Ecuador
Libre de Transgénicos. Un sello de calidad y coherencia para el
Buen Vivir
Ecuador
tiene la oportunidad de ser una especie de sello de calidad del buen vivir.
La tendencia mundial es aumentar la calidad de los alimentos para los seres
humanos y huir del alimento transgénico. Si el Ecuador se declara
libre de transgénicos, el mundo sabría que consumir productos
ecuatorianos es consumir productos seguros y de calidad.
Acabo
de recibir un informe de la Secretaria de Ambiente y Desarrollo Sustentable
de Argentina, de marzo del 2008. En ese país, en donde se ha extendido
el cultivo de productos transgénicos, se dice textualmente "La soja
transgénica es ambientalmente mucho más perjudicial que otros
cultivos porque además de los efectos directos derivados de los
métodos de producción, principalmente del copioso uso de
herbicidas y la contaminación genética, requiere proyectos
de infraestructura y transporte masivo (hidrovías, autopistas, ferrovías
y puertos) que impactan sobre los ecosistemas y facilitan la apertura de
enormes extensiones de territorios a prácticas económicas
degradantes y actividades extractivistas."
Sin entrar
a analizar los antecedentes de dicha afirmación, lo cierto es que
los transgénicos merecen un tratamiento cuidadoso. Los transgénicos
son organismos a los que, con técnicas de ingeniería genética,
se introduce información genética de otros organismos que
no están relacionados, pueden ser genes de animales introducidos
en plantas, o de diferentes virus; inclusive se ha hecho la combinación
de plantas con células de seres humanos, todo esto dependiendo de
la característica que se quiera introducir. Estos procedimientos
no se ajustan a las leyes de la Naturaleza…
Sus
consecuencias son múltiples. Si
bien se podría tener especies más resistentes a las variaciones
del clima o más productivas, la introducción de transgénicos
en el país, provocaría una serie de efectos que no pueden
pasar desapercibidos. Más allá de los posibles efectos negativos
en los seres humanos que consumen productos transgénicos, hay que
destacar otros efectos como la dependencia, la contaminación genética,
la concentración de la propiedad e incluso la transferencia de riesgo.
Dependencia tecnológica, porque las semillas que se utilizan son
patentadas como parte de paquetes tecnológicos transnacionales y
por lo tanto hay un sometimiento al mercado internacional de las semillas,
por las que se deben pagar regalías; a la postre, no se puede emplear
libremente las semillas que se obtendrían en cada cosecha.
Contaminación,
porque existe un fenómeno llamado contaminación genética,
que afecta las semillas emparentadas, lo que podría, en el caso
de algunas plantas, poner en riesgo la gran biodiversidad existente en
países como Ecuador. Concentración de la propiedad, porque
normalmente la producción de alimentos transgénicos requiere
grandes y complejas inversiones, que a la postre terminan por desplazar
a los pequeños y medianos agricultores; concentración que,
además, se complica por la utilización de los mejores suelos
por su fertilidad y disponibilidad de agua. Transferencia de riesgo, porque
los problemas que golpean generalmente a los pequeños y medianos
productores son trasladados a los Estados, mientras que las empresas que
impulsan estas tecnologías no asumen su responsabilidad frente a
los fracasos y limitaciones.
¿Por
qué inyectar azufre? La idea de insertar azufre en la estratosfera
nació tras la erupción en 1991 del volcán Pinatubo
en Manila, Filipinas. Tras 600 años de estar dormido, el volcán
Pinatubo levantó columnas de gases hasta de siete kilómetros,
entre ellos sulfuro de hidrógeno (H2S), un gas inflamable –como
azufre– que tiene un olor similar al de un huevo podrido.
Los materiales
que inyectó este coloso a la atmósfera circularon por todo
el orbe en solo tres semanas y cubrieron un 42% de la superficie terrestre
en dos meses, formando una capa de azufre en la atmósfera.
Ecuador
es uno de los 17 países megadiversos del planeta; esa es, a no dudarlo,
su verdadera riqueza. Aquí se encuentran, por lo menos, dos centros
de origen de la agricultura. El centro andino, que tiene a la papa como
su producto más importante, junto con una gran variedad de tubérculos
andinos, y otro productos fundamentales en la dieta como son los fríjoles,
la quinua, el chocho, el ají­, el tomate, el maní.
El otro es el centro Amazónico que se desarrolló en torno
a la yuca y que incluye a una gran cantidad de frutos tropicales.
En nuestro
caso, la contaminación genética podría ser desastrosa,
y la dependencia sería un acto violatorio a la soberanía
alimentaria: eje conceptual de los debates de la nueva Constitución.
Hay un
problema que preocupa adicionalmente. Dada la creciente crítica
al consumo de transgénicos para la alimentación, los alimentos
transgénicos comenzaron a quedarse sin el mercado de los alimentos
para seres humanos. Lo que, perversamente, alentó en el mundo -desde
la lógica de acumulación del capital de las empresas transnacionales-
el uso de los transgénicos para alimentar animales -cerdos o pollos-,
así como para la producción de agrocombustibles. En países
como Brasil o Argentina, e incluso en Estados Unidos, la producción
transgénica, que nadie quería consumir, fue canalizada hacía
la demanda energética derivada de la industria automotriz, especialmente.
Lo que, como hemos comprobado en la actualidad, es otro de los factores
que explica el incremento sostenido de los precios de los alimentos; a
más del desplazamiento de la producción campesina a manos
de los grandes consorcios agroexportadores, unido a la creciente deforestación.
Creer
que con cultivos de granos transgénicos se puede encontrar respuestas
a los retos derivados de la demanda de divisas e incluso de generación
de empleo es el resultado de una visión miope en extremo, pues ignora
los impactos sociales y ambientales; impactos que, en pocos años
más, por efecto de la mencionada dependencia internacional, de la
contaminación genética y de la concentración de la
propiedad, pueden poner en riesgo la soberanía alimentaria y el
funcionamiento mismo del aparato productivo. La situación respecto
a la producción de agrocombustibles es muy delicada y abarca diferentes
dimensiones. No se reduce a los factores económicos, ya que existen
otras implicaciones. El asunto es de tal nivel de preocupación,
que el portavoz especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación,
Jean Ziegler afirmó que la producción masiva de biocombustibles
podría transformarse en un "delito contra la humanidad", si se termina
priorizando la producción de combustibles sobre la de alimentos.
El
Ecuador tiene mucho que perder si decide caer en la apurada e irresponsable
lógica de abrirse a los transgénicos, pero en cambio tiene
mucho que ganar si se declara libre de transgénicos, pues cada vez
hay más y más personas en el mundo entero que quiere alimentos
no transgénicos. Este es un debate importante en la constituyente.
Ecuador
tiene la oportunidad de ser una especie de sello de calidad del buen vivir.
La tendencia mundial es aumentar la calidad de los alimentos para los seres
humanos y huir del alimento transgénico. Si el Ecuador se declara
libre de transgénicos, el mundo sabría que consumir productos
ecuatorianos es consumir productos seguros y de calidad.