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Luciana Salazar


Colombia a través de sus grandes ciudades 

Colombia es un país de mitos y de realidades diversas y yuxtapuestas. El contraste y la ambigüedad conforman sus ciudades y alimentan una encrucijada de opciones.

"Colombia, tierra de mitos y realidades", afirma uno de los tantos carteles que dan la bienvenida a los viajeros que descienden de los aviones en el Aeropuerto Internacional "El dorado" de la ciudad de Bogotá. Ya el nombre de la terminal aérea remite a aquella legendaria ciudad imaginada por los españoles durante la conquista, quienes estaban convencidos de la existencia de una civilización en la que abundaba el oro por sobre todas las cosas, a pesar de que nunca pudieron encontrarla. 

Camino al centro de la capital colombiana un súbito comentario nos hizo retroceder por unos momentos a lo que dos años atrás había sido nuestra primera visita a estas tierras. En aquella ocasión, disponiéndonos a cruzar la frontera desde Ecuador, eran muchas las voces que nos advertían que en Colombia "nos iban a matar". Pero contra todos esos siniestros pronósticos nos encontramos con un pueblo realmente amable y tranquilo y con un país que, si uno sabe por donde andar, es muy grato de conocer. 

Esta es una de las primera realidades yuxtapuestas de las que hablaba antes. Colombia es una nación en guerra, donde en estado enfrenta desde hace mucho tiempo las amenazas del narcotráfico y de los distintos grupos rebeldes que, amparados por la jungla, actúan controlan gran parte del territorio. Sin embargo, las zonas en las que mayormente actúan están bien identificadas y se pueden evitar si uno quiere. El peligro existe pero no es cierto, como muchos dicen, que sea inminente e inevitable. 

También hay gran disparidad en el ámbito social, donde los extremos que dividen a ricos y pobres son verdaderamente descomunales, casi tanto como las formas de vida que se pueden encontrar en el campo y en la ciudad. Geográficamente, hablar de Colombia también es hablar de ambigüedad: costas caribeñas de arenas blancas, montañas, cumbres nevadas, llanuras interminables, selvas, arqueología, ciudades gigantes y pequeños pueblos contribuyen a formar esta encrucijada de paisajes y opciones que el país cafetero ofrece a los viajeros. 

SANTA FE DE BOGOTA: LA GUARDIANA DEL ORO 

A una altura de 2.600 metros sobre el nivel del mar, y ubicada sobre un extenso y fértil altiplano, se emplaza Santa Fe de Bogotá, centro político, económico y cultural del país. Fundada por el conquistador español Gonzalo de Quesada en 1538, la ciudad pasó a ser capital de Colombia en 1830, luego de la disolución de la Gran Colombia, aquella patria gigantesca ideada por Simón Bolívar y de la que también formaban parte Panamá, Venezuela y Ecuador. 

En el presente, Bogotá es una urbe cosmopolita con más de seis millones de habitantes, cifra que alcanzó gracias a la migración interna de hombres y mujeres de todos los rincones del país que se trasladaron a la industrializada capital en busca de trabajo. 

La ciudad se divide en cuatro zonas. En la central se encuentran el casco histórico de la ciudad, la mayor parte de las dependencias administrativas y los principales museos y centros culturales. En la zona norte, que es la más comercial, se desarrolla gran parte de las actividades financieras y se ubican los lugares recreativos más importantes. De menos interés es el sector sur, constituido básicamente por fábricas, y la zona occidental, conformada por diversos parques e instalaciones deportivas. 

Nos hospedamos en el albergue de la zona central, situado estratégicamente a cuatros cuadras de la plaza más emblemática de Bogotá: la Plaza de Bolívar. El albergue es frecuentado durante todo el año por mochileros y turistas de todas partes del globo, lo que permite hacer amigos con notable rapidez. El ambiente es muy bueno y sólo cobran 5 dólares la noche. Hay otros hoteles y pensiones en los alrededores del barrio colonial de La Candelaria que cobran precios similares, pero que distan mucho en cuanto a las comodidades que brindan. 

Apenas tomamos posesión de nuestra habitación, dejamos las mochilas y salimos a perdernos en el ruidoso y maratónico trajín que envuelve a la ciudad en el horario laboral. No hizo falta caminar demasiado para darnos cuenta del contraste que existe en todos los aspectos. Nuestros ojos se paseaban al mismo tiempo por las siluetas modernas de los rascacielos y por los obsoletos esqueletos de casonas y edificaciones coloniales. En cualquier esquina un semáforo dejaba en evidencia la diferencia entre un humilde paisano trepado a su mula y una Ferrari con algún millonario al volante. En las veredas, gente trajeada se entremezcla con los tradicionales cachacos, típicos bogotanos conocidas en Argentina por haber ilustrado involuntariamente con su imagen los paquetes de varias marcas de café. 

Al mediodía almorzamos algo que por estos lugares es un lugar común: un poco de carne, un poco de ensalada, un poco de arroz y un poco de frijoles, condimentado siempre con picante. Aunque no es el mejor plato, conviene saber que cuesta entre 2 y 3 dólares y uno queda verdaderamente satisfecho o, mejor dicho, sin hambre. 
Retomamos la caminata y llegamos al alma de ciudad. Pero esta vez observamos la Plaza de Bolívar con más detenimiento y, casi sin darnos cuenta, nos quedamos un largo rato admirando los imponentes edificios que la rodean. Allí se levantan como testigos diarios de la vida urbana el Capitolio Nacional, la Alcaldía, la Catedral Primada y la Capilla del Sagrario. Todas estas construcciones son dignas de cualquier pupila, pero quizás el más interesante de estos edificios sea precisamente el que menos miradas acapara: el Palacio de Justicia. Estos tribunales tienen una existencia prematura debido a que la antigua sede del poder judicial fue devorada por el fuego durante un ataque del grupo guerrillero M-19 en noviembre de 1985. Las ruinas fueron demolidas y el actual edificio no guarda ninguna similitud con el anterior, pero llama la atención por ser fiel exponente del estado belicoso que vive el país. 

Al día siguiente nos dedicamos especialmente a visitar museos. Pero el cronograma inicial que habíamos planeado para conocer la mayor cantidad posible no pudo ser cumplido por error de cálculo en el tiempo predestinado a cada uno, ya que el primer museo nos tuvo ocupados por casi seis horas. Y no es para menos ya que el Museo del Oro de Bogotá tiene la colección más importante de piezas metálicas prehispánicas que existe en el mundo. Muchas de las 30.000 piezas de oro que exhibe el museo se encuentran en la sala blindada del tercer piso, conjugadas con extraordinarios efectos de luces y sonidos. También hay numerosas piezas de cerámica, coral y hueso que complementan la muestra. La exposición da una visión de los desarrollos culturales alcanzados por las sociedades indígenas que poblaban Colombia antes de la llegada de los españoles. La única contra del museo es el cartel que avisa en la puerta la prohibición de sacar fotos y los policías que te persiguen cuando piensan que estás esperando el momento propicio para obtener disimuladamente una foto. Esta era nuestra intención pero la suerte no nos acompañó y fuimos perseguidos, incautados y casi obligados a pagar una pequeña multa. 

Salir del Museo del Oro fue como volver del pasado. Y al darnos cuenta de que los demás museos habían cerrado sus puertas decidimos sumergirnos nuevamente en tiempos pretéritos, pero esta vez al aire libre, más precisamente por el barrio colonial de La Candelaria. Por sus calles vimos cierta dicotomía en las construcciones, como si la restauración y la decadencia se dieran la mano. Alguien nos había dicho que la Plaza de Bolívar era el cerebro de Bogotá y La Candelaria su braza derecho, un brazo que parecía herido por las propias cirugías que intentaron curarlo, representadas por algunos edificios nuevos que han reemplazados a los originales y que hacen que algunas callejuelas pierdan en parte su encanto. Igualmente, el barrio es muy interesante, sobre todo por el arco iris urbano que forman los distintos y coloridos matices de las fachadas. 

Pensábamos partir esa misma noche para Medellín, pero en la terminal nos aseguraron que era más seguro viajar de día para evitar las posibles interrupciones noctámbulas que la guerrilla realiza en las rutas, con el fin de obligar a los pasajeros a escuchar sus discursos y a "colaborar" económicamente con ellos. 

Nuestra última noche en la capital la pasamos recorriendo los bares de la zona norte de la ciudad. A la madrugada, el ron hizo estragos y volver al albergue fue todo un desafío. 

ULTIMO TANGO EN MEDELLIN 

Tardamos algo más de nueve horas en recorrer los 441 kilómetros de ruta montañosa que separan Bogotá de Medellín, por lo que llegamos cuando ya estaba atardeciendo. Por los pasillos de la terminal tuvimos el privilegio de conocer a seis o siete sobrinos ficticios del difunto zar de la cocaína Pablo Escobar Gaviria, quienes se presentaban en esa forma para tratar de intimidarnos o de divertirnos, todavía no sabemos bien, pero que al final pedían sólo la tan ansiada y solicitada monedita. 

La historia dice que Medellín nació en el año 1616 como un resguardo español llamado San Lorenzo, pero que recién comenzó a crecer a principios del siglo XX como resultado de la industria cafetera y textil. Este florecimiento tardío se debió a la situación geográfica de la ciudad, que alejada del río Magdalena -principal ruta de comunicación colombiana durante casi 500 años-, permaneció olvidada y sepultada en el espectacular Valle de Aburrá y se conservó prácticamente inalterada durante dos siglos. El aumento demográfico y estructural de Medellín a partir del siglo XX fue avasallante: los 50.000 habitantes que tenía en los comienzos de la centuria se transformaron en 360.000 para 1951. Actualmente es la segunda ciudad más importante de Colombia y la capital del departamento de Antioquia, con una población de algo más de dos millones de personas. 

La primera impresión de la ciudad fue bastante difusa. A medida que nos íbamos alejando de la parte céntrica comenzaban a aparecer en escena vastos barrios pobres, donde las voces populares recomendaban no ir. Pero si se siguieran esos sensatos consejos, Medellín se reduciría a pequeñas zonas visitables, a las que habría que llegar en helicóptero para no pasar por estas colonias, que en verdad son más humildes que peligrosas. Exploramos y caminamos durante un par de horas buscando un hotel que se adecue a nuestras posibilidades monetarias y dimos con el paradero del hotel Comercial, apostado en la zona del mercado y algo alejado de la plaza central, pero bien recomendado y de precios accesibles que no superaban los cuatro dólares. Lástima lo ruidoso del lugar pero, gracias al cansancio acumulado, nuestro sueño hizo oídos sordos al barullo exterior y dormimos sin problemas. 

Nos levantamos temprano con la intención de ir lo antes posible al barrio Manrique, donde el tango es el firmamento y Carlos Gardel su estrella más brillante. Queríamos llegar al lugar rápido, antes que los nubarrones borrascosos de turistas japoneses y americanos de pensiones completas taparan ese cielo tan lindo. 

La avenida principal lleva el nombre de Carlos Gardel. Las placas en su honor se aprecian en varias de las paredes del barrio y su figura de bronce de cuerpo entero saluda dominante desde su pedestal, como si todavía hoy, después de muerto, siguiera cantando en silencio. Entre nosotros coincidimos que ni siquiera en Buenos Aires se rinden tantos tributos a Gardel. Pero esto no sucede únicamente porque el Zorzal Criollo haya fallecido en Medellín en 1935 a causa de un accidente aéreo, sino también por el amor que sus habitantes profesan hacia la música argentina. Incontables locales nocturnos son refugios tangueros que hasta las más clásicas callecitas de San Telmo envidiarían. La Casa del Tango, atendida y administrada por un argentino, es otro tributo al ritmo del dos por cuarto y en su interior hay colecciones discográficos, grabaciones inéditas, objetos que pertenecieron a Gardel y elementos donados por otros tangueros y entidades que sirven para dar testimonio de la nostálgica música del Río de la Plata. 

Regresamos a la zona central caminado y observando el movimiento de la gente. Durante el trayecto visitamos algunos lugares interesantes, como la iglesia de la Candelaria y el parque Berrío. Allí nos encontramos con una canadiense que se hospedaba en nuestro hotel y un colombiano oriundo de Medellín que la acompañaba. Seguimos con ellos y aprovechamos los conocimientos del colombiano, que nos paseó por toda la ciudad y nos explicó la historia y las anécdotas de los diferentes sitios. 

Esquivando lugares inhóspitos, visitamos el edificio de la alcaldía y la Catedral Metropolitana, considerada la iglesia más grande del continente. Luego llegamos hasta la de la Veracruz, un templo bastante avejentado que se encuentra a metros de una plaza en la que se pueden observar dos grandes esculturas realizadas por el famoso y contemporáneo artista colombiano Fernando Botero. Una de estas obras se encuentra semidestruída por los efectos de una bomba que explotó durante una manifestación popular. El atentado le fue adjudicado a la mafia del narcotráfico y Botero se negó a restaurar su obra para que quede como ejemplo de barbarie y recuerdo de la tragedia. Muchas otras esculturas y óleos del artista plástico se pueden visitar en el Museo de Antioquia, a un costado de loa plaza. 
Hay dos cosas que llaman la atención del viajero que visita Medellín: el moderno tren que atraviesa la ciudad y la cantidad de policías que deambulan por las calles. Con relación al tren, hay que decir que la infraestructura de las estaciones es excelente y que el funcionamiento se asemeja bastante al de un subterráneo, sólo que sus rieles están elevados en vez de sumergidos. Si uno aprende a utilizar sus combinaciones, desplazarse por Medellín puede llegar a ser muy cómodo y fácil. 

En un momento pensamos que había en la ciudad más policías uniformados que civiles. Pero la gran cantidad de guardias se entiende cuando se toma conciencia que Medellín es la capital mundial de la droga y muchas veces suceden atentados o enfrentamientos entre facciones opuestas que suelen dejar muchas víctimas. Es común ver también personal de la policía militar y patrullas del ejército, a los que se agregan los vigilantes privados de los negocios particulares. 

Por la noche abandonamos la ciudad sitiada y emprendimos nuestro traslado hacia Cali, en un viaje cargado de nervios por el siempre posible acecho de la guerrilla en las rutas. 

CALI, LA CAPITAL DE LA SALSA 

Prosperidad sería una palabra apropiada para definir a Santiago de Cali, una ciudad acogedora, de clima veraniego y gente cordial. Recostada entre las cordilleras Central y Occidental, 444 kilómetros al sur de Medellín y a 1.000 metros de altura, es la capital del departamento del Valle de Cauca, una de las regiones más florecientes del país, donde se encuentran los grandes ingenios azucareros y otras importantes industrias. 

A pesar de que Sebastián de Belalcázar la fundó en 1536, recién a lo largo de los últimos cien años Cali consiguió desarrollar un paulatino crecimiento hasta convertirse en la tercera ciudad colombiana, donde viven más de un millón y medio de personas. También con fama de peligrosa, como Bogotá y Medellín, Cali quizás sea la que más elementos presenta para sacarse de encima esos prejuicios que gran número de viajeros traen atados a sus mochilas. 

Nosotros no éramos la excepción al respecto, pero nos aventuramos a atravesar de noche las casi 15 cuadras que, según un taxista, nos separaban de una plazoleta alrededor de la cual habría un conjunto de hoteles económicos. Y si no fuera porque a nuestra precario mapa le faltaba una parte, no hubiésemos tenido problemas en llegar, pero la verdad es que nos perdimos en la inmensidad de la noche. Las calles estaban casi vacías y las pocas personas que encontramos dormitaban bajo los efectos del alcohol y no respondían a nuestras preguntas. Luego de descansar y tomar algo en una patética taberna de mala muerte y de ser partícipes de un ritual ceremonial afroamericano parecido a un exorcismo, nos topamos con la tan buscada plazoleta. Era tarde y ya no teníamos ganas de averiguar y comparar precios, por lo que nos quedamos en una de las habitaciones del primer hospedaje que entramos. 

Con la luz del día nos dimos cuenta de que algunas calles de Cali tienen un rumbo serpenteante y que la noche anterior habíamos estado caminando prácticamente en círculo. El templo de los rituales exorcistas se encontraba apenas a la vuelta del hotel, por lo que a cada rato escuchábamos las músicas y danzas que allí practicaban. También caímos en cuenta de que el hotel en cuestión era usado además como albergue transitorio, pero esto realmente nos divertía, sobre todo por las noches, cuando ruidos extraños, travestis pintarrajeados y hombres con pelucas se convertían en habitués del lugar. 

De día la ciudad es otra. Atravesada por el río que lleva su nombre, con avenidas arboladas y parques con palmeras, Cali se convierte en un emporio grato de conocer. Tiene lindas iglesias y algunas calles donde todavía sobreviven algunos bosquejos de la época colonial. Pero lo más atrayente es la zona comercial de la Sexta Avenida, con cafés al aire libre y bares que al caer el sol se transforman en discotecas de música salsa que explotan de gente. Estos bares son el punto de encuentro social más importante de Cali durante las noches, y muchos colombianos de otras ciudades van de vacaciones a Cali especialmente para bailar salsa y disfrutar de sus teatros, cines y centros de exposiciones. 

Permanecimos en Cali durante dos días alimentándonos de la vida mundana y de los excesos que ella regala. También visitamos algunas de las estancias y haciendas que se desparraman por las zonas aledañas de la ciudad, pero nuestro destino ya estaba marcado: se encontraba a 132 kilómetros al sur y llevaba por nombre Popayán. 

POPAYAN, LA TRADICION EN PERSONA 
Famosa por sus celebraciones de Semana Santa, cuando multitudinarias romerías recorren sus calles junto a feligreses llegados de todos los rincones de Colombia, Popayán fue una de las ciudades más importantes durante la conquista española. Desempeñó un papel primordial en la colonia por encontrarse situada a mitad de camino entre Quito, al sur, y Cartagena de Indias, al norte. Fundada en 1537 por Belalcázar, el mismo fundador de Cali, Popayán hacía de nexo entre estos dos puntos esenciales de la economía colonial. 

Vio pasar por sus adoquines inmensidad de tesoros que eran trasladados desde Perú y Ecuador para ser embarcados rumbo a España, en Cartagena, principal puerto de la Casa Contratación de Sevilla, entidad encargada de la explotación de todas las tierras que la Corona Real Española tenía en el Nuevo Mundo. 

Llegar a Popayán provenientes de Cali fue realmente un cambio de vida drástico, pero saludable. Los hospedajes quizás sean un poco más caros que en otros lugares, pero los precios no difieren mucho y si se busca bien se pueden encontrar habitaciones por 4 ó 5 dólares. 
Era temprano y decidimos que, por primera vez en el transcurso del viaje, nos merecíamos un desayuno, así que esperamos a que abriera el primer restaurante y pedimos cafés con leche acompañados por una guarnición de arroz, que era lo único que servían. Es probable que haya habido algún error en la comunicación con el mozo, ya que lo primero que nos sirvieron fue una sopa de menudencias y patas de gallo, seguidas por un plato de carne, arroz, papas fritas y ensalada. Para tomar teníamos los cafés con leche que habíamos pedido y unos jugos de piña. Empezamos a desayunar a las ocho de la mañana y terminamos pasadas las once. 

Después de dormitar un rato sentados en una plaza, nos pusimos en acción y nos dejamos arrastrar por el espíritu fidedigno de los tiempos lejanos. Las construcciones de Popayán -pese al terremoto que azotó la ciudad en 1983 y la posterior restauración de casi la totalidad del paisaje urbano- todavía conservan intactos los atributos coloniales de su época de esplendor. Las casas blancas ayudan a ver al pueblo aún más reluciente y las iglesias de todos los tamaños lo decoran como la más perfecta de las maquetas. Los patios de las mansiones, entre aljibes y pisos azulejados, son de libre acceso para el viajero. También hay algunos museos, entre los que se destaca el de Historia Natural. 

Popayán es el punto de partida para emprender viaje hacia el interior de la cordillera central, hasta los poblados y yacimientos arqueológicos de San Agustín y Tierradentro, a 314 kilómetros de distancia. También para tomar la ruta de retorno a Bogotá, un viaje de 15 horas y 516 kilómetros, o seguir rumbo al sur el Ecuador.

INFO:

¿COMO LLEGAR? 
Bogotá, Medellín, Cali y Popayán son ciudades muy importantes del país y no presentan ninguna dificultad para trasladarse de una a otra ya que todas están a la orilla de alguna carretera principal. Los precios para estos trayectos varían entre los U$D 15 y los U$D 35. 
 
 

¿CUANDO IR? 

El verano es la estación seca y el invierno la húmeda, aunque las lluvias están presentes durante todo el año. La temperatura sólo varía con la altura, por lo que en zonas andinas suele refrescar al anochecer. 

RECOMENDACIONES:
Si se tiene poco tiempo se puede optar por trasladarse en avión entre las ciudades, ya que los precios de los vuelos no son demasiados caros. En cuanto a la seguridad, cada ciudad tiene sus zonas peligrosas, por lo que conviene preguntar a la gente del lugar para evitar malas experiencias. 

IMPERDIBLES:
Los colombianos cuentan con gran cantidad de fiestas, entre las que se destacan la Semana Santa de Popayán y la Fería de Cali, que comienza todos los 25 de diciembre y continúa hasta fin de año con desfiles, disfraces, música, bailes, etc. Ambas son realmente experiencias imperdibles.
 
 

 

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