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En estos tiempos
que corren los horarios de la gente no son todo lo compatibles que uno
desearía. Eso es lo que nos pasaba a mi pareja y a mí hace
un tiempo. Él trabajaba por la mañana y, obviamente, yo por
la tarde. Las horas en que nos veíamos eran escasas, y desde luego
eran por la noche, aunque intentábamos disfrutarlas al máximo.
Yo por lo general no me levantabamuy pronto, arreglaba la casa y preparaba
la comida para los dos, ese era más o menos el pacto no escrito
que teníamos, yo dejaba hecha la comida para él, y él
cocinaba la cena para cuando yo llegara.
Una noche
llegué del trabajo, bastante tarde, como siempre. Dejé las
cosas en el sofá, me puse cómoda, me calcé las zapatillas
y me dispuse a cenar. Él ya dormía, y no quise despertarle
porque madrugaba mucho, así que me dirigí a la cocina para
calentar mi cena, puse la radio muy bajita.
Ensimismada
en mis pensamientos como estaba no sentí que se había levantado
y en completo silencio había entrado en la cocina. Como yo estaba
de espaldas me rodeó con sus brazos por la cintura y me dio un beso
en el cuello, me sobresaltó porque no le esperaba, pero mi sorpresa
fue aún mayor cuando me di la vuelta para responder a su beso y
me lo encontré totalmente desnudo, abrazándome. Yo ya sabía
lo que él deseaba, lo mismo que yo también deseaba.
Así
que respondí a su saludo más que contenta, con el primer
beso ya me encontraba totalmente excitada. No dijimos nada, dejamos que
nuestros cuerpos hablaran. Según me besaba me fue desnudando. Desabrochó
los botones de mi blusa y la dejó caer sobre el suelo de la cocina.
Bajó la cremallera de mis pantalones que cayeron hasta mis rodillas.
Continuaba besándome.
Sus manos
expertas recorrían mi espalda, se deshizo de mi sujetador, y bajaron
hasta llegar a mis nalgas. Comenzó a besar cada pedazo de mi piel
según descendía por mi cuerpo. Su lengua se movía
rápidamente por mis pechos, por mi vientre y mi ombligo. Me bajó
las braguitas y jugueteó con mi vello, en ese momento que llegó
al borde del abismo yo ya estaba muy excitada, todos los pelos de mi cuerpo
estaban de punta y sentía como mi cuerpo le deseaba. Su lengua jugó
con mis labios, con mi clítoris, yo jadeaba, gemía, y deseaba
que me hiciese el amor, ya no aguantaba más.
Volvió
a subir con su lengua recorriéndome, realizando el camino de vuelta,
estábamos completamente lanzados, me dio un largo beso, me dio la
vuelta, pegándose a mi espalda, y colocó mi cuerpo doblado
sobre la encimera de la cocina. Tuve que apartar mi cena ya fría,
y así, allí mismo, de espaldas, perfectamente acoplados,
penetró en mi cuerpo, ya no hubiese aguantado más, de no
haber entrado en ese mismo momento hubiera tenido que pedírselo
a gritos. Pero entró y lo hizo a la primera, como siempre, muy despacio
al principio, sentía toda su fuerza dentro de mí, cientos
de escalofríos recorrían mi cuerpo, ya no podía más,
me corría de completa felicidad. Él, al notar lo mucho que
estaba disfrutando, subió el ritmo, más deprisa, más
deprisa, sus manos sujetaban mis caderas para que no me lastimase con los
muebles, y con cada una de sus embestidas veía las estrellas, casi
las podía tocar.
Entonces dobló
su cuerpo sobre el mío, sentía su respiración agitada
muy cerca, gemía, y de repente, sentí como en una de sus
embestidas, me inundaba de calor, un grito ahogado salió de su garganta,
sus movimientos fueron disminuyendo hasta quedar completamente parado,
pegado a mí, con sus brazos recorriéndome, fue entonces cuando
habló y me dio las buenas noches. Aquella noche no cené,
las ganas de comer se me habían pasado. Le pedí que alguna
que otra vez se levantara a darme las "buenas noches" de esa forma.

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