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Luciana Salazar


Uruguay, Al fin y al Cabo... Polonio 

La creciente fama de Cabo Polonio quizá se deba al cambio asombroso que genera en quien lo ve por primera vez. La imagen no es nada espectacular, inclusive se diría que se produce un breve desencanto.

En lo superficial se trata solo de un pueblo rústico a orillas del mar que demanda más de seis horas de un viaje que incluye padecimientos por transbordos interminables como consecuencia de horarios que nunca coinciden. Pero ese desencanto dura lo que se tarda en tomar un respiro y echar un vistazo alrededor para observar detenidamente sus casitas de madera oscura o pintada de blanco. Sin paisajes refinados, ni abrumadores, pero de algún modo alucinantes, Cabo Polonio es un pueblo místico por su gente, sus historias y su abstracción de un mundo cada vez más supertecnológico.

Llegar a Cabo Polonio no es llegar a cualquier playa. Su acceso dificultoso, solo transitable por 4x4 y sus mínimas comodidades, lo hacen permanecer un tanto oculto a los ojos del turismo convencional que, en Uruguay, prefiere lugares como Colonia o Punta del Este. Por lo tanto, su "fauna turística" es un hecho curioso, ya que no es un lugar ideal para campamento ni posee infraestructura hotelera hasta el día de hoy. 

Así, se transforma en una opción ideal para aventureros, estudiantes, bohemios y artistas que disfrutan de la soledad de sus playas blanquecinas e interminables, de lo económico de la estadía y de la hospitalidad de sus habitantes, así como de la discreción con la que los reciben. 
La lobería que se encuentra en el extremo del Cabo hace que toda la magia se mezcle con la naturaleza. Con solo un alambrado de por medio, pareciera que esta "reserva natural" donde cientos de lobos marinos se tiran a descansar todo el día, formara parte del grupo de visitantes que usan el Polonio para descansar. Años atrás los lobos eran cazados por su aceite y hoy son solo una extensión natural del Cabo. 
Con una población estable de 48 familias, poco más de 120 personas, Cabo Polonio está a 500 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, en el Departamento de Rocha, sobre el Océano Atlántico. Un faro que se destaca sobre las trescientas construcciones que los pobladores llaman "ranchos" es el punto más alto desde donde se puede contemplar todo el lugar. Construido en 1881, el faro fue el punto de partida para la creación de este pueblo de pescadores que, a pesar de las dificultades, ha subsistido gracias a la tenacidad de sus habitantes, quienes así quieren demostrarlo a los visitantes; en un colorido cartel, puede leerse: "Cabo Polonio, una comunidad que quiere vivir". 
Los ranchos son las únicas construcciones del lugar. Es donde viven los lugareños y donde se hospedan los viajeros. Básicamente hay dos tipos: de madera y de material, que a pesar de ser rústicos poseen un ambiente y una calidez internos únicos para quien decida instalarse en ellos. 
Hace mas de tres años fueron tiradas abajo más de doscientas casas, todo a causa de un interminable juicio que tienen los pobladores, dueños de las viviendas, con las dos familias dueñas de todas las tierras de Polonio. El futuro es incierto, hoy por hoy, para los lugareños que parecen no preocuparse por un mañana que probablemente augure un complejo hostelero que, seguramente, alterará costumbres cotidianas, gracias a las cuales el Cabo se transforma en un lugar fácil de admirar e imposible de pasar por alto. 
Las relaciones se tornan fluidas y las charlas se tiñen de contrastes insospechados y sorprendentes como resultado, entre otras cosas, de las magnificas inmensidades de arena que hacen a los ojos ver más allá y liberan muchos prejuicios que, sobre todo los habitantes de la metrópoli, sufren actualmente. Allí, sus pobladores lo hacen todo más fácil, más simple y más espontáneo. 

Caminar es el primer impulso que surge luego de instalarse. Relajada, despreocupadamente, es la mejor manera de recorrer las playas que rodean al pueblo. Entre las casas se ven escenas que pronto se tornaran familiares: chicos recogiendo agua de las "cachimbas" (pozos construidos generalmente junto a las casas), algunos perros que duermen amparados por la sombra de algún techo, el ir y venir de los viajeros colgados de los jeeps que durante todo el día recorren la playa Sur y algunos caballos paseando a inexpertos jinetes, que intentan por todos los medios tomar un rumbo definido. 
Más allá están las dunas interminables y el silencio, sólo coloreado por el lejano ruido del mar. Es imposible no visitarlas. Se encuentran a las espaldas del Cabo y se muestran como guardianas del pueblo. Todos pasan por ellas: parejas que se pierden en la tranquilidad de sus arenas, grupos que suben y contemplan la imponente vista y sus increíbles atardeceres y chicos con sus tablas de sandboard tratan de domarlas y sacarles toda la cuota posible de adrenalina. 
Hasta hace dos años, en la playa Norte, se alcanzaba a divisar una mancha negra en la orilla. Se trataba de los restos de una proa de hierro, totalmente oxidada, único recuerdo del casco de Don Guillermo, que el mar ya hizo desaparecer. Pero no su leyenda, ya que fue Bonifacio, el legendario padre de "la Chela", la matriarca del Polonio, quien tuvo la tarea de cuidar del barco cuando encalló, para que no se robaran la carga. Las historias y mitos que giran en torno a Bonifacio pueden ser escuchadas de boca de algunos históricos del Cabo, como "el Nene", "Pirulo", "Piava", "El Rubio", "Pele", "El Zorro", "Joselo", "El Chiche" y William. Cada nombre encierra un personaje único y cada minuto que uno pasa con ellos son cien años de sabiduría. Muchos son reacios a hablar pero cuando, mate por medio, uno logra "robarles una historia", el lugar cobra todavía más sentido. 

Por la noche, el Polonio se deja devorar por las sombras; sólo el faro lanza intermitentes ráfagas de luz a su alrededor y, religiosamente, cada catorce segundos completa la vuelta. En tanto que solo algunas tabernas y posadas, que tienen generador propio, gozan del privilegio de la electricidad. Por ello las velas se vuelven indispensables en cada mesa, en las que, después de cenar, el vino y la cerveza son protagonistas. La playa Sur es la encargada de la movida nocturna. Allí donde de día funciona Zapata, a la noche toma la posta Duendes, a cargo de María Quiñones, donde se puede disfrutar de una caipiroshka o una cerveza y al mismo tiempo presenciar una exhibición de molas, tapices de la tribu kuna en Centroamérica, o una obra de teatro hecha por algún nativo. 
Sin embargo todos pierden un lagrimón nostálgico cuando recuerdan Las Musas de Pepe Corvina, el primer boliche que tuvo el Cabo hace más de quince años. Su mentor, Ernesto Dellepiane, que bautizó el lugar tras el libro de Enrique Estrazulas, recuerda esos momentos con un gesto de felicidad en su rostro: "Era un delirio. Imaginate, en esa época había muy pocos ranchos; era como poner un bar en el medio del desierto": 
La mañana se hace esperar. Todo comienza muy lentamente y la decisión de moverse siempre es difícil. Es, quizás, la hora más insulsa del día, por lo que ir a desayunar en la posada a orillas del mar es un buen inicio. Los botes se adentran en el océano; todo toma paulatinamente un cariz más ameno y comienza a advertirse, mientras el café humea, que es un sitio perfecto. Y eso lo confirman todos, comenzando por uno de sus pobladores más antiguos: el "Zorro", como se lo conoce, es propietario de un almacén que lleva su apodo y no se queja de las dificultades que plantea la vida en un lugar como éste: "Nunca pense irme de acá", reflexiona. "¿Para que? Si tengo todo. Es un lugar perfecto". De lo contrario, no hubiese pasado 44 años en Cabo Polonio un hombre que se acuerda con exactitud la fecha en que se construyo el faro, que sin duda es el símbolo de todos y revive, con cierta tristeza, la vez que el gobierno -topadoras mediante- derrumbo cientos de ranchos. 

El rostro arrugado y las manos huesudas del Zorro evocan su juventud en esas playas ganándose la vida como pescador, oficio que el transcurso de los años transformó en el de comerciante. 
En cada proveduría y en cada bar de Cabo Polonio puede verse un pedido de colaboración para la escuela local en la que aprenden los chicos, lo que constituye un ejemplo de organización para la ayuda social en el lugar. La escuela se fundó hace seis años y cuenta con una biblioteca de 350 libros. Fabiana Belino, más conocida como "La Princesa", cuenta: "La biblioteca la hicimos nosotros, donando los libros que teníamos en nuestras casas. Después, la gente que venía de vacaciones se enteró y una vez que leían los libros que se habían traído, los donaban". 
Por otra parte, hay que destacar que el pueblo no posee hospital ni autoridad policial, ambos se encuentran bajo la jurisdicción de Castillo. Sin embargo, cada tanto se ve patrullar a un par de oficiales que controlan que no hayan robos cuando los visitantes dejan las casas solas en busca de las playas. Estos sucesos son recientes ya que un par de años atrás era impensable que alguien pudiera robar algo en Cabo Polonio. 
En el aspecto artístico, es un pueblo de buenos artesanos; tiene música propia y pintores y escritores son parte de su elenco estable. 
A la hora de saborear algo rico, no puede obviarse los alfajores tradicionales ni las excelentes tortas fritas, infaltables en el atardecer. 
Al caer nuevamente la noche, vuelve a desvanecerse la luz, aunque no la ansiedad por caminar que, en todo caso, se ve alimentada por sus novedosos paisajes. La luna llena parece cristalizarlos mágicamente. Hacer un fogón es un rito acorde con el momento y hace justicia a un espectáculo ancestral que, durante milenios cautivó al ser humano. 
Muchos aseguran que durante las noches sin luna el espectáculo es otro. El cielo se vuelve de un negro azabache y las estrellas cubren los 360 grados de la vista. En ciertas épocas del año, millones de "noctilucas", microscópicos organismos fosforescentes, visten las playas llevados por el mar y colorean las crestas de las olas de un verde sobrenatural. 

El Polonio, con sus playas, sus médanos, sus lobos marinos, su faro, su gente, su historia y sus leyendas, es un lugar adictivo. Todos los que lo visitan una vez, vuelven. Aunque sea tres o cuatro días al año, pero vuelven. Las razones nunca se pueden explicar racionalmente ya que es una sensación que te invade y te llena y siempre, invariablemente, te cambia. Es un pueblo que vive en su gente y en su naturaleza. Al fin y al cabo... Polonio. 

El faro

Está abierto al público sábados, domingos y feriados por la mañana, y se convierte en una interesante opción que posibilita ver todo al cabo desde lo alto y observar el funcionamiento de la maquinaria gracias a la cual los barcos cuentan con una advertencia nocturna que, asombrosamente, proviene solo de una bombilla, cuya luminosidad se divisa desde 20 km gracias a un magnífico aprovechamiento de la reflexión de la luz sobre las lentes y los espejos amplificadores. Aunque no es el mismo faro, de todos modos es fácil imaginar a Yul Briner acechando entre las rocas con su grupo de piratas, como en aquella película, El Faro del Fin de Mundo. 
 

Reserva ecológica La Laguna
A solo 10 kilómetros del Cabo se encuentra este santuario de la naturaleza. Los dueños de casa, Claudia (más conocida como "La Alemana") y Dans abren sus puertas a todos aquellos que quieran paz, tranquilidad y armonía. El lugar está super bien ubicado. A un kilometro de Aguas Dulces, al borde de una laguna natural y a 700 metros de la playa. La Alemana cuenta: "Durante mucho tiempo viví en el Polonio, pero con el tiempo empecé a buscar algo absolutamente virgen, donde no hubiera nada ni nadie y así nos instalamos acá". Asegura que Dans es el mejor cocinero de la zona y que "recién ahora se anima y también cocina para los viajeros". Es un lugar que tiene peso propio y que mucha gente está eligiendo para pasar unos días. Es una excelente opción para combinar con Polonio o para tener en cuenta cuando el cabo está repleto y todos los ranchos alquilados. No tiene luz eléctrica pero te podés comunicar con ellos al (0475) 2118. 

Texto y fotos: Fernando Marticorena & Lucas Iturriza

 

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