| Uruguay,
Al fin y al Cabo... Polonio
La creciente
fama de Cabo Polonio quizá se deba al cambio asombroso que genera
en quien lo ve por primera vez. La imagen no es nada espectacular, inclusive
se diría que se produce un breve desencanto.
En lo superficial
se trata solo de un pueblo rústico a orillas del mar que demanda
más de seis horas de un viaje que incluye padecimientos por transbordos
interminables como consecuencia de horarios que nunca coinciden. Pero ese
desencanto dura lo que se tarda en tomar un respiro y echar un vistazo
alrededor para observar detenidamente sus casitas de madera oscura o pintada
de blanco. Sin paisajes refinados, ni abrumadores, pero de algún
modo alucinantes, Cabo Polonio es un pueblo místico por su gente,
sus historias y su abstracción de un mundo cada vez más supertecnológico.
Llegar
a Cabo Polonio no es llegar a cualquier playa. Su acceso dificultoso, solo
transitable por 4x4 y sus mínimas comodidades, lo hacen permanecer
un tanto oculto a los ojos del turismo convencional que, en Uruguay, prefiere
lugares como Colonia o Punta del Este. Por lo tanto, su "fauna turística"
es un hecho curioso, ya que no es un lugar ideal para campamento ni posee
infraestructura hotelera hasta el día de hoy.
Así,
se transforma en una opción ideal para aventureros, estudiantes,
bohemios y artistas que disfrutan de la soledad de sus playas blanquecinas
e interminables, de lo económico de la estadía y de la hospitalidad
de sus habitantes, así como de la discreción con la que los
reciben.
La
lobería que se encuentra en el extremo del Cabo hace que toda la
magia se mezcle con la naturaleza. Con solo un alambrado de por medio,
pareciera que esta "reserva natural" donde cientos de lobos marinos se
tiran a descansar todo el día, formara parte del grupo de visitantes
que usan el Polonio para descansar. Años atrás los lobos
eran cazados por su aceite y hoy son solo una extensión natural
del Cabo.
Con
una población estable de 48 familias, poco más de 120 personas,
Cabo Polonio está a 500 kilómetros de la ciudad de Buenos
Aires, en el Departamento de Rocha, sobre el Océano Atlántico.
Un faro que se destaca sobre las trescientas construcciones que los pobladores
llaman "ranchos" es el punto más alto desde donde se puede contemplar
todo el lugar. Construido en 1881, el faro fue el punto de partida para
la creación de este pueblo de pescadores que, a pesar de las dificultades,
ha subsistido gracia s
a la tenacidad de sus habitantes, quienes así quieren demostrarlo
a los visitantes; en un colorido cartel, puede leerse: "Cabo Polonio, una
comunidad que quiere vivir".
Los
ranchos son las únicas construcciones del lugar. Es donde viven
los lugareños y donde se hospedan los viajeros. Básicamente
hay dos tipos: de madera y de material, que a pesar de ser rústicos
poseen un ambiente y una calidez internos únicos para quien decida
instalarse en ellos.
Hace
mas de tres años fueron tiradas abajo más de doscientas casas,
todo a causa de un interminable juicio que tienen los pobladores, dueños
de las viviendas, con las dos familias dueñas de todas las tierras
de Polonio. El futuro es incierto, hoy por hoy, para los lugareños
que parecen no preocuparse por un mañana que probablemente augure
un complejo hostelero que, seguramente, alterará costumbres cotidianas,
gracias a las cuales el Cabo se transforma en un lugar fácil de
admirar e imposible de pasar por alto.
Las
relaciones se tornan fluidas y las charlas se tiñen de contrastes
insospechados y sorprendentes como resultado, entre otras cosas, de las
magnificas inmensidades de arena que hacen a los ojos ver más allá
y liberan muchos prejuicios que, sobre todo los habitantes de la metrópoli,
sufren actualmente. Allí, sus pobladores lo hacen todo más
fácil, más simple y más espontáneo.
Caminar
es el primer impulso que surge luego de instalarse. Relajada, despreocupadamente,
es la mejor manera de recorrer las playas que rodean al pueblo. Entre las
casas se ven escenas que pronto se tornaran familiares: chicos recogiendo
agua de las "cachimbas" (pozo s
construidos generalmente junto a las casas), algunos perros que duermen
amparados por la sombra de algún techo, el ir y venir de los viajeros
colgados de los jeeps que durante todo el día recorren la playa
Sur y algunos caballos paseando a inexpertos jinetes, que intentan por
todos los medios tomar un rumbo definido.
Más
allá están las dunas interminables y el silencio, sólo
coloreado por el lejano ruido del mar. Es imposible no visitarlas. Se encuentran
a las espaldas del Cabo y se muestran como guardianas del pueblo. Todos
pasan por ellas: parejas que se pierden en la tranquilidad de sus arenas,
grupos que suben y contemplan la imponente vista y sus increíbles
atardeceres y chicos con sus tablas de sandboard tratan de domarlas y sacarles
toda la cuota posible de adrenalina.
Hasta
hace dos años, en la playa Norte, se alcanzaba a divisar una mancha
negra en la orilla. Se trataba de los restos de una proa de hierro, totalmente
oxidada, único recuerdo del casco de Don Guillermo, que el mar ya
hizo desaparecer. Pero no su leyenda, ya que fue Bonifacio, el legendario
padre de "la Chela", la matriarca del Polonio, quien tuvo la tarea de cuidar
del barco cuando encalló, para que no se robaran la carga. Las historias
y mitos que giran en torno
a Bonifacio pueden ser escuchadas de boca de algunos históricos
del Cabo, como "el Nene", "Pirulo", "Piava", "El Rubio", "Pele", "El Zorro",
"Joselo", "El Chiche" y William. Cada nombre encierra un personaje único
y cada minuto que uno pasa con ellos son cien años de sabiduría.
Muchos son reacios a hablar pero cuando, mate por medio, uno logra "robarles
una historia", el lugar cobra todavía más sentido.
Por
la noche, el Polonio se deja devorar por las sombras; sólo el faro
lanza intermitentes ráfagas de luz a su alrededor y, religiosamente,
cada catorce segundos completa la vuelta. En tanto que solo algunas tabernas
y posadas, que tienen generador propio, gozan del privilegio de la electricidad.
Por ello las velas se vuelven indispensables en cada mesa, en las que,
después de cenar, el vino y la cerveza son protagonistas. La playa
Sur es la encargada de la movida nocturna. Allí donde de día
funciona Zapata, a la noche toma la posta Duendes, a cargo de María
Quiñones, donde se puede disfrutar de una caipiroshka o una cerveza
y al mismo tiempo presenciar una exhibición de molas, tapices de
la tribu kuna en Centroamérica, o una obra de teatro hecha por algún
nativo.
Sin
embargo todos pierden un lagrimón nostálgico cuando recuerdan
Las Musas de Pepe Corvina, el primer boliche que tuvo el Cabo hace más
de quince años. Su mentor, Ernesto Dellepiane, que bautizó
el lugar tras el libro de Enrique Estrazulas, recuerda esos momentos con
un gesto de felicidad en su rostro: "Era un delirio. Imaginate, en esa
época había muy pocos ranchos; era como poner un bar en el
medio del desierto":
La
mañana se hace esperar. Todo comienza muy lentamente y la decisión
de moverse siempre es difícil. Es, quizás, la hora más
insulsa del día, por lo que ir a desayunar en la posada a orillas
del mar es un buen inicio. Los botes se adentran en el océano; todo
toma paulatinamente un cariz más ameno y comienza a advertirse,
mientras el café humea, que es un sitio perfecto. Y eso lo confirman
todos, comenzando por uno de sus pobladores más antiguos: el "Zorro",
como se lo conoce, es propietario de un almacén que lleva su apodo
y no se queja de las dificultades que plantea la vida en un lugar como
éste: "Nunca pense irme de acá", reflexiona. "¿Para
que? Si tengo todo. Es un lugar perfecto". De lo contrario, no hubiese
pasado 44 años en Cabo Polonio un hombre que se acuerda con exactitud
la fecha en que se construyo el faro, que sin duda es el símbolo
de todos y revive, con cierta tristeza, la vez que el gobierno -topadoras
mediante- derrumbo cientos de ranchos.
El
rostro arrugado y las manos huesudas del Zorro evocan su juventud en esas
playas ganándose la vida como pescador, oficio que el transcurso
de los años transformó en el de comerciante.
En
cada proveduría y en cada bar de Cabo Polonio puede verse un pedido
de colaboración para la escuela local en la que aprenden los chicos,
lo que constituye un ejemplo de organización para la ayuda social
en el lugar. La escuela se fundó hace seis años y cuenta
con una biblioteca de 350 libros. Fabiana Belino, más conocida como
"La Princesa", cuenta: "La biblioteca la hicimos nosotros, donando los
libros que teníamos en nuestras casas. Después, la gente
que venía de vacaciones se enteró y una vez que leían
los libros que se habían traído, los donaban".
Por
otra parte, hay que destacar que el pueblo no posee hospital ni autoridad
policial, ambos se encuentran bajo la jurisdicción de Castillo.
Sin embargo, cada tanto se ve patrullar a un par de oficiales que controlan
que no hayan robos cuando los visitantes dejan las casas solas en busca
de las playas. Estos sucesos son recientes ya que un par de años
atrás era impensable que alguien pudiera robar algo en Cabo Polonio.
En
el aspecto artístico, es un pueblo de buenos artesanos; tiene música
propia y pintores y escritores son parte de su elenco estable.
A
la hora de saborear algo rico, no puede obviarse los alfajores tradicionales
ni las excelentes tortas fritas, infaltables en el atardecer.
Al
caer nuevamente la noche, vuelve a desvanecerse la luz, aunque no la ansiedad
por caminar que, en todo caso, se ve alimentada por sus novedosos paisajes.
La luna llena parece cristalizarlos mágicamente. Hacer un fogón
es un rito acorde con el momento y hace justicia a un espectáculo
ancestral que, durante milenios cautivó al ser humano.
Muchos
aseguran que durante las noches sin luna el espectáculo es otro.
El cielo se vuelve de un negro azabache y las estrellas cubren los 360
grados de la vista. En ciertas épocas del año, millones de
"noctilucas", microscópicos organismos fosforescentes, visten las
playas llevados por el mar y colorean las crestas de las olas de un verde
sobrenatural.
El
Polonio, con sus playas, sus médanos, sus lobos marinos, su faro,
su gente, su historia y sus leyendas, es un lugar adictivo. Todos los que
lo visitan una vez, vuelven. Aunque sea tres o cuatro días al año,
pero vuelven. Las razones nunca se pueden explicar racionalmente ya que
es una sensación que te invade y te llena y siempre, invariablemente,
te cambia. Es un pueblo que vive en su gente y en su naturaleza. Al fin
y al cabo... Polonio.
El
faro
Está
abierto al público sábados, domingos y feriados por la mañana,
y se convierte en una interesante opción que posibilita ver todo
al cabo desde lo alto y observar el funcionamiento de la maquinaria gracias
a la cual los barcos cuentan con una advertencia nocturna que, asombrosamente,
proviene solo de una bombilla, cuya luminosidad se divisa desde 20 km gracias
a un magnífico aprovechamiento de la reflexión de la luz
sobre las lentes y los espejos amplificadores. Aunque no es el mismo faro,
de todos modos es fácil imaginar a Yul Briner acechando entre las
rocas con su grupo de piratas, como en aquella película, El Faro
del Fin de Mundo.
Reserva
ecológica La Laguna
A
solo 10 kilómetros del Cabo se encuentra este santuario de la naturaleza.
Los dueños de casa, Claudia (más conocida como "La Alemana")
y Dans abren sus puertas a todos aquellos que quieran paz, tranquilidad
y armonía. El lugar está super bien ubicado. A un kilometro
de Aguas Dulces, al borde de una laguna natural y a 700 metros de la playa.
La Alemana cuenta: "Durante mucho tiempo viví en el Polonio, pero
con el tiempo empecé a buscar algo absolutamente virgen, donde no
hubiera nada ni nadie y así nos instalamos acá". Asegura
que Dans es el mejor cocinero de la zona y que "recién ahora se
anima y también cocina para los viajeros". Es un lugar que tiene
peso propio y que mucha gente está eligiendo para pasar unos días.
Es una excelente opción para combinar con Polonio o para tener en
cuenta cuando el cabo está repleto y todos los ranchos alquilados.
No tiene luz eléctrica pero te podés comunicar con ellos
al (0475) 2118.
Texto
y fotos: Fernando Marticorena & Lucas Iturriza
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