. Tanzania:
trekking en el Monte Kilimanjaro, De la selva a los hielos
Imaginemos
un trekking que se inicia en una frondosa selva y que, en pocos días,
permite asomarnos a un anfiteatro encendido por glaciares... A
manera de columna vertebral de un fósil gigante, la pirámide
del monte Kilimanjaro se yergue solitaria en las planicies del Africa Oriental.
Coronada de nieves perpetuas, es un safari clásico en toda visita
a Tanzania.
Los
primeros pasos "¿Dónde
está la cima resplandeciente que veía desde el tren?", me
preguntaba en aquel amanecer, en medio de un aire adelgazado que había
reducido mi capacidad física y mental.
El corazón
protestaba y los pies se arrastraban, pero seguía avanzando por
el pedregullo insoportable. "Adelante Pablo. Pole, pole" ("despacio, despacio"),
me alentaba Boko, mi guía.
Cuatro
días antes, en la ciudad de Dar es Salaam, me embarcaba rumbo a
Moshi, para cumplir uno de mis sueños: tocar el Kilimanjaro. El
traqueteo del vagón me dejó dormir poco y nada, balanceándome
de un costado al otro. Sólo cuando el cansancio acumulado ganó,
pude cerrar los ojos. Al abrirlos de nuevo, la claridad ya me permitía
asomarme por la ventanilla del tren, y ¡oh, sorpresa!, contemplar
absorto esa pirámide inconfundible, recostada a modo de silueta
de la columna vertebral de un fósil gigante. Por fin podía
ver asombrado sus nieves que jamás se derriten, muy a pesar de las
nubes que luchaban para impedírmelo.
En
la estación de Moshi los jóvenes están a la espera
de la llegada del tren para salir prestos a "cazar" turistas, concientes
de que el auge que ha tomado la llegada de visitantes significa divisas.
Virtualmente rodeado, me ofrecían una infinidad de "agencias expertas"
en trekking, aturdiéndome con propuestas y descalificándose
mutuamente. Elegí al fin la Kilimanjaro Crown Birds Safaris, al
mejor estilo del "tourism for export".
Pactamos
el precio, las condiciones y los servicios ofrecidos (equipo, ropa de abrigo,
comidas, entrada, un guía, posible rescate y transporte), aunque
me quedaba una "pequeña" duda que me inquietaba: había firmado
una declaración que liberaba a la agencia de toda responsabilidad
en caso de robos, enfermedades, accidentes... Un lacónico "que tenga
suerte, mister" cerró el trato.
Así,
en un destartalado taxi, sentado al lado del guía, llegamos a Marangu,
última población antes del ingreso al Parque Nacional Kilimanjaro.
Boko
se presentó con varios "títulos": guía profesional
experto en las características de la región, cocinero, traductor
de inglés, meteorólogo... un sinfín de especialidades;
un verdadero Mac Gyver del Tercer Mundo que, con la mejor voluntad, intentaría
llevarme y traerme sano y salvo, para así poder recibir su retribución
(sic), una propina encubierta.
"Karibu
(bienvenido). Esta es la barabara (ruta) que en un par de horas nos dejará
a 2.700 metros de altura, la primera etapa" dijo Boko. Recibí esta
noticia mientras esperábamos que otros montañistas bajaran,
para así poder ingresar. Sucede que este monte tan famoso está
en boca de todos los visitantes que, provenientes de los lugares más
recónditos del planeta, llegan al Africa Oriental. La ruta Marangu,
llamada también turística o normal, es la que atrae la mayor
cantidad de escaladores, justamente porque no se requieren demasiadas exigencias
técnicas para el ascenso. Debido a que los albergues permiten un
cupo máximo de ochenta personas por día, el gobierno tanzano
ha decidido limitar el ingreso, buscando así evitar -en parte- el
deterioro ambiental que ocasionaría una entrada masiva de gente.
Un
techo verde El sol
caía a pique sobre el horizonte cuando pisábamos el refugio
Mandara tras pocas horas de marcha, a veces por un antiguo camino -ancho-
y otras por un túnel de árboles.
En este
tramo, el reino vegetal parece haber perdido la razón: una frondosa
selva tropical cubre gran parte del trayecto. "El aire caliente que se
levanta desde aquí produce abundantes precipitaciones, escondiendo
al Kibo la mayor parte del año..." explicó Boko.
No es
para menos: entre los 1.600 y 3.000 m.s.n.m., la vegetación se compone
de enormes árboles, helechos gigantes, palmeras, epifitas y lianas;
faltaría solamente el grito de Tarzán para completar este
perfecto escenario, porque hasta monos hay. Aunque, lamentablemente, son
pocos los animales que pueden observarse. En efecto, en los últimos
treinta años la presión de los habitantes en busca de recursos
y alimentación han hecho que ahora sea muy difícil encontrar
algún "rino", elefante, búfalo o la enorme variedad de pájaros
preexistente. "Antes la selva se extendía mucho más debajo
de las laderas del Kilimanjaro; ahora las granjas van subiendo lentamente
para cultivar café, maní y bananos" dijo el guía.
El Mandara
Hut estaba colmado de visitantes, pero quedé gratamente sorprendido
con el buen manejo del lugar. Todas las cabañas -para cuatro personas-
están alimentadas por energía solar, e incluso existe una
proveeduría. La atmósfera de camaradería en el gran
comedor invita a hacer de nuevos amigos en esa verdadera Torre de Babel.
Después, a dormir.
Ronqué
como un hipopótamo.
Hojas
protectoras, mantas
"Jambo,
habari?" ("Hola, ¿cómo estás?").
"Hakuna
matata, asante sana" ("Bien, muchas gracias") respondí a Boko, haciendo
gala de algunas palabras en suahili que había aprendido el día
anterior, mientras saboreábamos un abundante desayuno estilo americano:
tomates, pepinos, omelettes, té, pan, dulce y leche.
Al terminar,
emprendimos la marcha. Luego de un breve tramo, como por arte de magia,
de repente, desapareció el bosque, permitiéndome admirar
la caldera del cono volcánico despejada y cercana ahora. El prado
alpino abierto da esas ventajas.
En una
detención, ya a 3.200 metros de altura, descansé mientras
escuchaba la descripción casi "doctoral" de Boko sobre la nueva
vegetación, más baja y achaparrada. Aunque gigantescas lobelias
y senecios parecen desafiar todas las leyes de la botánica.
"En estas
laderas, las plantas han tenido que inventarse recursos para vivir: con
frecuencia poseen hojas plateadas para reflejar la intensa radiación
solar, y a la vez peludas, para protegerse del frío". Mientras señalaba
una lobelia, continuó: "hay especies que cierran sus hojas de noche,
para conservar el calor, y otras que llegan a producir su propio anticongelante..."
Maravillosa adaptación de la Naturaleza a las variaciones bruscas
de temperatura.
Como
las lobelias, los senecios conservan sus hojas viejas cubriendo el tronco,
a manera de manta protectora. Al haberse acomodado a condiciones extremas,
las plantas también han permitido que pequeños roedores habiten
el lugar. Algunos de vivos colores venían a buscar alimentos debajo
de nuestra rústica mesa, mientras nosotros terminábamos de
beber un té bien caliente y dulce y continuábamos.
Por fin,
el refugio Horombo, situado a 3.700 metros de altura y flotando entre la
densa capa de niebla.
Pronto
las estrellas reemplazaron al enorme disco incandescente, señal
de que era hora de cenar (muy temprano para mis hábitos). Ahí
está especialmente indicado beber abundante líquido para
evitar la deshidratación. Desde la cabaña, las luces de la
ciudad de Moshi se notaban con total nitidez en la oscuridad.
Paisaje
selenita Un alegre
"abari gani, Boko" ("buen día, Boko") dije al comenzar la nueva
jornada, y él me respondió: "Mister Pablo, el primer tramo
de hoy será una empinada cuesta; hay que cargar combustible". Así,
desayunamos como el día anterior, pero bajo los reconfortantes rayos
del sol que me hacían olvidar el frío de la larga noche.
La caldera
apagada del Kibo siempre a la vista me atraía como un imán,
pero el ritmo de marcha iba tornándose más lento y pausado.
Menos montañistas, menor actividad, daban la pauta de que muchos
habían ido quedándose más abajo. Las encorvadas siluetas
de porteadores y guías me confirmaban que yo no era el único
cansado.
A
los 4.000 metros de altitud nos detuvimos nuevamente, en el último
sitio con agua. Pocos kilómetros más adelante la vegetación
desaparece completamente, dando paso a un paisaje de aspecto lunar, entre
dos picos: el Mawenzi hacia la derecha y a su frente, el techo del continente:
el cráter del Kibo.
La falta
de precipitaciones originan un desierto de arenas y piedras: es el lugar
conocido como The Saddle y en él únicamente se distingue,
en un fondo dorado, el sendero bien demarcado por los caminantes.
La falta
de oxígeno empezó a sentirse con más fuerza. Los latidos
del corazón me ensordecían en tales silencio y soledad. El
cansancio acumulado en tres días de marcha pareció presentarse
todo de golpe.
A las
tres de la tarde, bebía otro té caliente en el refugio Kibo,
a 4.700 metros, el último antes de la cima.
Este
no tiene cabañas como los anteriores, es una rústica construcción
de piedras. Su única habitación tiene cuchetas hasta los
techos y, entre ellas, un desorden fenomenal. Un berenjenal de mochilas,
abrigos y comida... Donde pude encontrar un lugarcito, me recosté,
pero sin dormir demasiado: mi expectativa creciente y los comentarios de
los que iban llegando del "más allá" me mantuvieron en vigilia.
Peldaños
de hielo A la
una de la madrugada, el movimiento y el barullo eran generalizados: los
que habíamos logrado llegar hasta ahí, nos alistábamos
para iniciar el último tramo. "Debemos salir de noche, para llegar
a la zona con nieve antes de que salga el sol y la descongele; después
se nos hará muy pesado andar por allí": de esta forma justificó
Boko el alocado horario.
La sucesión
de linternas creaba un haz de luz continuo. Ya habíamos empezado
a zigzaguear pesadamente sobre la empinada pared. La luna y las estrellas
parecían estar al alcance de nuestras manos. Pero eran lo único
que podían registrar mis ojos en medio de la más absoluta
oscuridad. Imaginaba los pedregullos por los que iba ascendiendo en esa
morena lateral. Mi esfuerzo se concentraba en dar el próximo paso
y nada más.
Más
detenciones, más lentitud... Parecía una fantasía,
pero en ese momento tuve la sensación de que mi espíritu
se había separado de mi parte corpórea como un mecanismo
puesto en movimiento para alejar lo más posible el sufrimiento físico
y así permitirme continuar.
Tenía
la impresión de que un imaginario duende estaba a mi lado, alentándome.
Quizás todo provenía de las permanentes exhortaciones de
Boko ("pole, pole, Pablo"), como el andamiaje sostenedor de un espíritu
lejano.
El efecto
sutil, lento -y a veces hasta irreversible- de la altura, me daba la impresión
de que mis músculos gritaban "ni un paso más".
Iba amaneciendo
y las nubes ya no nos podrían alcanzar. Estaban pegadas a los valles,
allá abajo. Constituían casi un espejismo, una combinación
visual reservada sólo a aquellos que lograban llegar hasta allí.
Sobre
los últimos metros pude, por fin, asomarme al borde del cráter.
Luego de siete horas de extenuante subida, pisaba el Gillmans Point, a
5.695 metros de altura.
Un paisaje
muy sugestivo se me presentaba: había imaginado un volcán
humeante, rugiente, lleno de fuego... pero, en cambio, encontré
glaciares. El hielo ganó -por ahora- su lucha contra el sol, como
una especie de nave espacial flotando entre las nubes; sin contacto con
el suelo, ignorando que a sus pies hay una selva.
En
el Gillmans Point parecíamos más felices, comunicativos,
livianos... felicitándonos e intercambiando amistad y saludos. Para
mí, el Kilimanjaro no terminaría precisamente en la cumbre,
apenas 120 metros más arriba, sino allí, en la contemplación
de esas escalinatas de hielo color celeste, un privilegio otorgado por
los dioses.
Pero
este casco centelleante del Kibo se está muriendo. Es cierto: si
bien desde la última era glacial los hielos se comprimen en todo
el mundo, ahora, a consecuencia del calentamiento global, este proceso
se ha acelerado más.
Los hechos
parecen confirmarlo: sólo queda nieve en el pico Mawenzi y hielos
en el Kibo. Las morenas (depósitos de rocas arrastradas por los
hielos) por las que fuimos transitando son una prueba más que contundente
del pasado apogeo, cuando los hielos descendieron hasta los 3.700 metros
de altura. Ahora únicamente resta como vestigio un anillo de glaciares
que van puliéndose día a día. Sólo queda una
duda: ¿será que en el futuro no podremos disfrutar más
de la típica postal africana del elefante en las planicies, con
el sobrecogedor telón de fondo de las nieves de este legendario
monte?
El frío
cortaba mi piel y realmente me sentía mal por la altura. La escasez
de oxígeno me tenía a mal traer. Fue entonces cuando decidí
regresar.
En el
interminable descenso, mis ojos buscaban cansados el refugio Kibo, que
en esas circunstancias me pareció más "refugio" aún.
Cuando allí logré reponerme, me hubiera gustado volver sobre
mis pasos para completar esos metros postreros hasta la cima. Pero los
vientos del descenso ya habían comenzado a soplar impetuosamente,
y debí resignarme hasta la próxima.
El
altar de un santuario Los nativos
son concientes de las repercusiones ambientales y culturales del trekking.
Más de veinte mil caminantes recorren cada año estos senderos,
llevando con ellos un guía y hasta un porteador. Así se va
transformando -tal vez sin siquiera saberlo- esa misma realidad distinta
que se va a buscar. El ascenso al Kilimanjaro no es un evento exclusivamente
deportivo; es también un ascenso interior, una ofrenda. Entregamos
allí algo de nosotros mismos.
El monte
Kilimanjaro constituye el altar de un templo natural mucho mayor: a sus
pies, el Serengeti, el Ngorongoro, Amboselli... Pero es también
el centro de muchos pueblos que viven y se alimentan gracias a su presencia,
gracias a sus aguas que bajan radiales desde la solitaria mole.
El Kilimanjaro
es el punto de encuentro de gentes que aún viven en sintonía
con los tiempos celestiales, de quienes han comprendido que él representa,
además, el ir desde lo bajo hacia lo alto, desde lo pesado hacia
lo liviano, en armonía intacta con la Naturaleza, o sea con ellos
mismos.
Los
masai: lanzas en desuso Los masai
son una de las tribus más formidables del Africa Negra.
Descendientes
de pueblos nilo-camíticos provenientes del norte del continente,
emigraron hacia el Africa Oriental hace unos 400 años, poblando
las verdes sabanas ubicadas entre el lago Victoria y el Kilimanjaro, en
las actuales repúblicas de Kenia y Tanzania.
Su lengua
es de origen nilótica -el olmaa- y se caracterizan por su elevada
estatura y sus figuras atléticas.
La organización
social de los masai gira alrededor de la ganadería: viven de la
leche, la carne y la sangre de vacas y bueyes. Para ellos, la riqueza es
la cantidad de ganado que se posee.
Como
deben trasladarse permanentemente en busca de pastos para sus animales,
especialmente durante la estación seca, son nómades.
A temprana
edad perforan sus orejas y llevan lanzas como símbolo de su belicosidad.
La influencia
moderna, empero, los está alejando de sus tradiciones. "Vivir en
dos mundos no es fácil", dicen mientras se adecuan al bullicio de
las ciudades. Además, su contacto con los turistas extranjeros va
estrechando aún más sus límites territoriales y culturales,
aunque posen en las fotos como guerreros. Lo hacen para recibir a cambio
una limosna.
Los masai
han comenzado a hundirse en un mundo que no es el suyo, y con ellos Africa
sigue desvaneciéndose y perdiendo otro eslabón más
de su condición de tierra salvaje.
Feliz
cumple, Wilhem El monte
Kilimanjaro está compuesto por tres volcanes apagados: Kibo, Mawenzi
y Shira. Juntos miden más de 60 kilómetros en la base. Su
altura máxima alcanza los 5.895 metros en el pico Uhuru ("Libertad",
en suahili), la mayor elevación del continente africano. A pesar
que de Kenia promociona el turismo con su figura, el monte se sitúa
completamente dentro de Tanzania.
Según
se afirma, la reina Victoria de Inglaterra (entonces dueña de Kenia)
obsequió a su nieto Wilhem de Alemania (por aquellos tiempos propietaria
de Tanganica) el Kilimanjaro como regalo de cumpleaños.
¿Los
habrá cumplido feliz?
Subir
despacio y contratar cerca Si bien
no es necesario tener experiencia de escalador para ascender a la cumbre,
tampoco resulta fácil llegar a casi 6.000 metros de altura. Exige
un buen estado físico y capacidad aeróbica. Es recomendable
no subir súbitamente -tal vez seis o siete días es lo óptimo-
para lograr mejor aclimatación y evitar así el mal de altura.
Existen
varias rutas de ascenso. La más recomendable es la normal o turística,
que arranca en Marangu, a la entrada del Parque Nacional Kilimanjaro. Este
trayecto permite avanzar cada día gradualmente, de un refugio a
otro.
Los servicios
que se pueden contratar son variados e incluyen, además del guía
-obligatorio-, porteadores y el alquiler de todo el equipamiento necesario.
Es posible
contratar el trekking desde ciudades como Dar es Salaam, Nairobi, Arusha
o Moshi y hasta desde Sudáfrica. Pero se debe recordar que cuanto
más lejos del monte se busquen estos servicios, más caro
saldrán (mis costos desde Moshi fueron de 450 dólares, incluyendo
propinas).
Brujas:
canales, flores y molinos La ciudad
más romántica de Bélgica sorprende con edificios antiquísimos,
plazas arboladas y canales que duplican su belleza. Elegantísima
y sofisticada.