| Asia, Tracción
a sangre
Vuelta
al mundo en dos ruedas
Bulawayo, Zimbabwe, 25 de agosto
de 1999, km 94.000
Nómade
por naturaleza
Nunca sabés por qué
algunas personas, libros, cuadros, películas, historias, algunos
sueños se cruzan en tu vida. Nunca podrías imaginar cómo
el desierto, el mar, las montañas te mueven. Simplemente lo hacen.
Desde tu nacimiento, en un tiempo preciso y en un lugar del planeta, tu
alma está absorbiendo el mundo como un papel secante.
That's life, c'est la vie: vos tratás
de reducir la gran distancia entre sueños y realidad. Cruzando fronteras,
abriendo puertas, necesitás tiempo y energía más que
plata (los supermercados no venden experiencia).
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Un día, una bicicleta
vino a golpear a mi puerta, como lo han hecho algunas personas o circunstancias.
Es la señal.
Nacido al pie de los Alpes, yo tenía
que subir las montañas para ver el horizonte o debía pasar
el resto de mi vida en el mismo valle. La vida es una cuestión de
perspectiva y yo escogí la primera opción.
Mi abuelo era un buen contador de
historias y un alpinista; mi hermano, que era un fanático explorador
de cuevas, murió accidentalmente en una expedición suiza
en Papua Nueva Guinea en 1979; tenía veintidós años.
De algún modo mi instinto errante viene de mi sangre familiar, así
como los ríos corren bajo los Alpes. |
Los
pupitres de la escuela fueron mis primeras naves espaciales. Sin moverme
físicamente, yo ya viajaba con mi mente. Después, libros
de exploradores, mapas, documentales de lugares exóticos excitaban
mi imaginación. La pasión no necesita de explicaciones, sólo
energía. Me pregunté, si podía andar en bicicleta
alrededor de mi casa, de mi ciudad, de mi país, ¿por qué
no alrededor del mundo? Desde Ginebra, mi ciudad de origen, podía
volar a casi todas partes, pero quería involucrar mi cuerpo y mi
alma totalmente en el viaje. Sin participar del consumismo. No en ochenta
días como Julio Verne, pero sí en dos ruedas. Más
cerca, más despacio, más tranquilo. Más con menos.
Algunas personas viajan para escapar
de la sociedad, para demostrar algo a ellos mismos o a otros. Yo, simplemente,
quise viajar por viajar. Libre, con mis propios ojos y mis propias piernas
como motor. Para visitar nuestro mundo, antes de dejarlo definitivamente.
Al ritmo de hoy uno, generalmente,
considera a una bicicleta como un vehículo obsoleto, a pesar de
su increíble energía, eficacia, maniobrabilidad, silencio
y posibilidad de acercamiento. La mayoría de la gente viaja en auto
o en tren, aislada del medio ambiente. De un buen hotel a un monumento,
temiendo un mundo peligroso descrito por los medios. Perdiéndose
la mejor parte de él, la verdaderamente real: el camino. Como escribió
Ursula Le-Guin: "Puede parecer importante que un viaje tenga final, pero
al final es el viaje lo único que importa."
De mis casi cuarenta años
de vida, estuve diez en dos ruedas. Se volvió mi manera natural
de expresión y el nomadismo, mi estilo de vida.
El 12 de marzo de 1994 dejé
mi barrio en una bicicleta super cargada, pensando llegar al Japón,
cruzando el continente eurasiático en dos años.
Cuando llegué a Tokio, unos
nueve meses después del tiempo previsto, había cruzado más
de veinte países a través de la ex Unión Soviética,
el subcontinente indio, Tíbet, China y Corea del Sur. Después
de semejante viaje me pareció ridículo volver a casa en un
vuelo de quince horas. Sólo quería seguir en mi bicicleta,
pero estaba sin plata en la ciudad más cara del mundo. Me las arreglé
en tres meses para vender mis historias a varias revistas japonesas, conseguir
patrocinadores generosos y presentar muestras de diapositivas en escuelas,
obtuve lo suficiente para saltar al próximo continente, América.
Viajando aprendí que lo más
grande de todo es uno mismo. Además de las fuertes historias de
amor y amistad que viví, las situaciones más intensas son
las que siempre recordaré. Las que comparto acá, tuvieron
como escenario las tierras chinas y tibetanas.
La frontera
A
finales de febrero de 1995, alcancé el nevado paso de Torugartpass,
a 37OO metros de altura. Todavía era visible desde un pico distante
una obsoleta torre de centinela de la era de la Guerra Fría. Un
gigantesco arco de triunfo, incongruente y fuera de lugar, dominaba un
diminuto punto de control militar en la frontera china. Las pequeñas
y olvidadas barracas parecían estar pudriéndose de adentro
para afuera. Viejos ideogramas de propaganda comunista intentaban cubrir
las paredes húmedas y llenas de hongos.
Tres soldados perezosos apenas se
dieron cuenta de mi presencia. Uno peleaba como loco con un video juego,
el segundo miraba una revista porno china, mientras que el tercero fumaba
el último cigarro de un paquete barato. Le di mi pasaporte al fumador
que, al ver mi bicicleta, gritó "¡No, no, atrás!" Volví
unos pasos por donde había venido y me senté en la nieve
mientras él frenéticamente manoseaba un antiguo teléfono
militar para resolver esta crisis.
Intercambió palabras ásperas
y luego de un tiempo me llamó y me dio el receptor. Una voz distante
reiteró las palabras iniciales y básicamente me repetía
"get lost". Yo le respondía con total indiferencia, una táctica
china clásica para revertir un conflicto.
El joven soldado se cansó
y cortó el llamado. Fuera de las montañas de Tien'shan estaba
nevando en la mañana helada. Media hora después, el teléfono
sonó de nuevo. Esta vez, los oficiales me dieron una pequeña
nota que era el permiso para pasar y una sonrisa. La Gran Muralla también
tenía hendiduras. ¡Estaba
en China!
Historia
de una rueda
Después
de un agotador cruce por el desierto de Taklimakan, llegué a la
ciudad de Goldmud, con la llanta trasera totalmente rota. Por dos días
recorrí todas las tiendas de bicicletas pero nadie quiso venderme
una rueda. Finalmente, mordí el anzuelo y compré una mountain
bike china de primera línea, en aproximadamente setenta dólares.
El dormitorio donde estaba parando se transformó rápidamente
en un taller mecánico de bicicleta.
Reconstruí la rueda dejando
el cubo original Shimano y con la pesada llanta de acero y los rayos baratos
de la bicicleta nueva. Al día siguiente fui al mercado y me senté
en el suelo, con la ahora despojada mountain bike china frente a mí.
Una muchedumbre animada me rodeó inmediatamente.
Ellos miraban fijamente al "de la
gran nariz", al extranjero blanco, y a su extraña bicicleta en venta.
Indiqué un alto precio con los dedos. Al principio me tomaron como
un ladrón, pero con la rapidez de un rayo la subasta empezó.
Después de media hora todo
había terminado y yo era veinticinco dólares más rico…
Tíbet
Había un monasterio en la
cima de una colina empinada; parecía el Palacio de Potala pero en
pequeña escala. Un grupo de monjes me hizo señas: "Vení...
vení". Algunos bajaron para ayudarme a empujar mi bicicleta hasta
arriba.
Atravesé un corredor de piedra
y me encontré en un patio lo suficientemente oscuro y lúgubre
como para agradar al mismísimo diablo. Si los paisajes del Tíbet
pueden sobrecoger a un hombre por su magnificencia, la cocina del monasterio
contrastaba totalmente este sentimiento.
Los monjes tibetanos me sentaron
en una mesa de madera y me alimentaron con arroz. Siguieron sirviéndome
sal y té de manteca hasta que mi panza estuvo a punto de explotar.
Me observaban con tal intensidad que parecía que veían sólo
mi alma. Tres gatos se enrollaban alrededor de sus colas y hacían
una cama cerca del fuego.
El pelo de los monjes al ras de la cabeza le daba más fuerza e intensidad
a sus ojos, que todavía ruedan por los recuerdos de mi viaje.
La bondad de sus caras se derretía
con el calor moderado y la luz del fuego. Algunos monjes tocaban el rosario
tibetano con una mano mientras contaban el dinero de la donación
con la otra. Tuve que excusarme para liberarme del té.
Sentado en un inodoro de madera
veía cómo a doscientos metros la luna se reflejaba en el
río. Parecía que la pronunciación de una sola palabra
haría estallar la atmósfera reinante de profundo silencio.
La nueva mañana llegó.
Los monjes me despertaron después de sus oraciones con sonrisas
que encerraban a todas las sonrisas. Me dieron una gran bolsa de tsangpa,
una especie de harina de cebada cocida, y una bolsa de plástico
con bastante manteca de yak como para engrasar mis zapatos y la cadena
de la bici hasta llegar a Japón. Un monje cortó con un hacha
un gran pedazo de carne ahumada y me lo entregó. Saqué unas
cuantas fotos del Dalai Lama de mis alforjas, que después de tantos
kilómetros y lluvias se habían pegado, y se las di al sacerdote
de mayor jerarquía. El las aceptó reverentemente y las envolvió
suavemente con una manta sagrada.
Arrestado
por la policía china
Nunca
estuvo en mis planes quedarme más días de lo que permitía
mi visa china, pero no tuve el tiempo suficiente para cruzar el Tíbet.
Al día de hoy he visitado en China muchas más estaciones
de policía que monumentos.
Un cambio de lugar siempre trae
un cambio en la mente. El 22 de julio trajo el monzón y la policía
de Chengdu congeló mi espíritu.
El oficial Hu no es ni bueno ni
malo pero no es tímido para usar su propia versión de la
tortura china. Nos sentamos cara a cara por cinco horas en una estación
policial que olía a luz artificial, aburrimiento y polvo.
El Sr. Hu baja su cabeza, mira mi
mapa chino y ve extrañas marcas tales como "campamento del ejército"
y "puente lleno de policías". Unas semanas atrás, un viajero
estadounidense marcó mi ruta con los posibles problemas que encontraría
en el camino. El Sr. Hu saca lentamente su mirada del mapa y llena sus
ojos de sospecha antes de que se encuentren con los míos.
"¿Ha conocido personas extrañas?"
"No, sólo gente hospitalaria." "¿Sobre qué ha hablado
usted con ellos?"
"De todo y de nada, de comida, del
tiempo, del paisaje, de la vida".
En un intento por distraerlo saco
mis fotos, pero el oficial Hu no puede ser distraído por fotos de
viaje. Continúa su informe, seguro de que ha atrapado al jefe de
la red de espías suizos. Con soberbia me dice que mi pasaporte es
confiscado y que vuelva en una semana. Pongo mi dedo pulgar para entintar
mi identidad seis veces en el fondo de su ridículo informe. Y tengo
el presentimiento de que esto va a ser muy caro.
Los próximos días
espero en Chengdu viendo cómo la policía maneja mi caso.
Vuelvo a la estación apenas un par de días después.
El oficial Hu y un segundo policía me ponen en un automóvil
para llevarme de regreso al hotel, a contramano en una calle de un solo
sentido.
En cuanto llegamos al estacionamiento
del hotel recuerdo los libros de literatura tibetana, subversivos, que
tengo en mis alforjas. Imagino el placer del oficial Hu si encuentra esas
joyas. Por suerte, veo a un amigo que conocí días atrás
comiendo en el salón. El ve la situación y puede escurrirse
en mi habitación antes que mis acompañantes.
Una vez que llegamos a mi cuarto
empieza la pesquisa, y encuentran su ficientes
travelers cheques como para pagar la multa máxima. No puedo hacer
nada más que sentarme y esperar a que termine la investigación.
"Mapa chino marcado con áreas
prohibidas, 500 yuans. Diez días con la visa vencida, 5.000 yuans.
Total 5.500 yuans (algo así como 660 dólares). Y tiene diez
días para dejar China, ni uno más." Le pido veinte días
para poder llegar con la bici hasta Hong Kong. El oficial Hu ni se inmuta.
Mi mente busca alternativas. Debe
haber alguna manera de apelar al Sr. Hu, pero no la veo. Mi cabeza piensa
y piensa. Tengo que decir algo, pero no puedo equivocarme en lo que digo
o en el tono en que lo digo. El es impenetrable. El caso está cerrado.
Mostrar
el temperamento en China es perder, pero cuando es suficiente es suficiente.
Y grito "¡Esto es una locura. Me está multando con más
dinero que el ingreso anual de una familia china entera. Usted no está
siendo razonable. ¿Por qué no puedo extender mi visa aquí
en Chengdu? Otros viajeros lo han hecho." "No pierda el control", me dice
fríamente el oficial Hu.
Lloro. No puedo controlar la situación.
Pero no entiendo. He tenido mayores dificultades y he visto mayores tragedias
por el camino. ¿Por qué tanta emoción? ¿Será
el sentimiento de ser atrapado por un solo hombre tan rápido luego
de atravesar la majestuosa meseta tibetana? ¿O es más la
desesperación de no poder encontrar algo en común con él?
Estoy
confundido. No creo que al oficial Hu le importe que las cosas sean de
una manera o de la otra. No parece tener nada en contra de mí. Siento
como que parte de mi espíritu se rompió en un momento. El
Sr. Hu ve mis ojos. Me avergüenzo por darle tanto poder y por dejar
que controle mis emociones.
Ahora que él ve que estoy
roto, anuncia el veredicto: "Si usted no respeta la sanción, irá
diez días a la cárcel y después directo al aeropuerto.
Y nunca más podrá volver a China".
Estos chinos rapaces toman sueños
y los ponen en jaulas como a sus pájaros. Hasta entonces, yo creía
que mis meridianos estaban con los de la Tierra, pero esa teoría
estaba derritiéndose como la nieve al sol. Arrebatándome
mi dinero, despojándome de mis pertenencias materiales, la policía
china me enseñó una lección, la tercera Noble Verdad
del budismo tibetano; la liberación.
"Donde hay
camino, hay voluntad"
Una vuelta al mundo en bicicleta
empieza con sólo girar un pedal. Millones de dólares jamás
podrían ser suficiente motivación para que alguien dé
la vuelta alrededor del mundo. Pedalear por tanto tiempo requiere dedicación
total.
Creo que cuando amás hacer
algo, lo que sea, los sueños se realizan más fácilmente
y si sos capaz de tomar tal actitud vas a hacer que el mundo sea simplemente
más hermoso.
El premio de tanto esfuerzo es una
experiencia invalorable. Semejante viaje te cambia física y mentalmente.
Yo dejé pedazos de mi corazón en Rusia, en Tíbet,
en India y también ahí encontré algunos pedazos de
la verdad de este rompecabezas gigante que se llama vida. Muchos sueños
podrían volverse realidad si tan sólo se creyera en ellos.
A la gente, muchas veces, le gusta
contar todos los países por los que anduvo, diciendo, por ejemplo,
"fui al Tíbet el último año". Ellos pueden verse como
reyes del camino, pero tarde o temprano el camino revela la ignorancia
del viajero,
trayéndolo a un destino completamente
inesperado. Las emociones pesan más que el equipaje más pesado,
y vos descubrís que las únicas fronteras que importan son
las de tu mente y alma...
Me gustaría agradecer a mis
principales patrocinadores:
a todas las personas anónimas
que me invitaron con un plato de comida, una ducha caliente o me dieron
techo.
Viajes anteriores
en bicicleta
1978-1988: numerosos viajes en bicicleta,
principalmente en el sur de Europa, hasta Turquía, en Asia, y Marruecos,
en Africa, con un total de aproximadamente 25 mil kilómetros.
1988-1991: de Suiza a la India y
viceversa en tres años, cruzando países de Oriente Medio,
Irán, Pakistán y Nepal, y bastante tiempo transcurrido en
los Himalayas, en total unos 35 mil kilómetros.
12 de marzo 1994-2000: la vuelta
al mundo a través de cuatro
continentes: Europa, Asia, América,
Africa, llegando a los cien mil kilómetros.
Web site: WWW.REDFISH.COM
Texto y fotos: Claude Marthaler,
para Marcopolo
Traducción: E. J. Lucke
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