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Luciana Salazar


Ruta Ecuatoriana 

Todo, todo lo que te imaginás Ecuador lo tiene. Sólo necesita que vengas y lo veas por vos mismo, que lo sientas personalmente.

Ciudad

Sin demoras, la partida del vuelo 905 de Ecuatoriana catapultó mi mente hacia un lugar desconocido. La imaginación comenzó a pintar lo otrora narrado por viajeros anteriores. Dibujé a Quito muy parecida a la para mí conocida ciudad de Cuzco, tracé su silueta colonial. 
Me dormí en el "coche cama" del semivacío vuelo de pretemporada para despertar en un lugar distinto, nuevo, pero con caras y velocidades muy conocidas para un sudamericano. 
Rápido, el sol rebotó su luz en la cabeza nevada de un volcán; luego en la de otro. Una ciudad, dos volcanes... Excelente. 
Más tarde conocí a Quito desde la tierra. Junto a Lepe, casi un desconocido hasta el momento, un amigo al final del viaje, recorrí las calles de su barrio antiguo. Entramos a sus iglesias y compramos algunas de los cientos de velas de todos colores y tamaños que ofrecen las pequeñas santerías instaladas a sus puertas para iluminar los momentos de descanso y meditación.

Repentinamente, una oscuridad anormal para la hora se apoderó del cielo y se adueñó de la luz. Los rayos vinieron a resplandecer todo, cada tanto, con su eléctrico azul. Seguimos recorriendo la ciudad ahora al ritmo de las gotitas, ganando altura rumbo al santuario de Guapulo en busca de una de las mejores vistas de Quito. 
El temporal seguía tal cual se había presentado: eterno. Pero siempre que llovió paró y no iba a ser esta la excepción. En su agonía la tormenta se rompió en un arco iris que decoró la ciudad, y con el arco iris Quito se iluminó distinta, con el sol muriendo y con todos los colores de esa ilusión. 
Bajamos por donde subimos, y en la ciudad las calles y los callejones de adoquín seguían vivos de gente, de personas normales, como vos y como yo, que caminan, miran, dan, reciben y sienten, sufren. La mayoría de la gente que recién llega no se aventura fuera de "Gringotown", el barrio de La Mariscal, perdiéndose así lugares realmente originales como las salserías y los bares pensados para quienes los visitan toda una vida y no algunas horas. 
Ecuador no atraviesa un buen momento; se lee y se escucha mucho la frase "crisis económica". Y la calle está preocupada, la gente aprieta el recurso en la búsqueda de fin de mes y hasta puede que algún organismo internacional de no sé qué sostenga que países como Ecuador ocupan un lugar bajo en una escala de estados industrializados o desarrollados. 
Pero Ecuador, es rico, muy rico, porque lo tiene todo: infinitas playas, unas montañas llamadas Andes, con sus cumbrecitas nevadas, volcanes y lagos... Tiene también selva, selva amazónica, y antiguas culturas preincaicas. Ecuador quiere que lo viajes, ahora ya no tanto por su geografía que alucina sino por su gente, porque son esas personas, dueñas de paz y calidez interminables, las que te harán ver el sol y luego las estrellas. 

Tradición

Los habitantes de Otavalo son considerados buenos comerciantes. Es más, para muchos son los mejores comerciantes de Ecuador. Prueba de ello es su mercado. Este simposio de colores es una reunión semanal de venta de artesanías, frutos, plantas y de todo un poco. Un festín para la pupila exigente y el bolsillo refugio de cocodrilos. 
Durante la recorrida de este barrio-feria se pueden probar los excelentísimos platos regionales a base de yuca, papa y maíz. Super sano, super rico. 
Algo muy interesante para la observación de costumbres estético-capilares son las cabelleras de los otavaleños masculinos, quienes a partir de los catorce años dejan crecer libremente su lacio cabello, habiendo algunos que lo atan con colitas, con trenzas, y otros que eligen usarlo suelto. Se puede sintetizar que en Otavalo se asiste a un festín de comercio multicolor, superaccesible en lo que hace a los precios y atendido por una población capilarmente fecunda y, por qué no, neo hippie. 
Muy cerca de Otavalo está Iluman, un poblado de otavaleños, lugar a donde fui llevado cuando solicité por la atención de un curandero. 
El cartel en la puerta de la casa decía algo más o menos así: "Luis Yamberla. Curandero. Acuerdo Ministerial Nro. 001666". Si bien mi intención fue siempre la de confrontar mi escepticismo con los ritos y técnicas de estas personas, el estallido en mi cara del tercer escupitajo de un combinado de bolo alimenticio de flores con 150 centímetros cúbicos de caña me encontró de pie, inmutable y concentrado en el devenir del trabajo de este otavaleño de 50 años de edad. El escupitajo salía de adentro, venía de muy abajo; desde la entraña misma salía un sonido gutural que iba in crescendo hasta explotar en un grito humano de tonos graves, en mi cara, por supuesto. Y yo con el torso desnudo y la vista perdida en un sin fin de estatuillas, amuletos, estampitas y accesorios que parecían ser el soporte material de los poderes de Luis. 
Fuego, flores, alcohol y humo son los elementos que, combinados, forman parte de esta ceremonia de ayuda que es conocida como "limpia". Esta consiste en una serie de lanzamientos de alcohol encendido sobre la zona del plexo solar del limpiado, mientras se recita mitad en castellano, mitad en quichua, el nombre de la persona a limpiar y la palabra "corazón" en un tono y con una cadencia determinados. Luego de un frotamiento con una planta que a mi pedido y por razones obvias vino a suplir a la ortiga, especie utilizada en la original, se da por terminada la limpia. 
Cuando le pregunté a Luis acerca de su hardware de íconos y estatuillas, me los fue presentando de a uno: estaban Jesusito, Budita, la Virgencita y Josecito, había algunas piezas óseas de cabras y otros mamíferos y también semillas. Amplio espectro. Crisol de religiones del planeta en una sola mesa para que un curandero tome lo que necesita y limpie a quien le visita. 

Costa

La ruta que lleva a la costa es una transición visual, baja la montaña buscando el mar. El Pacífico lo primero que da es paz. A los que habitan su frontera y a los que recién llegan, también. 
Montañita es un pueblo a orillas del mar, con pescadores y posadas. Vito vive en Montañita y a él la vida me lo presenta de la mano de su pequeña hijita vestida de riguroso traje de baño, gorro, balde y palita. Con facciones casi idénticas a Iggy "La Iguana" Pop, Vito contesta mi saludo con un gesto de pulgar y meñique extendidos, al tiempo que me guiña un ojo y me dice el internacional "rock & roll!" Hace mucho que este personaje vive aquí. Sus cabañas, creo, son las mas antiguas del lugar. Ahora trabaja para sus hijos y por si lo agarra una enfermedad, si no, si por él fuera, nada de bienes materiales, como en los ´60, cuando llegó a Montañita fugando. 
Aquí los locales viven inmersos en su diaria rutina que no va más rápido que la marea que les cuida la playa. El mar siempre tiene ese "qué sé yo" o "no sé qué", ¿viste? Te hipnotiza, pensás cosas que en otro lugar ni imaginás, tus ojos van hasta donde pueden llegar sin interrupciones ni escalas, al horizonte. Dicen que de ahí, del mar abierto, vienen las olas, con su ritmo, inconfundibles, con su olor a sal y humedad, y a morir a la orilla. Vienen cantando esa canción que ya habrás escuchado alguna vez. Y nacen de nuevo las olas y cuando las miro, ya soy parte del mar. Sí, yo, desde mi hamaca, soy parte del mar. Y atardece el sol sobre mí y me bendice con su última luz única, roja, naranja y fucsia, que todo lo aurifica, incluso a la gente, menos a mí que ya soy azul porque soy mar, desde mi hamaca, soy mar. 
Con la noche llegan las estrellas, la cerveza y la gente que nos acompaña con su pasado que se llama historias, que cuenta vidas como la de Ricky, de Venezuela, que luego de pasear su cuerpo por América se dio paz y descanso aquí en Montañita. Esperando un hijo, levantó un bar-restaurante y un hotel para darles cama a los que, como él antes, por ahí andan. Ahí va "La Chiflada", dueña del bar de desayunos homónimo. Nunca supe si esta chica era argentina o chilena, pero qué buena música que tiene, qué buena. Hay un señor que siendo sastre fabrica exclusivamente trajes de baño, surfstyle, marca Montañita, obviamente. También hay otro señor que hizo su apellido conocido en el mundo entero al dárselo como identificación a las tablas que fabrica, de madera balsa, bien livianitas para correr mejor la ola, acá en América o en donde sea: Longboards Moreno, made in Montañita. 
La declaración de Zona De Interés Acústico Marítimo 1998 por parte del Alto Comisionado de las Naciones Unidas Para la Calificación y Categorización de Areas Mundiales de Acústica Ambiental del Poder no sorprendió a nadie porque es un hecho casi científico que dada su conformación topográfica y la dirección promedio anual de los vientos en la región, así como también la densidad salina y la frecuencia de la ola y la marea, más la óptima calidad de su arena, digo, es un hecho casi científico que en Montañita, desde cualquier lugar donde se cuelgue una hamaca, se ve y si no, se oye, indefectiblemente, el mar. 

Selva

Lo más profundo de mi ser anhelaba el reposo perfecto, el que te da la hamaca bien colgada, y como lo mío no es la biología ni la botánica, imaginé a la selva como el lugar indicado para entrenar muy duro para llegar a ser un verdadero hamaquista profesional, cosa que anhelo desde niño. Pero no, la jungla terminó convirtiéndose en un lugar full activity tiempo completo (trekking, lianing, atardecering, incecting, fishing, swiming, planting...) 
Nunca en mi vida había presenciado un concierto de esa naturaleza, de otras sí pero de "esa" naturaleza no, nunca. La exuberancia empírica misma. Sí, está bien, uno ha dormido algunas noches en la costa de algún lago patagónico, o ha acampado a la orilla del mar en alguna playa del mundo, pero nunca esto. El sonido abrumador, todos esos seres hablando todos y al mismo tiempo. 
El guía Marcos posó su mirada en la creciente oscuridad de la espesura y comenzó a emitir una melodía. Subiendo el tono soltaba cuatro silbidos altos, cortos y fuertes, y contrastando, un quinto muy bajo, bajísimo. Lo hacía una y otra vez; el mismo tiempo en la pausa entre un llamado y otro. Lo habrá hecho unas 40 ó 50 veces, no sé, no las conté. Lo menos que imaginé en ese momento fue que a Marcos se le había quemado el Paty en algún momento durante tantos años de verde soledad... Pero no, mis pensamientos de carne bovina ajena carbonizada se hicieron humo cuando desde el verde el éter vibró igual al canto de Marcos, pero él ahora estaba callado y miraba fijamente la penumbra, allá abajo, donde un par de ojitos rojos no humanos le devolvían ansiosos la mirada y lo llamaban con el mismo canto. 
Se necesitan 55 metros de ascenso serpenteante para acceder al techo y a la vista. Es decir, un techo se separa 55 metros del piso, del suelo y de la tierra. El ascensor es una escalera gigante de madera que crece apoyándose en un ceibo también gigante. Al final, arriba de todo, un monoambiente, piso de madera, cielorraso de hojas, ventanas: no, vista: panorámica en 360 grados del cielo (todo) y del conjunto de las copas de todos los árboles de la selva amazónica hasta donde los ojos permiten llegar, y a mi derecha el sol nuevamente muriendo, y a mi izquierda Marcos, dialogando con un potu, pajarito al que estuvo llamando por largo y que finalmente vino a nosotros a mostrar sus pequeños ojos rojos, que inquietos buscan algo en el final de este otro Unico Atardecer. 

Marcos sabe. Lo demostró todo el tiempo que nos guió por su mundo vegetal. Mismo planeta, otro mundo. Un lugar habitado por otros seres, las plantas, a las cuales sólo nos podemos acercar si él nos lleva por los senderos desconocidos, como el de las plantas medicinales, una verdadera farmacia natural con los remedios en sus envases originales, sin marcas ni laboratorios, ni recetas ni obra social, al alcance de la mano, del que conoce. 
Todo verde y senderos. Si de niño te apasionaste con las aventuras de Piterparquer, El Hombre Araña, entonces no te podés perder las aventuras de Marcos y las tarántulas, donde estos lindos arácnidos tamaño pomelo rosado son alimentados con langostitas tamaño plátano mediano. Parece que la vida animal aquí es XL. 
La visita a Fidel y su familia, seres de la cultura huaorani, nos mostró cómo viven y esperan la llegada del año 2000 estas personas. Se me cruzó la idea de que no debe de haber sido muy distinta para sus antepasados la víspera del año 1000: en lo que a lo material respecta, sólo plantas aplicadas a la construcción del refugio y a la elaboración de utensilios para la realización de las tareas mas básicas, como procesar y cocinar alimentos o fabricar la vestimenta; y en lo espiritual, también plantas. Ahora como antes, Fidel aplica las indicadas para la elaboración de los brebajes a utilizar por él o por los chamanes en las distintas ceremonias de exorcismos o de videncia del futuro. 
Mismo planeta, otro mundo: un mundo vegetal y más humano que ningún otro. "No juegues con las plantas, puede que ellas terminen jugando contigo..." Fidel dixit. 

Galápagos

"Los animales son tan tontos que no se escapan y se los puede agarrar con la mano." (Fray Tomás de Berlanga, 1535). 
Así como desde una montaña se ve a lo lejos el paisaje, increíble, esto es hipermetrópico, acá la cosa es de cerca, y muy de cerca. Nada de ilusión 3D con faquin anteojitos; los lobos marinos están a centímetros y tu cabeza a centímetros del superreplanteo de qué pasó con el lazo humano-animal. 
Los pájaros son más confianzudos que comerciante egipcio de perfumes. Pero acá no hay "Special for you, my friend". Se te paran en la cabeza, y la cabeza se te para. 
En la arena blanca descansan los lobos al sol, pero horas. Los más pequeños juegan entre sí todo el tiempo molestando, a los más grandes que los cuidan. Si se pierde alguno, lo buscan por la playa y también por el agua turquesa, pero cuando lo encuentran no lo traen entre todos en andas y aplaudiendo para que su madre lo vea. Me parece que esa es otra costumbre argentina, un localismo de temporada de la costa atlántica. 
Un desembarco más de ese soberbio velero que fue nuestra casa durante cinco días, un desembarco hacia una playa de arena blanca habitada sólo por los lobos de mar, una vez más. Estoy descalzo y como quiero concentrarme a pleno en lo que estoy sintiendo me detengo y me siento en la arena, perdido en la inmensidad de la playa rodeado de la bruma que avisa el próximo amanecer. Salen a la cancha los parlantes pequeños, delicia del viajero. Nada es casualidad. Playa y "Yo quiero escuchar la espuma y el áspero '¡jo!' de la caña hundiéndose en la arena. Que no haya angustia en la muerte, que haya pensamiento en vida. Si no existe la memoria todo lo nuestro es suicida... Cuando el último anzuelo se pierda y de comer no haya nada, me cubriré con mi abrigo y seré yo la carnada. Y los peces que necesite vendrán a mí, antes de que despierte vendrán a mí...". La última vez que escuché esta canción estaba en Buenos Aires y jugaban River y Boca. Ahora es un poquito distinto, el sueño hecho realidad, muchas gracias a Los Piojos, muchas gracias a la playa de la Isla Española del archipiélago de las Galápagos. 
Puerto Baquetazo Moreno, 21:34. (Marce este es un subsubtitulo). 25° C, el cielo despejado nos muestra todos los cuerpos celestes cuya luz nuestros ojos pueden captar, que no son muchos desde acá, gracias a las bondades de la luz eléctrica proveniente de los faroles del bulevar marítimo. Le pregunto entonces a Michaela si los dejan prendidos toda la noche o si en algún momento los apagan. Me responde que ahora quedan encendidos toda la noche porque hay energía suficiente, pero hace unos años se cortaba la luz a las doce de la noche en toda la isla y solo se veían las luces de los barcos fondeados y las estrellas y sus reflejos en el agua. ¡Qué lástima no haber venido cinco años antes para poder ver ese espectáculo! Ahora hay que caminar 400 metros para disfrutar de las estrellas sin las molestas incandescencias de la luz eléctrica. Michaela se ofrece a acompañarme; ella que ha nacido aquí y aquí vive conoce el camino. 

Underwater

No termino de estabilizar mi flotabilidad, esto a unos ocho o diez metros de profundidad, cuando los veo, a mi derecha y a unos quince metros de distancia y acercándose. Los tiburones pueden detectar las emanaciones de los campos electromagnéticos de los seres vivos a distancias enormes por lo tanto estos dos martillo o Sphyrna Lewini me conocen desde antes, me conocen desde el mismo momento en que salté al agua desde el gomón. 
Nueve, ocho, siete metros, se acercan, inesperadamente se acercan demasiado. Ahora debo estar un metro y medio más abajo, toco la arena del fondo. Cinco, cuatro, tres metros, están acá conmigo, son inmensos, dos metros y medio cada uno, y me acuerdo de Gatti, Hugo Orlando y doblo las piernas y me arrodillo en la arena separando ambos brazos hasta formar ángulo de 35 grados con mis costados, arqueo la espalda. Ya está (¡Ah, "Loco"! Si fueras buzo y estuvieras acá abajo viéndome, te sentirías orgulloso). Hago "la de Dios" (pasan los tiburones, la pelota no pasa), me entrego, me pasan a metro y medio de distancia, recorro sus perfiles que son interminablemente grises y brillantes. Cuatro, cinco, seis metros, se alejan a la misma velocidad, en la misma dirección, siempre a mi derecha. 
Creo que sé lo que siente un Jesulín de Ubrique o cualquier otro torero. Cuando ya casi no les distingo la silueta en la lejanía chequeo mi reserva de aire. Joya, tengo para media hora más de pecera. 
Decido ir a buscar a Lepe a quien no veo desde la superficie: un mal sincronizado descenso nos separó. Comienzo a "patear" hacia unas piedras grandes donde veo el costado de un cardumen que formó un tornado de siete metros de altura. Son peces pequeños pero el conjunto excede mi capacidad visual, tal vez Lepe ande por ahí… 
 

Texto: Guillermo Valdes Naveiro 
Fotos: Marcelo "Lepe" Rosental.
 
 
 
 

 

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