| Ruta Ecuatoriana
Todo, todo
lo que te imaginás Ecuador lo tiene. Sólo necesita que vengas
y lo veas por vos mismo, que lo sientas personalmente.
Ciudad
Sin demoras, la partida del vuelo
905 de Ecuatoriana catapultó mi mente hacia un lugar desconocido.
La imaginación comenzó a pintar lo otrora narrado por viajeros
anteriores. Dibujé a Quito muy parecida a la para mí conocida
ciudad de Cuzco, tracé su silueta colonial.
Me dormí en el "coche cama"
del semivacío vuelo de pretemporada para despertar en un lugar distinto,
nuevo, pero con caras y velocidades muy conocidas para un sudamericano.
Rápido, el sol rebotó
su luz en la cabeza nevada de un volcán; luego en la de otro. Una
ciudad, dos volcanes... Excelente.
Más tarde conocí a
Quito desde la tierra. Junto a Lepe, casi un desconocido hasta el momento,
un amigo al final del viaje, recorrí las calles de su barrio antiguo.
Entramos a sus iglesias y compramos algunas de los cientos de velas de
todos colores y tamaños que ofrecen las pequeñas santerías
instaladas a sus puertas para iluminar los momentos de descanso y meditación.
Repentinamente, una oscuridad anormal
para la hora se apoderó del cielo y se adueñó de la
luz. Los rayos vinieron a resplandecer todo, cada tanto, con su eléctrico
azul. Seguimos recorriendo la ciudad ahora al ritmo de las gotitas, ganando
altura rumbo al santuario de Guapulo en busca de una de las mejores vistas
de Quito.
El
temporal seguía tal cual se había presentado: eterno. Pero
siempre que llovió paró y no iba a ser esta la excepción.
En su agonía la tormenta se rompió en un arco iris que decoró
la ciudad, y con el arco iris Quito se iluminó distinta, con el
sol muriendo y con todos los colores de esa ilusión.
Bajamos por donde subimos, y en
la ciudad las calles y los callejones de adoquín seguían
vivos de gente, de personas normales, como vos y como yo, que caminan,
miran, dan, reciben y sienten, sufren. La mayoría de la gente que
recién llega no se aventura fuera de "Gringotown", el barrio de
La Mariscal, perdiéndose así lugares realmente originales
como las salserías y los bares pensados para quienes los visitan
toda una vida y no algunas horas.
Ecuador no atraviesa un buen momento;
se lee y se escucha mucho la frase "crisis económica". Y la calle
está preocupada, la gente aprieta el recurso en la búsqueda
de fin de mes y hasta puede que algún organismo internacional de
no sé qué sostenga que países como Ecuador ocupan
un lugar bajo en una escala de estados industrializados o desarrollados.
Pero Ecuador, es rico, muy rico,
porque lo tiene todo: infinitas playas, unas montañas llamadas Andes,
con sus cumbrecitas nevadas, volcanes y lagos... Tiene también selva,
selva amazónica, y antiguas culturas preincaicas. Ecuador quiere
que lo viajes, ahora ya no tanto por su geografía que alucina sino
por su gente, porque son esas personas, dueñas de paz y calidez
interminables, las que te harán ver el sol y luego las estrellas.
Tradición
Los habitantes de Otavalo son considerados
buenos comerciantes. Es más, para muchos son los mejores comerciantes
de Ecuador. Prueba de ello es su mercado. Este simposio de colores es una
reunión semanal de venta de artesanías, frutos, plantas y
de todo un poco. Un festín para la pupila exigente y el bolsillo
refugio de cocodrilos.
Durante la recorrida de este barrio-feria
se pueden probar los excelentísimos platos regionales a base de
yuca, papa y maíz. Super sano, super rico.
Algo muy interesante para la observación
de costumbres estético-capilares son las cabelleras de los otavaleños
masculinos, quienes a partir de los catorce años dejan crecer libremente
su lacio cabello, habiendo algunos que lo atan con colitas, con trenzas,
y otros que eligen usarlo suelto. Se puede sintetizar que en Otavalo se
asiste a un festín de comercio multicolor, superaccesible en lo
que hace a los precios y atendido por una población capilarmente
fecunda y, por qué no, neo hippie.
Muy
cerca de Otavalo está Iluman, un poblado de otavaleños, lugar
a donde fui llevado cuando solicité por la atención de un
curandero.
El cartel en la puerta de la casa
decía algo más o menos así: "Luis Yamberla. Curandero.
Acuerdo Ministerial Nro. 001666". Si bien mi intención fue siempre
la de confrontar mi escepticismo con los ritos y técnicas de estas
personas, el estallido en mi cara del tercer escupitajo de un combinado
de bolo alimenticio de flores con 150 centímetros cúbicos
de caña me encontró de pie, inmutable y concentrado en el
devenir del trabajo de este otavaleño de 50 años de edad.
El escupitajo salía de adentro, venía de muy abajo; desde
la entraña misma salía un sonido gutural que iba in crescendo
hasta explotar en un grito humano de tonos graves, en mi cara, por supuesto.
Y yo con el torso desnudo y la vista perdida en un sin fin de estatuillas,
amuletos, estampitas y accesorios que parecían ser el soporte material
de los poderes de Luis.
Fuego, flores, alcohol y humo son
los elementos que, combinados, forman parte de esta ceremonia de ayuda
que es conocida como "limpia". Esta consiste en una serie de lanzamientos
de alcohol encendido sobre la zona del plexo solar del limpiado, mientras
se recita mitad en castellano, mitad en quichua, el nombre de la pers ona
a limpiar y la palabra "corazón" en un tono y con una cadencia determinados.
Luego de un frotamiento con una planta que a mi pedido y por razones obvias
vino a suplir a la ortiga, especie utilizada en la original, se da por
terminada la limpia.
Cuando le pregunté a Luis
acerca de su hardware de íconos y estatuillas, me los fue presentando
de a uno: estaban Jesusito, Budita, la Virgencita y Josecito, había
algunas piezas óseas de cabras y otros mamíferos y también
semillas. Amplio espectro. Crisol de religiones del planeta en una sola
mesa para que un curandero tome lo que necesita y limpie a quien le visita.
Costa
La ruta que lleva a la costa es una
transición visual, baja la montaña buscando el mar. El Pacífico
lo primero que da es paz. A los que habitan su frontera y a los que recién
llegan, también.
Montañita es un pueblo a
orillas del mar, con pescadores y posadas. Vito vive en Montañita
y a él la vida me lo presenta de la mano de su pequeña hijita
vestida de riguroso traje de baño, gorro, balde y palita. Con facciones
casi idénticas a Iggy "La Iguana" Pop, Vito contesta mi saludo con
un gesto de pulgar y meñique extendidos, al tiempo que me guiña
un ojo y me dice el internacional "rock & roll!" Hace mucho que este
personaje vive aquí. Sus cabañas, creo, son las mas antiguas
del lugar. Ahora trabaja para sus hijos y por si lo agarra una enfermedad,
si no, si por él fuera, nada de bienes materiales, como en los ´60,
cuando llegó a Montañita fugando.
Aquí los locales viven inmersos
en su diaria rutina que no va más rápido que la marea que
les cuida la playa. El mar siempre tiene ese "qué sé yo"
o "no sé qué", ¿viste? Te hipnotiza, pensás
cosas que en otro lugar ni imaginás, tus ojos van hasta donde pueden
llegar sin interrupciones ni escalas, al horizonte. Dicen que de ahí,
del mar abierto, vienen las olas, con su ritmo, inconfundibles, con su
olor a sal y humedad, y a morir a la orilla. Vienen cantando esa canción
que ya habrás escuchado alguna vez. Y nacen de nuevo las olas y
cuando las miro, ya soy parte del mar. Sí, yo, desde mi hamaca,
soy parte del mar. Y atardece el sol sobre mí y me bendice con su
última luz única, roja, naranja y fucsia, que todo lo aurifica,
incluso a la gente, menos a mí que ya soy azul porque soy mar, desde
mi hamaca, soy mar.
Con la noche llegan las estrellas,
la cerveza y la gente que nos acompaña con su pasado que se llama
historias, que cuenta vidas como la de Ricky, de Venezuela, que luego de
pasear su cuerpo por América se dio paz y descanso aquí en
Montañit a.
Esperando un hijo, levantó un bar-restaurante y un hotel para darles
cama a los que, como él antes, por ahí andan. Ahí
va "La Chiflada", dueña del bar de desayunos homónimo. Nunca
supe si esta chica era argentina o chilena, pero qué buena música
que tiene, qué buena. Hay un señor que siendo sastre fabrica
exclusivamente trajes de baño, surfstyle, marca Montañita,
obviamente. También hay otro señor que hizo su apellido conocido
en el mundo entero al dárselo como identificación a las tablas
que fabrica, de madera balsa, bien livianitas para correr mejor la ola,
acá en América o en donde sea: Longboards Moreno, made in
Montañita.
La declaración de Zona De
Interés Acústico Marítimo 1998 por parte del Alto
Comisionado de las Naciones Unidas Para la Calificación y Categorización
de Areas Mundiales de Acústica Ambiental del Poder no sorprendió
a nadie porque es un hecho casi científico que dada su conformación
topográfica y la dirección promedio anual de los vientos
en la región, así como también la densidad salina
y la frecuencia de la ola y la marea, más la óptima calidad
de su arena, digo, es un hecho casi científico que en Montañita,
desde cualquier lugar donde se cuelgue una hamaca, se ve y si no, se oye,
indefectiblemente, el mar.
Selva
Lo más profundo de mi ser
anhelaba el reposo perfecto, el que te da la hamaca bien colgada, y como
lo mío no es la biología ni la botánica, imaginé
a la selva como el lugar indicado para entrenar muy duro para llegar a
ser un verdadero hamaquista profesional, cosa que anhelo desde niño.
Pero no, la jungla terminó convirtiéndose en un lugar full
activity tiempo completo (trekking, lianing, atardecering, incecting, fishing,
swiming, planting...)
Nunca en mi vida había presenciado
un concierto de esa naturaleza, de otras sí pero de "esa" naturaleza
no, nunca. La exuberancia empírica misma. Sí, está
bien, uno ha dormido algunas noches en la costa de algún lago patagónico,
o ha acampado a la orilla del mar en alguna playa del mundo, pero nunca
esto. El sonido abrumador, todos esos seres hablando todos y al mismo tiempo.
El guía Marcos posó
su mirada en la creciente oscuridad de la espesura y comenzó a emitir
una melodía. Subiendo el tono soltaba cuatro silbidos altos, cortos
y fuertes, y contrastando, un quinto muy bajo, bajísimo. Lo hacía
una y otra vez; el mismo tiempo en la pausa entre un llamado y otro. Lo
habrá hecho unas 40 ó 50 veces, no sé, no las conté.
Lo menos que imaginé en ese momento fue que a Marcos se le había
quemado el Paty en algún momento durante tantos años de
verde soledad... Pero no, mis pensamientos de carne bovina ajena carbonizada
se hicieron humo cuando desde el verde el éter vibró igual
al canto de Marcos, pero él ahora estaba callado y miraba fijamente
la penumbra, allá abajo, donde un par de ojitos rojos no humanos
le devolvían ansiosos la mirada y lo llamaban con el mismo canto.
Se necesitan 55 metros de ascenso
serpenteante para acceder al techo y a la vista. Es decir, un techo se
separa 55 metros del piso, del suelo y de la tierra. El ascensor es una
escalera gigante de madera que crece apoyándose en un ceibo también
gigante. Al final, arriba de todo, un monoambiente, piso de madera, cielorraso
de hojas, ventanas: no, vista: panorámica en 360 grados del cielo
(todo) y del conjunto de las copas de todos los árboles de la selva
amazónica hasta donde los ojos permiten llegar, y a mi derecha el
sol nuevamente muriendo, y a mi izquierda Marcos, dialogando con un potu,
pajarito al que estuvo llamando por largo y que finalmente vino a nosotros
a mostrar sus pequeños ojos rojos, que inquietos buscan algo en
el final de este otro Unico Atardecer.
Marcos sabe. Lo demostró todo
el tiempo que nos guió por su mundo vegetal. Mismo planeta, otro
mundo. Un lugar habitado por otros seres, las plantas, a las cuales sólo
nos podemos acercar
si él nos lleva por los senderos desconocidos, como el de las plantas
medicinales, una verdadera farmacia natural con los remedios en sus envases
originales, sin marcas ni laboratorios, ni recetas ni obra social, al alcance
de la mano, del que conoce.
Todo verde y senderos. Si de niño
te apasionaste con las aventuras de Piterparquer, El Hombre Araña,
entonces no te podés perder las aventuras de Marcos y las tarántulas,
donde estos lindos arácnidos tamaño pomelo rosado son alimentados
con langostitas tamaño plátano mediano. Parece que la vida
animal aquí es XL.
La visita a Fidel y su familia,
seres de la cultura huaorani, nos mostró cómo viven y esperan
la llegada del año 2000 estas personas. Se me cruzó la idea
de que no debe de haber sido muy distinta para sus antepasados la víspera
del año 1000: en lo que a lo material respecta, sólo plantas
aplicadas a la construcción del refugio y a la elaboración
de utensilios para la realización de las tareas mas básicas,
como procesar y cocinar alimentos o fabricar la vestimenta; y en lo espiritual,
también plantas. Ahora como antes, Fidel aplica las indicadas para
la elaboración de los brebajes a utilizar por él o por los
chamanes en las distintas ceremonias de exorcismos o de videncia del futuro.
Mismo planeta, otro mundo: un mundo
vegetal y más humano que ningún otro. "No juegues con las
plantas, puede que ellas terminen jugando contigo..." Fidel dixit.
Galápagos
"Los animales son tan tontos que
no se escapan y se los puede agarrar con la mano." (Fray Tomás de
Berlanga, 1535).
Así como desde una montaña
se ve a lo lejos el paisaje, increíble, esto es hipermetrópico,
acá la cosa es de cerca, y muy de cerca. Nada de ilusión
3D con faquin anteojitos; los lobos marinos están a centímetros
y tu cabeza a centímetros del superreplanteo de qué pasó
con el lazo humano-animal.
Los pájaros son más
confianzudos que comerciante egipcio de perfumes. Pero acá no hay
"Special for you, my friend". Se te paran en la cabeza, y la cabeza se
te para.
En la arena blanca descansan los
lobos al sol, pero horas. Los más pequeños juegan entre sí
todo el tiempo molestando, a los más grandes que los cuidan. Si
se pierde alguno, lo buscan por la playa y también por el agua turquesa,
pero cuando lo encuentran no lo traen entre todos en andas y aplaudiendo
para que su madre lo vea. Me parece que esa es otra costumbre argentina,
un localismo de temporada de la costa atlántica.
Un desembarco más de ese
soberbio velero que fue nuestra casa durante cinco días, un desembarco
hacia una playa de arena blanca habitada sólo por los lobos de mar,
una vez más. Estoy descalzo y como quiero concentrarme a pleno en
lo que estoy sintiendo me detengo y me siento en la arena, perdido en la
inmensidad de la playa rodeado de la bruma que avisa el próximo
amanecer. Salen a la cancha los parlantes pequeños, delicia del
viajero. Nada es casualidad. Playa y "Yo quiero escuchar la espuma y el
áspero '¡jo!' de la caña hundiéndose en la arena.
Que no haya angustia en la muerte, que haya pensamiento en vida. Si no
existe la memoria todo lo nuestro es suicida... Cuando el último
anzuelo se pierda y de comer no haya nada, me cubriré con mi abrigo
y seré yo la carnada. Y los peces que necesite vendrán a
mí, antes de que despierte vendrán a mí...". La última
vez que escuché esta canción estaba en Buenos Aires y jugaban
River y Boca. Ahora es un poquito distinto, el sueño hecho realidad,
muchas gracias a Los Piojos, muchas gracias a la playa de la Isla Española
del archipiélago de las Galápagos.
Puerto Baquetazo Moreno, 21:34.
(Marce este es un subsubtitulo). 25° C, el cielo despejado nos muestra
todos los cuerpos celestes cuya luz nuestros ojos pueden captar, que no
son muchos desde acá, gracias a las bondades de la luz eléctrica
provenien te
de los faroles del bulevar marítimo. Le pregunto entonces a Michaela
si los dejan prendidos toda la noche o si en algún momento los apagan.
Me responde que ahora quedan encendidos toda la noche porque hay energía
suficiente, pero hace unos años se cortaba la luz a las doce de
la noche en toda la isla y solo se veían las luces de los barcos
fondeados y las estrellas y sus reflejos en el agua. ¡Qué
lástima no haber venido cinco años antes para poder ver ese
espectáculo! Ahora hay que caminar 400 metros para disfrutar de
las estrellas sin las molestas incandescencias de la luz eléctrica.
Michaela se ofrece a acompañarme; ella que ha nacido aquí
y aquí vive conoce el camino.
Underwater
No termino de estabilizar mi flotabilidad,
esto a unos ocho o diez metros de profundidad, cuando los veo, a mi derecha
y a unos quince metros de distancia y acercándose. Los tiburones
pueden detectar las emanaciones de los campos electromagnéticos
de los seres vivos a distancias enormes por lo tanto estos dos martillo
o Sphyrna Lewini me conocen desde antes, me conocen desde el mismo momento
en que salté al agua desde el gomón.
Nueve, ocho, siete metros, se acercan,
inesperadamente se acercan demasiado. Ahora debo estar un metro y medio
más abajo, toco la arena del fondo. Cinco, cuatro, tres metros,
están acá conmigo, son inmensos, dos metros y medio cada
uno, y me acuerdo de Gatti, Hugo Orlando y doblo las piernas y me arrodillo
en la arena separando ambos brazos hasta formar ángulo de 35 grados
con mis costados, arqueo la espalda. Ya está (¡Ah, "Loco"!
Si fueras buzo y estuvieras acá abajo viéndome, te sentirías
orgulloso). Hago "la de Dios" (pasan los tiburones, la pelota no pasa),
me entrego, me pasan a metro y medio de distancia, recorro sus perfiles
que son interminablemente grises y brillantes. Cuatro, cinco, seis metros,
se alejan a la misma velocidad, en la misma dirección, siempre a
mi derecha.
Creo que sé lo que siente
un Jesulín de Ubrique o cualquier otro torero. Cuando ya casi no
les distingo la silueta en la lejanía chequeo mi reserva de aire.
Joya, tengo para media hora más de pecera.
Decido ir a buscar a Lepe a quien
no veo desde la superficie: un mal sincronizado descenso nos separó.
Comienzo a "patear" hacia unas piedras grandes donde veo el costado de
un cardumen que formó un tornado de siete metros de altura. Son
peces pequeños pero el conjunto excede mi capacidad visual, tal
vez Lepe ande por ahí…
Texto: Guillermo Valdes Naveiro
Fotos: Marcelo "Lepe" Rosental.
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