de la lancha, nos gritaba desesperado el nombre del animal y apuntaba con el brazo en la dirección en que se encontraba. Después sacaba una especie de ''libro gordo de Petete" de los animales y nos mostraba en seguida la foto de la especie que habíamos visto. Lo insólito es que él demostraba más excitación e interés que nosotros, era muy cómico y nos terminó contagiando esa especie de alegre locura por la selva y la vida que en ella habita. 

La excursión transcurrió en los alrededores y dentro de la Reserva Faunística Cuyabeno, que protege la jungla hogar de los indios siona, secoya y cofanes, conservando 603.380 hectáreas de selva virgen alrededor del Río Cuyabeno en el nordeste de Ecuador. 
Entramos en la reserva navegando el Río Aguarico. Desde un principio, Fabián nos dijo: ''Esto no es un zoológico en el que los animales van a venir a desfilar delante nuestro, a veces en una semana sólo se logran ver aves, insectos, alguna piraña y nada más. Pero yo les aseguro que si ustedes sienten realmente muchas ganas y se concentran pensando: 'quiero ver una anaconda, quiero ver un delfín, quiero ver un caimán, quiero ver monos'... lo más probable es que terminen apareciendo. No me pregunten por qué, pero se da así. El grupo que más me insistió con que quería ver la anaconda, y se levantaba todas las mañanas preguntándome '¿hoy, Fabián, vamos a ver a la anaconda?' y cuando caminábamos por la selva se confundía las raíces imaginándose serpientes y gritaba a cada rato: 'snake!, snake!'... el último día, parece mentira pero este grupo terminó viendo realmente una tremenda anaconda.'' 
Sin dudas todos le creímos y pusimos, medio en serio, medio en broma, nuestro poder mental en marcha, deseando con muchas ganas ver desde jaguares hasta caimanes voladores, si había (nos teníamos mucha fe). 
En estas condiciones de expectativa, inspeccionábamos con la mirada atenta las orillas de los ríos y la frondosa vegetación al costado de los senderos. Lo primero que vimos fueron aves: guacamayos, garzas, tucanes, águilas pescadoras, loros y cantidad de otras especies muy lindas y de vivos colores. Luego alguien descubrió unos monos colorados saltando entre las ramas de unos árboles. También algunos indios siona se dejaban ver pescando en sus pequeños botes contra las orillas, dando una idea de la dimensión del gigantesco bosque lluvioso tropical que asomaba por detrás. Un par de tímidas tortugas que tomaban sol sobre un árbol caído se tiraron rápidamente al río al vernos pasar. 

A la noche del primer día salimos del campamento a realizar una corta caminata. Al no ver con claridad, el calor y la humedad parecen más pesados que durante el día, los ruidos se dejan sentir mejor y más claramente. Escuchar el silencio de la selva durante la noche es una de las experiencias místicas más intensas que viví. Pareciera que en medio de la oscuridad, del ruido de hojas y animales, del sopor de la humedad, los árboles nos vigilaran inmóviles como si estuvieran escondiendo algún valioso secreto, el aire estaba cargado de misterio. Algo se percibía en aquel silencio... no lo sé, tal vez solo era mi imaginación que volaba. 
Después de una cena bajo la tenue luz de unas velas (obviamente, no llega luz eléctrica), hablamos mucho, fumamos, tomamos gin y vodka, hasta que terminamos todos cantando como viejos amigos. Luego nos fuimos zigzagueando hasta nuestras confortables cabañas. Las camas estaban rodeadas por un eficaz mosquitero y los grillos se escuchaban a volumen full. 
La mañana siguiente continuamos internándonos en la reserva, navegando esta vez por el sinuoso Río Cuyabeno hasta el segundo campamento. No era tan cómodo como el primero, un solo gran ambiente en donde todos comíamos, dormíamos, roncábamos, etc. Pero estábamos más en intimidad con la selva, y éso era lo que buscábamos. A la tarde nos calzamos las botas de goma hasta las pantorrillas y partimos hacia una larga travesía. Vimos sapos, lagartijas mimetizadas, mariposas de increíbles colores, hormigueros enormes y árboles gigantescos de 45 m. de altura con largas lianas cayendo desde sus copas. Cada tanto nos hundíamos en el barro hasta las rodillas y transpirábamos como si estuviéramos corriendo una maratón. El ambiente era un caldo. La exuberancia de la vegetación lo cubría todo y los rayos del sol raras veces llegaban al suelo; éste era un colchón de hojas, ramas, hongos, frutos caídos, todos ellos futuro alimento de largas y grandes raíces. Estas son muy curiosas, no se insertan en la tierra hacia abajo, debido a que la riqueza y los nutrientes en la amazonia se encuentran sobre la superficie. A veces comienzan a separarse del tronco varios metros antes de llegar a la base formando tremendas paredes triangulares. En una de las especies de árboles, esas paredes que forman las raíces son usadas por los indios debido al potente sonido que se produce al golpearlas; de esta forma se comunican a kilómetros de distancia. Cuando Fabián golpeó una se escuchó un tremendo ¡TUMMMM...!, todo vibró como con la pisada de un gigante. Era un sonido largo y profundo, tipo el ¡GONGGG...! de esos grandes discos orientales que se usaban para anunciar algún acontecimiento. 

Más tarde nos bañamos y nadamos en el río, fue un refresco perfecto después de tanto transpirar. Mientras las aves pasaban volando y descargaban sus chirridos, un indio del lugar que nos visitaba se puso a imitar los silbidos y extraños cantos de estas aves. Rápidamente escuchamos las respuestas casi idénticas que venían de la espesa jungla. 
Esa noche recorrimos el río en busca de caimanes. Todos estábamos expectantes y en silencio, mientras Fabián con una potente linterna iluminaba las orillas. De pronto golpeó dos veces el bote... era la señal, había encontrado uno y lentamente nos acercábamos. Los ojos grandes del caimán brillaban a lo lejos por la luz de la linterna, era lo único que veíamos. Fabián nos explicó que no debía dejar de encandilarlo, así el animal no sabía qué o quién era el que se acercaba, sólo veía una extraña luz. Si percibe que se aproximan seres humanos se escapa velozmente bajo el agua y ya no lo podés ver. 
Recién a unos ocho metros de distancia comenzamos a divisar su temible aspecto. Se encontraba descansando sobre un tronco y medía unos dos metros de largo...cuando por fin llegamos a tenerlo bien cerca, a sólo metro y medio del bote, ya no sacábamos medio cuerpo afuera del bote para verlo sino que nos hacíamos chiquititos detrás de la borda. En un instante, con un explosivo movimiento se lanzó al agua hacia delante. Los más próximos pegamos un salto hacia atrás, si el bote hubiese tenido techo todavía nos estarían despegando con una espátula. ¡Pura adrenalina! 
Dos caimanes más vimos aquella noche, pero no eran tan grandes como el primero. Volvimos eufóricos al campamento, comenzábamos a entender esa maravillosa magia que encierra la selva, esa intimidad con la naturaleza exhuberante. Para colmo una enorme luna llena hacía de farol en la penumbra. 
Al otro día durante otra larga caminata a orillas del río Aguas Negras descubrimos otro temible reptil. Estábamos observando un enorme árbol cuando escuchamos "Snake!, Snake!" Alesh (el pibe de Eslovenia) había rodeado el inmenso tronco y vio que delante de él, sobre las hojas, algo se movía. Era espectacular, cabeza triangular, dos metros y medio de largo, color negro brillante y, según Fabián, de las más venenosas. Se movía velozmente mientras intentábamos sacarle fotos, en un momento nos encaró, levantó la cabeza, sacó su diabólica lengüita y escapó rápidamente bajo las hojas y ramas. El resto del camino lo hicimos mucho más atentos. El haber visto a la serpiente nos puso en alerta, por un lado estábamos felices con la experiencia, pero por otro nuestro instinto de supervivencia decía: '¡Cuidado!'. 
Navegando de vuelta al campamento, la selva nos regaló la más extraña de las vivencias del viaje: delfines. No lo podíamos creer, sabíamos que existían delfines de río pero verlos en vivo era asombroso. Saltaban muy de vez en cuando. Tenían el cuello más largo que los de mar, eran de un color muy claro y contrastaban contra el marrón del agua. Dejamos el bote a un costado y en silencio algunos nos tiramos a nadar. Sólo se aproximaron a Emma (la chica inglesa); mientras hacía la plancha flotando como si estuviera muerta, la cabecearon dos veces y luego desaparecieron. 
Al ponerse el sol brindamos por nuestra suerte, por la selva, por cada uno de nuestros países; después cenamos y finalmente borrachos, nos reímos y cantamos hasta terminar roncando felices a coro. Para los diez ''gringos'' que formamos aquel grupo, las sensaciones de este viaje serán inolvidables. 
Lo que acabo de contar es sólo la historia que yo viví, una de miles de experiencias que pueden llegar a tenerse, en una región donde la flora y la fauna alcanzan una diversidad y un exotismo inusuales. 
La selva amazónica es un lugar sagrado que sólo sabrán apreciar aquellos que amen la vida y admiren la sabiduría de la madre naturaleza. Dejen la jungla de cemento por unos días y viajen al Ecuador amazónico, un lugar donde percibirán la vida con una asombrosa intensidad. 

La amazonia ecuatoriana 
Se extiende sobre un área de 120 mil km2. (Portugal tiene 90 mil km2., por ejemplo) de exuberante vegetación propia de los bosques húmedos tropicales. La Cordillera de los Andes forma el límite occidental de esta región, mientras que Perú y Colombia forman el límite meridional y oriental respectivamente. 
La temperatura anual promedio oscila entre los 24º C y 25º C. A lo largo del año se distribuyen uniformemente de 300 a 400 cm3. de lluvias. La principal atracción de los bosques altos es la vegetación en general, y en particular los árboles, algunos de los cuales sobrepasan los 50 m. de altura. Especies frecuentes en la región son la canela, el árbol de seda, el jacarandá y varias plantas leguminosas. Las terrazas de los ríos principales tienen grandes concentraciones de palma. 
La principal ruta turística es el Río Napo, uno de los grandes tributarios del Amazonas. La cuenca tiene una longitud de 1.400 km. y su ancho varía de 1 a 5 km. 
El ecosistema amazónico, en especial su bosque lluvioso tropical, es considerado uno de los hábitats vegetales y animales más ricos y complejos del mundo. Se han identificado 100 especies de árboles por acre. Para asimilar la verdadera magnitud de esta cifra, pensemos que los bosques centroamericanos más densamente ricos incluyen apenas 40 especies por acre. Los bosques templados de América del Norte y Europa raras veces contienen más de 20 especies por acre. 
Los ríos, lagos, corrientes y pantanos de la Amazonia son el hogar de 600 especies de peces y más de 250 de anfibios y reptiles. Dos tipos de caimanes alcanzan más de 4 m. de largo en los lagos que existen en las cuencas del Napo y el Aguarico. Viven también mamíferos típicos de Sudamérica, entre los cuales se hallan armadillos, osos melíferos, perezosos, tapires, monos, ocelotes y jaguares. Los murciélagos del Amazonas forman un grupo cosmopolita compuesto por más de 600 especies. 
Las aves son el grupo más numeroso de vertebrados amazónicos, llegando aproximadamente a las mil especies, repartidas en bosques, lagunas y áreas abiertas. Comunmente se ven loros, guacamayos, tánagras, garzas y gaviotas. 
Para conservar y proteger estas áreas únicas, el Ecuador ha creado, entre otros, la Reserva Biosférica del Parque Nacional Yasuní, la Reserva Ecológica Limoncocha y la Reserva Faunística de Cuyabeno. 

Indios del Amazonas 
Habitan en la amazonia ecuatoriana unos pocos grupos indígenas. Se componen con alrededor de 60 mil Quichuas, 40 mil Shuaras, y bien dentro de la selva viven cerca de mil Huaoranis, 600 Cofanes y 600 Siona-Secoyas. Estos últimos se ubican en el extremo norte de la selva amazónica ecuatoriana. 
El algodón (fibra tropical) cubre sus cuerpos, transformado por sus hábiles manos en la "cushma", nombre que le da a su vestido. Engalanan su cabeza con un penacho de plumas multicolores, semillas y huesos. 
El Chaman o brujo de la tribu a quien se lo cree dotado de poderes, en rituales propios, bebe una mezcla de raíces y plantas (yagé), alucinógeno natural que le permite penetrar en los misterios de la naturaleza. 
Usualmente se los ve pescando o bañandose a orillas de los ríos. No se recomiendan las visitas a sus aldeas o comunidades indígenas, evitando de esta manera contaminar sus costumbres y maneras culturales tradicionales, fundamentales para la supervivencia. Ellos son parte del misterio y exotismo de la selva. 
Texto y fotos: Diego Biosca. 

La cuerda de los muertos
La ayahuasca, también conocida como "la hierba visionaria", "la gran medicina" y "la cuerda de los muertos", es una enredadera de árbol de donde se extrae el tallo para ser machucado y se bebe como si fuese un caldo frío, un líquido espeso, del color de la sopa de hongos, más jugo de remolachas y zanahorias. La preparación despide un olor acre y es ácido, amargo. Yagé es el nombre que se le da a este caldo, y que a simple vista parece fuerte y peligroso. Desde siempre fue provisto por el ayahuasquero, el chaman de la jungla o curador, que había recibido los métodos de su preparación y los rituales concomitantes de generaciones anteriores. 
El empleo de esta planta en la curación de enfermos y en los rituales religiosos y mágicos puede remontarse a la prehistoria de América del Sur. 
El primer testimonio occidental de su empleo fue el del botánico inglés Richard Spruce, en 1851, quien identificó la hierba como Banisteriopsis Caapt, una enredadera o liana que usaba a los árboles de la selva como soporte. En quichua "aya" significa muerte y "huasca" es cuerda o enredadera. 
Recurrencia de imágenes específicas y visiones arquetípicas compartidas por dos, tres o más personas, experiencias telepáticas y el empleo de la hierba con fines psiquiátricos en una suerte de psicoterapia de la selva liderada por el ayahuasquero, son algunas de las virtudes quie la hicieron famosa. Se dice que lo conduce a uno hasta el umbral de la muerte y luego, si uno es fuerte y logra pasar la prueba, lo hace regresar. Desde que algunos antropólogos y escritores se interesaron en contar sus experiencias con la planta, por el mundo entero, más y más turistas se vieron atraídos por el deseo de experimentar con otra droga más, desvirtuando el verdadero significado de su uso en la selva. En toda esta extensa zona la vida mágico-religiosa de la sociedad tuvo como centro al "tayta yachays" o chaman (término popularizado por Occidente), "a un tiempo mago y curador, hacedor de milagros, sacerdote, místico y poeta, persona de conocimiento". La ayahuasca es una de las medicinas sagradas de los sabios de la selva amazónica, que sirve como medio para captar el espíritu de la Satchamama (serpiente guardiana del Amazonas), para viajar por los misterios de las plantas y los animales. 

Y es raro qe una hierba tan mágica, que desde antaño sólo era utilizada por los brujos (ninguna otra persona de la tribu manejaba las plantas sagradas) hoy esté al alcance de todos sin siquiera un rito de iniciación mediante. Esto ahora no parece representar problema alguno. Los preparados se hacen más leves para que el efecto dure unas cinco horas aproximadamente (el yagé como parte de un rito específico puede hacer sentir sus efectos por más de tres días) y cualquier turista que lo desee (pague), o se haga amigo de algún indio con una plantación cercana puede acceder a la hierba visionaria. Hoy, la ayahuasca hasta ha sido patentada por una empresa estadounidense con la excusa de que podía curar el Sida, y obviamente sin consulta de las culturas más primitivas de la Amazonia, quienes desarrollaron su uso. 
Será cuestión de sentirlo, de saber que después de "ver" con la ayahuasca nunca más volvés a ver las cosas de la misma manera, y por ahí de pensar que vas a hacer con lo que se te revele. 
Lo que se cuenta es variado, lo que se sabe poco, pero si que de ninguna manera puede ser tomado como una parte más de tu excursión a la selva, como quien prueba dormir en una hamaca, para ver qué se siente habitar en medio de la selva. 
"No empleamos mucho la mente para pensar en el presente; los recuerdos y las expectativas llenan casi todos nuestros momentos." (Samuel Johnson) 
María Belén Luaces. 
 

 

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