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| Cómo
y cuándo limpiar la cocina |
La limpieza
y la higiene son fundamentales en la cocina. Entre otras razones porque
es el lugar donde habitualmente se manipulan los alimentos y, por tanto,
la vía más rápida de entrada para los microorganismos
patógenos
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| De ahí
que mantener superficies y utensilios en perfecto estado de limpieza, así
como unas mínimas normas de higiene personal, sea la mejor fórmula
para evitar desagradables problemas..
Cuando limpiamos
en la cocina tenemos tendencia a limitarnos a quitar la suciedad. Es decir,
apenas vamos más allá de la mera eliminación de los
residuos que se ven a simple vista. No obstante, bajo ese manto de residuos
en forma de manchas o polvo pueden esconderse miles de colonias bacterianas
de origen y composición diversa que, eventualmente, pueden saltar
a los alimentos que manipulamos.
¿De
qué microorganismos estamos hablando? Todo depende, básicamente,
de su fuente de procedencia. Aunque suene a extraño y a poco probable,
no es en absoluto descartable la presencia de materia fecal, a la que pueden
sumarse residuos minerales procedentes del agua, restos aportados por el
aire y las personas que utilicen el baño o la propia cocina.
Esta suciedad,
difícilmente visible y aún menos perceptible, incorpora una
elevada contaminación bacteriana, como es el caso de la materia
fecal u otros residuos sólidos orgánicos. Muchos de los microorganismos
que la componen pueden alcanzar las superficies y desarrollar en ellas
un mecanismo de adherencia que les permite su anclaje y su posible multiplicación,
aún cuando se eliminen los restos visibles. Este mecanismo natural
de se denomina biofilm
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El
biofilm o grupo de bacterias
El biofilm
es un grupo de bacterias que producen unas excrecencias, a modo de microfilamentos,
con una elevada capacidad adherente. Estas excrecencias permiten que los
microorganismos se agrupen en zonas muy limitadas y a la vez propicias
para su supervivencia. La fuerte unión que ejercen sobre un soporte
sólido les proporciona estabilidad, nutrientes y espacio.
Los biofilms,
como han evidenciado estudios recientes, incorporan grandes concentraciones
de polisacáridos o glicoproteínas. Este aspecto, tal vez
por su novedad, no es tenido todavía demasiado en cuenta por los
fabricantes de limpiadores y desinfectantes en el diseño de sus
productos, que deberían incorporar sustancias que pudieran disolver
las moléculas. |
Una vez se ha
formado el biofilm, pueden adherirse a él nuevos microorganismos
procedentes de la multiplicación celular de los primeros, u otros
que caigan en esta matriz. Si bien con la limpieza se consiguen eliminar
los restos macroscópicos, los de mayor tamaño, no ocurre
lo mismo con los biofilms, lo cual obliga a una imprescindible desinfección.
De no desinfectar adecuadamente, puede ocurrir como en algunos baños,
en los que se detecta un fuerte y desagradable olor pese a que aparentemente
están limpios. La causa son estos aglomerados bacterianos.
Los biofilms
tienen tendencia a crecer. Si ello ocurre, pueden detectarse por la aparición
de viscosidad en las superficies. Con el tiempo, si no se eliminan o se
limita su capacidad de crecimiento, pueden acabar deteriorando la superficie
donde se han anclado.
Cómo
eliminar los biofilms
Para que comience
a formarse un biofilm, la suciedad y los microorganismos han de tener un
contacto físico. Posteriormente ha de transcurrir un tiempo suficiente
para que las bacterias se multipliquen y formen un aglomerado microscópico.
Por tanto, limpiando a menudo y de forma adecuada, no se da tiempo a las
bacterias para que se multipliquen.
Para asegurar
la eliminación de biofilms es recomendable el uso de productos de
limpieza con una buena capacidad de disolución. Esta limpieza adecuada
debe incluir un frotado intenso, ya que la mezcla de un buen producto junto
con el movimiento mecánico y la presión, aceleran la solubilización
del biofilm. |
| Es
precisamente la mayor o menor capacidad de disolución la que determina
cuando un producto es más o menos adecuado para eliminar la suciedad.
El mejor ejemplo lo tenemos en el agua, que usamos para quitar la suciedad
gracias a su capacidad de disolución. Cuando el agua es incapaz
de disolver determinadas moléculas, añadimos productos que
consigan ese efecto.
Como de lo
que se trata en este caso es de disolver restos de carbohidratos así
como minerales, el uso de agua suele ser suficiente. La complicación
surge con las grasas, insolubles en agua. |
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Es para ellas,
así como para buena parte de las proteínas, que hay que usar
detergentes más o menos específicos.
En el caso
de las proteínas debe tenerse en cuenta que se desnaturalizan (pierden
su estructura tridimensional) con el calor, lo cual complica su redisolución.
Por ello se recomienda limpiar en frío y usar disolventes no ácidos
para su eliminación.
El uso de productos
ácidos, por el contrario, aunque puede ayudar a disolver las incrustaciones
de calcio y otros minerales, normalmente asociados al agua y que se acumulan
en superficies por secado del agua potable, difícilmente podrá
arrastrar la suciedad más consistente y persistente.
En cualquier
caso, hay que recordar que muchos microorganismos sobreviven mejor en presencia
de grasa, tolerando mejor la acción de desinfectantes. La adición
de un detergente facilitará el proceso de limpieza, sobre todo porque
podrá permitir la eliminación de la grasa.
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