| San Agustín,
entre el cielo y la tierra
San Agustín
es tan especial que ni siquiera importa trabajar. Los Andes colombianos
transmiten paz y permiten gozar de la libertad de sentirse plenamente vivo.
INVITACIÓN
CUESTA ARRIBA
A través de los 314 km de
ruta que hay que atravesar desde Popayán para llegar al pueblo,
el camino brinda distintos espectáculos naturales que el viajero
recibe encantado, como un anticipo, en forma de cascadas, de chozas perdidas
y de acuarelas orográficas que podrían compararse tranquilamente
con la más hermosa de las pinturas.
Quizá por esto las casi cinco
horas de viaje nos pasaron casi inadvertidas y al arribar a San Agustín
sentimos potenciados al máximo los ruidos del trajín del
pequeño pueblo, que contrastan con la voz silenciosa de la naturaleza
del camino. Contraste que es mayor aún cuando los oferentes y dueños
de hospedajes y agencias de turismo se abalanzan contra la puerta del bus
para cazar la mayor cantidad posible de recién llegados y llevarlos
hacia sus dominios.
Al bajar del micro estábamos
realmente perdidos. Ya había oscurecido y lo primero que queríamos
hacer era alejarnos de los cazadores de turistas, sentarnos en un cordón
y pensar un rato sobre las posibilidades a seguir.
Comenzamos a mirar el pueblo y la
gente que transitaba tranquila sus callejuelas ondulantes. La mayoría
trabaja en los cafetales y en los ingenios azucareros que abundan en las
cercanías.
El lugar es básicamente blanco,
con una arquitectura neocolonial que se extiende a lo largo de las diez
cuadras que tiene el pueblo. Carretas, caballos, mulas y vetustos coches
también forman parte de la escenografía de San Agustín.
A dos cuadras de donde estábamos
sentados podíamos ver la puerta ya cerrada del mercado y alg unos
hoteles y pensiones que no terminaban de convencernos, ya que en esos momentos
preferíamos seguir navegando a través de la primera impresión
general que nos regalaba el pueblo.
No pasó mucho tiempo hasta
que aparecieron en escena dos estadounidenses con los que habíamos
intercambiado algunas palabras durante el viaje y que, sin siquiera conocernos,
nos invitaron a seguirlos montaña arriba. Los seguimos en medio
de la penumbra y sin tener la menor idea de adónde nos estaban llevando.
Llegamos hasta el final de una calle,
que era además el final del pueblo, y comenzamos a subir una pronunciada
pendiente que el barro hacía todavía más difícil.
A la oscuridad de la pálida
luz de la luna se sumaba el abultado, excesivo y hasta ese momento inentendible
equipaje que los estadounidenses transportaban sobre sus espaldas y que,
a partir de su invitación, también viajaban sobre las nuestras.
Alfombras, guitarras, libros y utensilios de cocina nos hicieron pensar
que quizá vivían en las cercanías, pero lo poco que
entendimos de su muy limitado español nos hizo cambiar de opinión.
Al
terminar la pendiente, trepamos una calle de tierra y luego de diez minutos
de marcha llegamos a destino. O eso pensábamos. La cerca que abrimos
no era más que la puerta de entrada a otra parte del trayecto, más
corta pero no por eso menos complicada, que desembocaba en una precaria
escalera de madera que hacía las veces de trampa para aquellos que
no conocieran sus secretos patinosos. Nosotros lo pudimos comprobar en
incontables ocasiones, todas ellas dolorosas, pero sobre todo la primera
en que el porrazo estuvo acompañado por el peso de los bultos que
cargábamos.
HOTEL EN
CONSTRUCCIÓN
Diez
pasos más allá de la trampa se encontraba el destino final:
una cabaña construida casi íntegramente por cañas
de bambú, maderas, paredes de adobe y piso de tierra. Sólo
uno de sus muros estaba hecho de ladrillos, el resto era bien rústico.
Daniel y Mateo, así se llamaban los estadounidenses, abrieron las
puertas y nos hicieron pasar.
El interior estaba alumbrado por
algunas velas, que ante nuestros ojos acostumbrados a la negrura de la
noche se presentaban como una especie de soles en miniatura que iluminaban
todo lo que estaba a su alrededor. De una cama parecida a un sepulcro se
incorporó la sombra lúgubre más parecida a Jesucristo
que jamás hayamos visto. Era Osh, un israelí que se levantaba
para darnos la bienvenida. Más tarde, en la madrugada, conoceríamos
a Cristian, el dueño del lugar.
Dormimos en unas hamacas paraguayas
para evitar roces íntimos con las alimañas que poblaban los
suelos y recién a la mañana siguiente terminamos de comprender
dónde, con quién estábamos y cuál sería
nuestra función durante los días sucesivos.
La casa estaba ubicada en lo alto
de una montaña cercana al pueblo. La distancia que la separaba de
éste no era tanta como suponíamos mientras ascendíamos
la noche anterior. Desde nuestra posición se veía el gran
cañón del río Magdalena, que se desparramaba entre
las rocas, trescientos metros más abajo.
Daniel y Mateo eran hermanos. El
primero estaba en San Agustín
desde hacía seis meses y hablaba algo de español. El segundo
había llegado junto con nosotros y no entendía nada. Daniel
se había asociado un tiempo atrás con Cristian, propietario
del terreno, para construir un hotel a 50 metros de la cabaña principal.
Y Osh era un completo desconocido para todos, que sólo se limitaba
a hervir verduras y comerlas.
Llegamos a un acuerdo con ellos para
ayudarlos en la construcción del hotel a cambio de alojamiento y
comida, a lo que accedieron casi de inmediato. Y así, entre mañanas
trabajosas en las que levantábamos paredes de adobe, tardes de viajes
al pueblo y a sus alrededores y noches de parranda, comenzaron a pasar
los días sin tener el menor respeto por el tiempo y los relojes.
CABALGATA
HACIA LAS RUINAS
Esta zona cordillerana, mezcla de
colinas y profundos cañones, fue habitada hace muchos años
por varias culturas sucesivas que dejaron numerosos vestigios arqueológicos,
entre los que se destacan estatuas, tallas de piedra y sarcófagos
monolíticos y petroglifos con representaciones humanas, de animales
y fantásticas.
Aunque no existe información
precisa sobre estas culturas, se sabe que practicaban complejas formas
de cultos funerarios. Estos yacimientos se encuentran entre los más
importantes del continente y se distribuyen por toda la región.
El primer día que conseguimos
escapar de nuestras tareas diarias nos dispusimos a visitar algunos de
estos sitios. Alquilamos caballos y comenzamos la travesía hacia
las ruinas de La Chaquira, La Pelota y El Tablón, ubicadas a unos
cuantos kilómetr os
de San Agustín.
Al principio el camino era sencillo,
por rutas abiertas que no presentaban mayores dificultades, pero al ir
avanzando esas rutas dieron paso a sinuosos senderos, muchas veces en pendiente
y embarrados, que se hacían muy difíciles para los caballos.
Encima se largó a llover, algo muy común por estas latitudes,
cosa que dificultó aún más la tarea de mantener los
animales en pie.
Primero llegamos a El Tablón,
un lugar muy cuidado con algunas estatuas y sepulcros. Luego avistamos
La Chaquira, desde donde se pueden disfrutar algunas cascadas que asesinan
sus aguas en los confines del Magdalena.
El yacimiento era a la vez diminuto
e imponente, en medio de un marco que vence cualquier realidad. Hay varios
glifos descollantes tallados en grandes rocas, que miran hacia el infinito
desde las alturas que alguna vez fueron la morada de los dioses.
Volvimos a la ruta y continuamos
avanzando hacia el cerro de La Pelota sobreviviendo a más de un
accidente, culpa de los rocosos riscos que se interponían entre
las patas de los caballos y el piso.
Las ruinas de La Pelota se dividen
en grupos algo alejados entre sí. Hay estatuas antropomorfas, figuras
de animales entre los que predominan las lechuzas y varios recintos funerarios
y sepulcros que despiertan macabramente la imaginación. Recorrimos
a pie todos los sectores mientras los caballos tomaban un merecido descanso.
Después de comer un asado
improvisado y quedar varados a voluntad un largo rato en el pasto, emprendimos
el regreso ya que el sol comenzaba a ocultarse detr ás
de las montañas.
Nos habíamos excedido en
el tiempo de alquiler de los caballos, sin embargo, al llegar al pueblo,
contra todos los pronósticos, el dueño nos dio las gracias
y nos felicitó por devolverle los animales sanos y salvos, en lugar
de enojarse y pedirnos más plata por el exceso. Claro, había
pensado que ya nunca los volvería a ver.
SAN AGUSTÍN,
PASO OBLIGADO DE VIAJEROS
Los
días siguieron con la faena laboriosa de todas las mañanas,
pero gozando la libertad de sentirnos plenamente vivos. Nos levantábamos
muy temprano, al escuchar los gritos de Osh que avisaban que el lechero
había llegado y que ya podíamos ir a desayunar.
Realmente había mucho por
hacer, tanto en el hotel como en el pueblo. Durante las caminatas nos sorprendía
encontrar gente de cualquier lugar del mundo viviendo a un costado del
camino, en unas carpas construidas por ellos con bolsas y ramas de árbol.
Muchos estaban diseminados por los
alrededores, pero quizá el más notable haya sido el sueco
Stefan, que llevaba casi tres años practicando esta peculiar forma
de vida.
Algunos sobrevivían cultivando
sus propias verduras y bebiendo "agua de lluvia", mientras otros se desempeñaban
como guías o intérpretes en alguna de las agencias de viajes
de San Agustín. Estos lugares organizan caminatas, cabalgatas, paseos
en Jeep y visitas explicativas a las distintas ruinas, pero todas estas
excursiones se consiguen más baratas arreglando por cuenta propia
con los lugareños.
Todo es fácil en San Agustín.
La única complicación que existe tal vez sea camb iar
dólares a una buena tasa, por lo que conviene traer la cantidad
suficiente de moneda local como para no sufrir estos contratiempos, ya
que los bancos del pueblo no cambian divisas y el único comercio
que lo hace no paga ni las tres cuartas partes del valor del cambio oficial.
Caso contrario, hay que trasladarse hasta el poblado de Pitalito, lo que
es verdaderamente molesto y rompe con la armonía del lugar.
Habían pasado veinte días
desde nuestra llegada y ya éramos parte del pueblo, de sus personajes
y de sus historias diarias. Pero el irreversible final de nuestra estadía
en San Agustín estaba próximo a consumarse. La última
noche salimos a festejar la despedida con nuestros amigos y unos alemanes
y canadienses que se hospedaban en la pensión vecina.
Junto a los norteamericanos fuimos
los últimos en irnos del bar. Pero camino al hotel nos detuvo una
patrulla del ejército que salió súbitamente de ambos
costados del camino. Nos interrogaron un rato, más que nada para
asustarnos, pero terminamos hablando muy amablemente.
El último día lo tomamos
franco y nos fuimos a conocer el Parque Arqueológico, al que se
llega a pie tras caminar casi tres kilómetros.
El parque, además de tener
la mayor concentración de estatuas del lugar, cuenta con un museo
y una biblioteca sobre temas antropológicos que se pueden visitar
todos los días de 9 a 16 horas.
Al regreso, nos despedimos de Daniel,
Mateo, Cristian y Osh y abandonamos el pueblo con la seguridad de un retorno
futuro y, con moretones de los golpes que nos dimos en la escalera, impregnados
en nuestro cuerpo como tatuajes pasajeros que rememoraban las experiencias
vividas en San Agustín.
INFO:
¿CUÁNDO IR?
La temperatura de San Agustín
suele respetar las leyes de la altura, por lo que hacia la noche refresca
bastante. Pese a que la estación seca se extiende entre diciembre
y marzo, en San Agustín llueve regularmente varias veces al día
durante todo el año. Si se visita la zona durante la Semana Santa
se podrá ser testigo de las procesiones nocturnas que se realizan
en Popayán y que son las más importantes del país.
¿CÓMO LLEGAR?
Hay varios autobuses diarios desde
Bogotá a San Agustín que cuestan alrededor de U$D 20 y tardan
algo más de 13 horas. Pero conviene llegar a San Agustín
desde Popayán, ya que sólo de ésta manera se disfrutan
los paisajes que regala esa carretera única.
RECOMENDACIONES
Hay que tratar de viajar de día
para evitar problemas nocturnos con la guerrilla. También es conveniente
no alejarse del pueblo más de lo necesario, ya que el ejército
y la guerrilla realizan actividades por esas zonas. Es bastante habitual
toparse con alguna unidad de las fuerzas armadas mientras acampan en las
cercanías del pueblo.
IMPERDIBLES
No hay que dejar pasar la oportunidad
de probar el riquísimo guarapo, un licor característico de
esta zona que algunos habitantes del pueblo todavía realizan artesanalmente
utilizando caña de azúcar fermentada como ingrediente principal.
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