Sensual y Erótica Ir a Ciudad Virtual 2000
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La Noche caliente

- No  Alberto, no me toques asi - le decía Lorena al oído, mientras el la sostenía entre sus brazos y casi  fundía su cuerpo con ella.
 - Pero mi amor, te quiero, ...dejame hacerlo, ¿si? - a la vez que le salpicaba de pequeños besos su moreno cuello.
 - No, hasta que nos casemos - repetía Lorena con una voz suave, sensual.

 Alberto acercó nuevamente sus labios,  un quemante beso le aceptó Lorena, las dos bocas se unieron provocativas, rítmicamente aquellos cuatro labios hacian lo suyo, explorando cada punto crucial, mientras sus lenguas vitoreaban ávidas el candente beso apasionado.

 Las manos del joven de veinte años descendían lenta pero firmemente a través de la cintura de Lorena, esta hizo un ligero intento por detener el avance, pero las caricias y aquella sensación agradable se lo impidió. La noche era aliada perfecta, los grillos musicalizaban como un coro de erotismo su fulgor. Las tapias de una casa en ruinas, escondia  recelosa el  acto de pasión.

 Una  mano  de Alberto se ocupaba hábilmente de las nalgas, mientras que la otra, acariciaba ansiosamente los perfectos y saltones senos virginales de la chica. Las nalgas ya no eran suficiente para aquella inquieta mano, empezó a deslizarse por debajo del vestido, hacia el sexo femenino, pero la mano fémina frenó su embiste. - ¡ De nuevo a las nalgas ! - pensó resignado Alberto.

 - Andale, no seas malita, mira que me muero - le dijo el joven a Lorena que para ese entonces estaba recargada en un pequeño muro con las piernas entre abiertas y Alberto apretándola. La doncella sintió entre sus piernas el hirviente pene de Alberto que bajo el ajustado pantalón hacia el intento de estirarse, palpitando abrumadoramente. En el fondo sentía una sensación de triunfo, pues Alberto el chico más guapo del barrio, se moría por ella de apenas diez y siete años.

 Alberto era moreno, fuerte, de cabellos negros y ojos del mismo color, un chico seguro de si mismo aunque algo tímido. Tenía una ceja más alzada que la otra, esto lo hacia más atractivo. A Lorena le fascinaban las sentaderas del joven, bien formadas y de buen porte. Ella era una chica hermosa, de un cuerpo casi  escultural, de larga cabellera y ojos claros. 

 La noche de primavera fresca, con  la luz penetrante de la luna, cubría aquellos cuerpos que unidos milimétricamente pensaban únicamente en ellos; en sus deseos y fantasías. Lorena  acariciaba la cabellera de Alberto, esos cabellos que  admiraba; negros, tersos, brillantes,  mientras sus labios suavemente posaban en el lóbulo de la oreja derecha de su amado. Alberto nuevamente tomó el rostro de su compañera y buscó sus labios,   como hipnotizada sintió el aliento cálido de su boca, que con pasión le ofrecía una lengua tibia y lubricada, una lengua que ella abrazaba con sus labios y su boca completa. Quería saborear el elixir del hombre que en ese momento la hacia feliz. 

 Nuevamente Alberto la apretó de su cintura y con humildad le dijo - Mi nenita, se mía, te deseo, quiero darte mi ser, andale, se mía -. Mientras Lorena le tomó de sus hombros para besarle el cuello y con humildad sus párpados, luego buscó frenéticamente los labios de Alberto que para ese momento, ya estaban más hinchados por los besos salvajes y apasionados. En el fondo  sabían del  juego erótico, que finalmente los llevaría a todo.

 Alberto tocó ambos  senos de Lorena y los movía en forma circular, la chica gemía con la cabeza hacia atrás; el, al observar dicho efecto,  sin miramientos comenzó a desabrocharle la delgada blusa, Lorena se dejó mientras sentía la dureza de aquél miembro masculino que tanto deseaba, pero que su pudor  no le permitía  decírselo al desesperado Alberto. Pronto los hermosos senos estuvieron a la vista del alocado joven,  que sin pensarlo dos veces, los besó con respeto al principio, luego pasando su lengua por ambos pezones, para después saborearlos como a una jugosa rebanada de sandía.  Los senos de la niña se mojaron con la saliva de Alberto; ella gemía y respiraba profundamente. 

 - Ahora si mi reina, ¿ Te la doy?- Lorena asintió y como rayo Alberto desnudó a la dulce nena, tiró la ropa a modo de cama, luego  con orgullo, como un pavoreal que luce su plumaje, se quitó la camisa, mientras la chica observaba con regocijo aquella figura hermosa de anchos brazos y un bíceps perfecto. Alberto parecía otro, era un semidios un “eros”. Lorena se hincó sobre su ropa y le quitó el cinto, para luego desabrocharle el pantalón ajustado, después tiró fuertemente de su calzoncillo y como un resorte, el pene de Alberto quedó fuera, un miembro moreno, que era como un torrente de fuego, una virilidad joven y fuerte. ella tomó el miembro entre sus manos y lo acarició tiernamente; se lo puso en su rostro, mientras murmuraba - que hermoso, es mío-. Por unos instantes la chica manipuló el falo erguido, como si fuera su juguete, le llamaba la atención el excesivo calor del miembro. Mentalmente lo medía y pensaba en la sensación de tenerlo dentro.

 Alberto se hincó y besó con pasión la vulva quemante de su amada, su lengua recorrió provocativamente los lugares más sensibles de la chica, haciendo que Lorena apretara la cabeza del joven en su cuerpo. - Ya dámela-  dijo con voz entrecortada en el éxtasis sublime de la pasión. El chico se retiró unos centimetros y jalándose el prepucio, agrandó su virilidad, como si supiera el sufrimiento  a la que exponía a su pareja, provocándole mayor exitación;  Lorena luchando con su inexperiencia y prejuicios no lo soportó,  se lanzó sobre aquellas piernas fuertes de su chico, abrió su boca buscando desesperadamente el pene para saborearlo una y otra vez. Alberto con la mirada en las estrellas movía su cuello armónicamente, mientras su lengua repasaba lentamente  sus dos labios y en ocasiones los mordía, para no gritar su exceso de placer. 

 La separó lentamente acostándola sobre el montón de  ropa que ambos acomodaban, le abrió las piernas y con cuidado la penetró lentamente, un intenso y fogoso calor sintió Lorena al tiempo que hacia el intento de que el regocijante miembro del joven entrara totalmente, Alberto con alevosía no le permitía eso, como si supiera que tal acción la exitaría todavía más; la chica  comprendió con agrado, el significado erótico de la intención.

 -¿Qué sientes mi reina?, ¿te gusta?- a la vez que el glandé entraba y salía lubricado. - Si Alberto me gustas todo, pero ya metete -. Alberto jaló a la chica bruscamente, penetrándola en su totalidad; la chica lanzó un  largo gemido que  inquietó a los grillos y a la noche misma. La luna parecía encantarse con aquella hermosa visión erótica. Una danza de muslos, piernas. manos, sudor y besos, escandalizaron las sombras. Los gemidos y las alteradas respiraciones hicieron sucumbir el cantar de los nocturnos insectos. Mientras en las entrañas de una vulva humeda y rosada, un blancuzco liquido cual torrente salvaje, le otorgaba a Lorena la eterna pasión del amor nocturno y clandestino.

Gracias Samuel V.
Cd. Juarez, Chihuahua, Mexico

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