| Para definir
las sensaciones que un pescado a la sal -una dorada, por ejemplo- despierta
en nuestras papilas gustativas -las físicas y las metafísicas-
hay que recurrir a términos como recogimiento olfativo, experiencia
de comunión mágica o, para que nos entendamos, felicidad.
En ocasiones
memorables, nuestro epicúreo grupo de amigos encarga en Don Quixote
Tavern, una taberna situada en el corazón de Coconut Grove, Miami,
un genuino banquete de doradas y lubinas a la sal.
Florián
Tomás, conocedor de la cocina privilegiada de Cataluña, lleva
las riendas de este establecimiento de estética castellana y sabor
litoral, en cuyos morteros se emulsiona el mejor alioli de la ciudad.
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Para
mí el banquete de pescado es así:
mesa sólida en la terraza de Don Quixote, amigos de buen paladar
y muestrario de fuentes con sus pescados encofrados bajo la capa de sal
gruesa. En las copas, albariño floral o cava catalán, Raventos
i Blanc, de burbuja persistente, que reconforta el cuerpo y el alma.
Cerca, Tomás
y un camarero van quebrando la bruñida coraza del pescado. Con mano
docta tiran de la piel, que sale con la sal adherida. La carne asoma entonces
limpia y nacar y de ella emana un vapor cargado de aromas profundos. |
Todo el sabor
del mar.
Así
las cosas, me santiguo frente a los manjares y, como el Arcipreste de El
Gatopardo, sin decir palabra me lanzo de cabeza.
En muchos lugares
de la costa mediterránea como Tarragona rellenan el interior de
la dorada con un ramillete de hierbas olorosas, ingrediente que aparece
ya en recetas de la época romana.
Un safari gastronómico
por las costas de España es ir al encuentro de los sistemas utilizados
por los romanos para conservar el pescado: sal y salazones.
Lo cierto es
que este "modus facendi" no entraña mayores complicaciones. Consiste
en eviscerar y lavar el pescado -si es posible en agua de mar-, enterrarlo
entero en sal gruesa (lo que hace la sal es guardar todo el sabor del pescado)
y ponerlo al horno.
Una vez cocido,
se le retira todas las adherencias salitrosas. |