| Brasil,
Praia Do Rosa
O paraiso do surfista
Y
se hizo la luz
Todavía
tenía el ojo izquierdo aplastado contra la almohada cuando abrí
el derecho. La luz que venía de la ventana me encandiló y
a medida que mi retina se acostumbraba empecé a ver el sol que nacía
sobre el horizonte marino. Eran las 6.50 de la mañana. Salté
de la cama desesperado por ver el paisaje.
La
noche anterior, a lo largo de los setenta kilómetros que recorrí
desde el aeropuerto de Florianópolis, había estado tratando
de imaginar, ansioso, cómo sería Praia do Rosa. Al llegar
a la posada, la oscuridad de la noche no me había permitido sacarme
la duda del todo.
Me
acerqué a la ventana y a través de ella lo vi a Martín
todavía en calzoncillos y con el pelo revuelto. Contemplaba el amanecer
sentado sobre las tejas del techo. Pasé del otro lado y me senté
con él. La paz era absoluta.
Desde
lo alto de la cabaña se podía ver toda la bahía, que
terminaba con un gran morro en cada punta. Varios senderos bajaban de la
montaña hacia la playa, atravesando las treinta cabañas de
la posada y la vegetación espesa. Las olas del mar se acercaban
parejas a la costa en cámara lenta.
La
voz áspera de Martín rompió el silencio: "Quedamos
con Charles, un brasilero que conocimos ayer, que hoy nos iba a llevar
en su camioneta a Praia da Vila, en Imbituba. Anoche nos fijamos por Internet
que las olas van a estar muy buenas allá".
La
primera ola
A
las 9.00, después de un suculento desayuno con frutas y un viaje
de veinte kilómetros a las chapas, Tomy, nuestro amigo de la revista
Rad!, sus amigos marplatenses, Moira, Erico, Martín, Carolina y
Gerardo, y yo desensillamos en la playa prometida.
Cuando
los chicos me vieron con el traje de neoprene puesto, las carcajadas fueron
automáticas. Me lo compré en 1989, cuando todavía
se usaban sus colores: amarillo, azul y naranja fluorescente. Entre sus
trajes oscuros, parecía un semáforo en la noche. "Es para
que encuentren el cadáver más rápido", aclaré
todo colorado.
Moira
me prestó la más grande de sus tablas. Previo precalentamiento
en la orilla, me metí
con ella atrás de Caro y Martín. Tomy nos seguía con
su body board y Erico con su cámara de filmar acuática. Cuando
llegamos a la rompiente, al costado de una pequeña isla, sentí
que había remado desde Buenos Aires. No podía mover más
los brazos. Casi no los sentía. Hacía más de dos años
que no surfeaba.
Desde
la orilla, las olas azul intenso parecían medianamente chicas. Cuando
se levantó la primera a sólo cinco metros pensé que
se trataba de un maremoto. La dejé pasar del cagazo que tenía.
Martín y Charles ya habían agarrado tres olas enormes y hasta
bailado encima de ellas.
"¡Esta
o ninguna!", me dije mientras remaba una montaña de agua salada
de más de dos metros y no sé cuantas toneladas. La velocidad
de mi tabla se multiplicó abruptamente. Intuí que era el
momento de pararme y lo hice. Incliné el cuerpo hacia adelante y,
desde lo alto, me deslicé a una velocidad supersónica bajando
la pared marina hacia la derecha, escapando de la ola que rompía
detrás de mí.
Al
llegar abajo, encaré la ola de frente y la subí como una
rampa. Luego volví a bajarla, dejando marcado un surco con forma
de ese. Hice varios metros más y levanté los brazos gritando
al cielo: "¡Hiuujuuu!". Para Martín y Moira, que son el campeón
y la subcampeona del circuito argentino de surf, hacer eso es cosa de todos
los días. Para mí era la gloria.
Con
un poco más de confianza, corrí otra ola que me terminó
tirando de cabeza al carajo. Me sumergió hasta el piso de arena
dura y me revolcó por un rato. Salí a esperar a los chicos
en la camioneta. Con aquella primera ola estaba más que satisfecho.
Del
super al almacén
Nos
sacamos los trajes y Charles nos llevó al centro de Imbituba a comprar
algunos lácteos, cereales y galletitas. Comimos sentados en la vereda
del supermercado, en patas y con la malla todavía mojada. Después
despegamos (en el sentido literal del término, ya que Charles hacía
volar la camioneta) rumbo al próximo destino: la cascada Zanela.
Salimos
a la ruta y a los diez kilómetros tomamos un camino de tierra. "¡Pará
un toque acá!",
le pedí a Charles al pasar frente a unas casitas de madera pintadas
de celeste. Bajamos todos y enfilamos hacia una que funcionaba como almacén.
Cuando
entramos, un hombre negro, apoyado sobre el mostrador, asintió con
la cabeza. Sus ojos se asomaban entre la visera de su gorra y su mano,
de piel curtida y alquitranada, que llevaba a su boca una copita de aguardiente
pura. Del otro lado del mostrador, un viejo arrugado de pelo blanco, rodeado
por un centenar de botellas descoloridas, le hablaba en un portugués
indescifrable. Los acompañamos con una medida de aguardiente que
pelaba la garganta y seguimos viaje.
Agua
que cae del cielo
La
camioneta se detuvo al costado de un arroyo. Acabábamos de pasar
una tranquera con una inscripción tallada que decía "Cachoeira
Zanela". Pusimos en las mochilas lo que quedaba de galletas, un par de
botellas de agua y, saltando de piedra en piedra por el arroyo, empezamos
el ascenso a la montaña.
A
los costados, la exuberante vegetación parecía venirse sobre
nosotros. "Apurémonos, porque vamos a volver de noche", advirtió
Charles con su sonrisa de Simón El Agradable, aquel enemigo del
Super Agente 86. Teníamos una hora hasta la cascada.
El
ruido del agua cayendo anunció que faltaba muy poco. Al llegar,
vimos un chorrazo blanco que caía desde unos veinte metros a una
hoya de agua verde oscuro. "¡Está de puta madre!", atinó
a decir Erico y se quedó callado por un rato.
Repentinamente,
como si estuvieran compitiendo en el viejo Telematch, todos empezaron a
ponerse los trajes de neoprene, desesperados por zambullirse de inmediato.
Como un salame, me había olvidado el mío.
Apenas
mi cabeza penetró en la profundidad, confirmé que el agua
estaba helada. Nadé rápido hasta donde caída el agua
para entrar en calor pero mi piel seguía sufriendo. Miré
hacia lo alto de la cascada y sorpresivamente las cabezas de Martín
y de Charles se asomaron, chiquititas, desde arriba. Charles saltó
como un clavadista de Acapulco. Martín se tiró parado y cayó
de culo. Se escuchó un terrible "¡plaf!".
Por un momento nos asustamos, pero enseguida salió a flote con el
puño en alto y un alarido que le salió de adentro: "¡Huiiiiiija!.
"¡Me
estaré muriendo de frío pero de acá no me saca ni
una brigada ninja!", le juré a Martín, como saboreando algo
que me había ganado. Charles empezó a trepar por la pared
de roca, pegado a la derecha del torrente que se precipitaba sobre la hoya.
Luego, caminó hacia la cascada y desapareció por detrás
de la cortina de agua blanca.
No
nos demoramos en imitarlo. Trepamos unos cuatro metros y nos metimos debajo
del diluvio. El agua me daba martillazos en la espalda y casi no podía
abrir los ojos por la fuerza con la que caía. Erico, parado riesgosamente
con la cámara en la mano bajo semejante chorro, me tocó la
espalda, y a pesar de que estaba a medio metro me era imposible escuchar
lo que me gritaba. El ruido era ensordecedor.
Salimos
del lado izquierdo de la cascada como si nos hubieran masajeado cuarenta
luchadores de sumo. Nos paramos de cara a la hoya y saltamos de cabeza
al vacío. Ya dentro del agua, miré hacia el fondo y la oscuridad
me dio como una sensación de que para abajo era infinito.
Llegaron
las visitas
Los
días siguientes fueron mucho más tranquilos. Me vinieron
bien para relajarme un poco y bajar los decibeles que traía de la
mortífera Buenos Aires.
El
cuarto día nos lo pasamos viendo las finales del Campeonato Amateur
de Surf Catarinense que se corrió en el canto norte de la playa.
El día anterior las olas habían estado tan grandes que tuvieron
que suspenderlo.
La
siguiente tarde estuvimos todo el tiempo adentro del agua. Y tuvimos mucha
suerte: en septiembre la ballena franca visita Praía do Rosa y nosotros,
desde la rompiente, vimos un grupo que pasaba como a cien metros. Yo nunca
las había visto y sabía que algún día lo haría.
Pero jamás me imaginé que iba a ser en Brasil, mientras surfeaba.
Al
salir del mar, más que cansancio, lo que teníamos era un
hambre que nos comíamos un cordero vivo. Eso nos impulsó,
junto con las ganas de descubrir una parte meno s
turística, a ir al pueblo de Praia do Rosa.
Con
Gerardo, Moira y Caro decidimos seguir un camino de tierra sin saber a
donde nos llevaría, pero con la convicción de que valía
la pena descubrirlo. El sol empezó a caer y la luz se puso amarillenta.
La gente desde sus casas rústicas, hechas con listones de madera,
nos saludaba al pasar.
Finalmente,
después de caminar como dos kilómetros, arribamos al minimercado
Ibira. A sus espaldas, vimos un cordón de montañas, delineadas
por un horizonte todavía rojizo, que rodeaba la enorme laguna de
Ibiraquera.
"¡Cómo
me cabe comprar boberas en estos lugares!", remató Caro, en jerga
marplatense, al salir del mercado. Se refería a los chocolates y
galletitas que no cabían en sus manos.
Ya
era completamente de noche. La Vía Láctea, bien nítida,
estaba trazada en el cielo como si fuera la imagen del camino de tierra
reflejada en un espejo. Mientras caminábamos no dejamos de mirarla,
seguros de que nos guiaba, ya que no teníamos idea de por dónde
habíamos venido.
Y
se hizo la noche
Después
de la cena, Rodrigo, el hijo del dueño de la posada, nos llevó
a Pico da Tribu, un bar que era como un quincho enorme, con un parque delimitado
por una cerca de juncos. En el medio, unas diez personas en bermudas y
sandalias alimentaban un fogón con maderitas del piso.
A
medida que nos acercábamos a la parte techada, empecé a notar,
a través de una ventana, una imagen típica de un video de
Motley Crue: un par de chicas en shorts y bikini jugaban al pool iluminadas
por una luz cálida, mientras cuatro brasileros musculosos las miraban
con los brazos cruzados.
Apenas
entramos, los Walking Lion, un grupo de cuatro negros rasta, comenzaron
a tocar una buena versión de Could You Be Loved, de Bob Marley,
desde una pequeña tarima que hacía de escenario.
El
calor se multiplicó y la gente amontonada empezó a bailar
hipnotizada por la música reggae. Me descolgué la cámara
del cuello, la agarré con una mano y empecé a bailar dejándome
llevar por el movimiento en masa. A medida que me acercaba a la b anda,
la gente me saludaba con el gesto surfista del puño cerrado con
el pulgar y el meñique levantados. A la mayoría los había
visto en el agua, esperando por alguna ola.
Casi
sin darme cuenta, me vi bailando arriba del escenario mientras le sacaba
fotos al cantante, que hacía cantar al público mostrándole
el micrófono. Moira y Carolina me miraban sorprendidas por lo sacado
que estaba. No se daban cuenta que mi cuerpo necesitaba desprenderse de
lo poco que le quedaba del stress porteño.
¡Adiós,
querida Rosa, queridas olas!
"¡Que
noche la de anoche!", me recordó Moira al tiempo que me alcanzaba
un mate y yo trataba de despertarme. Era el último día y
Enrique, el dueño de la posada, había prometido llevarnos
por la mañana a ver las ballenas en un barco. Para la tarde teníamos
pensado ir a las dunas do Siriú para hacer sandboard.
El
frío y las gotas pegadas en el ventanal que da al balcón,
fueron un terrible indicio de que el programa se suspendía. Afuera
llovía y era imposible ver las ballenas en esas condiciones. El
mal humor me invadió de los pies a la cabeza.
"¿Vamos
al agua, master?", me preguntó Martín, que bajaba de la habitación
con el traje semi puesto. "¿Te parece que da con esta lluvia?",
le contesté. Me señaló el mar, cubierto de neblina,
y me dijo las palabras justas: "A esas olas hermosas no las vas a ver por
un buen tiempo. Hoy te están esperando. Mañana no".
El
traje, que había quedado toda la noche en el balcón mojándose,
estaba helado cuando me lo puse. Me lo cerré hasta arriba y salimos
corriendo descalzos por entre la maleza, con la tabla bajo el brazo.
Al
salir a la playa la lluvia era intensa. Tenía que correr con los
ojos semi cerrados para que no me dolieran las gotas. De todas formas,
no se veía nada a más de treinta metros.
Al
llegar a la punta norte, nos metimos hacia mar adentro por el canal de
corriente que bordea las rocas del morro. La superficie planchada del mar
estaba forrada por miles de piquitos de agua que aparecían y desaparecían
por la lluvia. Parecía una extensa cama de
clavos con vida propia.
El
agua fría que se metía dentro del traje me daba chuchos de
frío. Llegamos a la rompiente y me senté sobre la tabla a
esperar la primera ola. Había otros diez surfistas en la misma posición.
Martín,
como convertido en un pájaro, empezó a volar sobre las olas.
Las encaraba de frente, las subía a gran velocidad y, al llegar
a la cima despegaba en dirección al cielo. No sé cómo,
pero el desgraciado volvía a caer parado y seguía surfeando.
Al
rato cayeron Moira, Caro, Tomy, Erico, Mellow (un snowboarder austríaco
que se había unido al grupo) y Gerardo. Estábamos todos juntos
para despedir al mar. Los miré bien por un rato y con el ojo les
saqué una foto que todavía guardo en mi cabeza: sus torsos
enterrados en el agua marrón; los pelos mojados para atrás;
de fondo, sobre el morro de la otra punta, una cortina de nubes blancas
por debajo del cielo negro.
Por
primera vez, estaba contento de que la lluvia siguiera cayendo.
Texto
y Fotos: Nicolás Anquita
Rosa,
Rosa, la maravillosa
Praia
do Rosa debe su nombre a una familia que vivía allí cuando
llegaron los primeros visitantes. En esa época el Rosa era un puñado
de molinos de mandioca y casitas de pescadores. Por suerte, no ha cambiado
mucho.
Hacia
los años 70, fue el surf el que impulsó el desarrollo del
turismo en la región. A varios de los surfistas de aquella época
todavía se los puede encontrar en el agua, con un poco más
de panza y menos pelo, pero con la misma adicción por cabalgar las
olas.
Las
23 playas de la región tienen, según las condiciones del
viento, olas de todos los tamaños y para todos los gustos. Cuando
el viento sopla del sur, en Praia do Rosa pueden llegar a armarse de hasta
cuatro metros.
Otros
deportes radicales que se pueden practicar en la zona son el sandboard,
en las duna gigantes de Siriú, el windsurf y el parapente.
Durante
los meses de agosto y septiembre, las ballenas francas la visitan. Han
escogido esta playa del Estado de Santa Catarina, para reproducirse y alimentar
a sus crías.
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