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Luciana Salazar


San Agustín, entre el cielo y la tierra 

San Agustín es tan especial que ni siquiera importa trabajar. Los Andes colombianos transmiten paz y permiten gozar de la libertad de sentirse plenamente vivo.

INVITACIÓN CUESTA ARRIBA 
A través de los 314 km de ruta que hay que atravesar desde Popayán para llegar al pueblo, el camino brinda distintos espectáculos naturales que el viajero recibe encantado, como un anticipo, en forma de cascadas, de chozas perdidas y de acuarelas orográficas que podrían compararse tranquilamente con la más hermosa de las pinturas. 
 

Quizá por esto las casi cinco horas de viaje nos pasaron casi inadvertidas y al arribar a San Agustín sentimos potenciados al máximo los ruidos del trajín del pequeño pueblo, que contrastan con la voz silenciosa de la naturaleza del camino. Contraste que es mayor aún cuando los oferentes y dueños de hospedajes y agencias de turismo se abalanzan contra la puerta del bus para cazar la mayor cantidad posible de recién llegados y llevarlos hacia sus dominios. 

Al bajar del micro estábamos realmente perdidos. Ya había oscurecido y lo primero que queríamos hacer era alejarnos de los cazadores de turistas, sentarnos en un cordón y pensar un rato sobre las posibilidades a seguir. 
Comenzamos a mirar el pueblo y la gente que transitaba tranquila sus callejuelas ondulantes. La mayoría trabaja en los cafetales y en los ingenios azucareros que abundan en las cercanías. 

El lugar es básicamente blanco, con una arquitectura neocolonial que se extiende a lo largo de las diez cuadras que tiene el pueblo. Carretas, caballos, mulas y vetustos coches también forman parte de la escenografía de San Agustín. 

A dos cuadras de donde estábamos sentados podíamos ver la puerta ya cerrada del mercado y algunos hoteles y pensiones que no terminaban de convencernos, ya que en esos momentos preferíamos seguir navegando a través de la primera impresión general que nos regalaba el pueblo. 

No pasó mucho tiempo hasta que aparecieron en escena dos estadounidenses con los que habíamos intercambiado algunas palabras durante el viaje y que, sin siquiera conocernos, nos invitaron a seguirlos montaña arriba. Los seguimos en medio de la penumbra y sin tener la menor idea de adónde nos estaban llevando. 

Llegamos hasta el final de una calle, que era además el final del pueblo, y comenzamos a subir una pronunciada pendiente que el barro hacía todavía más difícil. 

A la oscuridad de la pálida luz de la luna se sumaba el abultado, excesivo y hasta ese momento inentendible equipaje que los estadounidenses transportaban sobre sus espaldas y que, a partir de su invitación, también viajaban sobre las nuestras. Alfombras, guitarras, libros y utensilios de cocina nos hicieron pensar que quizá vivían en las cercanías, pero lo poco que entendimos de su muy limitado español nos hizo cambiar de opinión. 

Al terminar la pendiente, trepamos una calle de tierra y luego de diez minutos de marcha llegamos a destino. O eso pensábamos. La cerca que abrimos no era más que la puerta de entrada a otra parte del trayecto, más corta pero no por eso menos complicada, que desembocaba en una precaria escalera de madera que hacía las veces de trampa para aquellos que no conocieran sus secretos patinosos. Nosotros lo pudimos comprobar en incontables ocasiones, todas ellas dolorosas, pero sobre todo la primera en que el porrazo estuvo acompañado por el peso de los bultos que cargábamos. 

HOTEL EN CONSTRUCCIÓN 

Diez pasos más allá de la trampa se encontraba el destino final: una cabaña construida casi íntegramente por cañas de bambú, maderas, paredes de adobe y piso de tierra. Sólo uno de sus muros estaba hecho de ladrillos, el resto era bien rústico. Daniel y Mateo, así se llamaban los estadounidenses, abrieron las puertas y nos hicieron pasar. 

El interior estaba alumbrado por algunas velas, que ante nuestros ojos acostumbrados a la negrura de la noche se presentaban como una especie de soles en miniatura que iluminaban todo lo que estaba a su alrededor. De una cama parecida a un sepulcro se incorporó la sombra lúgubre más parecida a Jesucristo que jamás hayamos visto. Era Osh, un israelí que se levantaba para darnos la bienvenida. Más tarde, en la madrugada, conoceríamos a Cristian, el dueño del lugar. 

Dormimos en unas hamacas paraguayas para evitar roces íntimos con las alimañas que poblaban los suelos y recién a la mañana siguiente terminamos de comprender dónde, con quién estábamos y cuál sería nuestra función durante los días sucesivos. 

La casa estaba ubicada en lo alto de una montaña cercana al pueblo. La distancia que la separaba de éste no era tanta como suponíamos mientras ascendíamos la noche anterior. Desde nuestra posición se veía el gran cañón del río Magdalena, que se desparramaba entre las rocas, trescientos metros más abajo. 

Daniel y Mateo eran hermanos. El primero estaba en San Agustín desde hacía seis meses y hablaba algo de español. El segundo había llegado junto con nosotros y no entendía nada. Daniel se había asociado un tiempo atrás con Cristian, propietario del terreno, para construir un hotel a 50 metros de la cabaña principal. Y Osh era un completo desconocido para todos, que sólo se limitaba a hervir verduras y comerlas. 

Llegamos a un acuerdo con ellos para ayudarlos en la construcción del hotel a cambio de alojamiento y comida, a lo que accedieron casi de inmediato. Y así, entre mañanas trabajosas en las que levantábamos paredes de adobe, tardes de viajes al pueblo y a sus alrededores y noches de parranda, comenzaron a pasar los días sin tener el menor respeto por el tiempo y los relojes. 

CABALGATA HACIA LAS RUINAS 

Esta zona cordillerana, mezcla de colinas y profundos cañones, fue habitada hace muchos años por varias culturas sucesivas que dejaron numerosos vestigios arqueológicos, entre los que se destacan estatuas, tallas de piedra y sarcófagos monolíticos y petroglifos con representaciones humanas, de animales y fantásticas. 

Aunque no existe información precisa sobre estas culturas, se sabe que practicaban complejas formas de cultos funerarios. Estos yacimientos se encuentran entre los más importantes del continente y se distribuyen por toda la región. 

El primer día que conseguimos escapar de nuestras tareas diarias nos dispusimos a visitar algunos de estos sitios. Alquilamos caballos y comenzamos la travesía hacia las ruinas de La Chaquira, La Pelota y El Tablón, ubicadas a unos cuantos kilómetros de San Agustín. 
Al principio el camino era sencillo, por rutas abiertas que no presentaban mayores dificultades, pero al ir avanzando esas rutas dieron paso a sinuosos senderos, muchas veces en pendiente y embarrados, que se hacían muy difíciles para los caballos. Encima se largó a llover, algo muy común por estas latitudes, cosa que dificultó aún más la tarea de mantener los animales en pie. 

Primero llegamos a El Tablón, un lugar muy cuidado con algunas estatuas y sepulcros. Luego avistamos La Chaquira, desde donde se pueden disfrutar algunas cascadas que asesinan sus aguas en los confines del Magdalena. 

El yacimiento era a la vez diminuto e imponente, en medio de un marco que vence cualquier realidad. Hay varios glifos descollantes tallados en grandes rocas, que miran hacia el infinito desde las alturas que alguna vez fueron la morada de los dioses. 
Volvimos a la ruta y continuamos avanzando hacia el cerro de La Pelota sobreviviendo a más de un accidente, culpa de los rocosos riscos que se interponían entre las patas de los caballos y el piso. 

Las ruinas de La Pelota se dividen en grupos algo alejados entre sí. Hay estatuas antropomorfas, figuras de animales entre los que predominan las lechuzas y varios recintos funerarios y sepulcros que despiertan macabramente la imaginación. Recorrimos a pie todos los sectores mientras los caballos tomaban un merecido descanso. 

Después de comer un asado improvisado y quedar varados a voluntad un largo rato en el pasto, emprendimos el regreso ya que el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas. 
Nos habíamos excedido en el tiempo de alquiler de los caballos, sin embargo, al llegar al pueblo, contra todos los pronósticos, el dueño nos dio las gracias y nos felicitó por devolverle los animales sanos y salvos, en lugar de enojarse y pedirnos más plata por el exceso. Claro, había pensado que ya nunca los volvería a ver. 

SAN AGUSTÍN, PASO OBLIGADO DE VIAJEROS 

Los días siguieron con la faena laboriosa de todas las mañanas, pero gozando la libertad de sentirnos plenamente vivos. Nos levantábamos muy temprano, al escuchar los gritos de Osh que avisaban que el lechero había llegado y que ya podíamos ir a desayunar. 

Realmente había mucho por hacer, tanto en el hotel como en el pueblo. Durante las caminatas nos sorprendía encontrar gente de cualquier lugar del mundo viviendo a un costado del camino, en unas carpas construidas por ellos con bolsas y ramas de árbol. 
Muchos estaban diseminados por los alrededores, pero quizá el más notable haya sido el sueco Stefan, que llevaba casi tres años practicando esta peculiar forma de vida. 

Algunos sobrevivían cultivando sus propias verduras y bebiendo "agua de lluvia", mientras otros se desempeñaban como guías o intérpretes en alguna de las agencias de viajes de San Agustín. Estos lugares organizan caminatas, cabalgatas, paseos en Jeep y visitas explicativas a las distintas ruinas, pero todas estas excursiones se consiguen más baratas arreglando por cuenta propia con los lugareños. 

Todo es fácil en San Agustín. La única complicación que existe tal vez sea cambiar dólares a una buena tasa, por lo que conviene traer la cantidad suficiente de moneda local como para no sufrir estos contratiempos, ya que los bancos del pueblo no cambian divisas y el único comercio que lo hace no paga ni las tres cuartas partes del valor del cambio oficial. Caso contrario, hay que trasladarse hasta el poblado de Pitalito, lo que es verdaderamente molesto y rompe con la armonía del lugar. 

Habían pasado veinte días desde nuestra llegada y ya éramos parte del pueblo, de sus personajes y de sus historias diarias. Pero el irreversible final de nuestra estadía en San Agustín estaba próximo a consumarse. La última noche salimos a festejar la despedida con nuestros amigos y unos alemanes y canadienses que se hospedaban en la pensión vecina. 
Junto a los norteamericanos fuimos los últimos en irnos del bar. Pero camino al hotel nos detuvo una patrulla del ejército que salió súbitamente de ambos costados del camino. Nos interrogaron un rato, más que nada para asustarnos, pero terminamos hablando muy amablemente. 

El último día lo tomamos franco y nos fuimos a conocer el Parque Arqueológico, al que se llega a pie tras caminar casi tres kilómetros. 
El parque, además de tener la mayor concentración de estatuas del lugar, cuenta con un museo y una biblioteca sobre temas antropológicos que se pueden visitar todos los días de 9 a 16 horas. 

Al regreso, nos despedimos de Daniel, Mateo, Cristian y Osh y abandonamos el pueblo con la seguridad de un retorno futuro y, con moretones de los golpes que nos dimos en la escalera, impregnados en nuestro cuerpo como tatuajes pasajeros que rememoraban las experiencias vividas en San Agustín.

INFO: 

¿CUÁNDO IR? 
La temperatura de San Agustín suele respetar las leyes de la altura, por lo que hacia la noche refresca bastante. Pese a que la estación seca se extiende entre diciembre y marzo, en San Agustín llueve regularmente varias veces al día durante todo el año. Si se visita la zona durante la Semana Santa se podrá ser testigo de las procesiones nocturnas que se realizan en Popayán y que son las más importantes del país. 

¿CÓMO LLEGAR? 
Hay varios autobuses diarios desde Bogotá a San Agustín que cuestan alrededor de U$D 20 y tardan algo más de 13 horas. Pero conviene llegar a San Agustín desde Popayán, ya que sólo de ésta manera se disfrutan los paisajes que regala esa carretera única. 

RECOMENDACIONES
Hay que tratar de viajar de día para evitar problemas nocturnos con la guerrilla. También es conveniente no alejarse del pueblo más de lo necesario, ya que el ejército y la guerrilla realizan actividades por esas zonas. Es bastante habitual toparse con alguna unidad de las fuerzas armadas mientras acampan en las cercanías del pueblo. 

IMPERDIBLES
No hay que dejar pasar la oportunidad de probar el riquísimo guarapo, un licor característico de esta zona que algunos habitantes del pueblo todavía realizan artesanalmente utilizando caña de azúcar fermentada como ingrediente principal.
 
 

 

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