| Colombia
a través de sus grandes ciudades
Colombia
es un país de mitos y de realidades diversas y yuxtapuestas. El
contraste y la ambigüedad conforman sus ciudades y alimentan una encrucijada
de opciones.
"Colombia,
tierra de mitos y realidades", afirma uno de los tantos carteles que dan
la bienvenida a los viajeros que descienden de los aviones en el Aeropuerto
Internacional "El dorado" de la ciudad de Bogotá. Ya el nombre de
la terminal aérea remite a aquella legendaria ciudad imaginada por
los españoles durante la conquista, quienes estaban convencidos
de la existencia de una civilización en la que abundaba el oro por
sobre todas las cosas, a pesar de que nunca pudieron encontrarla.
Camino
al centro de la capital colombiana un súbito comentario nos hizo
retroceder por unos momentos a lo que dos años atrás había
sido nuestra primera visita a estas tierras. En aquella ocasión,
disponiéndonos a cruzar la frontera desde Ecuador, eran muchas las
voces que nos advertían que en Colombia "nos iban a matar". Pero
contra todos esos siniestros pronósticos nos encontramos con un
pueblo realmente amable y tranquilo y con un país que, si uno sabe
por donde andar, es muy grato de conocer.
Esta
es una de las primera realidades yuxtapuestas de las que hablaba antes.
Colombia es una nación en guerra, donde en estado enfrenta desde
hace mucho tiempo las amenazas del narcotráfico y de los distintos
grupos rebeldes que, amparados por la jungla, actúan controlan gran
parte del territorio. Sin embargo, las zonas en las que mayormente actúan
están bien identificadas y se pueden evitar si uno quiere. El peligro
existe pero no es cierto, como muchos dicen, que sea inminente e inevitable.
También
hay gran disparidad en el ámbito social, donde los extremos que
dividen a ricos y pobres son verdaderamente descomunales, casi tanto como
las formas de vida que se pueden encontrar en el campo y en la ciudad.
Geográficamente, hablar de Colombia también es hablar de
ambigüedad: costas caribeñas de arenas blancas, montañas,
cumbres nevadas, llanuras interminables, selvas, arqueología, ciudades
gigantes y pequeños pueblos contribuyen a formar esta encrucijada
de paisajes y opciones que el país cafetero ofrece a los viajeros.
SANTA
FE DE BOGOTA: LA GUARDIANA DEL ORO
A una
altura de 2.600 metros sobre el nivel del mar, y ubicada sobre un extenso
y fértil altiplano, se emplaza Santa Fe de Bogotá, centro
político, económico y cultural del país. Fundada por
el conquistador español Gonzalo de Quesada en 1538, la ciudad pasó
a ser capital de Colombia en 1830, luego de la disolución de la
Gran Colombia, aquella patria gigantesca ideada por Simón Bolívar
y de la que también formaban parte Panamá, Venezuela y Ecuador.
En
el presente, Bogotá es una urbe cosmopolita con más de seis
millones de habitantes, cifra que alcanzó gracias a la migración
interna de hombres y mujeres de todos los rincones del país que
se trasladaron a la industrializada capital en busca de trabajo.
La
ciudad se divide en cuatro zonas. En la central se encuentran el casco
histórico de la ciudad, la mayor parte de las dependencias administrativas
y los principales museos y centros culturales. En la zona norte, que es
la más comercial, se desarrolla gran parte de las actividades financieras
y se ubican los lugares recreativos más importantes. De menos interés
es el sector sur, constituido básicamente por fábricas, y
la zona occidental, conformada por diversos parques e instalaciones deportivas.
Nos
hospedamos en el albergue de la zona central, situado estratégicamente
a cuatros cuadras de la plaza más emblemática de Bogotá:
la Plaza de Bolívar. El albergue es frecuentado durante todo el
año por mochileros y turistas de todas partes del globo, lo que
permite hacer amigos con notable rapidez. El ambiente es muy bueno y sólo
cobran 5 dólares la noche. Hay otros hoteles y pensiones en los
alrededores del barrio colonial de La Candelaria que cobran precios similares,
pero que distan mucho en cuanto a las comodidades que brindan.
Apenas
tomamos posesión de nuestra habitación, dejamos las mochilas
y salimos a perdernos en el ruidoso y maratónico trajín que
envuelve a la ciudad en el horario laboral. No hizo falta caminar demasiado
para darnos cuenta del contraste que existe en todos los aspectos. Nuestros
ojos se paseaban al mismo tiempo por las siluetas modernas de los rascacielos
y por los obsoletos esqueletos de casonas y edificaciones coloniales. En
cualquier esquina un semáforo dejaba en evidencia la diferencia
entre un humilde paisano trepado a su mula y una Ferrari con algún
millonario al volante. En las veredas, gente trajeada se entremezcla con
los tradicionales cachacos, típicos bogotanos conocidas en Argentina
por haber ilustrado involuntariamente con su imagen los paquetes de varias
marcas de café.
Al
mediodía almorzamos algo que por estos lugares es un lugar común:
un poco de carne, un poco de ensalada, un poco de arroz y un poco de frijoles,
condimentado siempre con picante. Aunque no es el mejor plato, conviene
saber que cuesta entre 2 y 3 dólares y uno queda verdaderamente
satisfecho o, mejor dicho, sin hambre.
Retomamos
la caminata y llegamos al alma de ciudad. Pero esta vez observamos la Plaza
de Bolívar con más detenimiento y, casi sin darnos cuenta,
nos quedamos un largo rato admirando los imponentes edificios que la rodean.
Allí se levantan como testigos diarios de la vida urbana el Capitolio
Nacional, la Alcaldía, la Catedral Primada y la Capilla del Sagrario.
Todas estas construcciones son dignas de cualquier pupila, pero quizás
el más interesante de estos edificios sea precisamente el que menos
miradas acapara: el Palacio de Justicia. Estos tribunales tienen una existencia
prematura debido a que la antigua sede del poder judicial fue devorada
por el fuego durante un ataque del grupo guerrillero M-19 en noviembre
de 1985. Las ruinas fueron demolidas y el actual edificio no guarda ninguna
similitud con el anterior, pero llama la atención por ser fiel exponente
del estado belicoso que vive el país.
Al
día siguiente nos dedicamos especialmente a visitar museos. Pero
el cronograma inicial que habíamos planeado para conocer la mayor
cantidad posible no pudo ser cumplido por error de cálculo en el
tiempo predestinado a cada uno, ya que el primer museo nos tuvo ocupados
por casi seis horas. Y no es para menos ya que el Museo del Oro de Bogotá
tiene la colección más importante de piezas metálicas
prehispánicas que existe en el mundo. Muchas de las 30.000 piezas
de oro que exhibe el museo se encuentran en la sala blindada del tercer
piso, conjugadas con extraordinarios efectos de luces y sonidos. También
hay numerosas piezas de cerámica, coral y hueso que complementan
la muestra. La exposición da una visión de los desarrollos
culturales alcanzados por las sociedades indígenas que poblaban
Colombia antes de la llegada de los españoles. La única contra
del museo es el cartel que avisa en la puerta la prohibición de
sacar fotos y los policías que te persiguen cuando piensan que estás
esperando el momento propicio para obtener disimuladamente una foto. Esta
era nuestra intención pero la suerte no nos acompañó
y fuimos perseguidos, incautados y casi obligados a pagar una pequeña
multa.
Salir
del Museo del Oro fue como volver del pasado. Y al darnos cuenta de que
los demás museos habían cerrado sus puertas decidimos sumergirnos
nuevamente en tiempos pretéritos, pero esta vez al aire libre, más
precisamente por el barrio colonial de La Candelaria. Por sus calles vimos
cierta dicotomía en las construcciones, como si la restauración
y la decadencia se dieran la mano. Alguien nos había dicho que la
Plaza de Bolívar era el cerebro de Bogotá y La Candelaria
su braza derecho, un brazo que parecía herido por las propias cirugías
que intentaron curarlo, representadas por algunos edificios nuevos que
han reemplazados a los originales y que hacen que algunas callejuelas pierdan
en parte su encanto. Igualmente, el barrio es muy interesante, sobre todo
por el arco iris urbano que forman los distintos y coloridos matices de
las fachadas.
Pensábamos
partir esa misma noche para Medellín, pero en la terminal nos aseguraron
que era más seguro viajar de día para evitar las posibles
interrupciones noctámbulas que la guerrilla realiza en las rutas,
con el fin de obligar a los pasajeros a escuchar sus discursos y a "colaborar"
económicamente con ellos.
Nuestra
última noche en la capital la pasamos recorriendo los bares de la
zona norte de la ciudad. A la madrugada, el ron hizo estragos y volver
al albergue fue todo un desafío.
ULTIMO
TANGO EN MEDELLIN
Tardamos
algo más de nueve horas en recorrer los 441 kilómetros de
ruta montañosa que separan Bogotá de Medellín, por
lo que llegamos cuando ya estaba atardeciendo. Por los pasillos de la terminal
tuvimos el privilegio de conocer a seis o siete sobrinos ficticios del
difunto zar de la cocaína Pablo Escobar Gaviria, quienes se presentaban
en esa forma para tratar de intimidarnos o de divertirnos, todavía
no sabemos bien, pero que al final pedían sólo la tan ansiada
y solicitada monedita.
La
historia dice que Medellín nació en el año 1616 como
un resguardo español llamado San Lorenzo, pero que recién
comenzó a crecer a principios del siglo XX como resultado de la
industria cafetera y textil. Este florecimiento tardío se debió
a la situación geográfica de la ciudad, que alejada del río
Magdalena -principal ruta de comunicación colombiana durante casi
500 años-, permaneció olvidada y sepultada en el espectacular
Valle de Aburrá y se conservó prácticamente inalterada
durante dos siglos. El aumento demográfico y estructural de Medellín
a partir del siglo XX fue avasallante: los 50.000 habitantes que tenía
en los comienzos de la centuria se transformaron en 360.000 para 1951.
Actualmente es la segunda ciudad más importante de Colombia y la
capital del departamento de Antioquia, con una población de algo
más de dos millones de personas.
La
primera impresión de la ciudad fue bastante difusa. A medida que
nos íbamos alejando de la parte céntrica comenzaban a aparecer
en escena vastos barrios pobres, donde las voces populares recomendaban
no ir. Pero si se siguieran esos sensatos consejos, Medellín se
reduciría a pequeñas zonas visitables, a las que habría
que llegar en helicóptero para no pasar por estas colonias, que
en verdad son más humildes que peligrosas. Exploramos y caminamos
durante un par de horas buscando un hotel que se adecue a nuestras posibilidades
monetarias y dimos con el paradero del hotel Comercial, apostado en la
zona del mercado y algo alejado de la plaza central, pero bien recomendado
y de precios accesibles que no superaban los cuatro dólares. Lástima
lo ruidoso del lugar pero, gracias al cansancio acumulado, nuestro sueño
hizo oídos sordos al barullo exterior y dormimos sin problemas.
Nos
levantamos temprano con la intención de ir lo antes posible al barrio
Manrique, donde el tango es el firmamento y Carlos Gardel su estrella más
brillante. Queríamos llegar al lugar rápido, antes que los
nubarrones borrascosos de turistas japoneses y americanos de pensiones
completas taparan ese cielo tan lindo.
La
avenida principal lleva el nombre de Carlos Gardel. Las placas en su honor
se aprecian en varias de las paredes del barrio y su figura de bronce de
cuerpo entero saluda dominante desde su pedestal, como si todavía
hoy, después de muerto, siguiera cantando en silencio. Entre nosotros
coincidimos que ni siquiera en Buenos Aires se rinden tantos tributos a
Gardel. Pero esto no sucede únicamente porque el Zorzal Criollo
haya fallecido en Medellín en 1935 a causa de un accidente aéreo,
sino también por el amor que sus habitantes profesan hacia la música
argentina. Incontables locales nocturnos son refugios tangueros que hasta
las más clásicas callecitas de San Telmo envidiarían.
La Casa del Tango, atendida y administrada por un argentino, es otro tributo
al ritmo del dos por cuarto y en su interior hay colecciones discográficos,
grabaciones inéditas, objetos que pertenecieron a Gardel y elementos
donados por otros tangueros y entidades que sirven para dar testimonio
de la nostálgica música del Río de la Plata.
Regresamos
a la zona central caminado y observando el movimiento de la gente. Durante
el trayecto visitamos algunos lugares interesantes, como la iglesia de
la Candelaria y el parque Berrío. Allí nos encontramos con
una canadiense que se hospedaba en nuestro hotel y un colombiano oriundo
de Medellín que la acompañaba. Seguimos con ellos y aprovechamos
los conocimientos del colombiano, que nos paseó por toda la ciudad
y nos explicó la historia y las anécdotas de los diferentes
sitios.
Esquivando
lugares inhóspitos, visitamos el edificio de la alcaldía
y la Catedral Metropolitana, considerada la iglesia más grande del
continente. Luego llegamos hasta la de la Veracruz, un templo bastante
avejentado que se encuentra a metros de una plaza en la que se pueden observar
dos grandes esculturas realizadas por el famoso y contemporáneo
artista colombiano Fernando Botero. Una de estas obras se encuentra semidestruída
por los efectos
de una bomba que explotó durante una manifestación popular.
El atentado le fue adjudicado a la mafia del narcotráfico y Botero
se negó a restaurar su obra para que quede como ejemplo de barbarie
y recuerdo de la tragedia. Muchas otras esculturas y óleos del artista
plástico se pueden visitar en el Museo de Antioquia, a un costado
de loa plaza.
Hay
dos cosas que llaman la atención del viajero que visita Medellín:
el moderno tren que atraviesa la ciudad y la cantidad de policías
que deambulan por las calles. Con relación al tren, hay que decir
que la infraestructura de las estaciones es excelente y que el funcionamiento
se asemeja bastante al de un subterráneo, sólo que sus rieles
están elevados en vez de sumergidos. Si uno aprende a utilizar sus
combinaciones, desplazarse por Medellín puede llegar a ser muy cómodo
y fácil.
En
un momento pensamos que había en la ciudad más policías
uniformados que civiles. Pero la gran cantidad de guardias se entiende
cuando se toma conciencia que Medellín es la capital mundial de
la droga y muchas veces suceden atentados o enfrentamientos entre facciones
opuestas que suelen dejar muchas víctimas. Es común ver también
personal de la policía militar y patrullas del ejército,
a los que se agregan los vigilantes privados de los negocios particulares.
Por
la noche abandonamos la ciudad sitiada y emprendimos nuestro traslado hacia
Cali, en un viaje cargado de nervios por el siempre posible acecho de la
guerrilla en las rutas.
CALI,
LA CAPITAL DE LA SALSA
Prosperidad
sería una palabra apropiada para definir a Santiago de Cali, una
ciudad acogedora, de clima veraniego y gente cordial. Recostada entre las
cordilleras Central y Occidental, 444 kilómetros al sur de Medellín
y a 1.000 metros de altura, es la capital del departamento del Valle de
Cauca, una de las regiones más florecientes del país, donde
se encuentran los grandes ingenios azucareros y otras importantes industrias.
A pesar
de que Sebastián de Belalcázar la fundó en 1536, recién
a lo largo de los últimos cien años Cali consiguió
desarrollar un paulatino crecimiento hasta convertirse en la tercera ciudad
colombiana, donde viven más de un millón y medio de personas.
También con fama de peligrosa, como Bogotá y Medellín,
Cali quizás sea la que más elementos presenta para sacarse
de encima esos prejuicios que gran número de viajeros traen atados
a sus mochilas.
Nosotros
no éramos la excepción al respecto, pero nos aventuramos
a atravesar de noche las casi 15 cuadras que, según un taxista,
nos separaban de una plazoleta alrededor de la cual habría un conjunto
de hoteles económicos. Y si no fuera porque a nuestra precario mapa
le faltaba una parte, no hubiésemos tenido problemas en llegar,
pero la verdad es que nos perdimos en la inmensidad de la noche. Las calles
estaban casi vacías y las pocas personas que encontramos dormitaban
bajo los efectos del alcohol y no respondían a nuestras preguntas.
Luego de descansar y tomar algo en una patética taberna de mala
muerte y de ser partícipes de un ritual ceremonial afroamericano
parecido a un exorcismo, nos topamos con la tan buscada plazoleta. Era
tarde y ya no teníamos ganas de averiguar y comparar precios, por
lo que nos quedamos en una de las habitaciones del primer hospedaje que
entramos.
Con
la luz del día nos dimos cuenta de que algunas calles de Cali tienen
un rumbo serpenteante
y que la noche anterior habíamos estado caminando prácticamente
en círculo. El templo de los rituales exorcistas se encontraba apenas
a la vuelta del hotel, por lo que a cada rato escuchábamos las músicas
y danzas que allí practicaban. También caímos en cuenta
de que el hotel en cuestión era usado además como albergue
transitorio, pero esto realmente nos divertía, sobre todo por las
noches, cuando ruidos extraños, travestis pintarrajeados y hombres
con pelucas se convertían en habitués del lugar.
De
día la ciudad es otra. Atravesada por el río que lleva su
nombre, con avenidas arboladas y parques con palmeras, Cali se convierte
en un emporio grato de conocer. Tiene lindas iglesias y algunas calles
donde todavía sobreviven algunos bosquejos de la época colonial.
Pero lo más atrayente es la zona comercial de la Sexta Avenida,
con cafés al aire libre y bares que al caer el sol se transforman
en discotecas de música salsa que explotan de gente. Estos bares
son el punto de encuentro social más importante de Cali durante
las noches, y muchos colombianos de otras ciudades van de vacaciones a
Cali especialmente para bailar salsa y disfrutar de sus teatros, cines
y centros de exposiciones.
Permanecimos
en Cali durante dos días alimentándonos de la vida mundana
y de los excesos que ella regala. También visitamos algunas de las
estancias y haciendas que se desparraman por las zonas aledañas
de la ciudad, pero nuestro destino ya estaba marcado: se encontraba a 132
kilómetros al sur y llevaba por nombre Popayán.
POPAYAN,
LA TRADICION EN PERSONA
Famosa
por sus celebraciones de Semana Santa, cuando multitudinarias romerías
recorren sus calles junto a feligreses llegados de todos los rincones de
Colombia, Popayán fue una de las ciudades más importantes
durante la conquista española. Desempeñó un papel
primordial en la colonia por encontrarse situada a mitad de camino entre
Quito, al sur, y Cartagena de Indias, al norte. Fundada en 1537 por Belalcázar,
el mismo fundador de Cali, Popayán hacía de nexo entre estos
dos puntos esenciales de la economía colonial.
Vio
pasar por sus adoquines inmensidad de tesoros que eran trasladados desde
Perú y Ecuador para ser embarcados rumbo a España, en Cartagena,
principal puerto de la Casa Contratación de Sevilla, entidad encargada
de la explotación de todas las tierras que la Corona Real Española
tenía en el Nuevo Mundo.
Llegar
a Popayán provenientes de Cali fue realmente un cambio de vida drástico,
pero saludable. Los hospedajes quizás sean un poco más caros
que en otros lugares, pero los precios no difieren mucho y si se busca
bien se pueden encontrar habitaciones por 4 ó 5 dólares.
Era
temprano y decidimos que, por primera vez en el transcurso del viaje, nos
merecíamos un desayuno, así que esperamos a que abriera el
primer restaurante y pedimos cafés con leche acompañados
por una guarnición de arroz, que era lo único que servían.
Es probable que haya habido algún error en la comunicación
con el mozo, ya que lo primero que nos sirvieron fue una sopa de menudencias
y patas de gallo, seguidas por un plato de carne, arroz, papas fritas y
ensalada. Para tomar teníamos los cafés con leche que habíamos
pedido y unos jugos de piña. Empezamos a desayunar a las ocho de
la mañana y terminamos pasadas las once.
Después
de dormitar un rato sentados en una plaza, nos pusimos en acción
y nos dejamos arrastrar por el espíritu fidedigno de los tiempos
lejanos. Las construcciones de Popayán -pese al terremoto que azotó
la ciudad en 1983 y la posterior restauración de casi la totalidad
del paisaje urbano- todavía conservan intactos los atributos coloniales
de su época de esplendor. Las casas blancas ayudan a ver al pueblo
aún más reluciente y las iglesias de todos los tamaños
lo decoran como la más perfecta de las maquetas. Los patios de las
mansiones, entre aljibes y pisos azulejados, son de libre acceso para el
viajero. También hay algunos museos, entre los que se destaca el
de Historia Natural.
Popayán
es el punto de partida para emprender viaje hacia el interior de la cordillera
central, hasta los poblados y yacimientos arqueológicos de San Agustín
y Tierradentro, a 314 kilómetros de distancia. También para
tomar la ruta de retorno a Bogotá, un viaje de 15 horas y 516 kilómetros,
o seguir rumbo al sur el Ecuador.
INFO:
¿COMO
LLEGAR?
Bogotá,
Medellín, Cali y Popayán son ciudades muy importantes del
país y no presentan ninguna dificultad para trasladarse de una a
otra ya que todas están a la orilla de alguna carretera principal.
Los precios para estos trayectos varían entre los U$D 15 y los U$D
35.
¿CUANDO
IR?
El
verano es la estación seca y el invierno la húmeda, aunque
las lluvias están presentes durante todo el año. La temperatura
sólo varía con la altura, por lo que en zonas andinas suele
refrescar al anochecer.
RECOMENDACIONES:
Si
se tiene poco tiempo se puede optar por trasladarse en avión entre
las ciudades, ya que los precios de los vuelos no son demasiados caros.
En cuanto a la seguridad, cada ciudad tiene sus zonas peligrosas, por lo
que conviene preguntar a la gente del lugar para evitar malas experiencias.
IMPERDIBLES:
Los
colombianos cuentan con gran cantidad de fiestas, entre las que se destacan
la Semana Santa de Popayán y la Fería de Cali, que comienza
todos los 25 de diciembre y continúa hasta fin de año con
desfiles, disfraces, música, bailes, etc. Ambas son realmente experiencias
imperdibles.
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